(606) El Espíritu Santo- 11. El don de ciencia

–Nunca había oído hablar del don de ciencia. Es una maravilla.

–Todos sabemos que la cantidad de verdades y realidades que usted ignora es innumerable.

 

5. El don de ciencia

 

–Sagrada Escritura

Jesucristo. Si el Espíritu Santo por el don de ciencia produce una lucidez sobrehumana para ver las cosas del mundo según Dios, es indudable que en Jesucristo se da en forma perfecta.

El Salvador conoce a los hombres, a todos, a cada uno, en lo más secreto de sus almas (Jn 1,47; Lc 5,21-22; 7,39s): «los conocía a todos, y no necesitaba informes de nadie, pues él conocía al hombre por dentro» (Jn 2,24-25). Incluso, inmerso en el curso de los acontecimientos temporales, entiende y prevé cómo se irán desarrollando; y en concreto, conoce los sucesos futuros, al menos aquellos que el Espíritu quiere mostrarle en orden a su misión salvadora. Así predice su muerte, su resurrección, su ascensión, la devastación del Templo, y varios otros sucesos contingentes, a veces hasta en sus detalles más nimios (Mc 11,2-6; 14,12-21. 27-30). Muestra, pues, por un poderosísimo don de ciencia, su señorío sobre el mundo presente y sus acontecimientos sucesivos: «yo os he dicho estas cosas para que, cuando llegue la hora, os acordéis de ellas y de que yo os las he dicho» (Jn 16,4).

También el hombre nuevo, iluminado por el Espíritu Santo con el don de ciencia, conoce profundamente las realidades temporales, y las ve con lucidez sobrenatural, pues las mira por los ojos de Cristo: «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16).

Por el don de ciencia, en efecto, descubre el cristiano la hermosura del mundo visible, su dignidad majestuosa, que es reflejo de Dios y anticipo de las realidades definitivas, y al mismo tiempo, descubre su vanidad, es decir, su condición creatural, transitoria, efímera y también pecadora. Este segundo aspecto, la apresurada transitoriedad de todo el mundo visible, tiene muchos testimonios en las páginas de la Biblia. El mundo es pasando. El futuro no tiene ser todavía, es el presente quien le da el ser, pero de forma indeciblemente efímera, pues al momento se hunde en el pasado. ¡Y para los mundanos ésta es «la verdadera y única realidad»! Están ciegos.

«Os digo, pues, hermanos, que el tiempo es corto… Pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,29.31). «Nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,18).

En esta visión del don de ciencia no hay ningún desprecio por las criaturas del mundo visible. Digamos, más bien, que hay un menos-precio en comparación a la plenitud del Ser divino, lleno de bondad, hermosura y amor. Las criaturas aparecen ante Dios en toda su precaridad congénita. Al salir el sol, al manifestarse en su plenitud, desaparecen las estrellas.

A esta luz del don de ciencia qué ridículo resulta decir que hay que «partir de la realidad», cuando esta expresión se emplea como si Dios, las Escrituras, la fe, los sacramentos, fueran entidades abstractas; mientras que la verdadera realidad, la realidad real, sería el mundo visible (!). Quienes así piensan –o al menos sienten– son vanos, no tienen ciencia ni de Dios ni del mundo: no entienden nada: «son vanos por naturaleza todos los hombres que carecen del conocimiento de Dios, y por los bienes que gozan no alcanzan a conocer al que es la fuente de ellos, y por la considerción de las obras no llegan a conocer a su Artífice» (Sab 13,1).

Por el contrario, el don de ciencia hace que el mundo visible transparente a aquel mundo invisible, que es plenamente real, y a él quede continuamente referido. El don de ciencia, por tanto, da a sentir nuestra condición de «peregrinos y forasteros» en el mundo presente (1Pe 2,11). De este modo, toda la vida humana temporal se capta como «un tiempo de peregrinación» (1,17).

Adviértase, en todo caso, que en modo alguno el don de ciencia implica una visión maniquea de las criaturas, como si éstas, por serlo, fueran entidades degradadas e intrínsecamente malas. Por el contrario, el mundo creado es revelación de la bondad y de la hermosura de Dios, pues «lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las criaturas» (Rm 1,20; +Sab 13,4-5).

El mismo Pablo, por ejemplo, que todo lo sacrifica, con tal de gozar de Cristo, y que, como buen enamorado, todo lo estima y considera «basura» en comparación de su Señor (Flp 3,7-8), es precisamente quien asegura que «todo es puro para los puros» (Tit 1,15); y que «toda criatura de Dios es buena y nada hay reprobable, tomado con acción de gracias» (1Tim 4,4), es decir, si es recibido como don del Creador.

El don de ciencia, por otra parte, descubre al cristiano la verdad del mundo, librándole así de la mentira del mundo, que no solamente envuelve y ciega a los hombres carnales, sino que incluso engaña en no pocas cuestiones hasta a los hombres virtuosos. Éstos, aunque sea en grados menores, aún están con frecuencia condicionados por la época y circunstancia en que viven. Pues bien, el don de ciencia, por obra del Espíritu Santo, da al cristiano una facilidad simple y segura para conocer de verdad el mundo presente y todas sus mentiras. Sólamente así puede el cristiano participar plenamente del señorío de Cristo sobre el mundo, sólamente así puede «vivir en el mundo sin ser del mundo». Ahora bien, sin esta libertad del mundo no puede darse en el cristiano la perfección de la santidad. Chesterton decía algo así: «El cristianismo es la único que nos libra de la miseria de ser “hijos del siglo”».

Por eso dice el Apóstol que hemos de aspirar «a la perfección consumada de los santos… como hombres perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina, por el engaño de los hombres, que para engañar emplean astutamente los artificios del error» (Ef 4,12-14).

 

Pierre Édouard Frère + 1886El don de ciencia, por otra parte, es un don, un don que el Espíritu Santo da, y que da especialmente a los humildes, no a los soberbios que se fían de sus propios juicios y saberes. Nuestro Señor Jesucristo, en primer lugar, no era un hombre de cultura académica, y sin embargo estaba pleno de ciencia espiritual. Y la gente se preguntaba: «¿de dónde le viene esto, y qué sabiduría es ésta que se le ha comunicado?… ¿No es éste el carpintero?» (Mc 6,2-3). La ciencia del Espíritu, en efecto, es concedida por el Padre con preferencia a los humildes y pequeños, a aquellos que no se apoyan en su propia ciencia y erudición. Así lo enseña Jesús gozosamente:

«En aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultados estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque ése ha sido tu beneplácito”» (Lc 10,31).

 

–Teología

El don de ciencia es un hábito sobrenatural, infundido por Dios con la gracia santificante en el entendimiento del hombre, para que por obra del Espíritu Santo, juzgue rectamente, con lucidez sobrehumana, acerca de todas las cosas creadas, refiriéndolas siempre a su fin sobrenatural. Por tanto, en la consideración del mundo visible, el don de ciencia perfecciona el ejercicio de la virtud de la fe, dando a ésta una luminosidad de conocimiento al modo divino (STh II-II,9).

Según esto, el hábito intelectual del don de ciencia es distinto de la ciencia natural, que a la luz de la razón conoce las cosas por sus causas naturales, próximas o remotas. Es también diverso de la ciencia teológica, en la que la razón discurre, iluminada por la fe, acerca de Dios y del mundo. El don de ciencia conoce profundamente las cosas creadas sin trabajo discursivo de la razón y de la fe, sino más bien por una cierta connaturalidad con Dios, es decir, por obra del Espíritu Santo, con rapidez y seguridad, al modo divino. Ve y entiende con facilidad la vida presente en referencia continua a su fin definitivo, la vida eterna.

El don de ciencia, pues, trae consigo a un tiempo dos efectos que no son opuestos, sino complementarios. De un lado, produce una dignificación suprema de la vida presente, pues las criaturas se hacen ventanas abiertas a la contemplación de Dios; y todos los acontecimientos y acciones de este mundo, con frecuencia tan contingentes, tan precarios y triviales, se revelan, por así decirlo, como causas productoras de efectos eternos. Y de otro lado, al mismo tiempo, el don de ciencia muestra la vanidad del ser de todas las criaturas y de todas sus vicisitudes temporales, comparadas con la plenitud del ser de Dios y de la vida eterna.

No es fácil encarecer suficientemente hastá qué punto es necesario para la perfección el don de ciencia. Y hoy más que nunca, pues nunca el mundo ha sido para las personas tan complejo, tan envolvente, tan fascinante, tan oprimente y condicionante, tan innumerable en noticias, imágenes, luchas ideológicas, progresos técnicos enormes, viajes, posibilidades, cambios… Todos los cristianos, los niños y los jóvenes, los novios y los matrimonios, los profesores, los políticos, los hombres de negocios, los párrocos y los religiosos, los obispos y los teólogos, necesitan absolutamente del don de ciencia para no verse atrapados y perdidos en un mundo tan precioso y tan destructivo, y para que sus mentes, dóciles a Dios, queden absolutamente libres de los condicionamientos envolventes del mundo en que viven.

Si pensamos que un cirujano que padece ofuscaciones frecuentes en la vista o que un conductor de autobús que sufre de vez en cuando mareos y desvanecimientos, no están en condiciones de ejercer su oficio, de modo semejante habremos de estimar que aquéllos que reciben importantes responsabilidades de gobierno, si no poseen suficientemente el don de ciencia, causarán sin duda grandes males en la sociedad y en la Iglesia por acción o por omisión.

 

–Santos

Al don de ciencia se le suele decir «la ciencia de los santos». Así la llamó el teólogo Juan de Santo Tomás, OP (1589-1644), en alusión a aquel texto de la Escritura: el Señor «les dió la ciencia de los santos» (Sab 10,10; In I-II, d.18, 43,10).

En todos los santos, es cierto, tanto en los cultos como en los incultos, ha brillado siempre el don de ciencia, por el cual el mundo visible viene a ser revelación de Dios. Ya no es el mundo para ellos un lastre, una distracción o una tentación, sino que se torna para ellos en escala maravillosa hacia la perfecta unión con Dios. Lo comprobamos ahora con algunos santos.

 

*San Francisco de Asís (1181-1226), por ejemplo, por el precioso don de ciencia encuentra a Dios en las criaturas sin ningún esfuerzo mental, y se conmueve profundamente ante la belleza del mundo visible, que le muestra al Creador..

«abrazaba todas las cosas con indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas, velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que le era símbolo de la luz eterna. Caminaba con reverencia sobre las piedras, en atención a Aquel que a sí mismo se llamó Roca… Pero ¿cómo decirlo todo? Aquel que es la Fuente de toda bondad, el que será todo en todas las cosas, se comunicaba a nuestro Santo también en todas las cosas» (Tomás de Celano, OFM, 1200-1270, II Vida, cp.124).

 

*Santa Catalina de Siena (1347-1380) experimenta en grado altísimo el don de ciencia, como puede comprobarse leyendo su Vida, escrita por el Beato Raimundo de Capua, OP (1330-1398), director suyo:

Una vez el Señor Jesucristo se aparece a Santa Catalina y le dice: «¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Si llegas a saber estas dos cosas, serás bienaventurada. Tú eres la que no es; yo, en cambio, soy el que soy» (Leyenda 92). De esta premisa parte toda la doctrina espiritual de esta Doctora de la Iglesia. «Si el alma –decía– conoce que por sí misma no es nada y que todo se lo debe al Señor, resulta que no confía ya en sus operaciones, sino sólo en las de Dios. Por esto el alma dirige toda su solicitud a Él. Sin embargo, el alma no deja para más tarde hacer lo que puede, pues al derivarse tal confianza del amor y al causar necesariamente el amor al amante el deseo de la cosa amada –deseo que no puede existir si el alma no hace las obras que le son posibles–, resulta que ella actúa por razón del amor. Pero no por ello confía en su operación como cosa suya, sino como operación del Creador. Todo esto se lo enseña perfectamente [por el don de ciencia] el conocimiento de la nada que es y la perfección del mismo Creador» (99).

Hasta tal punto llegaba la lucidez espiritual sobrehumana de Catalina, y la referencia continua que ella hacía de la criatura a su Creador, que ella veía con más claridad en los hombres sus almas que sus cuerpos. Así se lo había pedido ella al Señor, y el Señor se lo concedió. «Y la gracia de este don, atestigua el Beato Raimundo, fue tan eficaz y perseverante que, a partir de entonces, Catalina conoció mejor que los cuerpos, las operaciones y la índole de todas las almas a las que se acercaba».

En una ocasión, «cuando le dije a solas que algunos murmuraban porque habían visto a hombres y a mujeres arrodillados ante ella, sin que ella lo impidiera, me respondió: “Sabe el Señor que yo poco o nada veo de los movimientos de quien tengo cerca. Estoy tan ocupada leyendo sus almas, que no me fijo para nada en sus cuerpos". Entonces le pregunté: “¿Ves, acaso, sus almas?". Y ella me respondió: “Padre, le revelo ahora en confesión que desde que mi Salvador me concedió la gracia de liberar a una cierta alma… no aparece casi nunca ante mí nadie de quien no intuya el estado de su alma"» (151).

«Daré una confirmación de esto que he dicho –continúa el Beato–. Recuerdo que hice de intérprete entre el Sumo Pontífice Gregorio XI, de feliz memoria, y nuestra santa virgen, porque ella no conocía el latín y el Pontífice no sabía italiano. Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de celestiales virtudes, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oirlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: “¿Cómo en tan poco tiempo has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?". Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como lo vi con mis propios ojos, erguida, prorrumpió en estas palabras: “Por el honor de Dios Omnipotente, me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia Romana sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días". El Papa permaneció callado, y yo, consternado, razonaba en mi interior y me preguntaba con qué autoridad habían sido dichas unas palabras como aquéllas a la cara de un Pontífice» (152).

Ésta es la lucidez espiritual propia del don de ciencia. Esta santa sin estudios, analfabeta hasta poco antes de morir, viviendo siempre en Siena, sirviendo en la casa de su padre, el tintorero Benincasa, penúltima de veinticinco hermanos, siendo joven –muere a los treinta y tres años–, por el don espiritual de ciencia, por obra del Espíritu Santo, conoce mil veces mejor el mundo –el mundo de su época, el corazón de los hombres, el mundo romano eclesiástico–, que tantos otros que, a pesar de sus muchos estudios, viajes y experiencias, no entienden nada, y ni sospechan siquiera cuáles son los problemas reales del siglo y de la Iglesia en que viven.

El don de ciencia da al pensamiento y a la acción del santo una suprema libertad respecto del mundo de su tiempo, y por eso permite conocerlo. Esa independencia total del mundo, se dice fácilmente, pero si no es por obra del Espíritu Santo, concretamente por el don de ciencia y por otros dones suyos, es imposible de vivir, al menos en forma plena. Conviene saberlo.

Y al mismo tiempo, el don de ciencia da a conocer muy especialmente la belleza fascinante del alma humana que está en la gracia divina:

Sobre esto, santa Catalina le decía al Beato Raimundo de Capua, OP, su director: «Padre mío, si viera usted el encanto de un alma racional, no dudo en absoluto que daría cien veces la vida por la salud de esa alma, pues en este mundo no hay nada que pueda igualar tanta belleza» (Leyenda 151).

 

*Santa Teresa (1515-1582), doctora de la Iglesia, como Santa Catalina, veía como ésta que «el alma del justo es un paraíso donde dice Él que tiene sus deleites… No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma» (I Moradas 1,1). Pero el mismo don de ciencia le hace ver el engaño general que sufren los hombres en la medida que el mundo los sujeta. Ella lo ve todo «al revés» de como lo ven los mundanos o de cómo lo veía ella antes. Y por eso se duele al pensar en su vida antigua, considerando el mundo presente que la rodea:

«Ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (Vida 20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía en algo los dineros y la codicia de ellos» (20,27)… «No hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran engaño en que andamos y la ceguedad que traemos» (21,4). «¡Oh, qué es un alma que se ve aquí haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada!» (21,6).

Asistido por el don de ciencia, el cristiano perfecto –santa Teresa, concretamente– ve la vanidad y la  mentira de las cosas más estimadas por el mundo, y también muchas veces por los mismos cristianos piadosos.

En cierta ocasión, doña Luisa de la Cerda enseña en su casa una colección de joyas a su amiga Teresa de Jesús: «Ella pensó que me alegraran. Yo estaba riéndome entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres, acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba cuán imposible me sería, aunque yo conmigo misma lo quisiese procurar, tener en algo aquellas cosas, si el Señor no me quitaba la memoria de otras.

«Esto es un gran señorío para el alma, tan grande que no sé si lo entenderá sino quien lo posee; porque es el propio y natural desasimiento, porque es sin trabajo nuestro: todo lo hace Dios [es, pues, don de ciencia], que muestra Su Majestad estas verdades de manera que quedan tan imprimidas, que se ve claro que no lo pudiéramos por nosotros de aquella manera en tan breve tiempo adquirir» (Vida 38,4).

El don de ciencia muestra también el pecado, por muy escondido que esté en la práctica común y general. El santo distingue con toda seguridad y facilidad lo que ofende a Dios y le desagrada, lo que es contrario al Evangelio, por muy aceptado que esté en el mundo y entre los mismos cristianos: uso del dinero, costumbres, modas, criterios, espectáculos, etc. Y alcanza a ver, ve con una ciencia espiritual luminosa, la absoluta vanidad de todo aquello que en el mundo no está ordenado a Dios. Ve cómo las criaturas no finalizadas en su Creador, por mucho que se hinchen y aparenten –en la televisión y en la prensa, sea en la sociedad, sea en el mismo mundo de la Iglesia–, son nada, menos que nada, por grande que sea su brillo y esplendor. Lo ve, lo ve con toda claridad, porque el Señor mismo se lo muestra, como se lo hizo ver a Teresa:

«¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí. Con claridad verás esto que ahora no entiendes en lo que aprovecha a tu alma… Y así lo he visto, sea el Señor alabado, que después acá tanta vanidad y mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios, que no lo sabría yo decir como lo entiendo, y lástima me hacen los que veo con la oscuridad que están en esta verdad» (Vida 40,1-2).

El cristiano, por el don de ciencia viene a ser desengañado del engaño colectivo; es decir, despierta del sueño que le mantenía espiritualmente dormido, como a tantos otros.

El Señor, sigue Teresa de Jesús, «me ha dado una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo: ni contento ni pena que sea mucha no la veo en mí… Y esto es entera verdad, que aunque después yo quiera holgarme de aquel contento o pesarme de aquella pena, no está en mi mano, sino como lo sería a una persona discreta tener pena o gloria de un sueño que soñó. Porque ya mi alma la despertó el Señor de aquello que, por no estar yo mortificada ni muerta a las cosas del mundo, me había hecho sentimiento, y no quiere Su Majestad que se torne a cegar» (Vida 40,22).

 

*San Juan de la Cruz (1542-1591), doctor de la Iglesia, contemplativo de Dios, lo era también de su imagen humana: «¡oh alma, hermosísima entre todas las criaturas!» (Cántico 1,7). A un tiempo místico y poeta, halla palabras para expresar estas maravillas que da a conocer el don de ciencia:

El alma «comienza a caminar [espiritualmente] por la consideración y conocimiento de las criaturas al conocimiento de su Amado, Creador de ellas; porque, después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera en este camino espiritual» (Cántico 5,1). Y es que, «aunque muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles o de los hombres, ésta que es crear nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas» (Cántico 5,3). Ve el alma que es Dios quien las mantiene en su perenne belleza: «siempre están con verdura inmarcesible, que ni fenece ni se marchitan con el tiempo» (5,4).

Por eso, en la contemplación del mundo, el alma creyente, iluminada por el don de ciencia, «halla verdadero sosiego y luz divina y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese llena de bienes y ajena y vacía de males, y, sobre todo, entiende y goza de inestimable refección de amor, que la confirma en amor» (14,4).

Pero el don de ciencia, al mismo tiempo que manifiesta esta grandeza y belleza de las criaturas,  muestra la vanidad profunda del mundo presente. Los santos, por eso, siempre han entendido con evidencia que «todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son, como dice Jeremías [4,3]» (1 Subida 4,3). En efecto, «todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito ser de Dios, nada es; y, por tanto, el alma que en ellas pone su afición [desordenada], delante de Dios también es nada y menos que nada» (ib.4,4).

El don de ciencia, de este modo, perfeccionando la fe, desengaña al hombre espiritual de todas las fascinaciones y mentiras con que el mundo engaña a los hombres mundanos. Son indecibles las fascinaciones que el mundo ejerce sobre los hombres, también sobre tantos cristianos: «toda la tierra seguía maravillada a la Bestia» (Ap 13,3). El resultado es un espanto:

«Pasmaos, cielos, y horrorizaos sobremanera, palabra de Yavé. Es un doble crimen el que ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de aguas vivas, para escarbarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua»… «Mi pueblo está loco, me ha desconocido; son necios, no ven: sabios para el mal, ignorantes para el bien» (Jer 2,13; 4,22).

«Ésta tan perfecta osadía y determinación en las obras –advierte San Juan de la Cruzpocos espirituales la alcanzan, porque, aunque algunos tratan y usan este trato, nunca se acaban de perder en algunos puntos o de mundo o de naturaleza, para hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo, no mirando a lo que dirán o qué parecerá… No están perdidos [del todo] a sí mismos en el obrar; todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante de los hombres, teniendo respeto a cosas. No viven en Cristo de veras» (Cántico 30,8). Alude aquí a su verso «diréis que me he perdido». Y aún más dice a la enseñanza de Jesús: «el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará» (Mt 16,25).

Aún hay, sin embargo, quien estima que los santos, especialmente los de vida mística más alta, apenas entienden nada del mundo presente, «alienados» como están de él por su misma vida contemplativa. Pero no, ellos son los únicos que de verdad entienden lo que sucede en el mundo y en la Iglesia de su tiempo. Eso está claro, mostrado y demostrado.

 

–Disposición receptiva

Con la gracia de Dios, dispongámonos a recibir el precioso don de ciencia con estas prácticas y virtudes:

1. La oración, la meditación, la súplica. Siempre la oración es condición primera para la recepción de cualquiera de los dones del Espíritu Santo, pero en éstos, como el don de ciencia, que son intelectuales, parece que es aún más imprescindible.

2. Procurar siempre ver a Dios en la criatura. Ignorar u olvidar que el Creador «no sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (Catecismo 300), es dejar el alma engañada, necesariamente envuelta en tinieblas y mentiras, en medio de la realidad presente.

3. Pensar, hablar y obrar con perfecta libertad respecto del mundo. Es decir, no tener ningún miedo a estimar que la mayoría –también la mayoría del pueblo cristiano–, en sus criterios y costumbres, está en la oscuridad y en la tristeza del error, al menos en buena parte. Aquí se nos muestra otra vez la mutua conexión necesaria de los dones del Espíritu Santo: el don de ciencia, concretamente, no puede darse sin el don de fortaleza.

4. Ver en todo la mano de Dios providente. Aprender a leer en el libro de la vida –en los periódicos, en lo que sucede, en lo que le ocurre a uno mismo–; pero aprender a leer ese libro con los ojos de Cristo. Él es nuestro único Maestro, el único que conoce el mundo celestial, y el único que entiende el mundo temporal, el único que comprende lo que sucede, lo que pasa, es decir, lo que es pasando.

5. Guardarse en fidelidad y humildad. El don de ciencia, efectivamente, es don de Dios, pero es un don que Dios concede a los humildes, a los que, recibiendo la gracia de la humildad, le buscan, le aman y guardan fielmente sus mandatos:

«Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña. Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes» (Sal 118,98-100).

6. Leer vidas de santos, o escritos suyos, mejor si son autobiográficos. Ellos nos enseñan a ver el mundo presente y la Iglesia con los ojos de Cristo. «Todo ha sido creado por Él y para Él, y todo se mantiene en Él» (Col 1,16-17). El que ignora esto, no sabe nada del mundo y de la Iglesia, porque ignora de ellos lo que es principal: la causa. Cognitio rerum per causas.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

  

14 comentarios

  
Jordi
Existe el "don de ciencia" demoníaco, carisma diabólico que pertenece a toda persona angélica, bienaventurada o apostática, y es un poder preternatural que Dios le conservó aún en su caída, y produce una "lucidez sobrehumana-preternatural para ver las cosas del mundo al revés de Dios. Se observa en la historia, las noticias y la vida.
14/07/20 2:55 PM
  
JSP
1. Padre José María, hay algo que no termino de entender en la relación don de ciencia-fe.
2. La afirmación: "El don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, dando a ésta una luminosidad de conocimiento al modo divino."
3. El Señor Jesús, en cuanto a verdadero hombre, hombre nuevo, nuevo Adán, con los dones del Espíritu Santo en su perfección plena no tiene las virtudes infusas de la fe, la esperanza y la caridad; y en Él hay ausencia de fe pues es verdadero Dios y es informado por el ESanto y el Padre y Dios nuestro está con Él y le revela esa información. Entonces, en nosotros, los bautizados, que peregrinamos en conversión del hombre viejo al hombre nuevo mediante NS Jesucristo para volver al Padre guiados por el ESanto, ¿cómo pueden ver los ojos de la fe al modo divino sin estar en estado de Gracia? Y ¿cómo pueden ver los ojos de la fe la Providencia y el Ser de la Creación y Nueva Creación sin la fe como respuesta humana que ilumina a la razón?
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JMI.-En mi anterior articulo (601) explico el modo humano en que pueden ejercitarse las virtudes, y como los dones del Espíritu Santo perfeccionan su ejercicio dándoles un modo divino.
14/07/20 3:19 PM
  
PEDRO
Padre, D. José María, estoy muy preocupado del embrutecimiento y falta de sensibilidad moral de la sociedad, de la destrucción de la Familia Cristiana como la gran evangelizadora, de la práctica cristiana y la asistencia a los Sacramentos; y así no hay vocaciones de ningún tipo, la admisión del pecado del aborto aceptado socialmente, que se ha generalizado a nivel internacional. Una sociedad de juventud sin referentes con familias desestructuradas con muchisima droga, y gente mayor que pasa de todo y solamente atenta a su jubilación. ¿ Y DIOS ? .
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JMI.-Esa pregunta no tiene respuesta, porque no podemos alcanzar la ciencia y sabiduría de Dios: "son insondables sus juicios e inescrutables sus caminos" (Rom 11,33-34). ¿Cómo dispuso que la salvación de la humanidad se lograra en la Cruz de Cristo? Dios hace bienes a través de bienes que promueve y de males que permite.
14/07/20 3:40 PM
  
JSP
Gracias padre. También preguntaba si puede darse el don de ciencia, la ciencia de los santos, sin revelación privada (la segunda pregunta).
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JMI.- Entre el "don de ciencia" y la posible "revelación privada" no hay conexión alguna. Lo más normal es que se dé el don sin revelación privada.
14/07/20 10:28 PM
  
PEDRO
Padre, su respuesta a mi brevisima exposición anterior es precisa y que pocos la habrían podido resumir. Y vale mucho para reflexionar. Pero cuando digo ¿ Y Dios ?, es porque muy poca gente menciona y sigue a Dios, y es tan amplio el mal creado en la humanidad que no para de aumentar y es aceptado socialmente, y a mayores o de forma complementaria que son más los que han dado la espalda a DIOS. Y me temo que esto no puede seguir así, porque es como una bola de nieve pero de mal, que se incrementa continuamene, y además muchos seguidores del mal con mucho dinero, con increible descaro, están extendiendo el mal a sociedades enteras. Y mucha gente pasa - como dirian los más jovenes - del terrible ambiente y mal ejemplo para la nueva generación. Faltan referente y los jovenes tienen una formación religiosa y de referentes cristianos casi nulos.

Y me temo que no puede seguir así... porque creo que Dios no va a permanecer con más paciencia ante el mal. Ojala vengan " santos imposibles ", y la Virgen María pare la justicia divina más que justificada. Son más de 1.500 millones de aborto, por lo que han roto eslabones de candenas de salvación, y como Dios no clona a los que han matado, se está destruyendo la Creación de forma imparable, y a muchos que hubieran recuperado a las almas de tanto mal, como testigos de Dios. Toda la realidad que va a mayores sin espera, se parece una pelicula de esas de terror. Siento ser catastrofista, pero ante el aborto el cristiano no levanta su voz. Dios le bendiga. Y gracias por esta Web.
15/07/20 12:12 AM
  
Maricruz Tasies
Gracias.
JMI.- Gracias al Espíritu Santo. Bendición +

15/07/20 3:53 PM
  
María de las Nieves
Gracias Padre Iraburu por esta serie de artículos que son para meditar durante toda nuestra vida; ya que en este caso la Santísima Trinidad es la Revelación plena de Jesucristo y nuestra Fe es adherirnos a su Persona; su Palabra y sus hechos.

Los Dones del Espíritu Santo explicados por Ud son joyas inabarcables a la totalidad de la Persona humana.
Entrando en el Misterio somos ya no digo pequeños- que lo somos- por Creación Divina pero con la Redención de Jesucristo pasamos a ser nada humana con su Muerte; sino la hacemos inútil ;muriendo con El y la donación de su Espíritu Santo.
Jesucristo siendo Uno con el Padre nos sondea y nos conoce.
Dios es la luz;es simple y con su Don de ciencia y dejándonos que su luz nos penetre podemos vislumbrar con los ojos de su queridísimo Hijo .
É;l es Misterio inabarcable e infinito; pedimos un poquito de su luz cada día y que expulse la oscuridad y ensanche nuestra alma hasta que se haga transparente.
Gracias Padre por transmitirnos su Sabiduría y Ciencia teológica; mis oraciones al Señor que lo conserve en su luz y Amor.
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JMI.-En la oración colecta del domingo XIII del Tiempo Ordinario, decimos:
"Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por JCNS. Amén.
Perfecto. Inmejorable.
Lo pido para usted, con mi bendición +
Demos gracias a Dios que nos da en la liturgia romana estas oraciones insuperables.
15/07/20 10:40 PM
  
Maria del Carmen
La actitud de Dios Padre y su Hijo Jesucristo con la revelación del Espíritu Santo a los menos sabios y entendidos ; casa muy mal con la Soberbia y en Endiosamiento de los que han vivido muy bien en la casa de sus padres y han tenido la oportunidad de estudiar en los mejores Colegios.

Es muy fácil abusar de la gente con verdadera saña ; cuando realmente puedes hacerlo. " No abusa el que quiere ; sino el que puede ".

Gracias a Dios por las Sagradas Escrituras y por el Espíritu Santo.

Buenos días y Feliz Viernes 17 de Julio
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JMI.- Todo es don de Dios, y todo colabora el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).
+Don de Dios es tener unos padres unidos y buenos, que educan bien a sus hijos en la familia y en buenos centros académicos.
+Don de Dios es crecer en una familia deficiente y formarse en unos centros escolares modestos, quedando entre "los pequeños y débiles".
Lo uno y lo otro, con la gracia de Dios, pueden llevar a buscar a Dios y a vivir pendientes de su Providencia amorosa, queriendo en todo cumplir su voluntad.
Bendición +

17/07/20 9:35 AM
  
Maricruz
Entonces la realidad verdadera, lo único auténcamente real, es la realidad invisible.
Tiene sentido porque le da sentido a lo demás.
Por eso los santos comprendieron la vanidad y transitoriedad de todo.
Por eso estaban tan sólidamente sustentados en Dios.

Es que sí uno pusiera atención esto se podría entender desde el Antiguo Testamento.
Qué cosas! Pensar que a veces morimos sin haberlo llegado entender.
Y qué gran cosa es entenderlo en vida.
Gracias al Espíritu Santo
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JMI.-San Pablo a los atenienses: "En Dios vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28). Bendición +

17/07/20 10:34 AM
  
Maria del Carmen
Muchas gracias padre José Maria por sus sabias palabras y humilde consejo: Qué Dios lo siga bendiciendo por muchos años más.

Feliz día.
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JMI.-Bendición +

17/07/20 12:08 PM
  
Pedro 1
Padre Iraburu:
Dice San Juan de la Cruz en la Subida al Monte Carmelo que " todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito (ser) de Dios, nada es. Y, por tanto, el alma que en él pone su afición, delante de Dios también es nada, y menos que nada".

Pues bien, yo entiendo que si ponemos nuestra afición en el hombre delante de Dios nada somos.

Escribe en su blog un doctor en teología y párroco en la diócesis de Albacete:
"Las instituciones religiosas no pueden convertirse en sagradas; cuando esto ocurre se formaliza un ídolo que incluso acaba tiranizando a la realidad sagrada que anuncia."

"A Jesús le importaba la persona, todo está en función de ella. Cometemos un error cuando enfrentamos al ser humano con Dios como si fuera antes una realidad que la otra. Y no es así."

"El ser humano es divino, y la divinidad contiene a la humanidad y viceversa. Absurda es una fe y una teología que no ha descubierto que humanidad y divinidad son como las dos caras de una misma moneda o las dos partes de una hoja. Por esta razón entre otras, el evangelista Juan se atrevió a definir a Dios como amor; y para que haya amor, ha de haber relación".
¿Hay en estos tres párrafos don de ciencia o necedad?
¿Mentimos cuando decimos en el Credo que es Sagrada o Santa la Iglesia?
¿No es antes la realidad de Dios que la realidad del hombre?
¿El ser humano es divino y humanidad y divinidad son las dos caras de una misma moneda? ¿No existe desde siempre relación en Dios Uno y Trino sin necesidad del hombre?
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JMI.- ¿Y de qué color era el caballo blanco del apóstol Santiago?
Luego le contesto, en su siguiente comentario.
18/07/20 5:40 PM
  
Pedro 1
Padre Iraburu:
Le mando el enlace para que vea que no invento nada:
https://iglesiadealcadozo.blogspot.com/2020/06/EVANGELIO-VIERNES-12-T.ORDINARIO.html
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Escribe el autor que Ud. cita:
Pero las instituciones religiosas no pueden convertirse en sagradas; cuando esto ocurre se formaliza un ídolo que incluso acaba tiranizando a la realidad sagrada que anuncia.
JMI.-No usa ese autor el concepto de “sagrado” en el sentido católico tradicional: Sagrada Escritura, pastores sagrados, sagrada Eucaristía, sacramentos sagrados, sagrados Concilios, lugares sagrados (templos consagrados), vida consagrada religiosa, sacra Theologia, etc.
Es un lenguaje empleado con frecuencia en el Vaticano II. He expuesto varias veces en este blog la teología y espiritualidad de lo sagrado, pero principalmente en los artículos (68) y más aún en (210). En el Índice de REFORMA O APOSTASÍA se hallan con facilidad. Y en la Fundación GRATIS DATE tengo editado "Sacralidad y secularización" ([email protected] )
Dios es el “Santo”, y las instituciones religiosas de la Iglesia son “sagradas”: criaturas elegidas y potenciadas por Dios para glorificar su Nombre y santificar a los hombres. No son ídolos, ni nunca el “sagrado cristiano” tiende a crear ídolos. Eso es cosa mas bien del panteísmo, del animismo, etc. "Adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos. Amén" (Rom 1,25). Jamás el cristianismo ha tenido algo que ver con eso.

Dice el autor citado:
-El ser humano es divino, y la divinidad contiene a la humanidad y viceversa... humanidad y divinidad son como las dos caras de una misma moneda o las dos partes de una hoja.
JMI.-Suenan bien esas afirmaciones, pero tienen el defecto de que no son verdaderas. No es ésa la doctrina de la fe católica revelada, ni es el lenguaje católico. El hombre es criatura, imagen de Dios, llamado en Cristo a participar por el Espíritu Santo de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). "El ser humano [no] es divino].


18/07/20 5:49 PM
  
Pedro 1
Don José María Iraburu:

JMI.- "¿Y de qué color era el caballo blanco del apóstol Santiago?”

El autor.- Lo que nos llega a nosotros es una amalgama de sentimientos e ideas muy elaborados ya por la primitiva comunidad cristiana.”

JMI.- “No es ésa la doctrina de la fe católica revelada, ni es el lenguaje católico."

El autor.- “Jesús se había hecho de fiar más allá de los credos y ortodoxias de turno. Y es que al final lo que importa es la vida, no la doctrina (Primum vivere, deinde philosophari - Primero vivir y luego filosofar).”

“Cuando leemos estas palabras en el hoy de nuestra vida no podemos hacer una "apaño" fácil diciendo que Dios es lo primero y la familia es lo segundo.”

“Salta a la vista el “ropaje” cultural del que se revisten los textos evangélicos, absolutamente prescindible, y que además reclama nuestra actualización si no queremos hacer de la “Palabra” un silencio ahogado.”

“¿Mantuvo Jesús realmente este diálogo con Nicodemo en tales términos? La respuesta os la podéis imaginar quienes sois habituales del blog” (del autor).

“Nacer de nuevo” es despertar del sueño, del delirio, de la magia y de la irrealidad de pensar que en dos mil años de cristianismo lo fundamental de la fe no hay cambiado y que todavía podemos seguir pensando a dios (con minúscula) con esquemas marcadamente trasnochados.”

“No es verosímil que este episodio ocurriera tal cual; más aún, no es verosímil ni siquiera que ocurriera. Quizás sea la plasmación por escrito de un sentimiento de la primitiva comunidad.”

“Jesús dormido o des-preocupado (porque también así podríamos traducir esa palabra) quizás exprese el sentimiento de soledad y desahogo que provocó la muerte de Jesús”

“No es de recibo que una institución como la iglesia compuesta mayoritariamente por mujeres esté gobernada por hombres. No es de recibo que en tiempos en los que los auténticos alejados de la Iglesia se encuentran en la franja de edad que va de los veinte a los sesenta años, nuestra apuesta pastoral siga siendo principal e insistentemente infantil.
No es de recibo que el lenguaje que utilizamos en nuestras celebraciones litúrgicas sea marcadamente medieval, proponiendo un universo de imágenes espirituales difícilmente compatibles con la estructura cultural al uso en nuestros días. No es de recibo....”

“Los textos de las apariciones de Jesús Resucitado son sencillamente geniales. De rotundo cariz didáctico y con unas huellas de historicidad muy necesitadas de ser interpretadas, cada una de las experiencias que nos transmiten los evangelistas en este sentido, se convierten para el creyente de hoy en modelos de creencia muy real.”

“Lo que Jesus hizo fue "popularizar" la fe. La hizo accesible a la gente sencilla. Más aún, se dejo evangelizar por la gente sencilla.”

“A mi juicio, la clave no está en medir lo que sirves. Ni tampoco está en valorar lo que ganas cuando sirves. En este sentido el permanente y bienintencionado lema de Cáritas -cuanto más das, más tienes- creo que desvirtúa la propuesta del amor cristiano. La clave está en admitir lo que "pierdes" cuando sirves.”, etcétera, etcétera.

Conocí el blog del autor hace cinco días y es sencillamente genial para el padre de la mentira.
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JMI.-He estado dudando de dar pase a este comentario, porque no quiero que se emplee mi Sala de Comentarios para difundir doctrina del padre de la mentira. Si me envía algún otro comentario por el estilo, no lo publicaré.

19/07/20 1:25 PM
  
Pedro 1
Enterado. De todas formas, no pensaba enviarle más comentarios de este estilo. Suprímalo si lo desea. Es su blog.
19/07/20 3:35 PM

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