(269) Liturgia –5. Jesucristo, sacerdote eterno de la Liturgia de la Iglesia

–Ya no sabía yo de qué hablaría hoy, si del abandono confiado en la Providencia al finalizar la liga de fútbol o de qué.

–Tranquilo. «Hombre de poca fe»… Sigo con la liturgia.

Y atención a lo que sigue, pues son verdades hoy muy silenciadas. Se niega o se elude que Cristo es Sacerdote, que nos salva por el Evangelio y por el Sacrificio expiatorio de su vida. Pero el centro y la fuente continua de la Iglesia es la Eucaristía, en la que el sacerdote ministro, unido a todo el pueblo cristiano sacerdotal, actualizan con Cristo sacerdote, a lo largo de los siglos, el Sacrificio de la redención del mundo y de la suprema glorificación de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote que realiza en la Liturgia sagrada de la Iglesia el Sacrificio de la Nueva Allianza. Ya en el Antiguo Testamento se inicia la esperanza de un Mesías sacerdotal (Gén 14,18; Is 52-53; 66,20-21; Ez 44-47; Zac 3; 6,12-13; 13,1s; Mal 1,6-11; 3,1s). Y en el Nuevo Testamento, el sacrificio de Cristo sacerdote realiza en forma suprema la glorificación de Dios y la santificación de los hombres. Si la Alianza Antigua fue sellada en la sangre de animales sacrificados cultualmente (Ex 24,8), la Nueva vendrá garantizada por la sangre de Jesús, el Siervo de Yavé: «ésta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que se derrama por todos para la remisión de los pecados» (Mt 26,28; cf. 8,17).

San Pedro contempla en Jesús al Siervo sufriente que muere por los pecadores (1Pe 2,22-25; 3,18). San Pablo ve en clave sacerdotal la obra de Cristo, que «se entregó por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de agradable perfume» (Ef 5,2; 2Cor 5,7; 1Tim 2,5-6; Tit 2,13-14). San Juan nos muestra a Jesucristo como el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo (Jn 1,29.36), como pastor que da su vida por las ovejas (10), como purificador del viejo Templo (2,13-21), como nuevo Templo de Dios (2,21), que santifica a cuantos entran en él (17,17s). «Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. El es la propiciación por nuestros pecados. Y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,1-2).

–La carta a los Hebreos, el primer tratado de cristología, es un libro inspirado: «palabra de Dios». En él se contempla ante todo a Jesucristo como Sacerdote santo, eterno, único (2,17; 3,1; 4,14-5,5). «Él es el Mediador de una Alianza Nueva, a fin de que por su muerte, para redención de las transgresiones cometidas bajo la primera Alianza, reciban los que han sido llamados las promesas de la herencia eterna» (9,15). Cristo es así el Mediador perfecto, porque, como afirma la carta a los Hebreos con especial énfasis, es plenamente divino (1,1-12; 3,6; 5,5.8; 6,6; 7,3.28; 10,29), y al mismo tiempo es perfectamente humano, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (2,11-17; 4,15; 5,8). Él es el Templo verdadero, celestial, definitivo, construído por el mismo Dios, no por mano de hombre (8,2.5; 9,1.11.24). Podemos, pues, «entrar confiadamente en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del Velo, es decir, de su propia carne» (10,19-20; cf, Mt 27,51). 

Mientras que los antiguos sacrificios «nunca podían quitar los pecados» (Heb 10,11), nosotros somos ahora santificados por la grandiosa eficacia del sacerdocio de Jesucristo (7,16-24; 9; 10,1­18). Por tanto, el antiguo sacerdocio queda superado «a causa de su ineficacia e inutilidad» (7,18), y ya todo el poder santificador está en Jesucristo, sacerdote santo, inocente, inmaculado (7,26-28). Como dice San Pablo, «por éste se os anuncia la remisión de los pecados y de todo cuanto por la Ley de Moisés no podíais ser justificados» (Hch 13,38).

La víctima sacrificial que se ofrece en la Cruz-Eucaristía no está integrada por animales, sino que «nosotros somos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10,10). No somos redimidos con oro o plata, sino «con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha» (1Pe 1,18-19; cf. 1Cor 6,20; 7,23).

Las notas esenciales del sagrado sacerdocio de Jesucristo son éstas: es un sacerdocio elegido por el mismo Dios (5,4-6; 7,16-17); único, sea porque su sacrificio fue hecho de una vez para siempre (9,26-28; 10,10), sea porque llegados en Él a la plenitud de los tiempos, «en ningún otro hay salvación» (Hch 4,12); perfecto en todos los sentidos (Heb 5,9; 10,14); y, por último –adviértase bien esto–, es un sacerdocio celestial: «el punto principal de todo lo dicho es que tenemos un Sumo Sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (8,1).

* * *

–En su ascensión a los cielos, Cristo dejó de ser visible a los discípulos. Una vez cumplida su obra, ascendió a los cielos: salió del Padre y vino al mundo, y finalmente dejó el mundo para volver al Padre (Jn 16,28). Los discípulos «vieron» como Jesús se iba del mundo (Hch 1,9), y ascendía al cielo. Desde allí ha de venir, al final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos (Mt 25,31-33). Y hasta que se produzca esta gloriosa parusía, una cierta nostalgia de la presencia visible de Jesús forma parte de la espiritualidad cristiana. Así la expresa San Pablo:

«Deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor» (Flp 1,23). «Mientras moramos en este cuerpo estamos ausentes del Señor, porque caminamos en fe y no en visión; pero confiamos y quisiéramos más partir del cuerpo y estar presentes al Señor» (2Cor 5,6-8). Mientras tanto, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo», debemos «buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1). Desde esta presencia primaria de Jesús en los cielos habrá que explicar todos los otros modos suyos de hacerse presente entre nosotros, concretamente en la liturgia.

En la Liturgia se nos hace visible Cristo mismo, a la luz de la fe, por las palabras, los gestos y los signos, el mismo que antes de su ascensión, nos prometió su presencia espiritual hasta el fin de los siglos (Mt 28,20). No nos ha dejado huérfanos, pues está en nosotros y actúa en nosotros por su Espíritu (Jn 14,15-19; 16,5-15). Jesucristo, a la derecha de Dios, intercede siempre por nosotros (7,25), y ejercita permanentemente su sacerdocio celestial en favor de nosotros (Heb 6,20; 7,3-25).

Tres textos del concilio Vaticano II acabarán de mostrarnos la verdadera naturaleza de la liturgia cristiana:

 1.– La liturgia es el «ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno de ellos a su manera, realizan la santificación del hombre [soteriología], y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro [doxología]» (Sacrosanctum Concilium 7c).

2.– «En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero (cf. Ap 21,2; Col 3,1; Heb 8,2)» (SC 8).

3.– «Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (SC 7a).

* * *

–La liturgia es obra de Cristo sacerdote y de su santa Iglesia. «Realmente en esta obra tan grande [la Liturgia], por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia» (SC 7b). Cualquier acción litúrgica, concretamente, como enseña Pablo VI, «cualquier misa, aunque celebrada privadamente por el sacerdote, sin embargo no es privada, sino que es acto de Cristo y de la Iglesia» (enc. Mysterium fidei 1965; cf. Lumen gentium 26).

Cristo obra con el sacerdote en la Liturgia, pues Él «instituyó a algunospor ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñaran públicamente el oficio sacerdotal por los hombres en nombre de Cristo» (Presbyterorum ordinis 2).

El ministerio sacerdotal «hace perenne la obra esencial de los Apóstoles; en efecto, proclamando el Evangelio, reuniendo y guiando a la comunidad, perdonando los pecados y sobre todo celebrando la Eucaristía, hacen presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación de Dios» (Sínodo 1973, I,4).

Cristo obra con el pueblo sacerdotal cristiano la Liturgia, pues ya desde el bautismo todo el pueblo cristiano es sacerdotal, es decir, forma en Jesucristo un sacerdocio santo, un linaje escogido, un sacerdocio real, un pueblo destinado a proclamar entre los hombres la gloria de Dios (1Pe 2,5-9; cf. Ex 19,6). En el Apocalipsis se afirma, efectivamente, que los cristianos fieles, sobre todo los mártires, son sacerdotes de Dios (1,6; 5,10; 20,6).

Por tanto, todos los cristianos han de ejercitar con Cristo su sacerdocio en el culto litúrgico, aunque no todos participen del sacerdocio de Jesucristo del mismo modo. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente, y no sólo en grado, se ordenan sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige al pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo, y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios. Los fieles en cambio, en virtud de su sacerdocio real, concurren a la ofrenda de la eucaristía, y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante» (LG 10b). En el Canon romano decimos: «… te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, a ti, eterno Dios, vivo y verdadero».

Santo Tomás de Aquino: «Todo el culto cristiano deriva del sacerdocio de Cristo. Y por eso es evidente que el carácter sacramental es específicamente carácter de Cristo, a cuyo sacerdocio son configurados los fieles según los caracteres sacramentales [bautismo, confirma­ción, orden], que no son otra cosa sino ciertas participaciones del sacerdocio de Cristo, del mismo Cristo derivadas» (STh III,63,3).

–La misma vida cristiana ha de ser una liturgia permanente. Si le pedimos a Dios que «nos transforme en ofrenda permanente» (Anáf. III), es porque sabemos que toda nuestra vida tiene que ser un culto incesante, ya que hemos de «dar en todo gracias a Dios» (2Tes 5,18), «siempre y en todo lugar». Y eso es precisamente la eucaristía: acción de gracias. Pero es la participación en la liturgia de la Eucaristía la que ha de inspirar, santificar y elevar toda la vida cristiana, la personal y la comunitaria, haciendo que realmente sea una liturgia permanente.

La limosna es una «liturgia» (2Cor 9,12; cf. Rm 15,27; Sant 1,27). Comer, beber, obrar cualquier cosa, todo ha de hacerse para gloria de Dios, en acción de gracias (1Cor 10,31). La acción misionera a la que el Apóstol se entrega es liturgia y sacrificio (Flp 2,17), de tal modo que la evangelización es un ministerio sagrado (Rm 15,16). La oración de los fieles es un sacrificio de alabanza (Heb 13,15). En fin, los cristianos debemos entregar día a día nuestra vida al Señor como «perfume de suavidad, sacrificio acepto, agradable a Dios» (Flp 4,18); «como hostia viva, santa, grata a Dios; éste ha de ser vuestro culto espiritual» (Rm 12,1).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

6 comentarios

  
Luz
¡Sin terminar de leerlo, D. José María, pues quiero ser la primera en hacer un comentario...!
Lo vengo siguiendo desde su primer programa en Radio María, un primer domingo de Ad-
viento de no recuerdo qué año, y aunque, al sintonizar la radio, ya había empezado el pro-
grama, me gustó tanto, que ya no le perdí de "oído", y, por lo que veo, ¡tampoco de "vista",
claro...! ¡Bendito sea Dios! ¡Que Él le siga iluminando, y le dé mucho años de vida, para que pueda seguir desarrollando la formidable labor que viene haciendo!

¡Soy una verdadera "fan" de la Liturgia de la Iglesia!

Con todo mi afecto en el Señor.
12/05/14 7:21 PM
  
José Luis
Es admirable el ejemplo de estas hermanas que tienen el velo en la cabeza en la iglesia, nunca había visto tantas en la foto.


Un par de veces he visto en distintos años, he visto una señora con una gran pamela en la cabeza, pero del mismo modo que se cubren con esos sombreros tan grandes, pienso, que hubiera hecho colocarse esos sencillos velos que son propicios para una ocasión muy importante en la atención en la Casa de Oración.

Alguna vez comenté sobre homilías inadecuadas (eran otros tiempos y en tal o tal lugar), pero últimamente doy gracias a Dios cuando el sacerdote nos habla de Cristo, que es lo que nos interesa a todos.

La liturgia contiene una inmensa belleza, lo aprendemos en sus trabajos, padre Iraburu, y también de las enseñanzas de nuestros queridos Papas, especialmente los que están en los altares, y en las enseñanzas de Joseph Ratzinger como cardenal y luego como Sucesor de Pedro.

Cuando se tiene una vida llena de amor de Dios, en la liturgia, se comprende aquello que dijo y que leemos en distintos documentos, como que la liturgia no es propiedad personal ni del sacerdote ni de ninguna comunidad. Qué regalo tan grande va haciendo el celebrante al pueblo de Dios, cuando se ajusta a la Santa Obediencia guiándose por las rúbricas de la Sagrada Liturgia. Se ajustan precisamente a la Voluntad de Dios, a ese amor a la Iglesia Católica. Eso complace a Dios.
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JMI.-Los cristianos debemos tener un gran respeto por las tradiciones de la Iglesia, que, sin duda, pueden y en algunas cosas deben ir cambiando con los tiempos. El velo de las mujeres cristianas en la liturgia, aparte de ser muy bello, es de origen apostólico, como puede verse en 1Cor 11,4-16. Ha permanecido el uso durante veinte siglos, y perdura tranquilamente en algunas Iglesias locales de Hispanoamérica o del Oriente cristiano.
Que se quite la costumbre no es un progreso, es una pérdida. Por supuesto que no afecta a lo esencial, y que puede la mujer participar en la Misa muy santamente con la cabeza descubierta. Por supuesto. Pero.
La tendencia, en general, a quitar signos de la Liturgia, quitar, quitar, quitar, sin poner nada, o sin poner nada de valor semejante, es en la Iglesia hoy una tendencia decadente.
15/05/14 9:18 AM
  
Sergio
En el Génesis se nos muestra la figura de Melquisedec, rey y sacerdote como prefiguración de Cristo:

Génesis 14:18-20

Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo,
y le bendijo diciendo: «¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra,
y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!» Y diole Abram el diezmo de todo.
16/05/14 12:10 PM
  
Juan Argento
Un punto de vista adicional que tal vez ayude a percibir aun mejor el tema es considerar la etimologia de "liturgia", que significa "obra pública en favor del pueblo". Y precisamente toda la vida pública de Jesús fue una "obra pública en favor del pueblo": su predicación, sus curaciones (generalmente fisicas prefigurando la curacion espiritual y a veces espirituales), su provision de alimento, fisico en las multiplicaciones de panes y El mismo en la Ultima Cena, y su sacrificio en la cruz.

Y la Misa es una renovacion de esa obra pública: la liturgia de la Palabra, de su predicación, y la liturgia de la Eucaristía, de su sacrificio en la cruz y de la Ultima Cena en cuanto comida, siendo la Ultima Cena a su vez en cuanto sacrificio anticipación de su sacrificio en la cruz. (La curacion espiritual se renueva en el Sacramento de la Reconciliación.)

Justamente por eso, y teniendo en cuenta que el mismo catecismo en sus puntos 1328 a 1332 da una serie de nombres alternativos para la Misa, yo personalmente prefiero el que da el punto 1330 y que es el que usan los ortodoxos: "Divina Liturgia", que engloba las dos partes, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Porque es el que mejor describe la realidad celebrada, incluyendo, con el adjetivo "Divina", Quien es el que celebra.

Personalmente, me parece desafortunado que los católicos latinos hayamos adoptado el término "Misa", porque en sí hace referencia solamente al envío final de los fieles, y no dice nada del misterio mismo que se celebra.
17/05/14 4:07 PM
  
Isabel. Granada.
Si empezara a usarse el velo en la Iglesia, yo sería una de las primeras en ponérmelo, tanta es la nostalgia. A veces me ha dado "tentación" de comprarme uno para llevarlo, tentación fácilmente rechazada, pues parecería algo fuera de lugar, incluso estrambótico, al hacer tantos años que dejó de ser costumbre y se erradicó su uso.
Mi hija mayor conserva un velo que guardaba mi madre q.e.p.d., de cuando era joven y todavía se llevaba. Incluso cuando yo era niña, teníamos que llevarlo en la cartera para cuando entráramos en la iglesia, (pequeñitos y redondos).
Me llevé alguna regañina de sor Magdalena por no llevarlo.

Ahora que ha pasado el tiempo, me parece además de una señal de respeto muy bonita que se ha perdido, algo muy bello.
Y bajo mi humilde opinión, la belleza nos acerca más a Dios, que tanta belleza nos ha regalado.

Que Dios lo bendiga.
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JMI.-Bendición +
18/05/14 9:23 PM
  
Andaluz
El velo es sin duda un signo bello; pero, como decirle a una mujer que estaría bien ir retomando cosas que se han ido perdiendo, cuando el 90 % de los sacerdotes (al menos esa es mi experiencia) no inclina la cabeza ante el nombre Jesús resucitado al terminar la consagración?

"anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección, ven Señor JESUS!"

Muy pocos inclinan la cabeza ante el único nombre por el que somos salvos, teniendolo face to face en el altar en ese momento. Desobedecen la norma litúrgica.

¿Alguien me podría decir cual es el motivo de esa mayoritaria omisión?

Leí una vez que el fundamento teologico de esta norma que obliga a hacer inclinación de cabeza está en Filipenses " por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble"

Espero que Dios no lleve la cuenta de tantas omisiones y desobediencias sin justificacion. Aunque me parece que si tenemos todos los pelos contados, eso también lo estará.
Y si no, el demonio se encargará de contar cada una de las irreverencias.

Tremendo.

PD ¿ Y si el sacerdote pudiera ver fisicamente tras la consagración a Jesús Glorioso sentado en el altar, continuaría sin hacer la inclinación de cabeza ? (me pregunto)

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JMI.-Sí, hay que hacer fielmente todo lo que prescribe la Liturgia católica.
22/04/21 4:17 PM

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