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7.05.18

(265) La aproximación de la mente católica al marxismo, a través de la teología

El cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, ha elogiado recientemente a Karl Marx, relacionándolo con la doctrina católica, y asegurando que «sin él, no habría doctrina social de la Iglesia». 

La aproximación de la mente católica al marxismo, sin embargo, no es algo nuevo. No es nuevo que esté bien visto ser un revolucionario,  no es nuevo el horizontalismo utópico.

Porque, en definitiva, no es nuevo el antropocentrismo en la mentalidad de muchos católicos.

Es lógico que pueda sorprender un poco esta reciente “idealización” del marxismo, tras algunas décadas de cierto silenciamiento, gracias principalmente al freno impuesto a la Teología de la Liberación por San Juan Pablo II.

Pero, más allá de esto, la marxistización de la teología, como diría Miguel Poradowski, es un hecho indudable del posconcilio; parcial, pero indudable. Como indudable es el sabor antropologista y sociológico de gran parte de la predicación católica contemporánea.

Rahner, Barth, Bonhoeffer, Mounier, Teilhard de Chardin y tantos otros, han contribuido indirectamente a la aproximación del marxismo. De hecho, la aproximacion al marxismo se ha producido, ante todo, no por influencia directa de Marx, sino por vía indirecta, a través de la obra de estos teólogos, embajadores de esta convergencia secularizadora.

 

1. El principio de las revoluciones y la fe en el hombre

El filósofo y viajero ilustrado Volney (1757 -1820), en su panfleto Las ruinas de Palmira o Meditación sobre las revoluciones de los imperios, afirma que «el ser supremo para el hombre es el hombre». Es un principio que impresiona no sólo por su antropocentrismo, sino por su descarnada idolatría, ante la cual la tremenda advertencia biblica resuena con todo su poder, atravesando milenios:

«Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor!» (Jer 17, 5)

Medio siglo más tarde, en su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel de 1843, Karl Marx se apropia de este lema y lo amplifica:

«Y para el hombre la raíz es el hombre mismo. La prueba evidente del radicalismo de la teoría alemana, o sea, de su energía práctica, es que parte de la decidida superación positiva de la religión. La crítica de la religión desemboca en la doctrina de que el hombre es el ser supremo para el hombre»

Con todas sus implicaciones, enriquecido por las aportaciones de Hegel (1770-1831), lo convierte en sustento ideológico de la fe en el hombre, o sea, de la idolatría revolucionaria moderna. 

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17.04.18

(262) Quintas justas, I: la modernidad empieza con el libre examen

1ª.- Occidente era la Cristiandad.- Con la mal llamada Reforma, la Cristiandad comenzó a deconstruirse, quedando tan sólo una Europa progresivamente descatolizada  (pues eso es la secularización) —y una cristiandad superviviente, llamada Hispanidad (evangelizadora y occidentalizadora).

 

La Modernidad, en cuanto tal, no empieza con el descubrimiento de América, sino con el libre examen.

 

3ª.- Vivimos, aún, en la Modernidad, que es la era del subjetivismo. Cuándo acabará, no lo sabemos. Lo que sí sabemos, o deberíamos saber, es que lo posmoderno no es sino un escorzo de lo moderno.

 

El subjetivismo, en cuanto esencia del pensamiento moderno, es también esencia de su radicalización: el pensamiento posmoderno. —Si en una primera fase el subjetivismo se manifestaba como exageración de la razón (racionalismo), en una segunda fase se manifiesta como exageración del racionalismo (irracionalismo).

 

y .- Modernidad globalizada. Mundialización del libre examen, bajo apariencia de libertad de conciencia. No asistimos a una nueva etapa, sino a la dilatación axiológica de la era de las revoluciones. No otra cosa es el nuevo orden mundial.

 
David Glez Alonso Gracián

15.04.18

(261) Relativismo dogmático, nihilismo consolidado y posmodernidad

Se dice de la sociedad occidental de hoy día que es líquida, por oposición a sólida. Se olvida, sin embargo, que un agua mala puede congelarse, y no por ello perder maldad, antes bien ganarla por petrificación. Y que un error consolidado, congelado en paradigma, es más difícil de superar que un líquido, pues toma forma de obstáculo.

 

1. De la sociedad líquida a la sociedad petrificada

La navegación por los mares de la posmodernidad se ha vuelto sumamente peligrosa. No sólo hay que contar con la presencia de amenazadores bloques de hielo aquí y allá, sino con la acción subliminar, subyacente y profunda, de inadvertidos Leviatanes.

Subliminar, porque el mal posmoderno actúa como por debajo del umbral de la conciencia, en la tenebrosa zona de la mentalidad del siglo, con sus prejuicios, tópicos y lugares comunes de apariencia insalvable y maciza.

Subyacente, porque el error posmoderno actúa por debajo de una capa de apariencia benéfica, que es el buenismo personalista; cubierto de aparentes bienes, pero continente del mal originario, una pretensión de autonomía y autoposesión que es figura de la emancipación original.

Profunda, porque penetra hondamente, más hondamente que nunca, extendiéndose más largamente que nunca; estando su fondo causal tan distante a la mirada, que aunque asome al pozo no acierta a distinguir su principio y su finalidad. Avistar el peligro es enormemente dificultoso.

Cuando se dice, por tanto, que la sociedad de hoy es líquida, no ha de olvidarse que los valores que le son propios se han solidificado de tal manera subliminar, subyacente y profunda, que han constituido un paradigma.

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2.04.18

(259) Inconveniencias eclesiales, XVI: ethos posmoderno y nuevo paradigma

1.- La ley moral es amable.— Muy digna de ser amada, porque es sabiduría divina, camino a la bienaventuranza prometida, «pedagogía de Dios […] firme en sus preceptos y amable en sus promesas» (Catecismo 1950); tiene en Nuestro Señor Jesucristo «su plenitud y su unidad» (Ib., 1953); su fin es el Logos, «para justificación de todo creyente» (Rm 10, 4). Es Cristo mismo quien advierte: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17)

 

2.- La ley moral obliga a todos, personas y sociedades.— Todas sus expresiones son benéficas, porque apartan del mal y conducen al bien. La ley moral refleja los deberes que tanto la persona singular, como los pueblos en general, tienen para con Dios.

 

3.- La ley eterna como fuente. Santo Tomás define la ley eterna como «razón de la sabiduría divina, que mueve todas las cosas hacia su debido fin» (I-II, q. 93, a. 1.); de ella manan todas las “expresiones" de la ley moral, perfectamente coordinadas entre sí: la ley natural, la ley revelada, antigua y nueva, las leyes eclesiasticas o las leyes civiles.

Siendo la ley eterna la misma sabiduría de Dios, gran cosa será la ley natural, pues «es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» (León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum 1988, 8)

 

4.- La ley moral es benéfica para el mundo.— Para un católico no debería haber discusión sobre si la ley moral es necesaria para el bien de las personas y las sociedades, sobre si su presencia en las leyes es buena para el bien común, para la vida,  para la cultura, para la familia, para la educación; sobre si vivir guardando el Decálogo es necesario y beneficioso. Tampoco debería haber discusión sobre si es bueno que los ciudadanos cuenten con leyes justas, o los católicos, concretamente, ajusten sus vidas al derecho de la Iglesia, sometiendo sus criterios subjetivos a la disciplina del Cuerpo de Cristo.

Tampoco debería dudarse de si es bueno o no que los derechos de Cristo sean los primeros en ser reconocidos, y pueda reinar en todo: en el derecho, en la existencia personal o social, en las realidades temporales, en los colegios católicos… Cuanto más se ame la ley de Cristo, cuanto más presente se la quiera, más se amará a Cristo en todo, más fielmente se le servirá, poniendo todo a sus pies.  Son cosas que, en otro tiempo, eran evidentes. 

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27.03.18

(258) Distinciones y distingos, II: la compleja maquinaria de la ambigüedad

1.- La ambigüedad está relacionada con la incertidumbre, que hiere la fe. En una de sus acepciones, tal como recoge la RAE, ambiguo significa «incierto, dudoso». E “incierto” quiere decir «inconstante, no seguro, no fijo, desconocido, no sabido, ignorado.» La aplicación de términos ambiguos a la exposición de la doctrina católica la tornan sospechosa, la desenfocan, la desdibujan, la pixelan de incertidumbre.

La ambigüedad vuelve insegura la mente católica y deteriora la función docente de la Iglesia, dejando heridos de inseguridad a los fieles, facilitando el camino a mutaciones y novedades. Se pide entonces, consiguientemente, huir de las seguridades y no estancarse en sus certezas, como si el sello de la duda fuera un signo de vida y no de muerte.

El mecanismo de la ambigüedad, en su voluntarista sofisticación, funciona desajustando claves conceptuales, inutilizándolas para favorecer una nueva lectura.

 

2.- Asimismo, la anfibología se relaciona con pluralismos disgregantes. Es acepción, también, de ambigüedad, como nos recuerda la RAE: «Dicho especialmente del lenguaje: que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión.»

Poder entender los términos tradicionales de una manera pero también de otra, y por qué no de aquella contraria o casi semejante pero diferente, es una descomposición semántica disgregante, que pulveriza la unidad y tienta con la duda: ¿Será que es bueno no estar seguro de lo que se cree? ¿Será que es bueno poder afirmar una cosa pero también la contraria? ¿Será que es bueno no creer firmísimamente?

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