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25.01.10

Aclaraciones varias

En los últimos días he recibido y se han publicado todo tipo de alabanzas y críticas por lo que escribo en este blog. La mayoría de ellas han sido sensatas, aunque no han faltado las que se han excedido tanto hacia el lado del elogio como al de la discrepancia. Para algunos soy una especie de inquisidor fundamentalista que busca limpiar la Iglesia de escoria heterodoxa usando métodos propios del pasado. Pero también los hay que me acusan de deslealtad por haber criticado, siquiera indirectamente, el cambio de orientación en la actitud del episcopado español ante algunos aspectos de la ingeniería social zapateril.

Una de las críticas que suelo recibir tiene más que ver con lo que hice en mi pasado que con los argumentos que uso en el presente. Eso de que “a saber lo que defenderá dentro de poco tiempo este saltimbanqui religioso” lo llevo escuchando desde que regresé a la Iglesia Católica hace diez años. Y es posible que dentro de otros diez, algunos sigan diciendo lo mismo, como muestra clara de su incapacidad de dar algún argumento serio en contra de mi proceder. Pues sí, efectivamente yo nací católico, dejé de serlo, pasé un par de años largos en el mundo del esoterismo, luego regresé al cristianismo vía protestantismo evangélico, en el que “milité” 8 años y medio, y, tras un breve pero intenso contacto con las iglesias ortodoxas, volví al hogar donde nací a la fe… ¡¡¿¿ Y ??!! ¡¡¿¿ Piensan los que me critican por eso que habría sido mejor que me hubiese quedado pronunciando mantras en posición del loto o ganándome la vida echando las cartas del tarot ??!! Dando por hecho que lo que hice, abandonar la Iglesia, es siempre un error, ¿no lo sería mayor quedarse fuera a pesar de que el Señor te da la oportunidad de regresar? A los que me acusan de inestabilidad, les pregunto cuántos años creen que deben de pasar desde mi regreso a la fe católica para que se pueda decir que es poco probable que mañana me haga cienciólogo o adventista del séptimo círculo del samsara.

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23.01.10

José Manuel, me alegro de que quieras ser católico

José Manuel Vidal ha respondido al post que escribí sobre él el pasado viernes. Y me temo que su respuesta implica que no ha entendido bien lo que le quise decir. Al menos en sus palabras no da un solo argumento a las razones que le expuse para pedirle que se uniera a una comunidad eclesial protestante. Dichas razones se resumen en una: está de forma clara y nítida más cerca de la visión del cristianismo que se da en el protestantismo que la propia del catolicismo.

Es más, no lo digo yo. Lo dice él mismo. Cuando uno afirma que el protestantismo es un mosaico multicolor y el catolicismo (ahora matiza que el “español” y sobre todo en la jerarquía) es un cristal pálido monocolor y gris, lo normal es hacerse protestante. Dice Vidal:

Y son precisamente ellos, los fundamentalistas, los que lo quieren ocultar y manchar, condenándolo al ostracismo y al ninguneo. En estos momentos, en la Iglesia española, sólo tienen visibilidad los nuevos movimientos. ¿Más pruebas? Tras la venturosa salida de Losantos, en la Cope desembarcaron los “cristianos”. Pero sólo los de los movimientos: CL, Kikos, Opus, Focolares, Cruzados, Legionarios…Sólo se les oye a ellos desde la cadena de los obispos. Las demás “sensibilidades” (parroquias, vida religiosa, movimientos de Acción Católica) no tienen voz. Simplemente no existen en la radio de la Iglesia. ¡Por qué será!

O sea, del cristal monocolor hemos pasado a un cristal en el que hay al menos seis movimientos. Quizás para Vidal sea lo mismo ser cielino, kiko, carismático o focolar. Para él todos son grises. Lo que yo sé es que todos coinciden en ser católicos fieles a la Iglesia -esa es la clave- pero con carismas muy distintos. En todo caso, como no escucho la Cope (prefiero Radio María para oír programación religiosa), pues no puedo desmentir ni afirmar que tenga razón en relación a lo que él llama “otras sensibilidades".

Vidal me interpela directamente:

Pues bien, por decir eso, algunos quieren echarme de la Iglesia católica. Entre ellos, Luis F. Pérez Bustamante, que comenzó en RD, aquí creció, de aquí salió y aquí volvió cuando las cosas se le pusieron feas. ¿Echarme, por qué, Luis Fernando? ¿Por decir lo obvio? ¿Por creer que Iglesia somos todos? ¿Por no excluir a nadie? ¿O por progre, nostálgico del Vaticano II y, por lo tanto, hereje?

¿Que yo quiero echarte? No, hombre no. Te pedí que te fueras para que seas consecuente con tu visión sobre la Iglesia y sobre la realidad del protestantismo. Pero no tengo capacidad de echar a nadie. Como mucho puedo pedir a nuestros pastores que sancionen o echen a quienes desde el sacerdocio y/o la vida consagrada se dedican a llevar la contraria a la Iglesia en asuntos de fe y de moral. Pero tú, sacerdote secularizado y por tanto no sujeto a la disciplina eclesial -o sujeto como cualquier laico- no entras dentro de esa categoría.

Dices que la Iglesia somos todos. Pues yo te digo que somos todos los que profesamos la fe de la Iglesia en su integridad. No los que profesan sólo aquello que creen bien y rechazan aquello que no les gusta. De hecho, no soy yo el que ha escrito lo siguiente:

Una expresión de los errores eclesiológicos señalados es la existencia de grupos que propagan y divulgan sistemáticamente enseñanzas contrarias al Magisterio de la Iglesia en cuestiones de fe y moral. Aprovechan la facilidad con que determinados medios de comunicación social prestan atención a estos grupos, y multiplican las comparecencias, manifestaciones y comunicados de colectivos e intervenciones personales que disienten abiertamente de la enseñanza del Papa y de los obispos. Al mismo tiempo reclaman para sí la condición de cristianos y católicos…
…. Estos grupos, cuya nota común es el disenso, se han manifestado en intervenciones públicas, entre otros temas y cuestiones ético-morales, a favor de las absoluciones colectivas y del sacerdocio femenino, y han tergiversado el sentido verdadero del matrimonio al proponer y practicar la “bendición” de uniones de personas homosexuales. La existencia de estos grupos siembra divisiones y desorienta gravemente al pueblo fiel, es causa de sufrimiento para muchos cristianos (sacerdotes, religiosos y seglares), y motivo de escándalo y mayor alejamiento para los no creyentes.

Como te digo, eso no lo he escrito yo. Forma parte de una Instrucción Pastoral de nuestros obispos. Que además ha sido alabada por miembros destacados de la curia en Roma. Tú apoyas a todos esos grupos. Yo afirmo que son la cara visible del cisma que afecta a la Iglesia desde hace décadas y que cuanto antes se reconozca oficialmente por la propia Iglesia, antes podrá empezarse a trabajar para acabar con él. En otras palabras, lo que yo digo a lo bruto, lo llevan sugiriendo y diciendo “suavemente” nuestros pastores desde hace tiempo. Y no me hables del Vaticano II. Yo sí me creo TODO lo que dice. Tú no. Por ejemplo, no aceptas esto:

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30.12.09

Carta enviada a Roma y Cartagena

Hoy al mediodía ha salido, en dirección a la Curia Generalizia de la Compañía de Jesús en Roma y a la sede del obispado de Cartagena, la carta abierta al Prepósito General de los jesuitas y al obispo de Cartagena, Rvdmo P. Adolfo Nicolás y Excmo y Rvdmo D. José Manuel Lorca Planes respectivamente, que escribí el sábado 26 de diciembre en este blog.

El motivo de la carta, como todos los lectores de este blog saben, es el escándalo que supone leer en un periódico español un artículo de un sacerdote jesuita en el que se ofende gravemente el sentimiento de los católicos. El que no sepa a qué me refiero, que lea la carta abierta, en la que doy detalles del escándalo.

A la carta he sumado los datos personales -nombres, apellidos y DNI o documento acreditativo- de los fieles que se han querido adherir a la misma. En total, han sido 148 las personas que se han sumado al texto. A todas ellas quiero dar las gracias por su adhesión y por su confianza en darme sus datos. Entre los apoyos a la carta se encuentran diez sacerdotes y un religioso. Al menos que se hayan presentado como tales. Es posible que algún otro sacerdote, religioso o religiosa me haya enviado sus datos sin hacer referencia a su condición. También hay abogados, periodistas, médicos y miembros de otras profesiones pero en la carta enviada sólo he señalado a los que son sacerdotes y al religioso (sin mencionar su orden). La mayoría de los co-firmantes son españoles pero también he recibido adhesiones de argentinos, chilenos, venezolanos, italianos y españoles residentes en el extranjero. Uno de ellos, curiosamente, me escribió desde Japón, donde reside el padre Masiá.

Quiero además reproducir unos párrafos del email que un sacerdote murciano me envió ayer mismo:

Ante la publicación de Masiá me alegró enormemente ver que había tenido alguna repercusión el hecho y que tanto el Sr. de la Gigoña, así como usted mismo han reaccionado.

Me parece muy bien la carta, pero si me lo permite, le diré que lo considero una acción poco contundente. Aquí lo que hay que hacer ver de una vez por todas es que los fieles tienen derechos y que pueden exigirlos y reclamarlos. No se trata ya de pedir, rogar y suplicar que por favor digan o hagan algo sino de exigir que digan y hagan. ¡Es un DERECHO de los fieles!

Por cierto, que en el mismo ejemplar del diario “La Verdad” en el que venía el artículo de Masiá aparecía otro artículo de un miembro de Comunidades de base de la Diócesis que colabora también habitualmente, cuestionando el celibato sacerdotal y reclamando el sacerdocio femenino.

O los fieles se espabilan y comienzan a exigir el que se respeten sus derechos o las cosas van a cambiar muy poco.

Pues de eso se trata amigos y hermanos en el Señor. De que los fieles hagamos aquello que se nos pidió que hiciéramos en el Concilio Vaticano II:

Los laicos, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia, de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de Dios y de los hermanos en Cristo, sus necesidades y sus deseos. En la medida de los conocimientos, de la competencia y del prestigio que poseen, tienen el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia. Hágase esto, si las circunstancias lo requieren, mediante instituciones establecidas al efecto por la Iglesia, y siempre con veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su oficio sagrado, personifican a Cristo. (LG 37)

Como he dicho, en este caso varios sacerdotes se han sumado a la carta, así que no es sólo una iniciativa de laicos. Pero para el caso, creo que es lo mismo.

Esta es la lista de los que se han adherido a la carta abierta. Pongo sólo el nombre y las iniciales. Si alguien no se encuentra, que me lo diga. Esto lo hago todo a mano y se me puede haber perdido algún nombre:

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26.12.09

Juan G. Bedoya, responsable de la información religiosa de El País, tiene razón

Con el título de “Voto de desobediencia a los obispos”, Juan G. Bedoya nos regalaba uno de sus “interesantísimos” artículos el día 24 de diciembre en el diario El País. El veterano responsable de la información religiosa del diario del grupo Prisa empezaba con fuerza su columna:

¿Quién hace caso hoy a la doctrina de los obispos en materia de familia, sexo, anticonceptivos, investigación con embriones, incluso ante dogmas antes llamados fuertes, como la resurrección y divinidad de Jesús, la inmaculada concepción y la ascensión de María, la infalibilidad del Papa o la real existencia del cielo, el infierno o el purgatorio? ¿Significan estas discrepancias -ese no hacer caso a lo que predica la jerarquía del cristianismo-, que existe un cisma en la Iglesia católica actual?

A la primera pregunta me dan ganas de contestar ¡¡¡YO!!!, pero como sé que buena parte de los lectores de InfoCatólica, y de este blog en concreto, responderían lo mismo, pues vamos a dejarlo en un ¡¡¡NOSOTROS!!! Pero igual que digo eso, reconozco que la mayoría de los bautizados, al menos en España, responderían un ¡¡¡YO NO!!!

A la segunda pregunta, mi respuesta es rotunda: ¡Sí! Y añado: ¡Es uno de los cismas más graves en la Historia de la Iglesia!

De hecho, el propio Bedoya describe la situación de forma muy acertada:

Los cismas de ahora son soterrados, porque Roma, escarmentada o insegura, no quiere romper con nadie, y los protestantes contemporáneos también prefieren una convivencia en discordia a una salida del santuario.

Salvo en lo de que Roma está “escarmentada o insegura” -me guardo para mis adentros mi calificación sobre la actuación de la Sede Apostólica-, no podría estar más de acuerdo con ese análisis de la realidad eclesial cuando ya ha transcurrido la primera década del siglo XXI. Y es una realidad que hemos heredado del post-concilio, aunque ya antes del Vaticano II asomaban las primeras nubes del cisma de facto que la Iglesia ha sufrido, y sufre, en este paso del segundo al tercer milenio de la era cristiana. Hoy mismo hemos sabido que ha fallecido una de las cabezas visibles de ese cisma, el teólogo dominico Edward Schillebeecks. No me gusta hablar mal de nadie justo después de morir, así que baste con constatar que a pesar de que Roma detectó al menos nueve errores teológicos graves -en mi pueblo, herejías- y de que él se negó a retractarse, no parece que se le aplicara el Código de Derecho Canónico, que es un texto muy mono que sin duda debe servir para muchas cosas pero más bien para poco a la hora de atajar el cisma que nos acecha.

La gran diferencia entre el cisma actual y otros pasados, es precisamente que, probablemente con la intención de evitar un cisma a gran escala, se ha optado por admitir que los herejes se queden dentro de la comunión eclesial. Es decir, a pesar de que la pena canónica por la herejía contumaz es la excomunión, personajes como Hans Küng -que entre otros dogmas niega el de la infalibilidad papal- no sólo no han sido excomulgados sino que ni siquiera se les ha suspendido a divinis. Como mucho se les he prohibido ejercer la docencia en universidades y seminarios católicos. Lo cual, por supuesto, no ha servido para nada. ¡Miento!: sí ha servido. Esa actitud condescendiente con la herejía ha servido para que la secularización interna de la Iglesia haya alcanzado niveles impensables, dramáticos, cuasi apocalípticos.

Bedoya hace una cita de una carta de monseñor García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz. En relación con la actitud de los políticos católicos que se pasan la doctrina de la Iglesia por salva sea la parte, el arzobispo observa…

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9.10.09

Comunión y crítica

Parece ser que a algunos elementos del “Parque Jurásico progre-eclesial", que se pasan la vida quejándose de lo que hace o deja de hacer el cardenal Rouco, al que fustigan constantemente, se han sorprendido de que haya católicos fieles al magisterio de la Iglesia en su totalidad -factor éste incomprensible para ellos-, que puedan opinar en contra de la no presencia del cardenal en la manifestación del 17-O. Es más, mostrando lo que para ellos es su concepción del término “opinión”, consideran que quienes osan criticar a don Antonio María, y de paso a cualquier obispo “conservador", lo que en realidad quieren hacer es ganarles el pulso, marcarles la senda por la que tienen que andar, etc. Y ya el colmo, llegan a decir que la “caverna” es mucho más antijerárquica que la progresía. ¡¡Ole, ole…. y olé!!

Pues no, queridos, no es así la cosa. Yo sólo puedo hablar por mí, pero desde hace tiempo tengo como norma de mi actuación como “opinador", lo que dijo Pío XII en 1950 sobre la opinión pública dentro de la Iglesia:

Finalmente, Nos querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles. Pero también aquí la prensa católica puede hacer un servicio muy útil. A este servicio, sin embargo, más que a cualquier otro, el periodista debe aportar aquel carácter del que Nos hemos hablado, y que está formado por un inalterable respeto y un amor profundo hacia el orden divino, es decir, en el caso presente, hacia la Iglesia tal como ella es, no solamente en los designios eternos, sino tal como vive concretamente aquí abajo en el espacio y en el tiempo, divina, sí, pero formada por miembros y por órganos humanos.

Si posee este carácter, el publicista católico sabrá evitar tanto un servilismo mudo como una crítica descontrolada. Ayudará con una firme claridad a la formación de una opinión católica en la Iglesia, precisamente cuando, como ahora, esta opinión oscila entre los dos polos, igualmente peligrosos, de un espiritualismo ilusorio e irreal y de un realismo derrotista y materializante. Alejada de estos dos extremos, la prensa católica deberá ejercer entre los fieles su influencia sobre la opinión pública en la Iglesia. Solamente así se podrán eludir todas las ideas falsas, por exceso o por defecto, sobre la misión y sobre las posibilidades de la Iglesia en el dominio temporal y, en nuestros días, sobre todo en la cuestión social y el problema de la paz.

Queda claro pues, que la crítica moderada dentro de la Iglesia no sólo es buena, sino incluso aconsejable. El “oficialismo” es tan nefasto para la salud de la Iglesia como el ataque brutal y desconsiderado que el progresismo eclesial hace a todas horas contra todo aquello que no se pone de rodillas ante sus pretensiones, que por mucho que las disfracen de Vaticano II, son la antítesis del ethos católico. La gran diferencia entre ellos y los que criticamos desde la comunión eclesial es precisamente que jamás se nos verá decir algo que vaya en contra de una sola tilde de las doctrinas que pertenecen al depósito de la fe. Profesamos la fe y la moral católica en su totalidad, no en comunión con el espíritu de la potestad del aire (Ef 2,2), con el príncipe de este mundo (Jn 14,30), con ese Belial (2ª Cor 6,15) que quiere que la modernidad sea la sal de la Iglesia en vez de que la Iglesia sea la sal del mundo moderno.

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