Les aseguro a ustedes que en España ha habido un Congreso Nacional Eucarístico
Sí, no miento. Este fin de semana se ha celebrado en Toledo el X Congreso Eucarístico Nacional. Creo que ha sido todo un exitazo. Algunas fuentes hablan de 1000 asistentes. O sea, algo así como el doble de los que acudieron al primer congreso “Camino a Roma” en el que di mi testimonio de regreso a la Iglesia. Ante lo cual, me imagino que los obispos, arzobispos y cardenales participantes en el congreso toledano debieron usar prismáticos para poder contemplar la inmensidad de la masa de fieles que escuchaban con fervor lo que tenían que decir sobre la Eucaristía, verdadero corazón de la vida de la Iglesia y de los fieles.
Y es que, queridos lectores, pocos Congresos se han celebrado en la historia de la Iglesia con tanta preparación, esmero, publicidad y dinamismo apostólico. Al fin y al cabo, el tema lo merecía. La promesa de Cristo de estar siempre con nosotros se cumple de forma solemne cada vez que un sacerdote consagra las especies del pan y del vino. Y es bien sabido por todos, que son incontables los santos que hablaron de la Eucaristía como fuente de gracia que les llevaba por el camino de la santidad. ¿Y qué no decir del sacrificio eucarístico, donde el Señor es inmolado incruentamente para la salvación del hombre? ¿habrá algo de más valor en la tierra que el gesto del sacerdote que levanta la Hostia Consagrada?

“Non serviam” es la frase atribuida a Satanás y sus ángeles como muestra de su rebeldía ante Dios. No pocos hombres han seguido sus pasos. El “no” a Dios es un “no” a la vida y un “sí” a la muerte, pero los hay que han elegido pasar la eternidad separados de la vida a morir a sí mismos para vivir siempre en el Señor. La rebeldía está en la raíz de toda perdición. El aceptar que no tenemos la última palabra o, mejor dicho, que esa última palabra no depende de nuestros deseos sino de la autoridad de alguien por encima de nosotros, es lo que separa al hombre del abismo. Y si eso es cierto para todos, en mayor medida lo es para quienes han sido iluminados por el Espíritu de la verdad. Un pagano incrédulo tiene los ojos cerrados ante la luz que puede conducirle hacia la vida eterna, pero el cristiano tiene ojos para ver, oídos para oír y piernas para andar por el camino de la salvación. No hemos recibido una ley escrita en piedras y pergaminos sino al Espíritu Santo que nos conduce hacia la verdad completa, hacia Cristo nuestro Salvador. Por tanto, no tenemos excusa para rebelarnos contra la autoridad divina.


