16.10.21

(491) La fe adulterada

Hablaba Castellani con cabalidad, en sus Domingueras prédicas, en un sermón del año 65, de un sucedáneo de catolicismo que “chapurrea” la religión pero no la realiza. Hoy son legión los católicos que, aun bienintencionados, no hablan en católico; no les han enseñado las primeras letras de nuestra religión sino genialidades de teólogos; sólo alcanzan a garabatear discursos humanistas, propios de una ONG.

Tiene razón Castellani al advertir de esta desgracia, hablando de «los católicos enfriados o adulterados;  o como dijo uno “mistongos'’: aquellos cuya religión se “naturaliza", es decir, se vacía de lo sobrenatural y se vuelve una especie de mitología».

El tópico glosario de esta mitología de lugares comunes personalistas lo escuchamos día tras día: dignidad humana, democracia, derechos humanos, la casa común y tantos otros eslóganes de un naturalismo sin fe. Lo malo es que es una terminología de sustitución.

Estamos moviéndonos, por tanto, en los parámetros de un cristianismo adulterado. Que, por favorecer el adulterio, se ha convertido, además, en adúltero. Es la desgracia que corona, con su laurel sombrío, las páginas de una nueva pastoral ecohumanista, pero no verdaderamente humana; este catolicismo ya en crisis, por pelagiano y semipelagiano, por “mistongo", por modernito, se ha dado a sí mismo la estocada casi final con la legitimación encubierta del adulterio. Se ha casi terminado de adulterar.

Es una pena la situación del matrimonio cristiano. Cuánto tiene que pasar, en qué cruz lo quieren clavar desde dentro; tras la legitimación del matrimonio adámico por el indiferentismo en materia conyugal, se ha legitimado el adulterio con recasamiento civil.

Las heridas al matrimonio cristiano adulteran la fe católica, pues Cristo y su Iglesia, que ES la católica, mantienen una unión indisoluble, que es figura de la unidad matrimonial. Agrediendo al matrimonio también se dispersa el rebaño, porque se le deja huérfano de gracia, fuera de madre, sin hogar, sin perspectiva natural y sobrenatural.

De los que chapurrean la religión pero no la realizan porque la adulteran, infiere Castellani algo peor: que terminarán adorando al hombre: «sabiendo o no sabiendo, se encaminan a la peor herejía que existe, la adoración del Hombre; bajo palabras o imágenes cristianas».

Inmersos en la mitología autorredentiva de la Modernidad, se han convertido a las criaturas, se han convertido a lo natural/caído; se han convertido al adulterio, y sin saberlo: no les molestan pachamamas ni Leviatanes ateos.

 

El eclipse del derecho natural y del público cristiano, y su reemplazo por los derechos subjetivos liberales, ha causado un daño enorme, sobre todo al matrimonio sacramental. Desjurizando el matrimonio se reduce la conyugalidad al punto cero metafísico, en que no cuenta la naturaleza de las cosas. Y así, cayendo por la pendiente de la nada y del subjetivismo, la religión se adultera, y el adulterio se convierte en religión.

No quieren que la Iglesia de Cristo SEA la católica, sino una sucursal de la Modernidad. Pero lo llevan claro: no nos vamos a conformar con la nada, pues somos de Cristo: ¡recuperemos la religión de nuestros ancestros, rescatemos el matrimonio sacramental de las manos del indiferentismo religioso! Luchemos, por gracia, por la Iglesia que es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15), y que lo demás sea silencio.

 
 

9.10.21

(490) El humanismo "piadoso", ¿adónde nos lleva?

Los emblemistas de nuestro Siglo de Oro, cristianizando a los estoicos con una buena dosis de sabiduria tomista, fundamentaban la virtud de humildad en el autoconocimiento de la propia condición metafísica del hombre, verdadera y propia causa segunda de todo el bien natural y sobrenatural.

El gran Francisco Gómez de la Reguera, por ejemplo, comienza con una significativa cita de Séneca el comentario a su empresa de la pirámide (XII), para Enrique IV de Castilla: «lo mejor es sufrir lo que no puedes enmendar, y seguir a Dios, de Quien proviene todo, por ser su autor.

Al principiar el cuerpo del comentario, Gómez de la Reguera va explicitando la sana metafísica clásica que (sobreentendida en nuestra tradición local hispana), da razones objetivas a la humildad para sustentarse en Dios:

«Si nada se hace sin causa, como dicen los filósofos, ¿cómo podrán obrar las segundas causas sin disposición de la primera, que es Dios? De cuya inmensa sabiduría dependen nuestras humanas acciones y sucesos, siendo árbitro y rector de todo lo criado, cuya divina providencia nos asiste, rige y defiende, y que quiere muchas veces fuera de nuestra opinión, aunque no de la razón, gobernarnos por accidentes y segundas causas, para mostrarnos así cómo su inmenso poder lo gobierna y dispone todo».

Y es que la buena filosofía nos enseña que las causas segundas, en el orden creado, no son meras apariencias. Son verdaderas causas segundas. Dios actúa en ellas, con ellas y a través suya. Y lo mismo en el orden sobrenatural. Dios suscita su acción verdadera, no las suple, no las vuelve ociosas, ni vanas. Por eso, se dice que el auxilio divino, natural o sobrenatural, no es necesitante: es decir, que ni es determinista, ni suprime el acto, ni crea necesidad, ni mueve a las criaturas como si fueran títeres. Antes bien sustenta su vida virtuosa, moviendo al hombre a moverse a sí mismo en el orden del bien.

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2.10.21

(489) De méritos reales por la gracia

Glosas de la idea: uno se salva por gracia no por méritos.

Glosa 1

De dos maneras se dice que uno merece.

Una, por los actos libres y buenos que hace por sí solo.

Otra, por los actos libres y buenos que hace por sí mismo movido por otro. 

-Lo primero es imposible, pues nada bueno meritorio puede hacer el hombre por sí solo, como enseña la Iglesia, por ejemplo en Orange II canon 22, contra pelagianos y semipelagianos. 

-Lo segundo es posible por la gracia, por la cual Dios capacita al hombre para merecer por sí mismo (aunque no por sí solo), aplicándole sacramentalmente los méritos de su Hijo; y haciendo posible que, en verdad, haga el bien meritorio (cualificándole con el estado de gracia santificante y asistiéndole con gracias actuales).

Dado que los méritos de Cristo fueron reales, los méritos del hombre, participación de los de Cristo, son también reales, de lo contrario su aplicación sería sólo una apariencia de participación y no una participación real y personal.

EN CONCLUSIÓN, el hombre en verdad merece realmente con méritos propios por obra de la gracia

 
Glosa 2

Es por gracia no por nuestros méritos.

Por contra: Dios remunera a los buenos y castiga a los malos.

Los buenos se merecen el cielo, los malos el infierno.

No remuneraría a los buenos si éstos, de alguna manera, no se lo mereciesen por gracia.

Es por gracia, cierto.

No es por nuestros méritos, falso.

Es por nuestros méritos en gracia. La gracia nos capacita para merecer verdaderamente.

Si bien es cierto que la gracia de la perseverancia final es inmerecible, esta gracia no se da injustamente sino gratuitamente.

El hombre en gracia puede merecer la vida eterna en un juicio de justicia, de modo condigno. Pues donde hay justicia, que es dar a cada uno lo suyo, hay merecimiento. En este caso no de justicia retributiva absoluta, sino conveniente según el plan divino.

EN CONCLUSIÓN, decir que uno se salva por gracia es lo mismo que decir que uno se salva gratuitamente por méritos, porque en el plan de salvación dispuesto por la divina providencia, la gracia es gracia de merecimiento. La causa primera mueve a la causa segunda a actuar meritoriamente.

 

23.09.21

(488) El oxímoron infernal

6.- Una fingida ambigüedad.—Un oxímoron, según la RAE, es una combinación, en una misma estructura sintáctica, de significados opuestos que originan un sentido nuevo. Una amalgama contradictoria que aparenta ambigüedad, pero cuyo efecto, en realidad, es suscitar una acepción novedosa y rupturista. 

6.1.

Desde hace decenios es común confundir ambigüedad y oxímoron. Con la primera se deja el significado suspendido, que pueda inclinarse a un lado o a otro mediante la balanza hermenéutica; bien hacia el lado de la ruptura, bien hacia el lado de la reforma en la continuidad. Con el segundo se inventan ex nihilo innovaciones doctrinales. Reaccionando ante éstas, algunos, con buena intención e ingenuidad, piden entonces clarificaciones interpretativas, y buscan luces dónde sólo existen sombras que cohabitan para engendrar un monstruo. 

6.2

Dejar un tema indefinido no es lo mismo que dejarlo confundido. La ambigüedad sirve a menudo para innovar, pero es tarea propia del oxímoron doctrinal: arrejuntando opuestos saca a la luz una ruptura: estaba escondida en la sombra, agazapada, surge con rostro oficial y de apariencia respetable y se hace fuerte. 

6.3.

Es la estrategia del progresismo. De aparentes ambigüedades extrae nuevas doctrinas que transforman la que había, en orden a un fin artificial. En el fondo no eran anfibologías, sino malas sumas de opuestos, cuyo total es una nueva cantidad, y en clave alquímica. Mezcla de contrarios que adulteran la naturaleza de las cosas. No hablamos de un inocente recurso literario con que embellecer discursos o poemas; sino de un oxímoron doctrinal, con todo el poder mágico que posee. Es la goecia del progreso moderno, estirando el cristianismo hasta deformarlo, para destrozar su fibra sobrenatural y convertirlo en otra cosa.

6.4

Y así, contamos con amalgamas de opuestos ya normalizados: una situación (hechos regulares) que se llama irregular; una relación (adulterio) que se trata como matrimonial; un estado (el de gracia) que se daría en pecado; una religión verdadera (la católica) tan supuestamente querida por Dios como las falsas; un comunismo cristiano; una Iglesia de Cristo que no es sino que subsiste en otra que sí es (la católica); una ley antigua que para unos (los judíos) equivaldría a la nueva; una libertad (antirreligiosa) que sería tan religiosa, tan religiosa, que se tiene por clave de bóveda de toda dignidad; (etc, etc).

 

7.- Un cristianismo anticristiano. Este es en definitiva el oxímoron infernal del progresismo, una religión irreligiosa, un pastoreo sin pastor, una jerarquización plana; un matrimonio sin matrimonio, un catolicismo anticatólico, una tradición viva que mata la traditio. Una Anticristiandad. Lo advertía, con expresividad y contundencia, el P. Meinvielle en El progresismo cristiano:

«Por ello, hay que tener el coraje de afirmar hoy, contra todo Progresismo, la necesidad de que la vida profana, aun en sus manifestaciones públicas nacionales e internacionales, se sujete a los principios sobrenaturales depositados en la Iglesia. Por cuanto si no hay Cristiandad, vale decir, orden público de vida conformado a la Iglesia, habrá anticristiandad, la que, por un proceso lógico inexorable, ha de caminar hacia un total antricristianismo, es decir hacia la apostasía pública universal».

7.1

Concluía con precisión el P. Meinvielle: «El Progresismo, en efecto, quiere bautizar, de una manera o de otra, el anticristianismo del mundo moderno». De este espurio deseo manan muchos males que hoy nos aquejan; males a los que asistimos, día a día, sin saber qué hacer o qué pensar. Y es que el oxímoron de ese cristianismo anticristiano, que tanto anhela el progresismo, es norma normarum de gran parte de la vida eclesial actual: quieren que su anticatolicismo pase por católico. Creen que pintando corazones en las guillotinas se transforma en bien el mal. 

 

11.09.21

(487) Creer en 1789, pero no del todo

1.- Una reducción pragmática.— El liberalismo de tercer grado, desde mediados del pasado siglo hasta el momento presente, ha asumido la ideología del moderantismo católico. Éste consiste en una atenuación utilitaria de la doctrina católica tradicional; atemperamiento doloso e impostado cuyo fin no es otro que privar de terribilidad a la religión revelada, para suavizarla lo suficiente como para hacer innecesaria la cruz de Cristo y de los cristianos, y poder hacerla cohabitar con el siglo. Es el pragmatismo de la acedia.

 

2.- La gran tibieza.— Y es que no se trata, sólo, de hacer de la propia medianía un canon de catolicismo. Se trata, sobre todo, de institucionalizarla, de manera que se extienda de lo personal a lo eclesiástico. Aguar el catolicismo a lo grande, no a lo pequeño. ¿Cómo? Cambiando de nombre la acedia para transformarla, via hechizo lingüístico, en otra cosa: en humanismo piadoso.

Es una licuefacción de la espiritualidad cristiana, por compresión a bajas temperaturas metafísicas, con las que se reduce el orden natural al punto cero ontológico. 

 

3.- Kantiano y siempre kantiano.— Es objetivo específico disimulado, pero cierto, es ahogar el catolicismo inequívoco de otros tiempos, desenfocándolo a base de inyecciones de plauralismo intelectual moderno. Pero no de cualquiera, sino del principal, el del Antitomás de Königsberg. Con sortilegio criticista, convierte la acedia mortal en autonomismo moral. Lo explica con genio y acierto el P. Castellani, en su prédica del buen samaritano:

«Estos días he leído el famoso libro de Troeltsch El Protestantismo y el Mundo Moderno, el cual alaba al Protestantismo de haber quitado (o “superado") la moral sobrenatural, dependiente de Dios y de la Iglesia, sustituyéndole la moral “autónoma", dependiente de la Razón del hombre. Hoy día sabemos lo que trajo al mundo el famoso invento de Kant, la “moral autónoma": trajo un colapso tremendo de toda la moral, de la sobrenatural y de la natural: trajo justamente las calamidades que sufrimos en este “mundo moderno", que jamás se vieron en los siglos cristianos. ¿Moral autónoma, eh? Ya te voy a dar moral autónoma, dice el Diablo».

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