InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: Espiritualidad cristiana

15.11.20

Es hora de escribir un nuevo libro

Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.
Ap 21,5

Muchos somos los que, en determinados momentos de nuestras vidas, seguimos el ejemplo de la mujer de Lot y miramos atrás, ignorando el camino marcado por San Pablo:

… una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Fil 3-13-14

Atrás podemos dejar cosas buenas, malas, alegrías, penas, cruces, pecados, etc. Da igual. Ni somos todavía lo santos que Dios nos concede y conmina a ser, ni hay pecado al que no alcance la misericordia de Dios si partimos de la llanura de la impiedad hacia el monte del arrepentimiento.

Si estás herido, quebrantado, abatido o desolado, no te comportes como un perrillo que se lame las heridas y escucha la voz del que te dice: 

«Despierta, tú que duermes, álzate de entre los muertos, y Cristo te iluminará»
Ef 5,14

Si eres de Cristo, recuerda la enseñanza del apóstol:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
2 Cor 5,17

Cierra el libro de tu pasado y sé dócil al Espíritu Santo que te lleva a escribir el nuevo libro de tu vida entregada a Dios, conforme a la medida de fe que Dios te ha dado (Rom 12,3), “porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn 1,16).

Y Aquella que por su intercesión obtuvo de su Hijo la conversión del agua en vino, obtendrá para ti la alegría de estar presto y listo para las bodas del Cordero (Ap 19,7-9)

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Laus Deo Virginique Matri

Luis Fernando Pérez

3.11.20

Breves reflexiones (XIII)

El alma se embellece cuando por la acción de la gracia va haciéndose más fiel a la voluntad de su Creador.

El Universo no había sido creado y ya formabas parte del plan de Dios. ¿Pensarás acaso que hay algo de tu vida que no esté cubierto por su Providencia?

Esa cruz que tanto te pesa aligera tu alma del apego a todo lo que te puede alejar de Dios.

Madre de Cristo, Madre mía, madre bella, madre santa, madre Inmaculada y reina de mi alma, no dejes que me aparte del fruto bendito de tu vientre.

Alcánzame Dios el don de perderme en ti en esta vida para hallarme con ti en la eternidad.

Como las lágrimas de Cristo ante la tumba de Lázaro prologaron el milagro, lás lágrimas que derramas por la cruz y las pruebas que Dios te regala son preludio de tu resurrección.

Si se agota la fuente del gozo en tu Señor, la Madre te obtendrá del Hijo el vino nuevo de Caná que alegre tu espíritu.

Sed inagotable de santidad. Fuente de gracia para beber y saciarse. Eso debe ser la vida cristiana.

Y tú, amor mío, que volaste a la presencia del Señor, ¿no habrás de velar por mí cuando contemples su gloria cara a cara?

Ama a quien ama a Dios si quieres fundar un hogar cristiano y criar hijos para extender su Reino.

Luis Fernando Pérez

Breves reflexiones (XII)
Breves reflexiones (XI)
Breves reflexiones (X)
Breves reflexiones (IX)
Breves reflexiones (VIII)
Breves reflexiones (VII)
Breves reflexiones (VI)
Breves reflexiones (V)
Breves reflexiones (IV)
Breves reflexiones (III)
Breves reflexiones (II)
Breves reflexiones (I)

20.04.20

El Espíritu Santo y el cumplimiento de los mandamientos

Se dice, y no sin razón, que el Espíritu Santo es el gran desconocido para muchos cristianos. Como si fuera el invitado callado del gran banquete de la Redención. Y, sin embargo, sin Él nada entenderíamos, nada podríamos hacer para salvarnos.

Cristo mismo explicó a los apóstoles su papel:

… pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré.  Y cuando venga Él, acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio.
Jn 16,7-8

Y:

Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad
Jn 16,12-13

Es absolutamente necesario que los redimidos vivan no ya conforme a la carne sino al Espíritu:

Así pues, no hay ya ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible para la Ley, al estar debilitada a causa de la carne, lo hizo Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora; y por causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no caminamos según la carne sino según el Espíritu.
Los que viven según la carne sienten las cosas de la carne, en cambio los que viven según el Espíritu sienten las cosas del Espíritu.  Porque la tendencia de la carne es la muerte; mientras que la tendencia del Espíritu, la vida y la paz.
Puesto que la tendencia de la carne es enemiga de Dios, ya que no se somete -y ni siquiera puede- a la Ley de Dios. Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
Rom 8,1-8

¿Cuál es la diferencia entre vivir en la carne o en el Espíritu?

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.

Gal 5,19-25

Se engañan todos aquellos que creen que pueden salvarse si viven en una vida de pecado sin arrepentimiento. No hacen caso a la advertencia del apóstol San Juan:

Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.
1 Jn 3,7-9

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19.04.20

La meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas

Hoy he atendido a la celebración de la Misa por parte del P. Jorge González Guadalix, que la ha retransmitido en directo desde su cuenta de Facebook. Ha sido una Misa según el rito Novus Ordo ad orientem. Pueden verla ustedes haciendo click en este enlace.

En su homilía, D. Jorge ha destacado especialmente la frase final de la segunda lectura de hoy, Domingo de la Divina Misericordia:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
I Pedro 1,3-9

Como bien ha predicado D. Jorge, nada hay más importante en esta vida que alcanzar la salvación eterna. A ello debe dirigirse principalmente nuestro proceder así como la acción de la Iglesia. Todo lo demás, sin dejar de ser importante, es absolutamente secundario.

Por más que vivamos una larga vida, pongamos que 90-100 años, es infinitamente menos tiempo que un parpadeo de ojos comparado con la eternidad sin fin que nos espera tras abandonar este mundo. Dice la Escritura (Heb 9,27) que al hombre se le ha dado una sola vida y después de ella, el juicio. Nuestro destino eterno se determina mientas vivimos. No hay segundas oportunidades. O nos salvamos (cielo o purgatorio del que se sale siempre al cielo) o nos condenamos (infierno). Y tan eterno es el cielo como el infierno.

¿Cómo salvarme? es la pregunta que todo hombre debería hacerse. Vemos cómo responde Cristo sobre lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
 Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».
Jn 6,27-29

La fe es un don de Dios que nos lleva a creer en Él. Y sin fe, como también dice la Escritura, no se puede agradar a Dios (Heb 11,6). Mas para que no caigamos en el error solafideísta, la epístola de Santiago nos advierte que “la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro” (St 2,17) y que “el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe” (Stg 2,24). De hecho, el propio San Pablo, a quien como dice San Pedro “los ignorantes e inestables tergiversan como hacen con las demás Escrituras para su propia perdición” (2 Ped 3,16), Dios “pagará a cada uno según sus obras: vida eterna a quienes, perseverando en el bien, buscan gloria, honor e incorrupción; ira y cólera a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia. Tribulación y angustia sobre todo ser humano que haga el mal, primero sobre el judío, pero también sobre el griego; gloria, honor y paz para todo el que haga el bien…” (Rom 2,6-10).

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14.04.20

Creyeron en Dios, ayunaron y se vistieron de saco

Parte del episcopado sigue negando las Escrituras y la Tradición diciendo que Dios nunca castiga. El último en hacerlo ha sido el cardenal Antonio Marto, obispo de Leira-Fátima (Portugal), que ante la mera sugerencia de que la actual pandemia sea un castigo de Dios ha dicho:

«Esto no es cristiano. Sólo lo dice quien no tiene en su mente o en su corazón la verdadera imagen de Dios Amor y Misericordia revelada en Cristo, por ignorancia, fanatismo sectario o locura».

No me negarán ustedes que tiene su gracia que diga eso el obispo donde está el Santuario de la Virgen de Fátima, que en uno de sus mensajes dijo a Jacinta:

«Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo».

Dejando de lado los que hablan como si fueran incrédulos, vayamos a lo que Dios nos ha revelado. Vaya por delante que, aunque yo creo que lo es, no podemos asegurar con certeza absoluta que la actual pandemia es un castigo de Dios en el sentido de que ha sido enviada por Él. Ahora bien, no se puede negar que, como poco, la ha permitido.

Lo que debemos preguntarnos hoy no es tanto si estamos o no ante un castigo de Dios, sino cómo debemos obrar, movidos por su gracia, en medio del actual sufrimiento y el que vendrá como consecuencia de la pandemia. La Escritura nos da la respuesta. Tomemos como ejemplo una situación en la que el castigo de Dios fue anunciado por un profeta: Nínive.

Estuvo Jonás deambulando un día entero por la ciudad, predicando y diciendo:
-Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.
Las gentes de Nínive creyeron en Dios. Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño. Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se quitó el manto, se cubrió de saco y se sentó en la ceniza. Y mandó pregonar y decir en Nínive, por decreto del rey y de sus magnates, lo siguiente. 
-Hombres y bestias, vacas y ovejas, que no prueben nada, ni pasten ni beban agua. Que hombres y bestias se cubran de saco y clamen a Dios con fuerza. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia de sus manos. ¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros? 

Dios miró sus obras, cómo se convertían de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había dicho que les iba a hacer, y no lo hizo.
Jon 3,4-10

Fíjense ustedes en la secuencia de los hechos. El profeta anuncia el castigo divino. La gente cree en Dios y se pone ipso facto a hacer penitencia. Por su fuera poco, el rey decreta que la penitencia ha de ser realizada todos y pide la conversión. Se convirtieron, hicieron penitencia y Dios no los castigó.

Si el Señor hizo eso con un pueblo que no era el suyo, ¿qué no haría si su pueblo actual, la Iglesia, siguiera los pasos de los ninivitas y cumpliéramos lo que predicaba San Pablo a todos? A saber, «que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de penitencia (arrepentimiento)» (Hch 26,20). 

Leamos también la oración del profeta Daniel intercediendo a Dios por el pueblo pecador que había sido castigado. Está en el capítulo 9 de su libro. Así explica el profeta lo que hizo:

Después me dirigí al Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza.
Dan 9,3

Merece la pena leer toda la oración de Daniel.

Es cosa buena, por tanto, clamar a Dios y hacer penitencia. Como individuos y como pueblo. ¿Qué nos impide hacerlo en las actuales circunstancias? Nada. 

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