4.04.20

(416) No como atenienses

De un discurso de Pericles en los primeros años de la guerra del Peloponeso, cuando Atenas rebosaba de optimismo. Lo parafrasea el gran Tucídides en su impresionante Historia de la Guerra del Peloponeso:

«Resumiendo, afirmo que la ciudad toda es escuela de Grecia, y me parece que cada ciudadano de entre nosotros podría procurarse en los más variados aspectos una vida completísima con la mayor flexibilidad y encanto. Y que estas cosas no son jactancia retórica del momento actual, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío de la ciudad».

Tucídides, tras exponer las palabras del hijo de Jántipo, expone concisamente cómo, tiempo después, «comenzó a aparecer por primera vez la famosa peste, de la que se decía que había atacado con anterioridad en otros muchos lugares».

Y es que «una epidemia tan grande y tan destructora de hombres no se recordaba que hubiera ocurrido en parte alguna» […] Una epidemia que «penetró en la ciudad, y los muertos fueron ya muchísimos», pues «la índole de la enfermedad era superior a todo lo que pueda describirse […] Morían unos por falta de atención y otros pese a estar atendidos […] Lo más terrible de toda esta enfermedad fue el desánimo que le embargaba a uno cuando se percataba de que estaba enfermo (pues inmediatamente abandonaba su espíritu a la desesperación) […] y fue el contagio lo que motivó mayor número de víctimas, pues si por temor no querían ponerse en contacto unos con otros, los enfermos morían abandonados, y así muchas casas quedaron vacías por falta de quien las atendiera».

Y sigue así Tucídides:

«Todos los ritos que hasta entonces habían seguido para enterrar a sus muertos fueron trastornados, y sepultaban a sus muertos según cada cual podía. Muchos tuvieron que acudir a indecorosas maneras de enterrar, dado que carecían de los objetos del ritual».

«La peste introdujo en Atenas una mayor falta de respeto por las leyes», «y nadie estaba dispuesto a sacrificarse por lo que se consideraba un noble ideal, pensando que era incierto si iba él mismo a perecer», «tenían en lo mismo ser piadosos o no, al ver que todos por igual perecían».

«Los atenienses estaban abrumados por tal calamidad».

Lo más terrible, para ellos, era que «las súplicas en los santuarios o acudir a adivinos y similares resultaron por completo inútiles, y todo el mundo acabó por desistir de ellos, derrotados por el mal». (TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso, Alianza, Madrid, 1989, págs. 158.167).

No como atenienses. No tenían al Dios Uno y Trino, sino dioses inventados. No tenían culto en espíritu y en verdad. No tenían Revelación. No podían, sacramentalmente, nacer de nuevo. No podían hacer la penitencia que enseñó el Precursor. No podían ofrecer el sufrimiento para limpiar toda tiniebla de reato. No podían hacer meritorio su padecimiento. No tenían santos intercesores. No sabían levantar las manos hacia lo alto, para vencer con las armas de la súplica. No podían completar lo que faltaba a las aflicciones de Cristo, conforme enseña el Apóstol (Cf. Col 1, 24). No tenían a la Inmaculada Concepción, omnipotencia suplicante. 

19.03.20

(415) Centrarse en lo esencial

1.- Saber digerir.— Tenga el católico de hoy, en esta hora de confusión, estómago para digerir reveses. Pida el auxilio necesario, el sano socorro de una digestión rápida, sin intoxicarse. Pase por encima del error. No coma novedades. Digiera el plomo de la nada, con decisión, y valentía. No está el ambiente para dispépticos, ni para creyentes delicados, que tan pronto se les indigesta la confusión doctrinal circundante; que en unas horas se autodiluyen y acaso no estaban en gracia, o han perdido la fe. 

Sepa digerir el mal entendimiento general, y resistir la mala corriente, centrándose fijamente en lo esencial, que es salvarse. Para que el elemento humano no distraiga fatalmente; excluya todo lo secundario, pida la gracia de la perseverancia, reoriéntese a Cristo que salva y que vence. Getsemaní es un deber. No nos ha tocado en vano esta Era de Subjetivismo. Nos ha tocado el Mundo del Dolor para rehacer por gracia en nosotros la hechura del Crucificado. Iluminemos tinieblas con el socorro de Dios, que todo lo puede.

 

2.- De peso pero espeso.— Sea el varón cristiano dechado de doctrina. No de la espesa, sino de la que pesa, y no como losa, sino como piedra de tropiezo, «piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 Pe, 2, 4).

Sea por eso católico grave, no gravoso; de pensamiento sólido, recio y fundamental. No pretenda, para ganarse a los líquidos, para convertir a los gaseosos, distraer de la verdad de tropiezo con mentirijillas de mercadeo global, que tanto embrollan y prolijean.

 

3.- «Más obran quintas esencias que fárragos», enseña Gracián en su Oráculo manual. No hay mayor imprudencia, en esta crisis doctrinal, como en todas, que acudir a los manieristas, a los neotéricos, a los neoteólogos, a los humanistas de tres al cuarto, para obtener verdades. Céntrese en estar en gracia, con el auxilio de Dios, que ha de pedirse siempre, y no tema. Acto de contrición, y a confesarse en cuanto se pueda. Recurra el católico a lo que, por verdadero, por claro, por nítido, por tradicional, por católico, tiene el peso de los tesoros heredados, y no la liviandad de la nada, por más nueva que parezca. 

 
Brújula de marear errores, I: Centrarse en lo esencial
 

14.03.20

(414) Prevaleciendo por gracia

97.- Sí, Dios la infunde.— Es la virtud de la fortaleza una virtud capital, que amanece en el cristiano con la gracia santificante. Es fuerza sobrenatural que atempera el miedo a la corriente del Maelstrom, y dirige el alma con audacia contra el abismo de sus fauces, para confrontarlas.

     La fortaleza consiste en atacar y resistir, siendo este último acto el principal y más difícil. Para resistir al error y al pecado hay que estar en estado de gracia.

     Enseña el Doctor Común que en el acto de resistir es necesario, en primer lugar, que el ánimo no ceda a la tristeza ante la desmesura de los males; que tenga paciencia. En segundo lugar, que no desfallezca, sino que aguante, según la Escritura que exhorta a «no dejarse abatir por el desaliento» (Hb, 12, 3). Es necesario perseverar a contracorriente y mantenerse firme en la verdad.

 

98.- Un don del Espíritu Santo.— El don de fortaleza «es un hábito sobrenatural que robustece el alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir» (ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, BAC, 1958, pág. 552). No es sólo un perfeccionamiento necesario, sino un modo restaurado, sobrehumano, de resistir la tentación y combatir la apostasía; de permanecer en estado de justificación; de erradicar la tibieza en el servicio de Dios y hacer al alma intrépida y valerosa.

     Ferendo vincam, que venza sufriendo, porque sufriendo por gracia venceré.—Al principio de esta obra contemplábamos el emblema 17 de las Empresas morales de Don Juan de Borja, 1680. La pictura que ilustra el lema es elocuente: una roca resiste la agresión de las olas, se impone a la corriente adversa y permanece en su sitio, donde prevalece la verdad. Stat veritas! Resistiendo vence, porque «así como el peñasco, sufriendo los golpes de las olas en la tormenta, con su firmeza las deshace, y vence; de la misma manera, el que tuviere firmeza y valor para sufrir los trabajos, por grandes que sean: si de su propia voluntad —socorrida por Dios— no se les rindiere, al cabo con paciencia vencerá, y triunfará de ellos»

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7.03.20

(413) En la corriente del Maelstrom

«Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados»(Romanos 8, 28)

 

91.- Visto de cerca, sin la debida perspectiva, el remolino del Maelstrom no parece más que un río revuelto. Pero es ambas cosas: el remolino final, la gran batalla, y al mismo tiempo el torrente en que podemos ahogarnos; también la turbación temporal permitida por Dios, en que pescar con provecho y afianzarnos cual roca, erguidos por gracia contra la corriente. 

Y es que en río revuelto se puede pescar bien si, socorridos por el Divino Pescador, se resiste la corriente que progresa hacia el abismo. Hay que tener alma de roca y corazón de pescador de hombres. Y hacer muy nuestro el lema de Don Juan de Borja en sus Empresas Morales: Ferendo Vincam: sufriendo —resistiendo por gracia—venceré, que venza sufriendo.

Y es que parece que tanta confusión en el seno de la Iglesia es cual torrente, muchos, si el diablo les empuja y ellos se dejan, se ahogarán en él; pero otros muchos obtendrán buena pesca, si saben por gracia resistir las olas y no hundirse, y Cristo les capitanea. Pero la roca no es la subjetividad, sino la Iglesia católica; la roca es la Tradición —y sus tradiciones, entre ellas y sobre todo, la hispánica, verdadera Cristiandad superviviente.

 

92.- A río revuelto, ganancia de pescadores.— Se dice en el Refranero. Y aunque es verdad, puede entenderse mal. Puede aludir a quienes politizan el río revuelto para obtener mala ganancia. Son los que etiquetan y convierten en tabú la contracorriente. Es el nominalismo eclesial, mutado en moderantismo teológico, que todo lo politiza hasta la supervivencia. Porque Leviatán es también moderantismo. El conservadurismo liberal es, también, componente de sus aguas, estremecidas de tiburones y depredadores marinos.

El moderantismo católico des-eterniza la ley natural y la considera un constructo para creyentes. Y entiendo que, para sumergirla en el movimiento del Maelstrom, califica su eternidad de integrista y reaccionaria.  En su combate contra el hombre de tradición, los moderados querrán la ley moral pero también no la querrán, para poder estar fuera y dentro del torrente de la Modernidad.

 

93.- Stat crux.— Existe en la traditio un principio de estabilidad que, socorrido por gracias heredadas, es profundísimanente perfectivo. Un principio de resistencia y autodefensa contra la riada subjetivista; un sistema de verdades recibidas que suscita poderosos posicionamientos, tablas de salvación, anclajes contra la confusión.

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1.03.20

(412) Obstáculos tradicionales y caciquismo teológico

88.- Obstáculos tradicionales.— El moderantismo católico, en su proyecto de modernización del catolicismo,  encuentra obstáculos en la tradición. Concretamente, en la negativa tradicional a admitir una relación de amistad entre cristianismo y civilización moderna. El moderantismo congenia amigablemente con el progresismo teológico, y en general con toda forma de modernismo, porque el moderantismo es subjetivista. Lo es, entre otras razones, porque concibe la fe como un acto de reivindicación de la propiedad privada. Y en este sentido le conviene estar en paz con los progresistas, para que no le quiten la fe.

La mente tradicional, sin embargo, es considerada hostil, y por tanto enemiga de la conciliación. Por lo que reblandecer sus aristas, mediante un nuevo concepto moderno y subjetivista de tradición, es la primera condición del pactismo católico.

 

89.- Armonías imposibles. Para favorecer el pactismo en el catolicismo nada mejor que reivindicar un pluralismo moderado, el consonantismo doctrinal, que admite diversidades conceptuales siempre y cuando no sean cacofónicas, con el fin de evitar conflictos y favorecer la comunión. Pero es un pluralismo no tradicional, contrario al legítimo. Porque la mente clásica admite, a la manera de Balmes, que hay verdades de muchas clases porque hay realidades de muchas clases. Pero lo que no admite es que la verdad sea incognoscible ni que sea informulable, ni susceptible de diversificación contradictoria, ni de moderación dialogal. No hay consonancias sin resolución de disonancias.

Convendrá al pactismo católico, en su proyeto modernizador, diluir la autoridad en un nuevo concepto de ejercicio: la función docente no será autoritativa, sino dialogante. Se habrá de recurrir al consejo de expertos, a la autoridad popular de los neoteólogos, supuestos voceros de la espiritualidad del pueblo. El ejercicio de la autoridad doctrinal habrá de “constitucionalizarse", y serán los expertos neoteólogos, los genios pastorales, los líderes asociativos, con su nueva autoridad no institucional, los nuevos representantes del Espíritu Santo, y los artífices de la nueva comunión.

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