(642) Espiritualidad 20– Sacerdotes santos – o pecadores. Negación de la soteriología por el silencio

 

–Se ve mucha diferencia en la historia del sacerdocio cristiano; épocas muy buenas y otras muy malas.

–Así es. Como ya expuse, cuando los sacerdotes no somos muy buenos, somos mediocres o incluso malos, pésimos.

 

En la historia de la Iglesia la denuncia de los pecados de cierto clero viene a ser un lamento tradicional, renovado por algunos que, movidos por Dios –a veces santos: Papas, ministros sagrados, teólogos, laicos–, señalan esas lacras del clero, a fin de que, por obra del Espíritu Santo, sean superadas, y venga a ser más santificante su ministerio sacerdotal para al pueblo cristiano.

Al comenzar a escribir este artículo, pensaba yo limitarme a prolongar esa benéfica tradición crítica –hoy más bien silenciada–, recordándola con algunos ejemplos. Pero en seguida me acordé de San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), doctor de la Iglesia, que en su obra La dignidad y santidad que ha de tener el sacerdote, dedica precisamente el capítulo IV a reafirmar La gravedad de los pecados del sacerdote. Y lo hace, como es su costumbre, reuniendo una antología de citas muy valiosas de Santos y Doctores. Me voy a limitar, pues, a reproducir fragmentos de ese impresionante capítulo.

La premisa principal de esas tradicionales denuncias y lamentos contra las deficiencias del clero, como lo veremos, está siempre en el principio corruptio optimi, pessimala corrupción de lo mejor es lo peor. Cuanto más viva está en la Iglesia la fe en la debida santidad del clero, más fuertes y numerosas se hacen las críticas contra sus deficiencias y pecados. Las gracias que reciben de Dios los sacerdotes con el Orden sagrado son tan altas, que hacen especialmente graves sus pecados: «A quien mucho se le da, mucho se le reclamará» (Lc 12,48).

Hasta nuevo aviso, todo lo que sigue son textos del santo Doctor de la Iglesia, Alfonso María de Ligorio. Solamente los textos que van [entre corchetes] son míos.

 

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–[Especial gravedad del pecado en los sacerdotes]

Gravísimo es el pecado del sacerdote, porque peca a plena luz, ya que pecando sabe bien lo que hace. Por esto decía Santo Tomás que el pecado de los fieles es más grave que el de los infieles, «precisamente porque conocen la verdad» (STh I-II, 10,3). El sacerdote está de tal modo instruido en la ley, que la enseña a los demás: Pues los labios del sacerdote deben guardar la ciencia, y la doctrina ha de salir de su boca [Mal 2,7].

Por esta razón dice San Ambrosio que el pecado de quien conoce la ley es en extremo grande, pues no tiene la excusa de la ignorancia (De dignit. sacram. 3) (…) Los seglares pecan, pero pecan en medio de las tinieblas del mundo, alejados de los sacramentos, poco instruidos en materia espiritual; sumergidos en los asuntos temporales y con el débil conocimiento de Dios, no se dan cuenta de lo que hacen pecando (…) Los sacerdotes, por el contrario están tan llenos de luces, que son antorchas, destinadas a iluminar a los pueblos: «Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5,14). (…).

Harto conocido es esto del sacerdote y la obligación que sobre él pesa, como ministro de Cristo, de servirle y amarle, después de tantos favores de gracia recibidos. Por esto, «cuanto mejor conoce la enormidad de la injuria, hecha a Dios por el pecado, tanto crece la gravedad de su culpa», dice San Gregorio.

 

El pecado del sacerdote es de malicia

Todo pecado del sacerdote es pecado de malicia, como lo fue el pecado de los ángeles, que pecaron a plena luz. «Es el ángel del Señor, dice San Bernardo, hablando del sacerdote, y por eso el pecado del clero es pecado contra el cielo» (Declamac. 24). Peca en medio de la luz, por lo que su pecado, como se ha dicho, es pecado de malicia, ya que no puede alegar ignorancia, pues conoce el mal del pecado mortal, ni puede alegar flaqueza, pues conoce los medios para fortalecerse; si quiere y si no lo quiere, suya es la culpa [Sal 35,4].

«Pecado de malicia, enseña santo Tomás, es el que se comete a sabiendas» (I-II,78,1). Y en otro lugar afirma que «todo pecado de malicia es pecado contra el Espíritu Santo» (De malo 3,14), del que dice San Mateo que no se perdonará ni en este mundo ni en el venidero [Mt 12,32] (…)

Nuestro Salvador rogó en la cruz por sus perseguidores diciendo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» [Lc 23,34]; y esta oración no vale a favor de los sacerdote malos, sino que, al contrario, los condena, pues los sacerdotes saben lo que hacen. (…) San Juan Crisóstomo dice que «el Señor nunca es tan ofendido como cuando le ofenden quienes están revestidos de la dignidad sacerdotal» (In Mt hom. 41).

[Nota bene. Conviene advertir que en ciertas Iglesias locales muy debilitadas prevalece hoy tanto la mala doctrina en el Seminario y en las Facultades de Teología que el «no saben lo que hacen» suele excusar más a los sacerdotes que a los laicos, limitados éstos al Catecismo y guardados por él en la verdadera fe].

 

El pecado del sacerdote es de ingratitud

(…) Enseña Santo Tomás que el pecado crece de peso en proporción de la ingratitud: «Nosotros mismos, dice San Basilio, por ninguna ofensa nos sentimos tan heridos como la que nos infieren nuestros amigos y allegados» (Glossa in I Pet,4). San Cirilo llama precisamente a los sacerdotes: familiares íntimos de Dios. Y [el diácono] San Efrén se pregunta: «¿Cómo pudiera Dios exaltar más al hombre que haciéndolo sacerdote?». ¿Qué mayor nobleza, qué mayor honor puede otorgarle que hacerle vicario suyo, su coadjutor, santificador de las almas y dispensador de los sacramentos? Le dio poder omnímodo sobre el Cuerpo de Jesucristo; le puso en las manos las llaves del paraíso, …(…)  ¡Qué horrible ingratitud, cuando el sacerdote, tan amado de Dios, le ofende en su propia casa! ¿Qué significa está «mi amado en mi casa» mientras comete maldades?, pregunta el Señor por boca de Jeremías [Jer 11,15]. Ante esta consideración, se lamenta San Gregorio diciendo: «¡Ah Señor!, que los primeros en perseguirnos son los que ocupan el primer rango en vuestra Iglesia» (In Convers. S. Pauli, serm.1).

(…) También de esto se quejó el Señor por boca de David con estas palabras: Si me hubiera afrentado un enemigo yo lo soportaría [Sal 54,13]. Si un enemigo mío, un idolatra, un hereje, un seglar, me ofendiera, todavía lo podría soportar; pero ¿cómo habré de poder sufrir el verme ultrajado por ti, sacerdote, amigo mío y mi comensal? Mas fuiste tú el compañero mío, mi amigo y confidente; con quien en dulce amistad me unía [Sal 54,14.15]. Se lamentaba de esto Jeremías, diciendo: ¡Qué miseria y qué horror!; el que se alimentaba con manjares celestiales y vestía de púrpura, se vio luego cubierto de un manto manchado por los pecados, alimentándose de basuras estercolares [Lamentaciones 4,5: +2Pe 2,21-22]… Y San Juan Crisóstomo, o sea el autor de la Obra imperfecta, añade: «Los seglares se corrigen fácilmente, pero los sacerdotes, si son malos, son a la vez incorregibles».

 

–[Castigos del sacerdote pecador]

Consideremos ahora el castigo reservado al sacerdote pecador, castigo que ha de ser proporcionado a la gravedad de su pecado. Dice el Señor en el Deuteronomio (25,2): Mandará que lo azoten en su presencia con golpes de número proporcionado a su culpabilidad.  (…)  Y a la verdad que son sobrado terribles las amenazas que el Señor profiere por boca de Jeremías contra los sacerdotes pecadores: «Porque incluso el profeta y el sacerdote se han hecho impíos; hasta en mi propia casa he descubierto su maldad, declara Yahveh. Por esto su camino será para ellos resbaladero en tinieblas: serán empujados y caerán en él» [Jer 23,11-12].

 (…) Resbaladero en tinieblas: el sacerdote, al pecar pierde la luz y queda ciego: Mejor les fuera, dice San Pedro, no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás de la ley santa a ellos enseñada [2Pe 2,21]. Más le valdría al sacerdote que peca ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras. Porque después de tantos sermones oídos y de tantos directores, y de tantas luces recibidas de Dios, el desgraciado, al pecar y hollar bajo sus plantas las gracias de Dios recibidas, merece que la luz que le ilustró no sirva más que para cegarlo y perderlo en la propia ruina. Dice San Juan Crisóstomo que «a mayor conocimiento corresponde mayor castigo, y añade que por eso el sacerdote [que tenga] las mismas faltas que sus ovejas no recibirá el mismo castigo, sino mucho más duro» (Adpop, Ant. hom 77). (…) Y quedará más obcecado que esos seglares, siendo castigado precisamente como lo anuncia el profeta: «Escuchad, pero sin comprender, y ved, pero sin entender» [+Lc 8,10].

Esto es lo que nos enseña la experiencia, dice [San Juan Crisóstomo] el autor de la Obra imperfecta: «El seglar después del pecado se arrepiente». En efecto, si asiste a una misión, oye algún sermón fuerte, o medita las verdades eternas acerca de la malicia del pecado, de la certidumbre de la muerte, del rigor del juicio divino o de las penas del infierno, entra fácilmente en sí mismo y vuelve a Dios, porque, como dice el Santo, «esas verdades le conmueven y le aterran como algo nuevo».

En cambio, al sacerdote que ha pisoteado la gracia de Dios y todas las gracias de Él recibidas, ¿qué impresión le pueden causar las verdades eternas y las amenazas de las divinas Escrituras? Todo cuanto encierra la Escritura, continúa el mismo autor, todo para él está gastado y sin valor. Por lo que concluye que no hay cosa más imposible que esperar la enmienda del que lo sabe todo y, a pesar de ello peca (Hom. 40 in c.21 Mt). «Muy grande es, dice San Jerónimo, la dignidad del sacerdote, pero muy grande es también su ruina si en semejante estado vuelve la espalda a Dios» (L.18, In C.44 Ez).

«Cuánto mayor es la altura a que le sublimó Dios, dice San Bernardo, tanto mayor será el precipicio» (Declam. n.25). «Quien se cae del mismo suelo, dice San Ambrosio, no se suele hacer mucho daño, pero quien cae de lo alto no se dice que cae, sino que se precipita, y por eso la caída es mortal» (De dignit. sacerd. 3). «Alegrémonos, dice San Jerónimo, nosotros los sacerdotes, al vernos en tal altura, pero temamos por ello tanto más la caída» [In Ez. 44]. (…)

Sacerdote mío, mira que habiéndote Dios exaltado tan alto al estado sacerdotal te ha sublimado hasta el cielo, haciéndote hombre no ya terreno, sino celestial. Si pecas caes del cielo, por lo que has de pensar cuán funesta será tu caída, como te lo advierte San Pedro Crisólogo: «¿Qué cosa más alta que el cielo?; pues del cielo cae quien peca entre las cosas celestiales» (Serm. 26). «Tu caída, dice San Bernardo, será como la del rayo, que se precipita impetuoso» (Declam. 25); es decir, que tu perdición será irreparable [Jer 21,12]. Así, desgraciado, se verificará contigo la amenaza con que el Señor conminó a Cafarnaúm. «Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el infierno serás hundida!» [Lc 10,15].

Tan gran castigo merece el sacerdote pecador por la suma ingratitud con que trata a Dios. «El sacerdote está obligado a ser tanto más agradecido cuanto mayores beneficios ha recibido», dice San Gregorio  (In Evang. hom.9) (…). «El ingrato merece que se le prive de todos los bienes recibidos», como observa un sabio autor. Y el propio Jesucristo dijo: «A todo el que tiene se le dará y andará sobrado; más al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado» [Mt 25, 29]. Quien es agradecido con Dios, obtendrá aún más abundantes gracias; pero el sacerdote que después de tantas luces, tantas comuniones, vuelve la espalda, desprecia todos los favores recibidos de Dios y renuncia a su gracia, será en toda justicia privado de todo. El Señor es liberal con todos, pero no con los ingratos. «La ingratitud, dice San Bernardo, seca la fuente de la bondad divina» (In Cantic. 25,29). De aquí nace lo que dice San Jerónimo, que «no hay en el mundo bestia tan cruel como el mal sacerdote, porque no quiere dejarse corregir» (Ep. ad Dam. de morte Hier.). (…)

Reveló el Señor a Santa Brígida que atendía a los paganos y a los judíos, pero que no encontraba nada peor que [el  que hallaba a veces en] los sacerdotes, pues su pecado es como el que precipitó a Lucifer (Revel. I.I. c.47). Como decía el papa Inocencio III: «Muchas cosas que son veniales tratándose de seglares, son mortales entre los eclesiásticos» (In Const. Pont. serm.77). (…)

 

–[Incorregibilidad]

¡Qué lluvia de gracias ha recibido de Dios continuamente el sacerdote! Y luego, en vez de frutos, produce abrojos y espinas… Está  a punto de ser reprobado y de recibir la maldición final, para ir, después de recibir tantas gracias de Dios, a arder en el fuego del infierno. Pero ¿y qué temor tendrá del fuego del infierno el sacerdote que tantas veces volvió las espaldas a Dios? Los sacerdotes pecadores pierden la luz, como hemos visto, y con ella pierden el temor de Dios, como el propio Señor lo da a entender: «Y si soy Señor, ¿dónde está el temor que me es debido?, dice Yahveh Sebaot a vosotros, sacerdotes, menospreciadores de mi nombre» [Mal. 1,6]. (…)

Este mal es el del sacerdote que peca por malicia, que cae en lo profundo de la miseria y queda ciego, por lo que desprecia los castigos, las admoniciones, la presencia de Jesucristo, que tiene junto a sí en el altar, y no se avergüenza de ser peor que el traidor Judas, como el Señor se lamentó con Santa Brígida: «Tales sacerdotes no son sacerdotes míos, sino verdaderos traidores» (Revel. I,I, c.47). (…)

Pero Padre, dirá alguien, este lenguaje es en extremo aterrador ¿Qué, nos quieres hacer desesperar? Responderé con San Agustín: «Si aterro, es que yo mismo estoy aterrado» (Serm. 40). Pues qué, dirá el sacerdote que por desgracia hubiera ofendido a Dios en el sacerdocio, ¿ya no habrá para mí esperanza de perdón? No; lejos de mí afirmar esto; hay esperanza si hay arrepentimiento, y se aborrece el mal cometido. Sea este sacerdote sumamente agradecido al Señor si aún se ve asistido de su gracia, y apresúrese a entregarse cuando le llama según aquello de San Agustín: «Oigamos su voz cuando nos llama, no sea que no nos oiga cuando esté pronto a juzgarnos» (Serm. 29).

 

–[Exhortación final]

Sacerdotes míos, estimemos en adelante nuestra nobleza y, por ser ministros de Dios, avergoncémonos de hacernos esclavos del pecado y del demonio (…) Cuando el Señor castiga a un pueblo, el castigo empieza por los sacerdotes, por ser ellos la primera causa de los pecados del pueblo, ya por su mal ejemplo, ya por la negligencia en cultivar la viña encomendada a sus desvelos. De aquí que entonces diga el Señor. «Tiempo es de que comience al juicio por la casa de Dios» [1Pe 4,17]. En la mortandad descrita por Ezequiel quiso el Señor que los primeros castigados sean los sacerdotes: «Y comenzaréis por mi Santuario» [Ez 9, 6]; es decir, como lo explica Orígenes, por mis sacerdotes (Tr. I in Mt.). En otro lugar se lee: «Los poderosos, poderosamente serán enjuiciados» [Sab. 6,7]. «A todo aquel a quien mucho se dio, mucho se le exigirá» [Lc. 12,48]. (…)

Y como el juicio de los sacerdotes será más riguroso, su condenación será también más terrible [Jer 17,18]. Un concilio de París, dice que «la dignidad del sacerdote es grande, y también su ruina si llega a pecar» [In Ez 44]. Y San Juan Crisóstomo: «si el sacerdote comete los mismos pecados que sus feligreses, no padecerá el mismo castigo, sino castigo mucho mayor» (Adpor. Ant. hom. 77.). El Señor le reveló a Santa Brígida que los sacerdotes pecadores serán hundidos en el infierno más profundamente que todos los demonios en el infierno: todo el infierno se pondrá en movimiento (Revel. 5,4, c.135). ¿Cómo festejarán los demonios la entrada de un sacerdote, para salir a su encuentro [Is 14,9]? (…) [Los demonios dirán del sacerdote condenado: ]… ¡Cómo se burlarán entonces los demonios de las misas, de los sacramentos y de las funciones sagradas del sacerdote! «Le miraron sus adversarios y se burlaron de su ruina» [Lam. 1,7]. (…)

Mirad sacerdotes míos, que los demonios se esfuerzan por tentar a un sacerdote más que a cien seglares, porque el sacerdote que se condena arrastra a muchos tras de sí. (…) Por eso añade San Jerónimo que el diablo no busca tanto la pérdida de los infieles y de los que están fuera del santuario, sino que se esfuerza por ejercer sus rapiñas en la Iglesia de Jesucristo (Epist. ad Eustoch.).

[Hasta aquí, San Alfonso María de Ligorio].

Me permito añadir a su antología de citas sobre el pecado de los sacerdotes, alguna de San Juan de Ávila (1499-1569), Doctor de la Iglesia. Su amplia acción apostólica fue especialmente intensa cuando procuraba la reformación del clero. Citaré sólo algunos fragmentos de los dos Memoriales que, por encargo de un Arzobispo, hizo llegar al Concilio de Trento.

«Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquier remedios. Y si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar» (Memorial II,41). «En tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano [en la crisis protestante], echen mano a las armas los capitanes, que son los prelados, y esfuercen al pueblo con su propia voz, y animen con su propio ejemplo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido… Déseles regla e instrucción de lo que deben saber y hacer, pues, por nuestros pecados, está todo ciego y sin lumbre. Y adviértase que para haber personas cuales conviene, así de obispos como de los que les han de ayudar, se ha de tomar el agua de lejos, y se han de criar desde el principio con tal educación [alude a los Seminarios que impulsó], que se pueda esperar que habrá otros eclesiásticos que los que en tiempos pasados ha habido… Y de otra manera será lo que ha sido» (Memorial II,43). «Fuego se ha encendido en la ciudad de Dios, quemado muchas cosas, y el fuego pasa adelante, con peligro de otras. Mucha prisa, cuidado y diligencia es menester para atajarlo» (II,51).

 

–¡Duras son estas palabras! ¿Quién podrá oírlas» (Jn 6,60)

Se escandalizarán algunos de las palabras de Alfonso de Ligorio y por sus tremendas citas de santos, que alguna vez, por su tono exhortativo, no guardan la exactitud doctrinal de un texto académico. Incluso algunos pensarán que hoy tenemos una «mayor caridad» con los pecados de los prójimos, y concretamente de los sacerdotes, que la que expresaban en sus prédicas y escritos grandes personajes de la historia de la Iglesia, como Basilio, Efrén, Gregorio, Ambrosio, Crisóstomo, Agustín, Jerónimo, Bernardo, Crisólogo, Tomás, Brígida, el propio Ligorio, etc. En realidad se avergüenzan del lenguaje empleado a veces por nuestro Señor y Salvador Jesucristo: raza de víboras, sepulcros blanqueados, que ni entráis en el Reino ni dejais entrar en élLenguaje de Cristo claro y fuerte. Por lo visto nuestro Maestro no había alcanzado el nivel altísimo de «caridad» universal que corona a tantos críticos cristianos de nuestro tiempo. Ellos sólo aceptan y usan un Lenguaje católico oscuro y débil.

Ejemplo. Un grave socavón ha cortado una carretera detrás de una curva, y no ha llegado todavía la policía para cortar el tráfico. Un vecino se planta antes de la curva para detener a los conductores que llegan, pues si continúan avanzando, se van a matar.  Otro vecino se desentiende y no dice nada: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gén 4,9). ¿Cuál de los dos obra y habla con mayor caridad?… Una pregunta análoga: ¿cuál tiene más caridad, el sacerdote que predica la posibilidad real del infierno o el que prefiere silenciar el tema absolutamente?

Ligorio (+1787) escribe a fines del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, cuando se va imponiendo una mentalidad liberal que conseguirá en dos o tres siglos la apostasía de Occidente. Desde entonces, ese modo fuerte de predicar el Evangelio desaparece gradualmente, hasta hacerse casi imposible en la mundanización y reelativismo de nuestro tiempo. Hasta poco antes, todavía un San Claudio la Colombière, SJ (1641-1682) puede atreverse a escribir textos como éste: «Como la depravación es hoy mayor que nunca, y como nuestro siglo, cada vez más refinado, parece también corromperse cada vez más»… (De la fuite du monde, en Écrits 295-296). Pero ya hoy, desde hace más de medio siglo, verdades muy ciertas y patentes están silenciadas incluso por católicos practicantes, que no quieren combatir públicamente el mundo actual (Novus Ordo, etc.), que aceptan como bueno un ecumenismo degradado no sólo con los «hermanos separados», cristianos, sino con los no-cristianos. Un falso ecumenismo, que pretende fraternizar la Iglesia con todas las religiones.

 

–Valoración del sacerdocio ministerial y horror por el pecado del sacerdote

Cuando en la Iglesia el amor al sacerdocio ministerial recibido en el sacramento del Orden ha sido fuerte y generalizado, han sido abundantes las vocaciones sacerdotales, y el horror al pecado posible de algunos sacerdotes se ha considerado con indecible horror.

Cuando en la Iglesia, por el contrario, es mínimo el aprecio del sacerdocio ministerial recibido en el sacramento del Orden, necesariamente desaparecen casi las vocaciones sacerdotales, y el horror al pecado posible de algunos sacerdotes viene a ser considerado con una benignidad falsamente caritativa.

Amor y horror se corresponden a la inversa.

                                                                              

–Los mayores pecados de los sacerdotes pueden ser a veces de omisión

Lo mismo puede decirse de los cristianos laicos, pero con mayor razón de los sacerdotes (y de los obispos), pues ellos deben saber mejor las obligaciones propias de quienes el Señor ha elegido-llamado-consagrado-enviado-mandado para que, novo modo consecrati, ejerciten con especiales potencias santificadoras la autoridad Cristo y de los Apóstoles en favor de los  hombres.

 –Hacer el mal es un pecado de comisión que, aun en sacerdotes oscurecidos por la reiteración de la culpa, suele en ciertos momentos suscitar la gracia de Dios en ellos una conciencia de culpa, que los abra a la conversión; o que al menos les dé una conciencia de su pecado, aunque no acaben todavía de vencerlo; quizá más adelante. Estos pecados de comisión son muchas veces de debilidad en los fieles, pero en los sacerdotes suelen ser de malicia. En unos y otros, obviamente, pueden ser leves o graves.

Un sacerdote, por ejemplo, que mantiene una relación adúltera con una mujer casada, que diariamente celebra  la Eucaristía sacrílegamente, que no se confiesa… es muy difícil que, al menos en algunos momentos, por gracia de Dios, no reconozca la miseria de su situación. Y si la reconoce, quizá la gracia le conceda un día la conversión.

Ya los lectores conocen o pueden imaginar cuáles son las culpas de un sacerdote pecador. Orgullo, amor propio, mentiras, murmuraciones, aficiones vanas y desordenadas, dureza con los débiles, adulación de los importantes, demasiado amor al dinero y a la propia salud corporal, sujeción excesiva al estado de ánimo: muy amable y servicial, muy duro y egoista, según le dé; curioso, desordenado, con adicciones fuertes –puede, por ejemplo, un día amanecerle viendo internet–, muy pendiente de que le aprecien, del escalafón clerical, de enterarse de todo, con mal genio frecuente, que por falta de dominio pierde el tiempo, se deja llevar de curiosidades morbosas, de actos y miradas que, etc. Basta. Me desagrada ir haciendo esta enumeración, que cualquiera, como digo, puede conocer o suponer. Me detendré más, en cambio, en considerar ciertos pecados de omisión.

 

 –No hacer el bien debido es un pecado de omisión, que muchas veces es especialmente peligroso, porque el pecador fácilmente no es consciente de su culpa, o la justifica alegando doctrinas falsas, lo que agrava su pecado. Los pecados de omisión pueden implicar malicia; aunque también a veces son de debilidad. Pero en uno u otro caso, con frecuencia apenas producen conciencia de pecado, cerrando así a la conversión.

Un sacerdote que dejó la oración hace años; que jamás predica a sus fieles el pecado original («pecador me concibió mi madre», Sal 50,7), sino que viene a enseñar que todo niño nace inocente, y que es el mal de la sociedad el que lo va inclinando al pecado. Uno que acepta sin problema la situación de los bautizados no practicantes, alejados de la Misa durante decenios. Que nunca predica el pudor, ni la castidad (258-264). Que por principio nunca menciona al demonio (16-18), y menos aún la posibilidad real de una salvación celestial o de una condenación infernal (08-09), etc. Y que negando el celo apostólico, renuncia a toda acción misionera, como si así superara antiguas predicaciones colonialistas y crueles, agresivas y terroristas… et sic de caeteris… está pecando gravemente, al menos si se mira objetivamente la gravedad de su omisión… Imposible hacer un elenco de los innumerables pecados de omisión que pueden darse en un sacerdote pecador.

Puede ser, sin embargo, que un sacerdote que anda en estas miserias mantenga su conciencia en paz. No hace nada malo. Quizá entiende simplemente las graves omisiones de su ministerio como una superación positiva de todas las negatividades pésimas de los santos pastores antiguos, como un San Pablo, un San Juan de Ávila, un Grignion de Montfort… ¡y como de un Señor nuestro Jesucristo!

Analizaré aquí solamente, a modo de ejemplo, un muy grave pecado de omisión contra la fe y la caridad: la soteriología negada sistemática y deliberadamente, para acabar de expresar que en el sacerdote el pecado de omisión puede ser gravísimo, aún más grave a veces que otros de comisión.

 

Eliminación de la soteriología cristiana

Salvación o condenación. En el juicio final «dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros"… Y dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno"…» (Mt 25,34.41). «Cuantos hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; los que hicieron el mal, para la resurrección de la condenación» (Jn 5,29). 

El Cristianismo es esencialmente doxológico (para fomentar la gloria, doxa, de Dios) y soteriológico (pretende por el único Salvador, Soter, la salvación, sotería, de los  hombres). Me fijo ahora solamente en lo segundo: el fin soteriológico de Cristo, de su Iglesia, del sacerdote.

El Hijo divino eterno se hizo hombre y se llama Jesús «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Así lo confesamos en el Credo: el Verbo divino se encarnó, y «propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis». Ese  mismo es el fin de la Iglesia, ser «sacramento universal de salvación» (Lumen Gentium 48; Ad Gentes 1). Es ahí donde está la misión del sacerdote.

En los Evangelios comprobamos que siempre que Jesucristo predica, menciona la salvación o/y la condenación. Puede comprobarse en el artículo Salvación (08) de este blog, donde presento 50 lugares distintos de los Evangelios (sí: cincuenta) –referidos por un solo evangelista, o por varios–, en los que el Señor promete la salvación a quienes aceptan sus palabra y su gracia, y anuncia la condenación de quienes las rechacen. Es un dato cierto.

También consta que el Salvador, antes de ascender a los cielos, envía a los Apóstoles a predicar el Evangelio: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, in fine). Gravísimo don y mandato. Vaticano II: «Los presbíteros, como cooperadores que son de los Obispos, tienen por deber primero anunciar a todos el Evangelio de Dios» (PO 4a). El Evangelio de Cristo entero, por supuesto.

Pues bien, ¿cumplen la misión recibida de Cristo y de la Iglesia aquellos sacerdotes (y obispos) que eliminan sistemáticamente de su catequesis y predicación la dimensión soteriológica de la Iglesia, evitando toda alusión a la eterna salvación o condenación post mortem?

Adviértase que el silenciamiento absoluto, durante decenios, de una verdad de la fe equivale a su negación, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). La fe exige en el cristiano, y más en el sacerdote, ser proclamada: «Creí y por eso hablé» (2Cor 4,13). ¿Cree en la soteriología evangélica, tan decisivamente predicada por Cristo, el sacerdote que jamás la predica?… ¿Cumple con su ministerio, con la misión recibida en el sacramento del Orden?…

En otro artículo (09), complementario del ya citado, señalo que son muchos hoy los que incurren en esta profunda mutilación del Evangelio, alegando que predicar la soteriología católica es hoy un obstáculo enorme para evangelizar; que el respeto por las demás religiones no es conciliable con la exigencia de este artículo de la fe cristiana; que no debe imponerse la exigencia de esta fe para la integración en la Iglesia, etc. Monsergas.

Silenciar en absoluto la soteriología católica equivale a negar los Evangelios, pues en ellos es un tema esencial. Equivale en un sacerdote a negarse a evangelizar, aunque ése es su «deber primero». Es pues, un pecado gravísimo, al menos objetivamente considerado, y más si es mantenido en la teoría y en la práctica con pertinacia. «¡Ay de mí, si no evangelizara!» (1Cor 9,16).

Pero ¡ah!, es un pecado de omisión, cuya culpa muchas veces es ignorada por quienes incurren en él, sobre todo si viven en una Iglesia local descristianizada, que así piensa, enseña y obra. Estiman esos sacerdotes anti-evangelizadores que su abstención apostólica no implica ninguna culpa, sino que es un progreso en la teología de la pastoral y de la misión: un mérito. En consecuencia, esta convicción hace prácticamente imposible su conversión. Quienes así piensan y actúan, creen que están en la verdad evangélica, estiman que la época actual exige una presentación de Cristo y del Evangelio purificada de todo terrorismo amenazante, y que el mundo hoy sólo se abrirá a la Iglesia (sic) si eliminamos la tenebrosidad de la justicia de Dios en favor de su misericordia sin límites. 

Quienes hayan persistido en predicar el Evangelio soteriológico –como Jesucristo, Juan y Pablo, Francisco y Domingo, Tomás de Aquino, Ignacio, Teresa de Jesús, Grignion y Ligorio, Cura de Ars y Teresa del Niño Jesús, el sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Dominus Iesus, y tantos otros documentos y santos párrocos y misioneros–, son considerados por los silenciadores del Evangelio, como hombres engañados, que enseñaban y enseñan una doctrina falsa, porque ignoraban e ignoran la infinitud de la Caridad divina y el misterio insondable de la misericordia de Dios.

Ya llevamos en este gravísimo «error-pecado» más de medio siglo –especialmente en pastores y teólogos–. A priori previmos hace ya decenios la esterilidad absoluta de esta miserable táctica pastoral: es imposible evangelizar negando con el silencio temas fundamentales del Evangelio. Y a posteriori comprobamos que ha conducido a la aceptación del pecado del mundo, a la oenegeización de las misiones católicas, a la descristianización profunda de muchas Iglesias locales, a la casi desaparición en ellas de las vocaciones sacerdotales y religiosas, y a la apostasía de innumerables cristianos.

Conviene señalar que los sacerdotes y obispos, sean progresistas, conservadores o de la tendencia que sea, aunque con diferentes matices y motivaciones doctrinales, vienen sin embargo a coincidir bastante en el hecho de silenciar la soteriología evangélica

 

Catálogo de pecados descatalogados

En mi artículo Pecados descatalogados describo más ampliamente esta mutilación progresista del Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Por ella se condena también al silencio la predicación de algunas virtudes, que están llamadas a vencer ciertos pecados, hoy también cuidadosamente silenciados: están descatalogados, como si ya no fueran pecados. Un solo ejemplo, el último: la anticoncepción, grave pecado, aceptado tácitamente por muchos sacerdotes que con todo cuidado silencian la verdad del sagrado Matrimonio cristiano, sacramento e imagen de la unión esponsal de Cristo con su única Iglesia (Ef 5,32).

Ven pronto, Señor. Ven, Salvador.

   

José María Iraburu, sacerdote 

Índice de Reforma o apostasía

 

 

14 comentarios

  
Javidaba
"Sacerdote mio, mira..." qué ternura en la firme corrección de S. Alfonso.
"El Cristianismo es esencialmente doxológico". Amén, padre, Amén. Es bellísima esta frase.
¡Cómo tenemos que rezar lo laicos por los sacerdotes!, y aplicarnos a nuestro "sacerdocio universal", lo que de San Alfonso pueda convenirnos.
Muchas gracias, D. José María.
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JMI.-Doxología, todo es poco. Rezar por los sacerdotes, todo es poco.
Ánimo y palante.
Bendición +
17/05/21 9:41 AM
  
Marina
!Que artículo más peliagudo¡
Seamos razonables y pidamos lo imposible. No nos cansemos de rezar y de ser cada vez mejores.
Queramos y ayudemos mucho a los sacerdotes.

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JMI.-Oremos, oremos, oremos.
Bendición +
17/05/21 2:07 PM
  
Cesar alonso
AMEN, ASI ES COMO DECIA SAN JUAN BOSCO: "UN SACERDOTE NO SE VA SOLO AL CIELO Y AL INFIERNO; SINO SE LLEVA LAS ALMAS TRAS DE EL".
RECEMOS Y OREMOS POR LA SANTIDAD SACERDOTAL
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JMI.-Oremos, oremos, oremos.
Bendición +
17/05/21 4:58 PM
  
Luis López
Gracias Padre por tan profunda reflexión sobre la dignidad y gravedad del oficio sacerdotal.

Sólo añadiría la necesidad de que todos los laicos recemos continua y fervorosamente por los sacerdotes, especialmente por los mas cercanos, porque el demonio sabe que gana mucho más corrompiendo a un solo sacerdote que a cientos de laicos.
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JMI.-Rezar por los sacerdotes es tan importante que siempre ha estado integrado en la liturgia, concretamente en la Misa. "Oremos por el papa.... Oremos por nuestro Obispo..." y ya se entiende, oremos por nuestro párroco o por los sacerdotes en general. Por un lado, para agradecer su servicio-ministerio. Y por otra parte, para pedir por su propia santificación. Por la cuenta que les trae a los fieles. A ver...
Bendición +





17/05/21 5:28 PM
  
miguel
Gracias por este extraordinario artículo, tan iluminador, que a todos nos debe hacer pensar... y rezar mucho más por todos los sacerdotes.
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JMI.-Oremos, oremos, oremos.
Bendición +
17/05/21 10:54 PM
  
Vicente
Para que Dios haga santo al sacerdote, éste debe pedirlo de rodillas ante el sagrario y luchar contra su ego personal.
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JMI.-No se deja matar el hombre carnal así como así.
Pero el que está en el sagrario es el Cristo glorioso y omnipotente.
El puede y quiere darle al seminarista o al sacerdote un corazón nuevo, por obra del ESanto, que venza del todo al hombre viejo, carnal, adámico, y lo transforme en un hombre nuevo, espiritual, realmente cristiano.
Bendición +
17/05/21 11:49 PM
  
JSP
1. Por el Sacramento del Orden el varón es constituido portador y administrador del Arca de Salvación que es Jesucristo Nuestro Señor.
2. Portador mediante el Espíritu Santo de la Palabra del Logos y del Perdón del Padre y Dios nuestro. Y administrador mediante el Espíritu Santo del injerto de divinidad que nos hace hijos en el Hijo, a imagen y semejanza de Dios en Cristo, y del mismo Señor que nos da el Pan del Cielo.
3. Alter Christus e in Persona Christi que hace al varón consagrado por el Orden pastor del rebaño, ofrenda para el rebaño y víctima por el rebaño. Hoy, muchos sacerdotes pecan, en gran parte, por ignorancia inducida en la deformación implícita en teología, pastoral y moral vivida en la enseñanza de muchos Seminarios.
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JMI.-Sí, la mala formación doctrinal y espiritual atenúa, en algunos casos mucho, la responsabilidad de los sacerdotes que no van bien, y que hacen daño.
Oremos, oremos, oremos por ellos. Y por los formadores.
Bendición +
18/05/21 8:00 AM
  
Miguel Antonio Barriola
Siendo grandes verdades sobre la dignidad sacerdotal y lo execrable de
sus traiciones y pecados, no olvidemos que los apóstoles abandonaron a
Jesús, que Pedro lo negó tres veces y, no obstante, fueron perdonados e
invitados a una nueva vida.
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JMI.-Esas miserias que señalas son enormes, pero se dieron antes de recibir el Espíritu Santo.
Abrazo en Cristo +
18/05/21 2:16 PM
  
JSP
4. Un sacerdote debería saber por vocación y por formación que su profesión es la más importante del mundo porque la Eucaristía es lo más importante del mundo.
5. El Santo Cura de Ars decía que la Santa Misa es incomprensible para las fuerzas humanas: “ni el sacerdote que celebra la Misa puede comprender el valor de una Misa; si comprendiera moriría, ya sea de temor o temblor ante poder tan grande otorgado a una criatura tan frágil y tan débil... o moriría de amor agradeciéndole a Dios por haberlo escogido para un ministerio tan sublime”.... “tal vez en la otra vida comprendamos algo del valor que tiene una Misa”.
6. Es necesario recordar que el Sacramento del Orden ordena y configura en Cristo de forma sobrenatural, de tal forma que aunque un sacerdote esté en pecado la Eucaristía es válida porque es Cristo-Sacerdote quien en realidad consagra.
7. San Juan Eudes decía que “se necesitaría una eternidad para preparar una Misa, otra eternidad para celebrarla y una eternidad para dar gracias por haberla celebrado” y el Padre San Pío de Pietrelcina afirmaba que “el mundo podrá existir sin sol, pero no sin la Santa Misa”. ¡Sacerdotes sed dignos del Señor, por quien habéis sido llamados!

Oración, sacrificio y penitencia por los pobres pecadores, incluidos aquellos sacerdotes alejados de la fe católica, como nos pide la Santísima Virgen María en Fátima. Bendición en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (que es su Novena).
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JMI.-Textos muy verdaderos y muy hermosos. Gracias.
Bendición +
18/05/21 8:17 PM
  
Miguel Antonio Barriola
Aún después de Pentecostés, Pedro en Antioquía se dejó seducir por los
judaizantes y tuvo que ser reprendido por Pablo (Gal 2, 11 - 14).
El mismo Pedro se negó por tres veces a obedecer una orden del cielo
(Hech 10, 9 - 16). Pablo y Bernabé. santos si los hubo, tuvieron un "paroxismós" a causa de otro santo: Marcos y se separaron (Hech 15, 36 - 40).

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JMI.-
1) Nunca he creído ni dicho que los grandes santos (aun bautizados, confirmados y ordenados sacramentalmente) no puedan cometer pecado alguno. No son impecables, al menos en los comienzos de su santo camino de perfección.
2) Tampoco he creído ni dicho que no pueden ser perdonados por Dios. En este artículo (642) recuerdo lo que dice el gran Ligorio: si un sacerdote ofende a Dios, y dice “¿ya no habrá para mí esperanza de perdón? No; lejos de mí afirmar esto; hay esperanza si hay arrepentimiento, y se aborrece el mal cometido”.
3) A los ejemplos aludidos en tu comentario, si realmente son “pecados”, que podrían serlo, les aplico lo dicho en 1) y en 2).
4) No tengo seguridad de que sean “pecados” los tres casos que citas, aunque admito la posibilidad de que lo sean.
A) (Gál 2). Cuando Pedro fue a Antioquía comía con los gentiles, y los trataba con toda libertad, como Pablo. Pero vinieron los de Santiago, cambió de actitud y de obra, como también Bernabé, y Pablo los corrigió con fuerza y en público, porque se salían del camino evangélico verdadero, y con su ejemplo también otros se salían. Pedro aceptó lo que Pablo le reprochaba. No sabría, pues, yo discernir con seguridad cuánto hubo de “pecado” en Pedro y cuánto de “equivocación”. Pero sin duda que pudo haber pecado, como indico en 3).
B) (Hch 10). “Mata y come”… Tampoco estoy cierto de que la negativa de Pedro fuera un pecado de “desobediencia” formal a Dios. Puede que fuera una “obcecación” de un tosco pescador judío, un movimiento primo primi, de quien “dudoso y pensativo” (10,17), pronto depone esa resistencia con ocasión de su encuentro con el centurión Cornelio en Cesarea: “Dios me ha mostrado”… (10,28), haciéndose ya para siempre abogado de la conversión de los gentiles (10,34ss). Pudiera ser así; pero si fuese desobediencia formal y culpable a Dios, aplíquese 3).
C) (Hch 15). Hubo una “gran tensión” entre Pablo y Bernabé con ocasión de llevar o no a Marcos en un viaje apostólico. Pero no acierto a ver ahí un pecado cierto, pues se trata de dos decisiones prudenciales irreconciliables, que pueden ocasionar una fuerte discusión, sin que necesariamente falle la caridad de Pablo o la de Bernabé.


18/05/21 11:23 PM
  
Miguel Antonio Barriola
Gracias, Padre, por estos últimos esclarecimientos.
Pero, yo veo pecados en los casos aducidos, por
el simple hecho, de que Pedro confundió a muchos
conversos en Antioquía (hasta Bernabé: Gal 2, 13)
y calificar de "paroxismo" la diferencia entre Pablo
y Bernabé (Hech 15, 39) por cierto que no es poca
cosa. Al final fue superado tal entredicho, porque el
propio Pablo, le va a pedir a Timoteo (II Tim 4, 11):
"Toma a Marcos y tráele contigo, pues me es muy útil
para el ministerio".
Señal, pues, de que no se quedó Pablo en aquel
"paroxismo" y deshizo su separación con Marcos,
causante de aquella fuerte discusión con Bernabé.
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JMI.-Bueno, gracias a Dios lo nuestro no ha sido un "paroxismo".
19/05/21 1:03 PM
  
Miguel Antonio Barriola
Tal cual, P. Iraburu.
Y gracias por su sentido de humor.
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JMI.-Gracias por visitarme.
19/05/21 10:39 PM
  
Lope Pascual
Es usted un gran sacerdote, Padre Iraburu. Gracias. Confío en que la Santísima Virgen, movida por el gran amor a Ella que España ha esparcido a lo largo y ancho de este mundo, ayude de una manera especial a nuestra patria y nos dé sacerdotes santos que cambien la faz sucia de la Iglesia y del mundo. Un abrazote.

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JMI.-Así sea.
Bendición +
21/05/21 11:30 PM
  
maru
Leo un poco tarde este post suyo P. Iraburu, pero siempre crei, pensé, que el pecado del sacerdote, tendría/debería ser más castigado que el de un laico, precisamente por la dignidad que representa, ya que por su ordenación, actúa "un person Christi". Por eso, cuantos sacerdotes hoy día (sacerdotes, obispos, cardenales), tendrían que leer a los Santos Padres y a santos como los que vd.cita, en lugar de decir que "la Iglesia tiene que ser más cercana al mundo", cuando tiene que ser al revés .
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JMI.-Oremos, oremos, oremos.
Bendición
24/05/21 4:14 PM

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