InfoCatólica / Reforma o apostasía / Archivos para: 2016

12.03.16

(367) Santidad-10. Conversión: oración, ayuno y limosna

Guercino 1618

–Demos gracias a Dios, pues parece que ya hemos terminado…

–Hemos terminado de exponer la conversión, pero seguimos con el grandioso asunto de la santidad.

En el artículo anterior veíamos que la inmensa misericordia del Señor nos concede que podamos satisfacer por nuestros pecados «ante Dios Padre por medio de Jesucristo» por –las penas de la vida, –las impuestas por el confesor en el sacramento, y –«con las penas espontáneamente tomadas por nosotros para castigar el pecado» (Trento, Denz 1693); lo que solemos llamar mortificaciones voluntarias. Pues bien, ¿cuáles son las principales obras penitenciales que debemos imponernos?

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7.02.16

(361) Santidad-4. Santidad y perfección evangélica

Catedral de Reims - s.XIII

–¿O sea que también yo puedo llegar a ser santo?

–Dios nuestro Señor, que es omnipotente y misericordioso, puede hacer milagros.

Examinemos una cuestión clásica que la teología espiritual estudia y enseña.

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Santidad y perfección

Estamos llamados a ser santos y perfectos, como lo es nuestro Padre celestial (Ef 1,4; Mt 5,48). Santidad y perfección equivalen prácticamente. Y no habría dificultad en identificar ambos conceptos si se recordara siempre que no hay más perfección humana posible que la santidad sobrenatural. Pero esto se olvida demasiado. Por eso nosotros preferimos hablar de santidad, palabra bíblica, largamente usada en la tradición patrística, teológica y espiritual de la Iglesia. Ella expresa muy bien que la perfección del hombre adámico ha de ser sobrenatural, por unión con el Santo, Jesucristo. Sin embargo, hemos de considerar ahora el tema de la perfeccióncristiana, siguiendo de cerca la doctrina luminosa de Santo Tomás de Aquino.

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31.01.16

(360) Santidad-3. Santidad moral y psicológica

Niña pensativa

–¿O sea que a lo mejor soy yo sin saberlo «un santo no-ejemplar»?

–Lo de no-ejemplar, en su caso, es un dato cierto. Lo de santo… es ya muy dudoso.

Santidad ontológica

El cristiano es santo porque ha nacido de Dios, que es Santo. Y el Padre, por la generación bautismal, comunica al hijo su propia vida, que es santa. Éste fue el tema del artículo anterior. Veamos ahora cómo esa santidad ontológica debe ir desarrollándose en la vida moral y psicológica.

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25.01.16

(359) Santidad-2. El cristiano, hombre deificado y espiritual

Liturgia de Pascua

–Emplea usted tantas palabras del Nuevo Testamento al hablar del cristiano –por ejemplo, espíritu y carne–, que no van a entender nada.

–Es que yo quiero que los lectores, al mismo tiempo que aprenden Espiritualidad cristiana, conozcan mejor la Biblia y la Tradición. Es oferta comercial: tres por uno.

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La deificación del hombre

Jesucristo santifica al hombre deificándole verdaderamente. En la creación nos hizo Dios imágenes suyas, que es mucho; pero falsificamos la imagen con el pecado, dejando al hombre en caricatura de Dios. Ahora, en la salvación de Cristo, de un modo nuevo, el Señor nos hace «participantes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4) por la comunicación del Espíritu Santo y de la gracia sobre-natural, sobre-humana. Y por eso decimos que nosotros somos hijos de Dios, porque en Cristo hemos renacido verdaderamente «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). «Lo que nace de la carne es carne, pero lo que nace del Espíritu es espíritu» (Jn 3,6).

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21.01.16

(358) Santa Inés, mártir de 12 años

Niña de 12 años

Una niña cristiana de 12 años, Inés, da en favor de Cristo un testimonio que sella con su sangre. Esto sucedió en Roma hacia el 304, en los años del emperador Diocleciano (284-305), y  después de 1700 años seguimos recordando siempre en la Iglesia la firmeza de su fe y el heroísmo de su amor a Cristo. Faltaban unos pocos años para que el emperador Constantino cesara la persecución anticristiana (edicto de Milán, 313). Y ya durante su imperio se edificó una basílica en honor de Santa Inés, en la vía Nomentana, donde se conservaba su sepulcro. Poco después se invocaba su santo nombre durante la Misa en el Canon romano, cuya formulación, muy semejante a la actual, se inicia en la segunda mitad del siglo IV.

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