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20.04.20

El Espíritu Santo y el cumplimiento de los mandamientos

Se dice, y no sin razón, que el Espíritu Santo es el gran desconocido para muchos cristianos. Como si fuera el invitado callado del gran banquete de la Redención. Y, sin embargo, sin Él nada entenderíamos, nada podríamos hacer para salvarnos.

Cristo mismo explicó a los apóstoles su papel:

… pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré.  Y cuando venga Él, acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio.
Jn 16,7-8

Y:

Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad
Jn 16,12-13

Es absolutamente necesario que los redimidos vivan no ya conforme a la carne sino al Espíritu:

Así pues, no hay ya ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible para la Ley, al estar debilitada a causa de la carne, lo hizo Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora; y por causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no caminamos según la carne sino según el Espíritu.
Los que viven según la carne sienten las cosas de la carne, en cambio los que viven según el Espíritu sienten las cosas del Espíritu.  Porque la tendencia de la carne es la muerte; mientras que la tendencia del Espíritu, la vida y la paz.
Puesto que la tendencia de la carne es enemiga de Dios, ya que no se somete -y ni siquiera puede- a la Ley de Dios. Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
Rom 8,1-8

¿Cuál es la diferencia entre vivir en la carne o en el Espíritu?

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.

Gal 5,19-25

Se engañan todos aquellos que creen que pueden salvarse si viven en una vida de pecado sin arrepentimiento. No hacen caso a la advertencia del apóstol San Juan:

Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.
1 Jn 3,7-9

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19.04.20

La meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas

Hoy he atendido a la celebración de la Misa por parte del P. Jorge González Guadalix, que la ha retransmitido en directo desde su cuenta de Facebook. Ha sido una Misa según el rito Novus Ordo ad orientem. Pueden verla ustedes haciendo click en este enlace.

En su homilía, D. Jorge ha destacado especialmente la frase final de la segunda lectura de hoy, Domingo de la Divina Misericordia:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
I Pedro 1,3-9

Como bien ha predicado D. Jorge, nada hay más importante en esta vida que alcanzar la salvación eterna. A ello debe dirigirse principalmente nuestro proceder así como la acción de la Iglesia. Todo lo demás, sin dejar de ser importante, es absolutamente secundario.

Por más que vivamos una larga vida, pongamos que 90-100 años, es infinitamente menos tiempo que un parpadeo de ojos comparado con la eternidad sin fin que nos espera tras abandonar este mundo. Dice la Escritura (Heb 9,27) que al hombre se le ha dado una sola vida y después de ella, el juicio. Nuestro destino eterno se determina mientas vivimos. No hay segundas oportunidades. O nos salvamos (cielo o purgatorio del que se sale siempre al cielo) o nos condenamos (infierno). Y tan eterno es el cielo como el infierno.

¿Cómo salvarme? es la pregunta que todo hombre debería hacerse. Vemos cómo responde Cristo sobre lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
 Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».
Jn 6,27-29

La fe es un don de Dios que nos lleva a creer en Él. Y sin fe, como también dice la Escritura, no se puede agradar a Dios (Heb 11,6). Mas para que no caigamos en el error solafideísta, la epístola de Santiago nos advierte que “la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro” (St 2,17) y que “el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe” (Stg 2,24). De hecho, el propio San Pablo, a quien como dice San Pedro “los ignorantes e inestables tergiversan como hacen con las demás Escrituras para su propia perdición” (2 Ped 3,16), Dios “pagará a cada uno según sus obras: vida eterna a quienes, perseverando en el bien, buscan gloria, honor e incorrupción; ira y cólera a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia. Tribulación y angustia sobre todo ser humano que haga el mal, primero sobre el judío, pero también sobre el griego; gloria, honor y paz para todo el que haga el bien…” (Rom 2,6-10).

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14.04.20

Creyeron en Dios, ayunaron y se vistieron de saco

Parte del episcopado sigue negando las Escrituras y la Tradición diciendo que Dios nunca castiga. El último en hacerlo ha sido el cardenal Antonio Marto, obispo de Leira-Fátima (Portugal), que ante la mera sugerencia de que la actual pandemia sea un castigo de Dios ha dicho:

«Esto no es cristiano. Sólo lo dice quien no tiene en su mente o en su corazón la verdadera imagen de Dios Amor y Misericordia revelada en Cristo, por ignorancia, fanatismo sectario o locura».

No me negarán ustedes que tiene su gracia que diga eso el obispo donde está el Santuario de la Virgen de Fátima, que en uno de sus mensajes dijo a Jacinta:

«Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo».

Dejando de lado los que hablan como si fueran incrédulos, vayamos a lo que Dios nos ha revelado. Vaya por delante que, aunque yo creo que lo es, no podemos asegurar con certeza absoluta que la actual pandemia es un castigo de Dios en el sentido de que ha sido enviada por Él. Ahora bien, no se puede negar que, como poco, la ha permitido.

Lo que debemos preguntarnos hoy no es tanto si estamos o no ante un castigo de Dios, sino cómo debemos obrar, movidos por su gracia, en medio del actual sufrimiento y el que vendrá como consecuencia de la pandemia. La Escritura nos da la respuesta. Tomemos como ejemplo una situación en la que el castigo de Dios fue anunciado por un profeta: Nínive.

Estuvo Jonás deambulando un día entero por la ciudad, predicando y diciendo:
-Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.
Las gentes de Nínive creyeron en Dios. Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño. Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se quitó el manto, se cubrió de saco y se sentó en la ceniza. Y mandó pregonar y decir en Nínive, por decreto del rey y de sus magnates, lo siguiente. 
-Hombres y bestias, vacas y ovejas, que no prueben nada, ni pasten ni beban agua. Que hombres y bestias se cubran de saco y clamen a Dios con fuerza. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia de sus manos. ¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros? 

Dios miró sus obras, cómo se convertían de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había dicho que les iba a hacer, y no lo hizo.
Jon 3,4-10

Fíjense ustedes en la secuencia de los hechos. El profeta anuncia el castigo divino. La gente cree en Dios y se pone ipso facto a hacer penitencia. Por su fuera poco, el rey decreta que la penitencia ha de ser realizada todos y pide la conversión. Se convirtieron, hicieron penitencia y Dios no los castigó.

Si el Señor hizo eso con un pueblo que no era el suyo, ¿qué no haría si su pueblo actual, la Iglesia, siguiera los pasos de los ninivitas y cumpliéramos lo que predicaba San Pablo a todos? A saber, «que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de penitencia (arrepentimiento)» (Hch 26,20). 

Leamos también la oración del profeta Daniel intercediendo a Dios por el pueblo pecador que había sido castigado. Está en el capítulo 9 de su libro. Así explica el profeta lo que hizo:

Después me dirigí al Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza.
Dan 9,3

Merece la pena leer toda la oración de Daniel.

Es cosa buena, por tanto, clamar a Dios y hacer penitencia. Como individuos y como pueblo. ¿Qué nos impide hacerlo en las actuales circunstancias? Nada. 

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10.04.20

Coronavirus: ¿quién ha hablado con Dios para decir algo con certeza?

Desde hace algunas semanas parece que se ha puesto en marcha una competición para ver qué eclesiástico, especialmente si es obispo, dice de forma más contundente que la actual pandemia provocada por el coronavirus no es un castigo de Dios. Y a su vez, aunque en mucha menor medida, han aparecido aquellos que dan por hecho, con certeza dogmática, que sí estamos asistiendo a un castigo divino.

Me van a permitir que les pregunte a unos y otros: ¿acaso han recibido alguna revelación especial? ¿quizás han marcado en sus móviles (celulares), el número de teléfono del cielo y Dios Padre les ha respondido a sus preguntas?

Los que niegan que lo que está ocurriendo es un castigo divino dan argumentos realmente peculiares:

- Dios no castiga nunca.

- Dios es bueno y no castigaría a inocentes. Si esto fuera un castigo de Dios, entonces Dios sería malo.

- Es la naturaleza quien nos castiga.

Quien dice que Dios no castiga nunca no se ha leído la Biblia o, lo que es peor, se la ha leído pero ha decidido que lo que él cree saber de Dios es más verdadero que lo que aparece en la Revelación escrita. Son casi todos hijos de Marción, aquel hereje que decía que el Dios del Antiguo Testamento era malo a diferencia del Dios del Nuevo Testamento. 

Son también aquellos que han desechado la enseñanza bíblica y tradicional que nos muestra que todos han caído en Adán y:

… según está escrito: “No hay un justo, ni siquiera uno."  "No hay un sabio, no hay quien busque a Dios."  ”Todos se desviaron, se corrompieron a la vez; no hay quien haga el bien, ni siquiera uno”
Rom 3,10

Incluso los que hemos recibido el don de la fe, éramos por naturaleza hijos de la ira:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Efe 2,1-3

De hecho, ¿no nos advierte el apóstol sobre la necesidad de no vivir como viven los sin Dios?

Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.
Col 3,5-7

Y si, como ocurre a menudo, vivimos como viven los que no tienen fe, ¿creemos acaso que el Señor nos va a dejar sin castigo?

Pues si la palabra comunicada a través de ángeles tuvo validez, y toda transgresión y desobediencia fue justamente castigada, ¿cómo escaparemos nosotros si desdeñamos semejante salvación, que fue anunciada primero por el Señor, confirmada por los que la habían escuchado, a la que Dios añadió su testimonio con signos y portentos, con milagros varios, y dones del Espíritu Santo distribuidos según su beneplácito?
Heb 2,2-4

¿Qué parte no se entiende de esta advertencia del Señor?

Yo, a cuantos amo, los reprendo y castigo; ten, pues, celo y conviértete.
Ap 3,19

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25.02.20

Cardenales del nuevo paradigma

El cardenal y arzobispo de Bolonia, Matteo Zuppi, ha concedido una entrevista a RD, de la que cito:

En su conferencia, usted recuperó el concepto de ‘Profetas de calamidades’ usado por Juan XXIII en el Concilio. ¿Estamos demasiado mal acostumbrados en la Iglesia europea a estar tristes?

Claro, hay tantas dificultades, y el fin de la cristiandad, que está claro, pero no significa el fin del Evangelio ni del Cristianismo. Hay muchas dificultades, y calamidades, pero creo que Juan XXIII tenía razón. No se pueden mirar solo las dificultades, hay que ver las oportunidades.

Y:

¿Ese es uno de sus retos: cómo explicamos esa iglesia hipermercado es la misma que la de abajo?

No se explica, se vive. Se vive con oración, con cercanía, proximidad, viviendo el evangelio, y no un evangelio reducido a moral. Que sea un encuentro, que sea vida, como tiene que ser el evangelio. Que sea un hecho, una homilía que hable al corazón.

¿Tiene muchos enemigos el Papa para recuperar este estilo de Iglesia?

Creo que hay tantos profetas de calamidades, hay tantos que confunden la conversión pastoral y misionera con el relativismo moral, de la verdad. Yo creo que la conversión nos ayuda a vivir bien el depósito de nuestra fe, pero a vivirlo hoy, para no quedarse fuera. Queremos que el evangelio siga hablando a los hombres de hoy. Frente a la secularización y sus consecuencias, el Evangelio responde al grito del hombre de hoy.

Por su parte, el cardenal y arzobispo primado de México, comentó en declaraciones recogidas por la Agencia Efe lo siguiente:

Más de la mitad de los estados mexicanos reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo, una cifra que ilustra el cambio de valores de la sociedad mexicana del que habla Aguiar y al que tiene que hacer frente su Iglesia.

La Iglesia tiene clara su doctrina, pero no es tiempo de condenas, sino de entender y aceptar las opciones que cada uno tome“, defiende el cardenal sobre la homosexualidad.

El arzobispo primado de México pide centrar la atención en ver “si se dan las condiciones sociales en las que se respete esa decisión del ser humano” y recuerda que la Iglesia “debe estar abierta a todos, católicos o no, para entender y apoyar en las necesidades de cada persona".

Vamos por partes. El optimismo de san Juan XXIII en torno al futuro de la humanidad y su protesta contra los profetas de calamidades aparece en su discurso de inauguración del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962. Cito:

En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.

Llama la atención dos cosas:

1- Que al parecer había personas que ya sospechaban, y osaban decirlo, que la humanidad no iba por buen camino en eso que se conoce como Modernidad.

2- Que según el Papa, estábamos ante un “nuevo orden de relaciones humanas” que, ojo al dato, era obra de los propios hombres.

Más adelante tras afirmar algo realmente sorprendente, a saber, que “los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol” (sic), añadió:

Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen.

Cabe señalar:

1- Es herejía pelagiana afirmar que el hombre, por sí solo, es capaz de condenar y dejar a un lado todo aquello que es contrario a la ley divina. Sin el concurso de la gracia, tal cosa es literalmente imposible.

2- Tras dos guerras mundiales, pensar que el hombre había aprendido la lección e iba a comportarse como Dios manda, no era mero optimismo. Era desconocer absolutamente las consecuencias del pecado original y la enseñanza de la Escritura y la Tradición acerca del hombre caído y del “mundo".

3- Oponer misericordia a severidad en la condena del error es puerta abierta a la extensión masiva del error.

57 años y medio después, vemos en qué han quedado las palabras del papa Roncalli. Ha ocurrido exactamente lo contrario a lo que “profetizó". Las guerras han seguido ocurriendo acá y allá, y a ello se ha añadido la expansión del aborto, que es el mayor crimen en la historia de la humanidad, y la aparición de “un nuevo orden de relaciones humanas” (Nuevo Orden Mundial), pero en el sentido literalmente opuesto al Reino de Dios y absolutamente concordante con el Reino del Gran Arquitecto, adorado en las logias, que es Satanás en persona. La familia está siendo aniquilada. Las leyes están dando paso a la aceptación social de auténticas barbaridades. Y el hombre ha demostrado ser, por si no quedaba claro, el mayor enemigo del hombre, con los estados facilitando esa labor de autodestrucción.

¿Y qué decir de la propia Iglesia? ¿fue profeta de calamidades Pablo VI cuando afirmó que había entrado en ella el “humo de Satanás"? Es más, ¿cómo no iba a entrar ese humo si se habían abierto las ventanas de par en par?

Aun así, lo peor de todo no es que hubiera un error en el diagnóstico y las medidas a tomar. Lo peor es que hoy se pretende que tal error fue un acierto, y se profundiza en las consecuencias del mismo, de tal manera que la secularización presente en el mundo se ha apoderado, literalmente, de la mayor parte de la Iglesia.

Esto no empezó con el discurso inaugural del CVII. Llevamos, no solo en el mundo sino en la Iglesia, dos siglos y pico con un constante tira y afloja entre los revolucionarios radicales y los conservadores que conservan la revolución. Y una vez desaparecidos los tradicionalistas, o reducidos a la mínima expresión, el juego es mucho más fácil para ambos bandos.

En España ese tira y afloja nos ha llevado a tener un corpus legislativo absolutamente perverso. Pero los conservadores nos piden moderación, calma y sosiego, diálogo… para que los otros den otro paso adelante al que no seguirá un paso atrás.

Al final, los revolucionarios radicales se quitarán de en medio a los conservadores con absoluto desprecio. El desprecio que se merecen.

Eso pasa tanto en la sociedad como en la Iglesia. De hecho, la decadencia de España -y del resto de Occidente- es paralela a la de la Iglesia.

Bruno Moreno ha descrito magistralmente la realidad que vivimos hoy:

Dios nunca quiere que pequemos y eso es lo que siempre ha enseñado la Iglesia. No importan las excusas que se den y las circunstancias que se aleguen: adulterar siempre es un pecado grave y Dios nunca da permiso para hacerlo, ni mucho menos quiere que lo hagamos.

En cambio, multitud de obispos y sacerdotes se empeñan en enseñar y poner en práctica lo contrario, ya sea diciendo a los adúlteros que pueden comulgar o callando ante los que lo hacen y tolerando esa destrucción de la moral católica. Incluso los obispos y sacerdotes que siguen aplicando la moral tradicional católica en sus diócesis o parroquias en muchos casos elogiaron, por puro respeto humano o quizá por una obediencia mal entendida, la exhortación Amoris Laetitia, en la que se afirma que el adulterio puede ser en algunas ocasiones “la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios” y “la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo” (AL 303). Apenas cuatro cardenales, la mitad de los cuales han muerto, pidieron que esto se clarificase (un eufemismo para indicar respetuosamente que debía corregirse), mientras que la inmensa mayoría de los demás obispos siguen sin decir nada.

Cuando la autoridad y la falsa prudencia se ponen al servicio de la perversión, de la destrucción de la moral de la Iglesia; cuando se ignora por completo el poder de la gracia divina para liberar efectivamente, y no al modo luterano, al hombre del pecado; cuando se cambia el Evangelio por diálogo cómplice con el mundo que vive bajo el dominio de Satanás, solo cabe esperar que ocurra de forma rotunda aquello que profetizó, y esta vez de verdad, san Pablo y que ya tenemos ante nuestros ojos:

Que de ningún modo os engañe nadie, porque primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición,  que se opone y se alza sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es adorado, hasta el punto de sentarse él mismo en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.
2 Tes 2,3-4

No hace falta ser profeta para denunciar que estamos ante el abismo, ante la mayor traición que ha sufrido Cristo desde que Judas le entregó por treinta monedas de plata. Ahora se le entrega a cambio del reconocimiento del mundo, de ese Nuevo Orden Mundial que no tiene nada que ver con el buenismo necio y herético de quienes abrieron las ventanas de la Iglesia para que el humo de Satanás hiciera estragos.

Solo Dios sabe lo que nos depara el futuro inmediato. Es fácil caer en la desesperación en medio de tanta confusión, de tanto lío, de tanta corrupción del evangelio, de tanto desprecio y persecución de la Tradición. Mas tenemos la promesa segura de que las Puertas del Hades no prevalecerán. No es tiempo de amargarse, de actuar como si Cristo no nos hubiera dado la victoria en la Cruz. Es tiempo de obrar conforme a la gracia que nos ha sido dada en defensa de la fe, dando testimonio de la realeza de Cristo en nuestros corazones y en medio de todo el mundo. Es tiempo de obedecer a la Madre del Señor y Madre nuestra cuando nos pide “haced lo que Él os diga” (Jn 2,5) 

No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Luc 12,32

¡Viva Cristo Rey y María Reina!

Luis Fernando Pérez Bustamante