14.01.22

(498) Desembarrando caminos

Tópico 1

«Dios espera que le aceptes, Dios apuesta por el hombre».

 

Comentario:

1.1. De alguien se dice que espera cuando no empieza a obrar hasta que ocurre algo, que es como el detonante. De Dios, sin embargo, no se puede decir que necesite esperar un detonante para obrar; ni que Dios tenga que aguardar a que el hombre actúe para tomar la iniciativa principal de la acción del hombre. Dios puede hacerlo sin coaccionar, sino liberando y habilitando, porque es omnipotente.

Y cuando se dice que Dios espera que se le abra la puerta, debe entenderse figuradamente, no metafísicamente, no como de una causa primera esperando la acción de otra causa primera. Pues, como enseña la Iglesia:

«Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo que por Salomón dice: Es preparada la voluntad por el Señor [Prov. 8, 35: LXX], y al Apóstol que saludablemente predica: Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito [Fil. 2, 13]» (Denz 177)

Dios prepara la voluntad para que obre libremente. Por tanto, Dios no espera, sino actúa, según su providencia.

 

1.2. Asimismo, de alguien se dice que apuesta cuando arriesga algo en favor de un resultado incierto. De Dios, no obstante, no se puede decir propiamente que apueste, como si aguardara (con riesgo de fracaso) un resultado inaccesible a su omnipotencia. En realidad, como dice la Sagrada Escritura en el pasaje citado por el Magisterio, «Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito (Fil. 2, 13)». Por tanto obra, no apuesta.

Por eso, de quien obra principalmente no se debe decir que apueste, pues el resultado está principalmente en su mano y no, principalmente, en manos de otro.

En este caso, el ser humano no es un dios, sino una criatura necesitada de su Creador y Redentor. Por tanto, cuando la criatura racional obra libremente, obra por sí misma subordinada y secundariamente, que es lo que corresponde a una criatura libre que no es un dios.

Mas no por obrar movida es menos libre, todo lo contrario. Pues el auxilio del Creador y Redentor, por omnipotente, es activador del movimiento auténtico y verdaderamente real de la causa segunda, que actúa por sí misma, dueña de su obrar, cuando obra. 

Y es por eso que sin Dios nada bueno puede el ser humano, ni a nivel natural ni sobrenatural. Bien por mociones creaturales, bien por mociones sobrenaturales, el hombre se mueve libremente cuando es movido, y por eso es dueño de sus propias acciones.

 

27.12.21

(497) Falsa paz

Texto 8

«La amplitud de las enseñanzas conciliares sobre la Iglesia ofrece ciertamente una mejor base para el diálogo —a condición, por supuesto, de no comenzar por reducirlas, reteniendo sólo una de sus partes, que además podría ser mal interpretada, como ya ha sucedido en más de una ocasión—. Esta forma de “pensar” según la disyuntiva “o esto o aquello” es un procedimiento simplista o sectario, que deforma la realidad y engendra polémicas sin solución. […] Progresar en el campo del conocimiento analítico no entraña siempre un avance en la inteligencia vital». (Henri DE LUBAC, Diálogo sobre el Vaticano II, Madrid, BAC Popular, 1985, pág.49

 

Paráfrasis crítica

8.1, «La amplitud de las enseñanzas […] ofrece ciertamente una mejor base para el diálogo —a condición […] de no […] reducirlas, reteniendo […] una [parte] […] mal interpretada».— Cuando uno quiere evitar la discusión con alguien, se pone a hablar de vaguedades, y no entra en temas polémicos concretos. Se expresa con mucha amplitud, para no hacer distinciones que provoquen el disenso. A veces es prudente, pero en no pocas ocasiones es falsa caridad.

Esta manera de hablar, aun sin quererlo, hiere el celo por la salvación de las almas. No quiere un recto proselitismo, sino intercambio de pareceres que deje a salvo la falsa paz; no aborda derechamente los temas candentes, ni matiza cuanto puede y debe. No contribuye al bien del errado; por su bienestar psicológico y espiritual, a veces es preciso contenderle: 

«Amados, por el gran empeño con que deseaba escribiros sobre nuestra común salud, he sentido la necesidad de hacerlo, exhortándoos a contender por la fe, que, una vez para siempre, ha sido entregada a los santos» (Judas 1, 3).

Por esto, la idea de Henri de Lubac, que a priori, en asuntos de doctrina, hablar ampliamente de las cosas es mejor para dialogar, no se refiere desde luego al diálogo mayéutico ni al apostólico, sino al político, al mundano o al diplomático; no al que pretende la conversión del interlocutor, cuyas objeciones se han resuelto con exactitud salvífica; sino al que se conforma con un intercambio afectuoso, vano y conformista de pareceres, que puede servir para despedirse sonrientes y para reunirse juntos y hacer declaraciones conjuntas de buenas intenciones, pero no para la metanoia.

Porque errores precisos requieren refutaciones precisas, no elásticas, sino rigurosas; para que, ablandado por esa caridad que es sol faciado de la verdad, el disidente autoengañado se rinda y crea.

Santo Tomás, y la traditio escolástica original, enseñan respondiendo objeciones y aportando soluciones, no apelando a una opinión arcana o al sentimiento de lo misterioso nouménico. Tras la oscuridad de las dificultades, por fin resueltas, ha de surgir la claridad, como expone Cristóbal Pérez de Herrera, en su epigrama:

«Los argumentos que ofrecen

La duda y contrariedad,

Aclaran más la verdad» (Amparo de pobres, 1598, f. 74, Emb. Post nubila Phoebus)

 

8.2, «como ya ha sucedido en más de una ocasión».— Ingenuidad pelagiana es suponer que, dando argumentos ambiguos por su amplitud, no vaya a haber disputas y malas hermenéuticas, cuando se aborde necesariamente lo esencial. De hecho, debido a la ofuscación originada por el pecado, y a la intrínseca dificultad de las cuestiones morales y religiosas, lo normal es que si las cosas no se precisan, se malquisten en la confusión, y se produzcan discusiones sin fin. Es absurdo aceptar unas premisas erróneas y luego lamentarse de su conclusión.

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4.12.21

(496) Sin naturaleza humana, en realidad

Texto 7

«El personalismo considera que existe una naturaleza humana […] La dificultad que existe es la siguiente: la palabra “naturaleza” que, en principio, parece tan clara y precisa [..] se puede emplear con varios sentidos […] entendiendo, como hicieron los racionalistas, algo definido y concluido, esencial, inalterable y aplicar ese concepto de modo unívoco a los hombres […] Pues bien, esta última noción es la que plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas pero no porque no contenga elementos verdaderos, sino por su rigidez. ¿Cómo se compagina la noción de naturaleza humana formulada de esta manera con la evolución o con la existencia de dimensiones afectivas, subjetivas y culturales en el hombre? Es posible hacerlo, pero plantea problemas de no fácil solución. Por eso, a veces, desde el personalismo se prefiere partir de la noción de persona, porque es más flexible». (Juan Manuel BURGOS, El personalismo, Madrid, Ediciones Palabra, 2000, págs. 176-177)

 

Paráfrasis crítica

7.1, «El personalismo considera que “existe una naturaleza humana”».— Hacen bien los personalistas en admitir la existencia de la naturaleza humana. Contra los nominalistas, que la estiman una voz vacía y flatulenta. Queda por ver si de verdad creen que exista, o es sólo una creencia ambigua.

7.2, «La dificultad que existe es la siguiente».— No era verdad entonces que creen, sin más, que existe. Es un sí, pero no… O sea un falso sí. En realidad, el personalismo no cree que existe una naturaleza humana, sino muchas. O mejor dicho, una, pero cambiante, no única, sino plural. Moderadamente múltiple. Evolutiva. Modificable por el poder de la “libertad".

7.3, «la palabra “naturaleza” que, en principio, parece tan clara y precisa [..] se puede emplear con varios sentidos».— Un sentido tradicional, tomista, grecolatino y escolástico, del que sospechan, aunque no de todo. (No son radicales progresistas). Y otro sentido moderno, evolucionista, hegeliano, mutante a voluntad, fluidificado por un albedrío mal entendido, que es el que profesan.

7.4, «entendiendo [por naturaleza], como hicieron los racionalistas, algo definido y concluido, esencial, inalterable y aplicar ese concepto de modo unívoco a los hombres […] Pues bien, esta última noción es la que plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas».— Que la naturaleza humana es algo definido, estable, y dada por el Creador, no es racionalismo, sino catolicismo. Y una verdad enseñada por griegos y romanos, que preambula la fe.

Ahora es cuando por fin queda claro en qué idea de naturaleza cree el personalismo. Llama racionalismo (u objetivismo) al pensamiento tradicional. No cree en realidad en una naturaleza definida, sino en una transformista y fluida, equívoca y cambiante a voluntad, aunque no del todo. Era el sueño del humanista Pico de la Mirandola: los hombres tiene dignidad porque pueden llegar a ser lo que quieran, no hay límites, su esencia es modelable cual plastilina. 

En definitiva, que la naturaleza humana sea algo dado, y esencial e inmutable como la misma ley natural inscrita en ella, es rechazado por su “rigidez” metafísica. Prefieren una naturaleza humana que existe, pero sometida a evolución vital y a algo más: a la experiencia y al sentimiento.

7.5, «plantea un cierto rechazo por parte de los personalistas pero no porque no contenga elementos verdaderos, sino por su rigidez».— La verdad estable e inamovible les parece rígida. Comprobamos que la etiqueta de rigoristas no es nueva.

7.6, «¿Cómo se compagina la noción de naturaleza humana formulada de esta manera con la evolución o con la existencia de dimensiones afectivas, subjetivas y culturales en el hombre?».— La escuela personalista apela a este argumento evolutivo y emotivista siempre que quiere dar por caducada la doctrina tradicional, con su fundamento aristotélico-tomista, grecolatino y escolástico, a favor del evolucionismo de corte chardiniano.

Lo hizo Joseph Ratzinger en su pobre debate con Jürgen Habermas: renunció a defender el derecho natural apelando, precisamente, al evolucionismo, cuyas tesis (asumidas como verdaderas) impedirían hablar de la naturaleza de las cosas, y por tanto de lo justo natural. Según ésto, dado que, según los chardinianos, la naturaleza humana está sometida a una experiencia de evolución, es preferible no hablar de derecho natural, mejor limitarnos a los derechos subjetivos.  No hay una naturaleza estable, sino proteica. Lo mismo en teología moral. En esta mutabilidad de la esencia del matrimonio se sustenta Amoris laetitia

7.8, «Por eso, a veces, desde el personalismo se prefiere partir de la noción de persona, porque es más flexible»— Así es. La escuela personalista sustituye la noción clásica de naturaleza por la noción de persona, tal y como el mundo moderno la concibe, aunque con moderación, introduciendo elementos piadosos. Pero esta sustitución no puede hacerse sin grave daño. Quedan afectados todos los saberes basados en la naturaleza: el derecho, la teología moral, la política, la pedagogía…

Conclusión

No se puede decir, entonces, que los personalistas crean en la naturaleza humana. Al menos, no como tradicionalmente se entiende. Profesan una naturaleza evolucionable, cambiante, no rígida, flexible, que no se identifica con el orden del ser sino con la subjetividad personal.

Las consecuencias nefastas de introducir esta filosofía privada en la pastoral eclesiástica, como si fuera doctrina oficial de la Iglesia, son evidentes. Los personalistas desustancian la persona. Amoris laetitia no viene de la nada. Ni la crisis de fe actual tampoco. 

 

26.11.21

(495) Por su intrínseca verdad

TEXTO 6

«En estas consideraciones ha de hablarse de algo que nos afecta a todos, a cada cual a su manera: esto es, de la virtud. Probablemente esta palabra empieza por sonarnos como algo extraño e incluso antipático: fácilmente suena a anticuada y a “moralizadora”»  […] «Scheler aludió a la transformación que han experimentado en el curso de la historia la palabra y el concepto “virtud”, hasta tomar el penoso carácter que todavía revisten» […] «Si nuestro lenguaje tuviera otra palabra [que no fuera “virtud”]», la usaríamos. Pero no tiene más que ésta, de modo que, desde el principio, hemos de ponernos de acuerdo en que significa algo vivo y hermoso» (Romano GUARDINI, Una ética para nuestro tiempo, Editorial Lumen, Buenos Aires, República Argentina, 1994, págs. 15-16)

 

PARÁFRASIS

6.1, «Probablemente esta palabra [virtud] empieza a sonarnos como algo extraño e incluso antipático: […] anticuada y […] “moralizadora"».— Realmente, a quien la palabra virtud suena extraña, antipática, anticuada y moralizadora, no es al catolicismo tradicional, sino a los neomodernos. Al católico tradicional, como al griego y al romano, la palabra virtud le parece bella y luminosa, por veraz.

La Modernidad prefiere su variante subjetivista, “valor", que les suena menos “objetiva". Usando valor en lugar de virtud se desvincula la moral de la ley eterna, en cuyo orden causal se inserta el hábito virtuoso; se aporta un sabor antropocéntrico y “mentalista” a la moral; se remite lo ético al mundo de las valoraciones personales.

 

6.2, «Scheler aludió a la transformación que han experimentado […] la palabra y el concepto “virtud”». Fenomenólogos y axiólogos, en busca de novedades, introducen la virtud en el Maelstrom del historicismo. La relativizan; así les resulta menos penoso “reavivar” la tradición introduciendo mutaciones. Y como les fascina el progreso, ven con buenos ojos los cambios conceptuales.

Lo cierto es que, en el ámbito de la doctrina católica tradicional, el concepto de virtud no ha cambiado. Ha cambiado en la nueva pastoral, en la predicación personalista, en la historia de las ideas modernas, pero no en la tradición. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza; fe, esperanza y caridad, siguen siendo lo que son.

 

6.3, «hemos de ponernos de acuerdo en que significa algo vivo y hermoso».— En realidad, no importa lo que la Nueva Teología o la escuela personalista opine sobre la virtud; su consenso al respecto nos resulta indiferente. La palabra virtud nos interesa por su intrínseca verdad, y por eso hemos de utilizarla. No tenemos otra, ciertamente.

Porque responde a una realidad: la dinámica perfectiva de la naturaleza humana. Y no es buena palabra porque nos parezca bonita o vital, sino porque transmite la verdad: el hombre alcanza la perfección, movido por Dios, a través de hábitos perfectivos naturales y sobrenaturales.

El concepto alternativo de valor, o mejor dicho, de valoración, que utiliza la Modernidad, es subjetivista, y nada tiene que ver con la virtud. No debemos utilizarlo. Por eso creemos importante recuperar el léxico tradicional griego, romano, escolástico; nos dará precisión. Nos dará humildad. Nos volverá realistas. Nos hará mejores.

Porque las palabras que nuestros antepasados, movidos por la gracia divina, acuñaron como tesoros conceptuales, son aptas para expresar la verdad divina; no deben sernos antipáticas, ni anticuadas, ni moralizadoras, ni extrañas. Antes bien, mirando hacia atrás con agradecimiento, las veneramos y debemos transmitir de generación en generación; pero no porque decidamos que son bonitas y vitales, sino porque son verdaderas. 

 

PARÁFRASIS ANTIPERSONALISTAS

IV.- Por su intrínseca verdad
 

13.11.21

(494) Sembrando sospechas

TEXTO 3

«[C]reen [los católicos “triunfalistas"] en una Iglesia que conoce el Derecho natural y que aspira a someter a la ley del Evangelio no sólo los sentimientos de nuestro corazón, sino también la realidad concreta de la vida y de la historia» (Karl RAHNER, Peligros en el catolicismo, Cristiandad, Madrid 1964, p. 121).

Paráfrasis 3

3.1. «creen en una Iglesia que conoce el Derecho natural».—- La Iglesia que conoce el Derecho Natural es la Iglesia católica. Y forma parte del Credo creer a la Iglesia católica y no a otra, y no desconfiar de sus certezas.

Al oponerla a otra Iglesia que no conoce el derecho natural, (sino, se sobreentiende, los derechos humanos modernos), se establece una dicotomía falsa iglesia/verdadera Iglesia, o Iglesia anticuada/Iglesia actualizada, o mejor aún, Iglesia triunfalista/Iglesia conversa; una dicotomía que, decimos, lleva causando estragos desde hace decenios.

La mención al Derecho Natural, además, no es fortuita. Obedece a que lo natural, o mejor dicho, la naturaleza de las cosas, es el gran enemigo a batir por los neomodernistas. El orden del ser es combatido ardorosamente. Siendo el Derecho Natural una reivindicación jurídica tradicional de la Iglesia católica, agredir su ejercicio forma parte de la preferencia por el derecho subjetivista de la Modernidad liberal. Se siembran sospechas sobre el Derecho Natural para desjuridizar la vida cristiana. Eliminada la justicia, queda la falsa misericordia a solas.

3.2. «que aspira a someter a la ley del Evangelio no sólo los sentimientos de nuestro corazón, sino también la realidad concreta«».—- Los progresistas suelen acusar a la Iglesia católica de impositiva y rigorista. Denigran el catolicismo histórico, calificándolo de coactivo y enemigo de la libertad negativa (que es el corazón del hombre moderno); apelan constantemente a la realidad concreta, a las situaciones, para relativizar el alcance universal de la doctrina. Lo hemos visto con Amoris laetitia.

 

TEXTO 4:

«Ni la Iglesia docente ni los fieles “oyentes” deben sobrevalorar la posibilidad de esa toma de posición de la Iglesia con respecto a las necesidades y problemas concretos de la situación terrena (Ibíd., p.122)»

Paráfrasis 4

4.1. «Ni la Iglesia docente ni los fieles “oyentes” deben sobrevalorar la posibilidad de esa toma de posición».—- Es inaudito que un simple teólogo privado diga a la Iglesia docente qué perspectiva doctrinal debe tomar. Y más aún, que siembre sospecha sobre la doctrina tradicionalmente adoptada. Es inaudito, pero no por raro, pues en estos tiempos es habitual conceder autoridad magisterial a los teólogos privados; es inaudito por escandaloso para los sencillos “oyentes” del Magisterio. Es vituperable pretender moldear el sentido de la fe de los fieles con opiniones teológicas privadas. Pero se lleva haciendo desde hace mucho tiempo hasta hoy, en que filosofías de autor se toman por doctrina de la Iglesia, sin que los fieles “oyentes” puedan ni quejarse. Deben “oír” a los autores privados forzosamente. Y como la fe viene por el oido, la apostasía también.

 

TEXTO 5:

«Aquí se trata solamente de la posibilidad de que los representantes oficiales de la Iglesia sobrevaloren el alcance y la significación de la doctrina recta que presentan e inculcan […] De aquí nace ese triunfalismo clerical» (Ib. p.122-123)

Paráfrasis 5

5.1. «sobrevaloren el alcance y la significación de la doctrina recta»—- Tenemos entonces que la Iglesia docente, (constituida por los “representantes oficiales de la Iglesia", como si se dijera de los altos dignatarios de una institución secular), no deben confiar en exceso en la doctrina “recta” que siempre han predicado. Deberían confiar, se insinúa, en otra doctrina oblicua, o transversal, no oficial. Deben confiar en los neoteólogos, que son amigos, y no enemigos, de la Modernidad.

5.2. «De aquí nace ese “triunfalismo clerical"».—- La doctrina recta es considerada clerical, y según nos dice el autor, ni los representantes oficiales de la Iglesia ni los fieles deberían confiar en exceso en ella. No se trata, pues, tan sólo, de poner fecha de caducidad al Derecho Natural, cosa que ya se ha hecho ya hace tiempo. Se trata de poner fecha de caducidad, sobre todo, a la certeza sobrenatural inconmovible de la fe, bajo amenaza de triunfalismo; y a las verdades naturales que la preambulan, y que la Iglesia hereda, puliéndolas, de griegos y romanos.

Las consecuencias de esta sembradura de sospechas son patentes: desconfiar de nuestras seguridades naturales y sobrenaturales. No ser rígidos, más bien hacer gala de la flexibilidad del esceptico de hoy; no estancarnos en certezas, estar siempre en salida doctrinal.

No es extraño que la crisis de fe que asola el catolicismo actual no tenga visos de mejora, al menos mientras se siga enseñando lo mismo, y se anime a los fieles a optar por teologías privadas como si fueran documentos magisteriales.

La semilla del escepticismo hace tiempo fue sembrada. Y resulta estremecedor considerar el inmenso prestigio del autor de estos pasajes, y de otros semejantes; haber concedido tanta autoridad a lo neoteólogos, en seminarios e instituciones docentes, seguirá pasando factura a la Iglesia durante mucho tiempo, a menos que se tomen medidas.

Los males hodiernos vienen de lejos. Mientras tanto, la Iglesia católica, que es la de Cristo, sigue siendo columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15). ¿Quién la defenderá?

 
 
PARÁFRASIS ANTIPERSONALISTAS
III.- Sembrando sospechas