8.02.18

(247) Maelstrom y libertad negativa, en siete breves aforismos

Siete aforismos para reflejar siete momentos de la moderna y posmoderna oscuridad. Siete rasgos de nihilismo.

 

1.- Libertad negativa significa retorsión del orden moral, natural y sobrenatural, sobre el querer subjetivo.

 

2.- Para eso hay que efectuar una revuelta, esto es, una reforma. Fue lo que hizo Lutero.

 

3.- Una reforma aspira a instaurar un nuevo orden de cosas, y para eso se necesita una revolución.

 

4.- Una revolución no puede realizarse sin una nueva inteligencia, que “libremente” examine para autónomamente re-ordenar las cosas —es decir, para desordenarlas a su manera.

 

5.- Para eso se protesta contra el numen tradicional, cuyos principios subvierte. Se precisa por tanto una mente gnóstica.

 

6.- La nueva inteligencia de las cosas, naturales y sobrenaturales, sólo tiene por norma su propio criterio, esto es, ninguna norma —Así se identifica con la autoafirmación originaria, replegando la mente sobre la propia voluntad.

 

7.- La libertad negativa, por todo ello, lo abarca todo, lo traga todo, lo arrastra todo hacia el propio querer autodeterminado. Y haciéndose acreedora de derechos, impugna el fin último y se vuelve obligatoria.

Así es como, rehabilitada por el modernismo, se vuelve Maelstrom.

 
 
David Glez. Alonso Gracián
 

6.02.18

(246) Ánomos y Anfíbolos, II: los padres fundadores del posmodernismo

Ánomos y Anfíbolos, descendientes de la modernidad, son los padres fundadores del posmodernismo. De tal palo tal astilla.

 

Ánomos surgió de una ola del Maelstrom. Anfíbolos apareció junto al error, agazapado en su seno, con alas de potencia oscura. Y desde el principio era garganta de Ánomos y servidor de su numen.

Ánomos congenia con revoluciones, mutaciones, reformas y situacionismos. Su gran enemigo es el derecho natural y el orden político cristiano.

 

Anfíbolos es el gran propagador del culto a los expertos; demagogo y sofista, es especialista en introducir nuevos términos; manipulador de verdades a medias y generador de eufemismos.

Anfíbolos sabe cambiar la percepción de la realidad mediante hechizos lingüísticos, para que parezca bueno lo atroz. Es el gran legislador de lo inicuo, positivista y subjetivo.

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4.02.18

(245) Libertad negativa, esencia de la modernidad

Acierta el hidalgo de Cristo al querer ser hombre de letras católicas, no mundanas, sino de recta doctrina, según el pensamiento de la Iglesia. Propio del buen cristiano es venerar el logos recibido, los saberes que ha heredado de sus antepasados, y no alterarlo con novelerías. No gusta el buen cristiano carcomerse la sesera con subjetivismos, existencialidades, fenomenologismos y nuevas voces, que mucho prestigian y dan no poca honra a los expertos, pero poco aprovechan al justo. Sabe y practica, como glosa Eugenio D´Ors, que todo lo que no es tradición es plagio.

La hidalguía le viene al cristiano de servir a su Rey, no de plagiar la modernidad, por complejo o con buena intención, pero plagiarla al fin y al cabo. Por gentilhombre, quiere servir a su Señor en todo, colaborando para que Retorne, que es grande gracia y merced. Sabe que no ha sido criado para hacer su voluntad, sino la voluntad de su Señor, y en esta tarea tan grande encuentra su misión y el único sentido de su vida. Sabe, por la razón y por la fe, —y porque sus antepasados, con hechos y palabras, así se lo han transmitido— que «no debe tomarse nada para sí, que no le fuere dado de lo Alto (Jn 3, 27)». Sabe, por tanto, como buen caballero de la fe, con el Doctor Angélico, que «Dios obra en lo más íntimo de todas las cosas» (S Th I, q105, a5).

 

No es la realeza de su Rey una realeza privada, o meramente doméstica, sino total e indivisa. Quiere el cristiano que en todo se cumpla la voluntad de su Señor, en todos los órdenes y espacios de su Reinado. Quiere el cristiano que el logos de la ley, que como un pliego de preceptos lleva inscrito en su alma, sea siempre guardado en todo; en su propia vida, en su casa, en las instituciones, en el estado, en las leyes, en toda empresa y labor que se haga, para mayor gloria de Dios.

Es en base a este sentido de la totalidad, en el servicio pleno a su Rey, que el buen hidalgo de Cristo concibe su libertad como elección teleológica del bien. Esto es, como una opción coherente con su fin último, que es su Señor. No pasa por su cabeza autodeterminarse, ni autodefinirse, ni autoengrandecerse haciendo su voluntad al margen de la de su Señor. La libertad del cristiano no es fin en sí misma, sino destello y fulgor de la realeza de su Rey, reconocimiento de su soberanía, y plenitud, anticipada, del fin último. 

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30.01.18

(244) Defensa de la clasicidad

Clasicidad: virtud de no apartarse de lo tradicional.

 

1.- La herencia transcendental.- Cuán necesario alimentar la razón católica, no con ideo-sincrasias difusas, de origen modernizante, sino con el legado filosófico de las precedentes generaciones cristianas.

 

2.- La potestad del servidor.- El pensamiento clásico posee una mayor autoridad. No sólo por su consistencia broncínea, sub specie aeternitatis, bajo la perspectiva de lo eterno; sino porque el mismo Magisterio de la Iglesia ha utilizado su síntesis.

 

3.- El inconcuso bisturí.- La filosofía clásica, en vanguardia contra la ontofobia existencial, defiende el verdadero y genuino valor del conocimiento humano, sus indudables principios y sus firmes nociones. Con arte preciso extirpa los errores, los tumores del subjetivismo, para que no se desustancie la persona.

 

4.- La aguja de las esencias.- La tesis central del pensamiento clásico, brújula en el bosque del devenir, es que se pueden alcanzar verdades ciertas e inmutables. Siempre con norte que atrae, que es el socorro teologal. No hay caminar seguro sin antorchas.

 

5.- Fuera del remolino.- La filosofía del ser no se somete al Maelstrom, ni en sus principios ni en sus juicios.

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26.01.18

(243) Identidad católica reducida. Más detalles de un proceso que hay que revertir

“Unos pocos solamente piensan en la verdad
depositada en el ser de la cosas”. Anselmo de
Canterbury, Diálogo sobre la verdad, IX.

 

1.- Catolicismo de identidad reducida.-  Es el que apela a los valores del humanismo cristiano, en lugar de apelar a los Mandamientos de Dios, a la sacramentalidad de la Iglesia, o a la ciencia de los santos. No sólo por vergüenza o restricción mental, sino ante todo por pelagianismo: pues cree, ingenuamente, que reduciendo a polvo la piedra de tropiezo, el mundo dará su fiat.

 

2.- Del respeto humano al estancamiento de las misiones.- Al principio se apelaba a los valores para suavizar la intención misional. Luego los valores devoraron la intención misional. El proceso de ocultamiento de la fe cristiana  —cuya teologalidad siempre tensiona hacia el martirio—, degeneró en huida, y por ósmosis con el mundo, en rechazo del apostolado explícito —o sea, del proselitismo—. Para el nuevo paradigma, la exigencia de ser “embajadores de Cristo” (1 Cor 5, 20) exhortando al mundo a penitencia de salvación, da paso a una mera presencia testimonial no asertiva, que poco irrita a la Bestia.

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