16.03.21

(463) Jugando con las tinieblas

Es obvio que la situación del catolicismo es dramática. Le parecía dramática a San Pío X, que ya en 1907, en su carta encíclica Pascendi, sobre las doctrinas de los modernistas, declaraba«en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo (n. 1). 

Es evidentísimo que las potestades sombrías han continuado creciendo, arrebujadas con la madre tierra, nueva diosa de culto, y el pansincretismo, como nunca soñaron los krausistas, ni los pedantes luterofílicos, ni los bienintencionados domesticadores de herejías.

El aumento ha sido, además, favorecido por el abuso de cierta vaga teología privada, que llaman del misterio pascual, que rebaja en secreto la importancia de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, como si lo verdaderamente importante fuera, tan sólo, su resurrección. Y así ni se santiguan ni quieren cruces ni crucifijos, porque sólo soportan caramelos y parabienes.

Y así, a día de hoy, a casi nadie suena habitual el Sacrificio de Cristo, ni los méritos de su Pasión, sino una supuesta benevolencia indiferente del Padre, que a todos amaría, dicen, pequen o no, y a todos habrá de resucitar, o sea salvar (es que confunden resurrección y salvación).

En esta maraña se enredan tonteando con el numen moderno, que de tanto odiar el Calvario inventó el humanismo, para que no fuera tan necesaria la cruz, salvo como muestra desinteresada de solidaridad. Sí, San Pío X tenía y tiene razón: han aumentado de forma impresionante los enemigos de la Cruz de Cristo.

La situación, decimos, es dramática. Algunos, o más bien muchos, no quieren darse cuenta, y para salvar la autoridad condenan la verdad, como si el que manda fuera un productor del bien y del mal, y la caída original no fuera con todos.

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11.03.21

(462) Desviar la mirada

Comentario:

«Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor. » (Gaudete et exultate, n. 3)

«Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona.» Gaudete et exultate, n. 22).

«Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión» Gaudete et exultate n. 23)

«El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina.(Gaudete et exultate, n.24)»

Las partes del texto resaltadas por mí en negrita, chirrían en los oídos católicos porque, por más suavemente que se diga, la idea propuesta desemboca en la disolución de la puntualidad ética, que es el fundamento de la vida moral.

Relacionados con las tesis de Amoris laetitia,  estos textos producen la impresión de una mentalidad hegeliana, que intenta sumergir la ley moral en el fluir subjetivista del tiempo.

El globalismo ético pretende desviar la mirada del pecado, (que es un acto malo concreto y puntual), para redireccionarla hacia un proceso temporal indefinido, al que se concede la primacía. De ahí la supuesta y confesada preferencia por el tiempo contra el espacio.

Y es que si lo que importa, bajo esta perspectiva, es la totalidad líquida de la existencia, entonces no cuenta el estado del alma en cada instante determinado, no cuenta el acto ni el hábito, sino el proceso, el devenir, el movimiento; no la posición, no el posicionamiento moral actualizado, sino la historia, la mutación moral, la travesía espiritual en general, el devenir. Y eso es Hegel, es decir, Modernidad.

Es un punto de vista neoconstructivista que, aplicado al fenómeno religioso, idealiza la religión separándola de la vida presente, pero no para redirigirla hacia el más allá, sino hacia la utopía, hacia la ensoñación, hacia el ideal. 

Lo cierto es que debido a la puntualidad de la vida moral del hombre, no conviene referir el estado moral de una persona al conjunto total de su vida, sino al momento en que se encuentra, que es de gracia o de pecado, de salvación o de condenación, de amistad con Dios o de ira. En un punto se fija la eternidad del hombre, para bien o para mal.

Y es que debido a la concreción vital de la vida moral, no es conveniente subsumir el estado de pecado en el fluir existencial, porque entonces no sería posible la redención, sino la obstinación en la existencia adámica. La única opción, si la mirada se aparta del instante ético, es el paganismo, permanecer en el mundo adámico,  desdibujar el organismo sobrenatural, relativizándolo. 

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23.02.21

(461) Fratteli tutti, I: ¿A todos por igual?

Comentario 1

«El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Porque “Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la tierra para poder ver las cosas como son, ¡nos vamos a llevar cada sorpresa!”» (Fratteli tutti, núm. 281)

En el contexto de este pasaje, decir que Dios no mira con los ojos, es como decir que Dios no hace distinciones de religión. Según el texto, para Dios no importaría la religión que se profese, amaría a todo el mundo por igual, sea cual sea su religión o su irreligión, como si la religión revelada no fuera obra de un don especialísimo, gratuito e incomparable de Dios.

Como si todas las religiones fueran bienes iguales, causados indistintamente por Dios independientemente del Sacrificio de su Hijo, fuente especial del mayor bien, que es la redención. La cita da a entender que ningún hombre se encuentra en estado de enemistad, es decir, que la redención no es necesaria, todo el mundo sería grato a Dios.

El hombre caído puede hacer algunas obras buenas, y en sus intentos de acercarse a Dios puede haber algunas verdades que descubre con su razón, a menudo a contracorriente de los dictados del culto religioso al cual pertenece. Pero aun así, está profundamente aquejado por diversos males y heridas producidas por el pecado original, que aunque no corrompen del todo su naturaleza, la enferman y oscurecen.

La mayor perfección de algo, sin embargo, se debe a un mayor amor por parte de Dios. La religión revelada no es sólo que sea incomparablemente más perfecta, es que es la única religión verdadera y hay un abismo infranqueable entre ella y las religiones adámicas. Luego es obra de un mayor amor divino. Cuanto mejor es algo, más amado ha sido por Dios.

El pasaje, además, padece de indiferentismo porque omite la necesidad de justificación que padece todo hombre en estado adámico. Se omite el carácter diferencial de la religión revelada, que consiste, precisamente, en aplicar eficazmente los méritos de la Pasión de Cristo; aplicación (sacramental) que distingue a ojos de Dios entre amigos y enemigos suyos. Dios no ama por igual a todos, y aunque a todos ama en cuanto criaturas, a muchos aborrece en cuanto pecadores. A muchos no considera amigos sino enemigos.

Pero he aquí que se dice que Dios no mira con los ojos, como si no distinguiera el pecado, la idolatría, la condición caída, y amara sin tener en cuenta el estado adámico del hombre.

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17.02.21

(460) Comentarios críticos a Amoris laetitia, XII: Globalidad moral encubierta

Comentario 18

«Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales» (A.L. n. 3).

«Pero la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. Aquí vale el principio de que “el tiempo es superior al espacio". Es decir, se trata de generar procesos más que de dominar espacios» (A.L. n. 261).

El principio de primacía del tiempo es aplicado en estos pasajes primero al ejercicio autoritativo del Magisterio de la Iglesia en el campo de la teología moral matrimonial; y segundo a la pedagogía. En este segundo caso, la explicación que aporta: «Es decir, se trata de generar procesos más que de dominar espacios», concuerda exactamente con la tesis del constructivismo, que tanto daño está haciendo a la educación, porque atenta directamente contra los principios universales del conocimiento.

Pero lo que interesa destacar, sobre todo, es que el lema «el tiempo es superior al espacio» es una máxima implícita en toda filosofía de la globalidad derivada del constructivismo, y concretamente, aplicada a la teología moral, es un principio de la moral de globalidad, que se aparta de la enseñanza recta de la Iglesia, aunque no del sentir moderno.

* * *

La doctrina católica enseña con insistencia y claridad que la vida moral es puntual, y de alguna manera, espacial, porque lo que cuenta, moralmente, es el acto concreto realizado en este momento, en este lugar, y en esta hora. Cuenta cada acto, cuenta el obrar, la acción puntual concreta. Lo explica con gran precisión Romano Amerio: «[L]a religión enseña que el destino eterno depende del estado moral en el cual se encuentra el hombre en el momento de la muerte: no de la continuidad histórica, sino de la puntualidad moral en que le encuentra el fin» (Iota unum, pág. 324).

Lo que importa no es el devenir vital, sino el instante moral.

Esta idea, chirriante a los oídos modernos, está en la base, incluso, del derecho. Por eso, el mismo Amerio añade en nota un comentario muy ilustrativo: «En favor de la puntualidad está [además de la justicia divina] la justicia humana, cuyos veredictos se fundan sobre el pincipio de la puntualidad: por el acto de un solo momento el asesino es privado de la libertad y a veces de la vida» (Ibid., pág. 324, nota 3). 

La moral de globalidad, por contra, opina que la moral de una persona debe valorarse respecto de su trayectoria vital a través del tiempo, en base a su itinerario existencial. En definitiva, como recalca Amerio, es un «desprecio de los actos singulares» (pág. 323). Este desprecio de los actos singulares es aplicado implícitamente por Amoris laetitia a los actos de adulterio, insinuando que es injusto juzgar la puntualidad moral (los actos de la persona) sin tener en cuenta la trayectoria global. Y así, reconoce que: 

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar [o sea, los actos] de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano». (A.L., n. 324)

No bastaría, al parecer, considerar los actos puntuales, sería preciso tener el cuenta la existencia, la continuidad temporal en situaciones concretas, la historia, la vida en general de la persona, la globalidad vital de su vida moral.

Sin embargo, el obrar aquí y ahora, la acción puntual de una persona sí que importa, es al fin y al cabo lo que cuenta, porque es a través de actos singulares como el hombre se orienta a su fin o se desvía de él.

Sin embargo, para justificar la primacía de la globalidad vital, Amoris laetitia, malinterpreta ad hoc  la doctrina tomista, e insinúa indeterminación en la puntalidad moral, afirmando que cuanto más se desciende a lo particular [entiéndase, a los actos, al obrar puntual], tanto más aumenta la indeterminación [la imposibilidad de valorarlos moralmente, sin tener en cuenta la perspectiva global]. (Cf., A.L. n. 304).

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13.02.21

(459) Comentarios a Amoris laetitia, XI: ¿Caridad sin estado de gracia?

Comentario 17

«Es amor a pesar de todo, aun cuando todo el contexto invite a otra cosa. Manifiesta una cuota de heroísmo tozudo, de potencia en contra de toda corriente negativa, una opción por el bien que nada puede derribar. Esto me recuerda aquellas palabras de Martin Luther King, cuando volvía a optar por el amor fraterno aun en medio de las peores persecuciones y humillaciones» (Amoris laetitia, n. 118)

«En la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza.[…].» (Amoris laetitia, n. 119)

«Crecer en la caridad conyugal

El himno de san Pablo, que hemos recorrido, nos permite dar paso a la caridad conyugal. Es el amor que une a los esposos, santificado, enriquecido e iluminado por la gracia del sacramento del matrimonio. Es una “unión afectiva", espiritual y oblativa, pero que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten. […] Porque ese amor fuerte, derramado por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza inquebrantable entre Cristo y la humanidad […] “El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal» (Amoris laetitia, n. 120)

Entre el amor natural, que está caído, y la caridad teologal, hay un verdadero abismo, el salto de la gracia sobrenatural. Sin embargo, en estos pasajes se habla del amor de caridad como si fuera amor humano natural, y se maximiza el amor fraterno atribuyéndole, no sin sombra de pelagianismo, una eficacia sobrenatural que no posee.

Se entremezclan así diversas concepciones confusas acerca de la caridad y del amor humano, por las que parece que la caridad conyugal sería el mismo amor humano maximizado por la acción directa del Espíritu Santo. En toda la exhortación en su conjunto, y en este pasaje en particular, late una confusión obstinada entre el orden natural y el orden sobrenatural, procedente de la mentalidad personalista, que sobredimensiona el amor natural, como si éste no estuviera caído, como si no se diferenciara esencialmente de la caridad.

De esta forma, se equipara indebidamente la caridad conyugal con un cierto amor espiritual concretado en fraternidad erótica, llevado a plenitud por una supuesta acción directa del Espíritu Santo a través del sacramento del matrimonio.

Entienden los personalistas que el sacramento matrimonial santifica el amor humano natural al repararlo con la gracia, de forma que el amor sobrenatural, según ellos, sería el mismo amor humano natural reparado, independientemente del estado de gracia o pecado de los cónyuges. La gracia matrimonial haría que el amor humano volviera a ser sobrenatural, como si lo sobrenatural fuera su constitutivo creatural restablecido y no un don gratuito recibido a través del bautismo y la penitencia.

De manera que el pecado mortal no excluiría el amor sobrenatural, pues éste no sería otra cosa que el constitutivo original del amor humano, recuperado por el sacramento del matrimonio. Y así lo que se santificaría sería el mismo amor humano y no los cónyuges.

 

Para ello, definen la caridad teologal en los términos de A.L. n. 120: «[L]a caridad conyugal [e]s el amor que une a los esposos, santificado, enriquecido e iluminado por la gracia del sacramento del matrimonio». La caridad sería un atributo superior del amor conyugal natural, un plus que la gracia del sacramento del matrimonio recupera del olvido y reactiva.

Pero tenemos que oponernos a esta definición. Porque por caridad conyugal no entendemos un amor humano afectivo y erótico espiritualizado y completado con el añadido de la gracia del matrimonio; por caridad entendemos el amor teologal sobrenatural que se recibe con el estado de gracia, que tiene a Dios por motivo formal (aunque el objeto material sea distinto de Dios).

El objeto formal de la caridad es el bien divino en sí mismo considerado como motivo de amor. Y esto es fundamental. Tanto, que hace radicar la caridad en el estado de amistad con Dios. Porque si se es enemigo de Dios por el pecado, no se puede amar con amor de caridad. Dios no puede ser motivo del amor conyugal si los cónyuges son enemigos de Dios por el pecado mortal.

Y es que una vez más se pasa por alto la necesidad del estado de gracia para poder amar con verdadero amor de caridad. Por eso hay que advertir que el sacramento del matrimonio no recupera el estado de gracia y por tanto no es suficiente para que los esposos puedan amar con amor de caridad. Es necesario el sacramento de la penitencia. Y que amor el humano natural y la caridad teologal son amores esencialmente diferentes, siendo el amor humano sobrenaturalmente ineficaz.

* * *

Si se desvincula la caridad del estado de gracia desaparece su carácter de virtud teologal. Por eso algunos, equivocadamente, la relacionan con una acción directa del Espíritu Santo, porque la distinguen abusivamente de la cualificación sobrenatural del alma que realiza la gracia santificante. Esto hizo Pedro Lombardo, relativizando la existencia de la caridad como hábito infuso, como si los actos habituales de caridad no procedieran de un hábito teologal arraigado en el estado de gracia, sino de una supuesta acción directa del Espíritu Santo.(Cf., SANTO TOMÁS, II-II, 23.2, De veritate, a1). .

Por eso el amor fraterno familiar y conyugal no puede pasar a ser amor de caridad teologal sólo en virtud de la gracia del sacramento del matrimonio, porque la caridad, que es una virtud teologal, presupone el estado de gracia, más bien, está unida cualitativa y orgánicamente a él, y el sacramento del matrimonio, como decimos, no es suficiente para recuperar el estado de gracia. 

Esta atribución ilícita ha sido preparada en los pasajes anteriores, en que se maximiza el amor humano atribuyéndole características de amor de caridad. Y así, la cita de Luther King sobre el amor fraterno, su equiparación siguiente al amor familiar, y el paso al amor de caridad en el matrimonio, es abusivo.

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