Hay que denunciar cada vez más claramente la ilegitimidad del sistema
Entre las diversas virtudes del cardenal Rouco está la de hacer afirmaciones rotundas, en un tono tal que no parece que sean tan contundentes como realmente son. Por ejemplo, en su reciente intervención en Rímini, en el encuentro de Comunión y Liberación, S.E.R hizo la siguiente pregunta:
¿Tiene el poder político facultad de limitar, condicionar, restringir e incluso negar los derechos fundamentales de la persona humana -el derecho a la vida, a la libertad religiosa, de pensamiento, de conciencia, de expresión y de enseñanza- sin que se quiebre su legitimidad ética?
Pero no dejó la pregunta en el aire. Él mismo dio la respuesta:
La contestación, subyacente a muchas de las corrientes culturales que inspiran e influyen hoy la teoría y la praxis política, es militantemente afirmativa.
Es obvio que en España llevamos mucho tiempo asistiendo a una serie de acontecimientos políticos a los que, si le aplicamos las palabras del cardenal arzobispo de Madrid, nos llevan a la conclusión de que el actual régimen político es ilegítimo desde el punto de vista de la fe católica. El cardenal García-Gasco lo dijo de forma más explícita hace casi dos años en la plaza madrileña de Colón:
“por el camino del aborto, del divorcio exprés y de las ideologías que pretenden manipular la educación de los jóvenes no se llega a ningún destino (…) Así no se respeta la Constitución española de 1978 y nos dirigimos a la disolución de la democracia”

“Non serviam” es la frase atribuida a Satanás y sus ángeles como muestra de su rebeldía ante Dios. No pocos hombres han seguido sus pasos. El “no” a Dios es un “no” a la vida y un “sí” a la muerte, pero los hay que han elegido pasar la eternidad separados de la vida a morir a sí mismos para vivir siempre en el Señor. La rebeldía está en la raíz de toda perdición. El aceptar que no tenemos la última palabra o, mejor dicho, que esa última palabra no depende de nuestros deseos sino de la autoridad de alguien por encima de nosotros, es lo que separa al hombre del abismo. Y si eso es cierto para todos, en mayor medida lo es para quienes han sido iluminados por el Espíritu de la verdad. Un pagano incrédulo tiene los ojos cerrados ante la luz que puede conducirle hacia la vida eterna, pero el cristiano tiene ojos para ver, oídos para oír y piernas para andar por el camino de la salvación. No hemos recibido una ley escrita en piedras y pergaminos sino al Espíritu Santo que nos conduce hacia la verdad completa, hacia Cristo nuestro Salvador. Por tanto, no tenemos excusa para rebelarnos contra la autoridad divina.








