16.02.20

(408) Burocratismo teológico

74.- Del nominalismo de Ockham viene la idea de que la naturaleza del hombre, la vida humana en general, el bien, la belleza, la religión, la verdad, y toda noción universal, no tienen derechos, y que por tanto los individuos, en que existen las realidades universales y supraindividuales, no tienen deberes para con ellas, sino sólo derechos individuales.

El neomodernista no mira este deber para con las realidades universales sino los derechos que reclaman y contrarreclaman los individuos, como si éstos, en su subjetividad pretenciosamente única e irrepetible, no portaran realidades universales. Pero lo común obliga.

 

75.- La doctrina moderna de los derechos personales, para desvincularlos de las nociones universales, expulsa a Dios de su fundamento, que mal sustenta en la dignidad subjetiva del hombre. Serán los personalistas y neoteólogos los encargados de introducir en la mente católica esta reducción al vacío de los principios tradicionales, que quedarán privados de contenido trascendente y común. Es la secularización y pulverización de la función docente de la Iglesia en general, contemplada como una especie de actividad reguladora del “poder doctrinal” institucional al modo liberal.

 

76.- Soberanía, para Bodino, es poder originario, no delegado, y supremo, no sometido a leyes. El neomodernista entiende la autoridad política al modo de Bodino, y esto contamina su visión de la autoridad eclesiástica. No cabe, en esta concepción, la realeza social de Cristo, porque ésta enfatiza que toda potestad humana es delegada de la única potestad de Cristo; ni el ordenamiento de la autoridad al bien común y a las realidades universales, porque la obediencia es entendida, bajo esta perspectiva, como lealtad arbitraria, como compromiso subjetivo a un ordenamiento administrativo al servicio de las individualidades; como “fidelidad creativa” a un ordenamiento en que las leyes son meramente penales, convencionales, no morales, sino orientativas, no universales, sino meramente generales.

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10.02.20

(407) Metástasis del Leviatán

71.- La gran privatización. La revolución liberal asimila el dominio de la religión al de la propiedad privada. Como el propietario su propiedad, el creyente su religión. De ahí el supuesto derecho subjetivo a comerciar con ella, cambiarla por otra o no tener ninguna.

 

72.- De la propiedad a la conciencia. El Estado liberal combate los cuerpos intermedios devorando su obra, que es asumida por Administración Publica. El Estado como una Máquina administrativa es el monstruo geométrico realizado por Napoleón. El vencindario es sustituido por la cuadrícula y la gracia por Pelagio. Los engranajes surgidos de la Revolución Francesa fueron insertados en la comunidad política, dando lugar a múltiples metástasis del Leviatán.

El liberalismo, de igual forma que suprime vinculaciones de tierras, pasos de pastos y montes; gremios y mayorazgos y fideicomisos y patronatos y cualesquiera potestades intermedias que impidan el egoísmo particular, desvinculando la propiedad del bien común—; de igual forma suprime ligazones de religión, deberes legislativos, pedagogías subordinadas a la tradición, instituciones, y cualesquiera postestades intermedias que impidan el egoísmo particular -desvinculando la religión del bien común.

 

73.- La evolución social, aplicada a la religión. Los teóricos de la sociedad liberal, como Spencer, interpretan la vida social en clave evolucionista. La humanidad industrial pasaría de una etapa de homogeneidad incoherente a otra de heterogeneidad coherente. Esta visión paradigmática, disfrazada de comunitarismo, fue incorporada a la mente del catolicismo por la Nueva Teología. El mutacionismo teológico moderado, bajo apariencia de reforma, constituiría un estado más avanzado de cristianismo, heterogéneamente coherente, multidimensional y prismático, en que la homogeneidad doctrinal escolástica es considerada un atraso. La religión habría evolucionado, bajo este punto de vista, a la par que evoluciona el orden social, de antiguo a nuevo orden, de cosa antigua, común y pública, a cosa nueva, particular y privada.

 

La Iglesia en el Maelstrom, XI, Subjetivismo pastoral, XII: Domesticar la RevoluciónXIII: Sin Cruz y sin justiciaXIV: Titanismo y caídaXV: La ofensiva marxista y conservadora, XVI: Conservadurismo neomodernista, XVII: Falsas doctrinas redivivas, XVIII: Metástasis del Leviatán,

2.02.20

(406) Falsas doctrinas redivivas

66.- La heterodoxia fundamental del siglo.— En la carta encíclica de Pío XII Humani generis, dada el 2 de agosto de 1950, el Pontífice advierte contra «falsas opiniones» acerca de los fundamentos de la doctrina católica. Es significativo el matiz. No se trata sólo de espurios pareceres, sino de un ataque a los fundamentos de la doctrina católica.

Va a reflexionar sobre la heterodoxia fundamental que pone al católico en peligro «de apartarse poco a poco e insensiblemente de la verdad revelada y arrastrar también a los demás hacia el error» (n. 6).

Va a reflexionar sobre «el celo imprudente» de muchos que pretenden «combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo» y «reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático» (n. 7).

 

67.- Irenismo pluralista. El Pontífice quiere dar la voz de alarma contra un tipo imprudente de “evangelización” que se aparta poco a poco y casi sin darse cuenta de la verdad revelada, y que, con una propuesta de reconciliación doctrinal, pretende luchar contra el pensamiento ateo.

El Pontífice previene contra un nuevo celo apostólico irresponsable y antitradicional, que ambiciona difundir el mensaje cristiano «entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa», «abrasados por un imprudente irenismo» (n. 7)defendiendo para ello temerariamente un pluralismo dogmático capaz de producir una conciliación entre el pensamiento moderno y el católico.

 

68.- La reformulación del dogma.— En el capítulo I, Pío XII realiza una exhaustiva enumeración de las «doctrinas erróneas» que surgen de dicho irenismo. El propósito de dichas doctrinas será «que el dogma pueda ser formulado con las categorías de la filosofía moderna» (n. 9). Y son, entre otras, el inmanentismo, el idealismo, el existencialismo y el relativismo dogmático. Estas falsas opiniones son peligrosas, ante todo, por hacerse falsamente católicas, por su ambición de servir contra el ateísmo como si fueran católicas. Son peligrosas, ante todo, por ser imprudentemente reformadoras.

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25.01.20

(405) Conservadurismo neomodernista

60.- La revolución en conserva.— El pensamiento neomodernista pretende el orden, pero también el desorden. Por eso es moderadamente conservadormoderadamente revolucionario.

Pretende guardar el espíritu burgués revolucionario pero desechando su progresismo radical. Reaccionando contra sus excesos pero asintiendo a su numen, como si el mal del nuevo orden fuera accidente y no sustancia. Por eso quiere conservarlo sin desmadrarlo, como si fuera posible el bien y el mal al mismo tiempo.

Condena los modos pero no el carácter de la revolución, a la cual idealiza. Condena sus conclusiones pero no sus premisas.

 

61.- La autoridad neomodernista.— No es que ejerza la autoridad en clave absolutamente liberal; es que la detenta cual vía media: absolutizando la obediencia y relativizando la autoridad. En la mentalidad neomodernista, la autoridad debe ser obedecida por el sólo hecho de ser legal.

Quien manda, en cambio, no quiere mandar sino apelando al pueblo, de cuyo sentir se considera vocero. Pero sólo moderadamente, para evitar el descontrol. Aquí entran en juego los especialistas, los verdaderos educadores y adoctrinadores del pueblo, que permiten al que manda mandar sin mandar, sin que parezca absolutista o totalitario, pero siéndolo. La teología es sustituida por la sociología transcendental, siendo sus neoteólogos los verdaderos gobernantes en la sombra.

 

62.- La Soberanía compartida.— La mentalidad neomodernista, de esta forma, entiende la soberanía como una entidad bifronte, a dos manos, al alimón entre la autoridad y el pueblo. No cabe, por tanto, distinción real entre gobernante y gobernado, entre la Iglesia docente y la Iglesia discente, todos enseñan, todos aprenden, todos tienen autoridad, todos han de obedecerse unos a otros, y a eso se le llama comunión

 

63.- La auténtica soberanía católica y tradicional.— Frente a este concepto viciado de soberanía, propia del conservadurismo liberal, la doctrina tradicional católica enseña que el Padre delega en Cristo la soberanía mediata de toda nación. Toda soberanía inmediata es delegada de la única soberanía de Cristo, medio por el cual todo gobernante es soberano inmediato por delegación. Toda humana potestad debe ser delegación de la única potestad de Cristo, fuera del cual no hay bien alguno. El único Soberano es Dios. Toda soberanía humana es por delegación suya. No se puede respetar el orden sin honrar la única soberanía de Nuestro Señor. No se puede alcanzar el bien social y político rechando la mediación del único Soberano que es bueno, Nuestro Señor Jesucristo.

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16.01.20

(404) Más errores funestos del neomodernismo contemporáneo

La mentalidad neomodernista lleva decenios difundiéndose. Tanto, que sus principios intelectuales son, en general, considerados católicos; ortodoxos, pero no demasiado, como si el exceso de rectitud fuera malvado: mero triunfalismo, que diría Rahner.

Toda la cosmovisión neomodernista, a un nivel especializado, gira en torno a un “ninguneo moderado” del orden del ser, tenido por cosista; a una irresponsable relectura naturalista del orden sobrenatural, tenido por extrinsecista. 

Para ello, con notable ingenio, el neomodernista ha llevado a cabo una reubicación de la doctrina católica en espacios intelectuales alternativos, como la teoría de los valores, los derechos humanos o la psicología de la autoestima y la búsqueda existencial de sentido.

Y ha mezclado, en explosivo cóctel, lo natural con lo sobrenatural, inventando una nueva idea del hombre. Y es que la Encarnación sirve a los neomodernistas para deducir lo sobrenatural de la naturaleza del hombre sin necesidad de pasar por la puerta de la fe ni la eficacia de los sacramentos. Así deducen la antropología de la cristología y acceden a lo natural desde lo sobrenatural.

Cristo se convierte, para ellos, en el anhelo de todo ser humano, de toda religión natural, por el simple hecho de ser humano. Toda persona estaría naturalmente religada con Dios, pretenden, por lo que toda persona, en el fondo, buscaría a Cristo aun sin saberlo, como si el fin sobrenatural fuera el único fin posible, y por ello todo hombre tiende necesariamente a él.

Las repercusiones de esta reinterpretación en clave inmanentista, heredera del modernismo blondeliano, son graves: la misión deja de ser necesaria, los sacramentos dejan de ser necesarios, la naturaleza deja de ser necesaria. Todo sería sacramento, Cristo sería sacramento, María sería sacramento, la Palabra sería sacramento, el mundo sería sacramento, la sexualidad sería sacramento. Luego nada son, en realidad, los siete sacramentos, sólo complementos al misterio sacramental que inunda todo por la Encarnación.

Lo único que les parece necesario es lo sobrenatural inmanente. La gratuidad de la gracia, de esta forma, queda gravemente comprometida. La creación ocupa el lugar que debería ocupar la gracia, siendo lo natural lo gratuito, y lo sobrenatural lo obligatorio.

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