Hacia un futuro posliberal (4/4)
Reseña de un libro de Patrick J. Deneen
Daniel Iglesias Grèzes
Recientemente publiqué las tres primeras partes de mi reseña del libro: Patrick J. Deneen, Regime Change: Toward a Postliberal Future [Cambio de régimen: Hacia un futuro posliberal], Sentinel, New York, 2023. Véase aquí, aquí y aquí. Esta es la cuarta y última parte. Las citas incluidas a continuación provienen de la edición Kindle en inglés. Las traducciones son mías.
En el Capítulo 7, titulado “Hacia la integración”, Deneen afirma lo siguiente:
“Para superar la desintegración que es tan fundamental para el liberalismo, lo que se necesita es una forma generalizada de integración posliberal” (p. 187).
En primer lugar, el autor analiza el problema de la desintegración liberal, siguiendo al filósofo político francés Pierre Manent:
“[Manent] considera que tanto el éxito como los peligros de la democracia liberal surgen de su tendencia a generar un número creciente de ‘separaciones’ en todos los ámbitos de la vida. Entre las separaciones que enumera como más distintivas y generalizadas se encuentran estas seis:
1. Separación de profesiones; o división del trabajo
2. Separación de poderes
3. Separación de la Iglesia y el Estado
4. Separación de la sociedad civil y el Estado
5. Separación entre representados y representantes
6. Separación de hechos y valores, o de la ciencia y la vida” (pp. 187-188).
Deneen analiza cómo contrarrestar los efectos negativos de la desintegración liberal:
“En las páginas restantes, abordaré cómo la ‘integración’ potencial que combate ‘la organización de las separaciones’ comenzaría a movernos hacia una era ‘posterior al liberalismo’. En particular, esbozaré aspiraciones hacia la ‘integración’ en varias esferas críticas que actualmente reflejan la ‘desintegración’ social:
1. Superar la ‘meritocracia’
2. Combatir el racismo
3. Ir más allá del progreso
4. Situar la nación
5. Integrar la religión” (p. 189).
En cuanto a la superación de la meritocracia, Deneen propone sustituir el individualismo liberal por la solidaridad cristiana.
En cuanto al combate contra el racismo, Deneen propone sustituir la teoría crítica de la raza y la interseccionalidad por un “aristopopulismo” que trabaje a favor de los intereses de una clase trabajadora multirracial y multiétnica.
En cuanto a la superación del progreso, Deneen propone reemplazar la ideología del progreso, que genera necesariamente una división entre pasado, presente y futuro, por una política de continuidad, que entreteje pasado, presente y futuro en una relación de influencia y corrección mutuas.
En cuanto a la nación, Deneen recuerda que el auge del nacionalismo formó parte de la transformación causada por el liberalismo. Este pretendió primero superar las estructuras imperiales de la cristiandad de Europa Occidental mediante las soberanías nacionales y más tarde sustituir la influencia sociopolítica de la religión por la devoción a la nación. Por ejemplo, el Juramento de Lealtad a la nación estadounidense compuesto en 1892 por el cristiano socialista Francis Bellamy, y adoptado oficialmente por el Congreso en 1942, es una especie de credo de una nueva religión laica y nacional. No obstante, el impulso desintegrador del liberalismo ha terminado por conducir también a una sustitución del nacionalismo por el globalismo. Aunque el autor rechaza el globalismo, lo que propone no es un regreso a la concepción liberal anterior de la nación sino una nueva forma de integración de lo local, lo nacional y lo internacional, que recuerda al principio de subsidiariedad de la doctrina social cristiana.
En cuanto a la religión, Deneen observa que la “tolerancia liberal” ha conducido inevitablemente al surgimiento de un nuevo orden con características religiosas: el “liberalismo iliberal” o wokismo. No hay forma de superar el wokismo volviendo al liberalismo clásico, que ha causado su aparición. Es necesario superar el liberalismo y volver a asumir que el orden político debe buscar el bien común. Este no debe ser visto como una abstracción abstrusa, sino como algo obviamente conectado a las vicisitudes de la gente común. Para el florecimiento de la gente común no basta la libre elección en un mundo que se asemeja al salvaje Oeste, sino que se requiere, entre otras cosas, superar el indiferentismo religioso liberal mediante la protección y el estímulo del espíritu religioso.
Concluiré esta modesta reseña citando los dos párrafos finales del libro.
“Estamos entrando inexorablemente en la era posterior al liberalismo. El liberalismo ha agotado la herencia material y moral que no podía crear y, a medida que se fue agotando, ofreció la apariencia de un orden ideológico sensato y permanente: el ‘fin de la historia’. Sin embargo, la historia ha recomenzado con ganas, impulsada ahora por una civilización occidental exhausta, una Rusia envalentonada y una China en ascenso. Muchos han invertido sumas titánicas en apuntalar el proyecto del liberalismo, redoblando sus apuestas por las reivindicaciones progresistas de las políticas de identidad o por las esperanzas liberales de derecha de un renovado ‘fusionismo’ del capitalismo y la moral cristiana privatizada.
En cambio, las profundidades de nuestra propia tradición y memoria viva nos ofrecen un recurso alternativo: la tradición conservadora del bien común, que se desarrolló en contraposición al liberalismo mismo, enfatizando el bien común y el sentido común, la cultura compartida y un ideal de gobierno de constitución mixta. Ya se está haciendo tarde, pero se puede vislumbrar un refugio iluminado en la penumbra. Es hora de abandonar las ruinas que hemos creado, tomar un descanso y luego reconstruir” (pp. 236-237). (FIN).
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