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8.01.16

(356) San Eulogio, por predicar el Evangelio en Córdoba musulmana y mozárabe, muere mártir

Murillo - S.Eulogio

–Ya se ve que es peligroso predicar el Evangelio en el mundo.

– «Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros. Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Jn 15,18-19).

San Eulogio es en el siglo IX el más fuerte confesor de la fe en Córdoba y Andalucía. Su familia es profundamente cristiana en un medio absolutamente sometido al Islam. En medio de una apostasía bastante generalizada, Eulogio, como su familia, mantiene una fidelidad total a la Iglesia Católica, defendiendo su doctrina, su vida y su liturgia, y sosteniendo con riesgo de su vida la fidelidad de muchos cristianos. Por la gran inteligencia que mostraba en el estudio de las sagradas Escrituras y de los libros de los santos, fue incorporado como presbítero a la comunidad de sacerdotes de la iglesia de San Zoilo. Gran ayuda halló para su formación doctrinal en el sabio abad Esperaindeo, que presidía un  monasterio próximo a Córdoba. Allí conoció a otro alumno, Álvaro, que fue hasta su muerte su más íntimo amigo, y después su biógrafo.

Hoy, en la memoria litúrgica de San Eulogio, la Liturgia de las Horas trae en el Oficio de lectura el texto que sigue:

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San Eulogio de Córdoba, presbítero y mártir

De los escritos de san Eulogio, presbítero

«El malestar en que vivía la Iglesia cordobesa por causa de su situación religiosa y social hizo crisis en el año 851. Aunque tolerada, se sentía amenazada de extinción, si no reaccionaba contra el ambiente musulmán que la envolvía. La represión fue violenta, y llevó a la jerarquía y a muchos cristianos a la cárcel y, a no pocos, al martirio.

«San Eulogio fue siempre alivio y estímulo, luz y esperanza para la comunidad cristiana. Como testimonio de su honda espiritualidad, he aquí la bellísima oración que él mismo compuso para las santas vírgenes Flora y María, de la que son estos párrafos:

«Señor, Dios omnipotente, verdadero consuelo de los que en ti esperan, remedio seguro de los que te temen y alegría perpetua de los que te aman: inflama, con el fuego de tu amor, nuestro corazón y, con la llama de tu caridad, abrasa hasta el fondo de nuestro pecho, para que podamos consumar el comenzado martirio; y así, vivo en nosotras el incendio de tu amor, desaparezca la atracción del pecado y se destruyan los falaces halagos de los vicios; para que, iluminadas por tu gracia, tengamos el valor de despreciar los deleites del mundo; y amarte, temerte, desearte y buscarte en todo momento, con pureza de intención y con deseo sincero.

«Danos, Señor, tu ayuda en la tribulación, porque el auxilio humano es ineficaz. Danos fortaleza para luchar en los combates, y míranos propicio desde Sión, de modo que, siguiendo las huellas de tu pasión, podamos beber alegres el cáliz del martirio. Porque tú, Señor, libraste con mano poderosa a tu pueblo, cuando gemía bajo el pesado yugo de Egipto, y deshiciste al Faraón y a su ejército en el mar Rojo, para gloria de tu nombre.

«Ayuda, pues, eficazmente a nuestra fragilidad en esta hora de la prueba. Sé nuestro auxilio poderoso contra las huestes del demonio y de nuestros enemigos. Para nuestra defensa, embraza el escudo de tu divinidad y manténnos en la resolución de seguir luchando valientemente por ti hasta la muerte.

«Así, con nuestra sangre, podremos pagarte la deuda que contrajimos con tu pasión, para que, como tú te dignaste morir por nosotras, también a nosotras nos hagas dignas del martirio. Y, a través de la espada terrena, consigamos evitar los tormentos eternos; y, aligeradas del fardo de la carne, merezcamos llegar felices hasta ti.

«No le falte tampoco, Señor, al pueblo católico, tu piadoso vigor en las dificultades. Defiende a tu Iglesia de la hostigación del perseguidor. Y haz que esa corona, tejida de santidad y castidad, que forman todos tus sacerdotes, tras haber ejercitado limpiamente su ministerio, llegue a la patria celestial. Y, entre ellos, te pedimos especialmente por tu siervo Eulogio, a quien, después de ti, debemos nuestra instrucción. Es nuestro maestro; nos conforta y nos anima.

«Concédele que, borrado todo pecado y limpio de toda iniquidad, llegue a ser tu siervo fiel, siempre a tu servicio; y que, mostrándose siempre en esta vida tu voluntario servidor, se haga merecedor de los premios de tu gracia en la otra, de modo que consiga un lugar de descanso, aunque sea el último, en la región de los vivos. Por Cristo Señor nuestro, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén».

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San Eulogio dedicó su ministerio a reanimar en la fe y en el amor de Cristo a la comunidad cristiana. Haciendo un paréntesis en sus labores pastorales, quiso peregrinar a Roma, pero no le fue posible por las condiciones políticas del tiempo. Pudo en cambio en el 845 alcanzar el norte de España en peregrinación, visitando Zaragoza, Pamplona y los monasterios próximos, como Leyre, Siresa, San Zacarías… Siendo Eulogio el maestro espiritual más importante entre los presbíteros de Córdoba, trajo de estos viajes importantes manuscritos para su escuela y biblioteca.

A fines del reinado del sultán Abd al-Rahman II, en el 851, se hizo extremadamente violenta la persecución de los cristianos, hasta entonces precariamente tolerados. Los cristianos más fuertes confesaban su fe en Cristo y la falsedad de Mahoma, y eran inmediatamente torturados y decapitados. Otros cristianos hasta entonces ocultos, más débiles, cuando le ley obligó a profesar el Islam, eran denunciados ante los tribunales por sus propios parientes, temerosos de su propia vida y fortuna. Pero fueron muchos los que confesaron su fe cristiana, pagando en la cárcel o en el martirio el precio que Jesucristo pagó con su sangre para salvarlos. San Eulogio hizo crónica de 48 mártires en su libro Memorial de los mártires, destinado a hacer historia de sus victoriosos combates, a confortar a confesores y mártires, y a elogiar la gloria suprema del martirio.

Sabiendo que dos jóvenes cristianas encarceladas, Flora y María, estaban en peligro de desfallecer, escribe también la obra Documento martirial  para comunicarles la luz y la fuerza de Cristo crucificado, vencedor de la muerte por su resurrección. Después de un tiempo que él mismo pasa en la cárcel, anda huido por la ciudad o escondido en rincones de la sierra. En esos años escribe el Apologético, una defensa apasionada de la fe en Cristo y en la Iglesia. Las tres obras ya citadas, y algunas cartas, están recogidas en la Patrología latina de Migne (vol. CXV).

En el año 858, habiendo muerto el arzobispo de Toledo, el clero y los fieles de la sede hispana primada pidieron que fuera Eulogio quien le sucediera. Pero estaba de Dios que su vida se encaminara rápidamente hacia su propio martirio. La ocasión fue su empeño en catequizar a Lucrecia, una joven cristiana. Álvaro narra al detalle cómo es apresado y llevado al tribunal, donde trata de convertir a quienes le juzgan. Conscientes del inmenso prestigio que Eulogio tenía entre los cristianos, los magistrados le ruegan que deponga su actitud. Uno de ellos le exhorta: «Cede un solo momento a la necesidad irremediable, pronuncia una sola palabra de retractación, y después piensa lo que más te convenga: te prometemos no volver a molestarte». Él contesta:

«No puedo ni quiero hacer lo que me propones. ¡Si supieseis lo que nos espera a los adoradores de Cristo! No me hablarías entonces como me hablas y te apresurarías a dejar alegremente esos honores mundanos». Y dirigiéndose al tribunal: «Príncipes, despreciad los placeres de una vida impía, creed en Cristo, verdadero rey del cielo y de la tierra. Rechazad al profeta…»

Bastan estas palabras para condenarlo a muerte. Llevado al cadalso, se arrodilla, hace una breve oración, y después de signarse trazando la cruz sobre el pecho, ofrece su cabeza al verdugo. «Éste fue, escribe Álvaro, el combate hermosísimo del doctor Eulogio. Éste fué su glorioso fin, éste su tránsito admirable. Eran las tres de la tarde del 11 de marzo» de 859. El día 15 fue también decapitada Lucrecia.

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No hay modo de evangelizar sin refutar al mismo tiempo las religiones que predominan en donde se predica. Evangelizar es suscitar en los hombres la fe en Jesucristo como Dios y como Salvador único del mundo. Él es «la verdad», y siendo la verdad una y los errores innumerables, no es posible afirmar la verdad en forma inteligible y persuasiva sin refutar al menos los errores más vigentes en el medio circunstante. Ése fue el ejemplo dado por Cristo en su campaña evangelizadora, y que dio como norma: «Yo os he dado el ejemplo para vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). Y así obraron Esteban y los Apóstoles.

No es posible evangelizar a los judíos sin afirmar que Jesús es el el Emmanuel, el Dios con nosotros, y sin reprocharles que al negarlo resisten las Escrituras sagradas, pues todas ellas están señalando a Cristo (Lc 24,27). No es posible predicar la verdad natural y cristiana del Dios único o del matrimonio monógamo sin reprobar el politeísmo y la poligamia allí donde están vigentes. Et sic de caeteris.

Por el contrario, silenciando el Evangelio, y sobre todo callando la falsedad de las otras religiones, cesa completamente el peligro del martirio. E incluso puede gozarse de la amistad, del favor y del respeto del mundo no cristiano, sea agnóstico o ateo, o sea seguidor de otras religiones…

Pero «¡ay de mí si no evangelizara!» (1Cor 9,16). «Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? (Sant 4,4).

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De la exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (8-XII-1975)

Algunos pastores estiman conveniente en tierras de misión no predicar con claridad y fuerza (parresia) el Evangelio para proteger a sus sacerdotes y laicos –y de paso su propia vida y prosperidad personal–, limitando cerradamente la presencia de la Iglesia en países no cristianos al testimonio de vida, a la acción de beneficencia material, y en algunos casos al diálogo interreligioso.

Pero eso, siendo muy bueno, no es bastante. La Iglesia recibe de Cristo desde hace veinte siglos un mismo mandato glorioso y martirial: «Id y hace discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos»  (Mt 28,1920). Esta confesión de fe en Jesucristo es urgida gravemente por Pablo VI para que la evangelización sea real y avance entre los pueblos con la fuerza del Espíritu Santo.

«La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios» (22).

«La evangelización debe contener siempre –como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo– una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios (cf. Ef 2,8; Rm. 1,16)». (27)

«A lo largo de veinte siglos de historia, las generaciones cristianas han afrontado periódicamente diversos obstáculos a esta misión de universalidad. Por una parte, la tentación de los mismos evangelizadores de estrechar bajo distintos pretextos su campo de acción misionera. Por otra, las resistencias, muchas veces humanamente insuperables de aquellos a quienes el evangelizador se dirige. Además, debemos constatar con tristeza que la obra evangelizadora de la Iglesia es gravemente dificultada, si no impedida, por los poderes públicos. Sucede, incluso en nuestros días, que a los anunciadores de la palabra de Dios se les priva de sus derechos, son perseguidos, amenazados, eliminados sólo por el hecho de predicar a Jesucristo y su Evangelio. Pero abrigamos la confianza de que finalmente, a pesar de estas pruebas dolorosas, la obra de estos apóstoles no faltará en ninguna región del mundo. No obstante estas adversidades, la Iglesia reaviva siempre su inspiración más profunda, la que le viene directamente del Maestro: ¡A todo el mundo! ¡A toda criatura! ¡Hasta los confines de la tierra! (50).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

26.12.15

(354) San Esteban, por predicar el Evangelio a los judíos, muere mártir

San Esteban - Juan de Juanes 1579

Recientemente, como informó InfoCatólica, el cardenal Kurt Koch, presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo, acompañado del rabino David Rosen, director del International Director of Interreligious Affairs, American Jewish Committee (AJC), presentó Una reflexión sobre cuestiones teológicas en torno a las relaciones entre católicos y judíos en el 50º aniversario de «Nostra ætate» (nº 4).

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25.10.15

(345) El Venerable Rivera no perdía un minuto

venerable José Rivera

–Pero para eso no hace falta ser santo: imagínese, avaros, por ejemplo, que trabajan que se matan y…

–Bien, vale. Pero como verá usted en mi artículo, la laboriosidad de Rivera tenía en sus motivaciones y modos una significación muy especial.

Hoy  domingo 25 de octubre, a las 18 horas, se celebrará en la Catedral de Toledo una solemne Misa de Acción de gracias por la reciente proclamación de D. José Rivera como Venerable (1-X-2015). No podré viajar para concelebrar en ella, como tanto me hubiera gustado. Me declaro, pues, «ausente en el cuerpo, pero presente en el espíritu» (1Cor 5,3). Y quiero unirme a esa acción de gracias a Dios y al homenaje a Rivera con este artículo, que nace de los muchos años de amistad y de colaboración que tuve con él. Me fijaré en un aspecto de su vida que a primera vista pudiera parecer secundario, pero que es muy importante.

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Rivera aprovechaba muy bien su tiempo, haciendo de él una inversión continua de oración y de trabajo. Ora et labora. Es verdad que en nuestro tiempo generalmente el mundo del trabajo es harto laborioso. Trabajan mucho los albañiles, los agricultores, los empresarios, los empleados de un gran centro comercial, de unBanco, los agentes de ventas, etc. Son tiempos de activismo ambiental, tiempos ansiosos de promoción social y de riqueza, tiempos en que se perfecciona más y más la racionalidad del trabajo, buscando su máxima eficacia; tiempos en los que el trabajo es entendido como algo muy importante, que debe ser atendido con responsabilidad y sin perder el tiempo. Esto, al menos, en general.

Hay excepciones, desde luego. Siempre hay vagos sueltos. Y no son pocos. El gremio de los estudiantes, por ejemplo, en ciertas carreras más fáciles, viene a dar un índice muy bajo de rendimiento laboral. Es cierto que es muy grande en esto la diferencia entre unas y otras carreras, lo mismo que entre diversas Universidades. Pero no pocos estudiantes apenas asisten a las clases, cuando van a la Biblioteca están más tiempo charlando fuera que dentro estudiando. Muchos días, con toda paz, no dedican al estudio las horas debidas, y se les va el tiempo como el agua en un cesto. Pero ellos vienen aser, con algún otro gremio, una excepción. La laboriosidad es hoy la norma en la mayoría de los grupos sociales.

¿Y cómo está la laboriosidad en el gremiode los sacerdotes?Hay de todo. Algunos sacerdotes trabajan mucho en sus ministerios, otros no tanto y otros apenas nada. Un cura hispanoamericano amigo, a quien solía yo visitar en su inmensa parroquia, me decía: «aquí hay que elegir entre el martirio y la hamaca». O el martirio de una entrega pastoral continua e inacabable; o la hamaca de un cumplimiento pastoral muy medido y tasadito, que aunque parezca increíble en tales circunstancias, es posible también.

Entre las profesiones liberales pocas hay tan liberales como el trabajo de los sacerdotes. En este ministerio vocacional aquel que quiera atenerse a los mínimos más ínfimos y vergonzantes no tendrá encima un jefe de sección o un capataz que le llame al orden. Ni el Obispo ni el arcipreste estarán en condiciones de exigirle un mayor empeño laborioso en sus trabajos pastorales. Pero en esto, creo yo, ha de decirse que en el trabajo de los sacerdotes se dan con relativa frecuencia los dos extremos: curas que trabajan muchísimo, todo el santo día y parte de la noche, como en pocos otros gremios se pueden hallar; y otros que trabajan con una entrega tan ta tan escasa que no sería fácil encontrar algo comparable en otros sectores laborales.

Sencillamente, los sacerdotes trabajan en la medida de su amor a Dios y al prójimo. Y en el grado de ese amor hay diferencias abismales. El buen sacerdote se entrega entero a su ministerio: «la caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14). Pero el que no es bueno –basta con que sea mediocre– apenas hace nada: no tiene motor de amor suficiente como para trabajar en serio en la viña del Señor. Y lo más frecuente es que tampoco se vea movido al trabajo por ansia de dinero, de poder o de prestigio. También se da el caso del sacerdote activista, que si no se mueve mucho y de modos bien visibles, se siente mal: «mucho ruido y pocas nueces».  O el caso del que trabaja mucho no tanto por amor pastoral, sino porque está por dentro tan vacío, que cuando no está haciendo algo, lo que sea, no se siente vivo. Drogado por la actividad, si no actúa, cae en depresión.

Pero volvamos al trabajo sacerdotal verdadero, el movido por la verdadera caridad pastoral. Se entrega a las tareas pastorales con toda su alma el sacerdote realmente celoso de la gloria de Dios en el mundo: «me devora el celo de tu templo» (Sal 68,10). Trabaja en serio aquel que se consume por el deseo de colaborar con Dios en la salvación de los hombres: «¡ay de mí, si no evangelizare!» (1Cor 9,16); «de muy buena gana me gastaré y me desgastaré por vuestra alma, aunque amándoos con mayor amor, sea menos amado» (2Cor 12,15). Trabaja con todo empeño quien cree de verdad que «es ancha la puerta y espaciosa la senda que llevan a la perdición, y son muchos los que entran por ella» (Mt 7,13).

Los sacerdotes fieles a los mandatos y ejemplos del Señor no pierden minuto, dejan que Cristo obre en ellos libremente –Él es el Pastor principal, el Protagonista primero de toda acción sacerdotal–, y así continúan la vida de Aquel que en este mundo«pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). En efecto, el Maestro nos enseña que «de toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio» (Mt 12,36).No pierde, pues, el tiempo en charlas o entretenimientos inútiles aquel sacerdote que se reconoce a sí mismo como mensajero urgente de la salvación de Cristo. Manda el Señor a sus apóstoles, a sus enviados: «a nadie saludéis por el camino» (Lc 10,4). Era costumbre entre los judíos, como en otros pueblos orientales, prolongar ampliamente el ceremonial de los saludos. La norma de Cristo subraya la urgencia que debe apremiar a los mensajeros del Evangelio.

La misma enseñanza recibimos cuando consideramos el ejemplo de los santos de vida activa. Nos quedamos verdaderamente admirados al ver cómo aprovechaban su tiempo: San Pablo, San Vicente de Paul, San Juan Bosco… Parece como si en un mismo individuo hubiera varias personas en continua y poderosa acción. ¿Cómo pudieron hacer tantas cosas y tan bien hechas, con un sentido tan perfecto para discernir siempre lo más conveniente para la gloria de Dios y la salvación de los hombres? Maravillas de la gracia de Cristo. Es uno de los aspectos más admirables de la vida de los santos.

El Cura de Ars, San Juan María Vianney (1786-1859), patrono del clero diocesano, no perdía un minuto. François Trochu, su excelente biógrafo, nos informa con muchos datos acerca de su jornada. Resumo algunos datos.

A partir de 1830 el Cura no dejó nunca la parroquia, salvo los días de ejercicios anuales y una semana que pasó en su pueblo, por causa necesaria, con su familia, en 1843. Nunca hizo un viaje de recreo. Algunas salidas breves hubo de realizar para sustituir sacerdotes enfermos o ausentes, para comprar imágenes religiosas, etc. Estaba levantado veinte horas al día o más, y dedicaba al confesonario de once a trece horas en invierno, y de quince a dieciséis el resto del año [Nota: ya eso sería un dato suficiente para canonizarlo: es un milagro continuo, es sobre-humano]. La una de la madrugada era la hora en que solía atender en confesión a las mujeres. Al amanecer, a las seis o las siete, celebraba la Misa, y antes hacía de rodillas un rato de oración… El paso de la iglesia a la casa parroquial a la hora de comer –no había más de diez metros– solía costarle una media hora, acosado por los peregrinos. Comía de pie, mientras leía su correspondencia. Una vez comentó: «He podido alguna vez, de doce a una, comer, barrer mi habitación, afeitarme, dormir y visitar a los enfermos». Por la noche, no solía estar «más de tres horas en la cama». Y buena parte de ellas las pasaba rezando y con frecuencia peleando contra el Demonio.

El Oficio divino, la atención personal a consultas, la visita a las niñas acogidas en la Casa de la Providencia, el catecismo, tantas horas de confesonario, la lectura espiritual de alguna Vida de santos… todo era un flujo continuo de amor abnegado, todo era un continuo don de sí mismo, como el fluir incesante de un manantial de gracia divina, al que venían a beber de todas partes. El santo Cura de Ars, precisamente porque llevaba una vida tan sacrificada, guardaba su corazón en la paz, y mantenía siempre un talante bueno y afable. No falla: a más cruz más resurrección.

* * *

Pero vengamos ya al Venerable José Rivera Ramírez (1925-1991), sacerdote diocesano de Toledo.Los que le hemos conocido podemos asegurar que la entrega sacerdotal total, continua, en un aprovechamiento perfecto del tiempo, era un rasgo suyo muy acusado, muy llamativo y admirable. Rivera vivía sin prisas, nunca se le veía controlar la medida de sus tiempos con minuciosidad un tanto fanática; pero de hecho procuraba no perder nunca el tiempo. Y añadiré que su laboriosidad no le daba una fisonomía adusta y tensa, sino todo lo contrario, relajada y alegre. La explicación es simple: «Dios ama al que [se] da con alegría» (2Cor 9,7). Y se da con alegría el que se entrega con un amor muy grande y abnegado. Cuando de camino se encontraba con algún conocido –cosa para él harto frecuente en Toledo–, su saludo era siempre cordial, pero breve: quedaba claro que sus horas no estaban vacías, listas para llenarse de cualquier charla inútil. Y como ya he indicado, tampoco daba la impresión de un hombre sobre-ocupado, aunque realmente lo estaba.

Verdad es que Rivera sufría a veces por este encarcelamiento suyo en una acción sacerdotal continua, como lo atestigua a veces en su Diario. Era una de sus cruces principales, pero la llevaba con muy buen ánimo y alegría en el Señor. Por su gusto, por su inclinación personal, él se hubiera retirado a una vida de oración, estudio y penitencia. Yo lo llevé un día secretamente a la Cartuja de Miraflores, Burgos, era un día de nieve, para tantear su posibilidad de ingreso; pero aunque habló una hora o más con el Prior, ya desde el principio supo que no lo aceptarían, pues había pasado ya los cuarenta años.

Nunca se tomó vacaciones. Nunca hacía viajes por curiosidad o por placer. Y cuando viajaba para dar ejercicios espirituales, cosa frecuente, aunque tenía gran sensibilidad para el arte y la cultura, rara vez dedicaba un tiempo a visitar monumentos o museos. Solía regresar de lugares a veces muy hermosos e interesantes «sin haber visto nada». Así le sucedió, por ejemplo, en un viaje apostólico a México.

En los viajes, largos o cortos, siempre llevaba algún libro. Leía durante el viaje y en el lugar a donde, casi siempre para predicar o para prestar dirección espiritual, se trasladaba. Los viajes no alteraban sus hábitos de oración y de lectura; y a veces incluso los acrecentaban, cuando las personas no reclamaban mucho su atención personal. Así sucedía, por ejemplo, cuando daba ejercicios a religiosas que no acostumbraban a hablar en esos días de retiro con el padre predicador. En todo caso, a lo largo de los días, si fallaba o se retrasaba una visita, la lectura estudiosa o la oración impedían que se produjera un tiempo vacío.

Rivera aprovechaba mucho el tiempo presente precisamente porque no estaba fascinado por las cosas del mundo visible. El vivía aquello de San Pablo: «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,18). Y así observaba con gran fidelidad esa «discreción necesaria en el uso de los medios de comunicación social», que el Código de Derecho Canónico impone como un deber a los religiosos (c.666).

Nunca veía la televisión, ni la tenía en su casa. Tampoco adquiría el diario, ni lo recibía de otros habitualmente. No faltaban algunos, entre quienes llevaban dirección espiritual con él, que de vez en cuando le suministraban recortes de diarios o revistas. Cuando le dejaban un diario, si alguna vez se ponía a leerlo, solia extenderlo en una mesa, y de pie, iba pasando rápidamente las páginas una a una, deteniéndose solo en alguna nota de interés. No estaría normalmente más de cinco o diez minutos leyéndolo. La información, muy suficiente, que él tenía sobre las cosas del mundo procedía o de la conversación con otros –tantas horas pasa ba cada día hablando con personas de muy diferente condición– o de la lectura de libros. Pero no prestaba atención a los medios de comunicación diarios, televisión, radio, prensa. Apenas sentía curiosidad por las pequeñas anécdotas de eso que, pomposamente, llamamos la actualidad. En su Diario personal, al comienzo de casi todas sus anotaciones, señala el tiempo dedicado por la noche a la oración y a la lectura. Por ejemplo:

«Oración de 3,30 5,45. -Relectura meditativa del libro de N. N.»… Y, en general, su minuciosidad para consignar en el Diario el empleo de sus horas –no siendo él en absoluto minucioso por temperamento– manifiesta claramente el cuidado tan grande que ponía en la administración de su tiempo; el escrupuloso sentido de la responsabilidad con que invertía la actividad de su vida cristiana y sacerdotal. Esta nota-propósito que vemos en su Diario puede ser un ejemplo de su permanente cuidado: «Prescindir de muchas cosas y aligerar modos de relación» (6-Xl-1989).

Su vida, por ser una participación de la vida divina, era para él tan indeciblemente valiosa que procuraba dilatarla cada día al máximo, restringiendo el sueño, evitando en todo lo posible las pérdidas de tiempo y las ocupaciones superfluas, y aprovechando al máximo sus horas de vigilia: «Una jornada mía consta al menos de 18 horas», aseguraba al final de su santa vida (Diario 7-XI-1989). Dedicaba sus días a «hablar con Dios o a hablar de Dios», como se dijo de Santo Domingo de Guzmán (Proceso, testigo VII). Cada día varias horas de oración y de estudio, que para él venían a ser lo mismo, y muchas horas de predicación o dirección espiritual, hablando a los hombres o con ellos.

Si Rivera procuraba dormir lo menos posible –tres horas o poco más–, y aprovechar todo su tiempo de vigilia, era porque quería activar al máximo sus posibilidades de amar y de servir a Dios y a sus hermanos. Era ese amor celoso el que, en más de una ocasión, le llevaba a reducir el tiempo de dormir. En ocasiones disponía al acostarse, para poder despertarse a su tiempo, la alarma muy sonora no de un solo despertador, sino de dos. Y aún así, a veces, habiendo calculado mal sus posibilidades, era tan grande su cansancio, que sonaban éstos y él seguía durmiendo con los angelitos, sobre la tabla de un catre cubierta con una manta. 

Conviene advertir en esto que el hombre carnal se cansa mucho, porque obra desde sí mismo, a motor propio, no pocas veces contra su naturaleza; y por eso necesita mucho descanso. Por el contrario, el hombre espiritual se cansa muy poco, porque actúa desde Dios, bajo la moción de su gracia, y además porque obra lo que conviene a su naturaleza humana; por eso le basta con poco descanso. Cuando vemos la vida de los santos, solemos apreciar con gran fecuencia que, aparte de las condiciones psicosomáticas de cada uno, tienen una enorme capacidad de trabajo y una necesidad mínima de descanso y de sueño. Es normal… En otras palabras: Rivera no era semipelagiano, era católico.

También se puede explica lo mismo diciendo que cuanto mayor es el amor, menos cuestan las obras –y más mérito tienen–. A una madre le cuesta mucho menos pasar una noche en vela junto a su niño enfermo que a una enfermera que ha de hacerlo por oficio. Por eso los santos pueden obrar tantos bienes, cansándose relativamente menos. Ellos son incansables porque su actividad está realizada en «la fe operante por la caridad» (Gál 5,6).

Por el contrario, el común de los mortales perdemos muchas veces el tiempo, aun sin quererlo; y nos cansamos mucho, «muy ocupados en no hacer nada» (2Tes 3,11). No logramos invertir nuestro tiempo con una prudente eficacia continua a causa de nuestros muchos apegos desordenados y deficiencias. El desorden de nuestras potencias y sentimientos nos impide emplear bien todas las horas de nuestros días, y buena parte del campo de nuestro tiempo personal queda baldío y estéril.

Perdemos el tiempo porque no guardamos conciencia de la presencia de Dios en nosotros; porque no obramos desde el Espíntu Santo, sino desde nosotros mismos; porque nos dejamos llevar de la curiosidad, de la pereza y del cansancio que tantas actividades vanas y superfluas nos producen. Perdemos el tiempo porque tenernos miedo a desagradar a nuestros amigos, porque buscamos tiempos inútiles de gratificación sensible; porque a veces somos más semipelagianos que católicos; porque nuestro amor y nuestro sentido de la responsabilidad son muy escasos; porque nos perdemos en la selva de los pequeños sucesos contingentes que nos envuelven, olvidándonos de lo principal: «Marta, Marta tú te inquietas y te afanas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o más bien una sola» (Lc 10,41).

Por eso hay que señalar que una inversión tan cuidadosa y eficaz del tiempo, como la que caracterizaba a Rivera, solo es posible si se poseen las virtudes principales en grado muy perfecto. Es entonces cuando el campo de nuestras horas queda enteramente cultivado y es fructífero. Pero eso requiere, en primer lugar, como ya he señalado, un gran amor a Dios y a los hombres; es decir; olvido de sí y celo por la gloria de Dios y la salvación de todos. Y también son necesarias otras muchas virtudes: el ordenamiento armonioso y pacífico de potencias y sentimientos; la santa indiferencia, la abnegación completa de las propias tendencias y preferencias; la docilidad continua al Espíritu Santo, la libre disponibilidad a su moción; el espíritu de pobreza y el desprendimiento de todo lo mundano; la prudente previsión de acciones y sucesos; el don de consejo y de ciencia; la oración continua; la perfecta libertad espiritual para negarse con firmeza a solicitaciones a veces muy gratificantes, pero inconvenientes; el dominio de sí mismo para poder dar-se con eficacia, continuidad, sin prisas, sin demoras, y sin impulsividades erradas, imprudentes o incluso culpables; etc.

En este sentido, la vida de Rivera era extraordinariamente activa, precisamente porque era muy contemplativa. Y sin embargo, a pesar de tan continua actividad fecunda, de tal modo afirmaba él en su enseñanza la primacía de la gracia, la necesidad continua de la previa moción divina, que no faltaron algunos –normalmente mal informados de su vida y sobre todo mal formados en la teología católica de la gracia—, que veían en su doctrina cierto peligro de quietismo (¡¡quietismo Rivera!!)… Su vida, tan inmensamente alejada de estériles quietismos, es la respuesta más elocuente a estas ocasionales acusaciones. Quienes sospechaban de Rivera peligros de quietismo, ciertamente, no lo conocieron. No conocieron su enseñanza, y tampoco su vida. Acusar de quietismo a un sacerdote que apenas duerme y que evita cuidadosamente toda acción superflua, para poder tener cada día unas dieciocho horas de oración y de acción sacerdotal, no deja de resultar una broma de mal gusto.

Les cuento un ejemplo de la vida de este presunto quietista. En el Seminario Santa Leocadia, fundado en Toledo por el Cardenal don Marcelo González Martín, para las vocaciones de adultos (1983), organizábamos un Seminario de verano durante un mes, y a él acudían nuestros seminaristas –e incluso se sumaba alguno que no lo era, como uno que ahora es Obispo franciscano con toda la barba–. Pues bien, reunidos un verano en la Casa franciscana de Arenas de San Pedro, Ávila, la habitación mía estaba contigua a la de Rivera. Y yo veía –¡y oía!– que él pasaba los días atendiendo en dirección espiritual a seminaristas y autoinvitados. Pude comprobar que con frecuencia comenzaba a recibir temprano a quienes con él se dirigían, y que pasaba a veces unas ocho o diez horas del día escuchando y hablando. Al final se le veía tan fresco y jovial. O no se le veía, porque no solía cenar.

En ocasiones, es cierto, Rivera calculaba mal acciones y servicios, se comprometía a ellos por su buena voluntad de servir, y luego no estaba en condiciones de cumplirlos. En ocasiones pasaba dificultades prolongadas con ciertos proyectos y deberes –ordenar sus papeles, redactar un informe, preparar una conferencia, etc.–, y demoraba realizarlos un día y otro, o no llegaba a hacerlos, o los hacía a última hora.

Pero hay que reconocer, en general, que Rivera era muy señor de su tiempo y lograba dominarlo en gran medida, en una medida muy superior a la habitual en hombres activos. Cuántas veces pudimos comprobarlo, por ejemplo, cuando interrumpía o retrasaba una acción, y se retiraba unos minutos para rezar con toda paz una Hora litúrgica. O cuando caminando deprisa, como andaba siempre, acogía afablemente a un pobre que quería hablar con él. Lo atendía con toda calma y el tiempo preciso.

Vuelvo a lo de antes. «Aprovechar el tiempo», lograr que la inversión de la propia vida sea eficaz continuamente, no es nada fácil –bien lo sabemos por experiencia, aunque sólo sea por experiencia negativa–; es, sencillamente, imposible sin el desarrollo de grandes y poderosas virtudes. Solo aprovecha el tiempo de modo perfecto aquel que lo domina absolutamente –dominus, dominare, dominator–. Pero sólo consigue dominar su tiempo de modo perfecto aquel que se deja dominar totalmente por el Espíritu Santo, libre de todo apego desordenado.

Maravillas de la gracia de Cristo, ampliamente manifestadas en el Venerable José Rivera Ramírez.

José María Iraburu, sacerdote

Post post.– En vez de tanta cháchara, periódico, internet, televisión, guachapeo y demás, yo les aconsejo leer la preciosa biografía escrita por José Manuel Alonso Ampuero, José Rivera Ramírez. Pasión por la santidad (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2015, 2ª ed., 200 pgs.).

Pedidos: [email protected]

Descarga gratuita de la obra: www.gratisdate.org

 Índice de Reforma o apostasía

26.12.14

(299) San Esteban, mártir

–¿Por qué no publicó este artículo al comienzo del día, como corresponde?

–Por no cortar el flujo grande de visitantes que entraban en (298). Y también ha podido influir el hecho de que acabo de terminarlo ahora.

Al día siguiente de la Navidad, la fiesta de San Esteban, mártir. La Iglesia celebra normalmente en el Año litúrgico la fiesta de los santos en el día de su muerte. Dies natalis, el día en que nacen en el cielo. Lo hace, por supuesto, cuando hay conocimiento histórico de la fecha de su muerte. Pero en qué día del año ocurrió el martirio de San Estaban es desconocido. Por tanto, la celebración de San Esteban, el primero de los mártires, al día siguiente del nacimiento de Jesús expresa una voluntad consciente y elegida por la Iglesia, que ha querido unir el nacimiento de Jesús en la tierra y el nacimiento de Esteban en el cielo.

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27.04.14

(268-2) Los Papas santos de la Iglesia Católica

La canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II como santos alegra hoy a la Santa Madre Iglesia en todas las comunidades cristianas que existen en el mundo. Alabemos a la Santísima Trinidad, que por la gracia de Cristo los hizo santos. Crezca en nosotros le fe y el amor a la Iglesia, sacramento universal de santificación, que en ellos ha mostrado una vez más la fuerza que le da su Esposo para engendrar santos. Imitemos los santos ejemplos que ellos nos dieron. Y sigamos pidiendo su intercesión con una fe y una confianza todavía más firmes.

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