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9.04.20

(417) Manojos de serpientes

1

La Beata Ana Catalina Emmerick, en julio de 1821, hablaba del Iluminismo que contaminaba la mente de los estudiantes —vale también decir seminaristas—, cual «manojos de serpientes en las manos, las cuales les entraban por la boca y les sorbían los sesos»; son, dice, “serpientes filosóficas”». 

Más adelante continúa:

«me vi con espanto en una tabla medio podrida y tuve que pedir a mi guía [su ángel custodio] que me socorriera. Mi guía me tranquilizó y me puso en lugar seguro. Habiéndole yo preguntado qué significaba aquella cajita negra [que poseían los discutidores y polémicos maestros de los que había hablado antes] me respondió: “Es la presunción y la sofistería; y aquella mujer [que dominaba aquel lugar de discusión y polémica] es la filosofía, o, como dice, la razón pura, que todo lo quiere según su forma. A ella se atienen estos maestros; no a la verdad de oro de la tradición pura”».

 

2

La Iglesia docente no podrá combatir estas serpientes filosóficas que envenenan la doctrina tradicional si renuncia a su potestas para controlar el error, y a su auctoritas, para enseñar la verdad con exactitud y sin omisiones; o si la ejerce al modo liberal —como hace demasiado a menudo—, o si sucumbe a la presión de las oligarquías intelectuales de fuera y dentro del ámbito eclesial. No podrá configurarse como un refugio espiritual, como una emboscadura —que diría Ernst Jünger—, si no se opone a los principios esenciales del siglo.

Si la Iglesia piensa con la razón pura, o sea con mente iluminista, kantiana, ilustrada, postrevolucionaria, en lugar de con la tradición pura, ¿cómo salvará al mundo del veneno anfisbeno de la Modernidad? Aceptemos que hay cosas que, durante estos años, se han hecho rematadamente mal. Sin autocrítica, sin penitencia, sin autoexigencia, sin examen de conciencia no hay santa reforma. Y aproximarse demasiado al mundo, renunciar a ser su contrario, derribar las murallas, abrir la puerta de la ciudadela y dejar que entren los encantadores de serpientes, es temerario. Porque, como bien dice Dalmacio Negro: «la Iglesia —las iglesias—, sumida también en el proceso de decadencia, no es hoy un contramundo en el mundo, […] más o menos enfeudada a los gobiernos temporales».

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4.04.20

(416) No como atenienses

De un discurso de Pericles en los primeros años de la guerra del Peloponeso, cuando Atenas rebosaba de optimismo. Lo parafrasea el gran Tucídides en su impresionante Historia de la Guerra del Peloponeso:

«Resumiendo, afirmo que la ciudad toda es escuela de Grecia, y me parece que cada ciudadano de entre nosotros podría procurarse en los más variados aspectos una vida completísima con la mayor flexibilidad y encanto. Y que estas cosas no son jactancia retórica del momento actual, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío de la ciudad».

Tucídides, tras exponer las palabras del hijo de Jántipo, expone concisamente cómo, tiempo después, «comenzó a aparecer por primera vez la famosa peste, de la que se decía que había atacado con anterioridad en otros muchos lugares».

Y es que «una epidemia tan grande y tan destructora de hombres no se recordaba que hubiera ocurrido en parte alguna» […] Una epidemia que «penetró en la ciudad, y los muertos fueron ya muchísimos», pues «la índole de la enfermedad era superior a todo lo que pueda describirse […] Morían unos por falta de atención y otros pese a estar atendidos […] Lo más terrible de toda esta enfermedad fue el desánimo que le embargaba a uno cuando se percataba de que estaba enfermo (pues inmediatamente abandonaba su espíritu a la desesperación) […] y fue el contagio lo que motivó mayor número de víctimas, pues si por temor no querían ponerse en contacto unos con otros, los enfermos morían abandonados, y así muchas casas quedaron vacías por falta de quien las atendiera».

Y sigue así Tucídides:

«Todos los ritos que hasta entonces habían seguido para enterrar a sus muertos fueron trastornados, y sepultaban a sus muertos según cada cual podía. Muchos tuvieron que acudir a indecorosas maneras de enterrar, dado que carecían de los objetos del ritual».

«La peste introdujo en Atenas una mayor falta de respeto por las leyes», «y nadie estaba dispuesto a sacrificarse por lo que se consideraba un noble ideal, pensando que era incierto si iba él mismo a perecer», «tenían en lo mismo ser piadosos o no, al ver que todos por igual perecían».

«Los atenienses estaban abrumados por tal calamidad».

Lo más terrible, para ellos, era que «las súplicas en los santuarios o acudir a adivinos y similares resultaron por completo inútiles, y todo el mundo acabó por desistir de ellos, derrotados por el mal». (TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso, Alianza, Madrid, 1989, págs. 158.167).

No como atenienses. No tenían al Dios Uno y Trino, sino dioses inventados. No tenían culto en espíritu y en verdad. No tenían Revelación. No podían, sacramentalmente, nacer de nuevo. No podían hacer la penitencia que enseñó el Precursor. No podían ofrecer el sufrimiento para limpiar toda tiniebla de reato. No podían hacer meritorio su padecimiento. No tenían santos intercesores. No sabían levantar las manos hacia lo alto, para vencer con las armas de la súplica. No podían completar lo que faltaba a las aflicciones de Cristo, conforme enseña el Apóstol (Cf. Col 1, 24). No tenían a la Inmaculada Concepción, omnipotencia suplicante. 

19.03.20

(415) Centrarse en lo esencial

1.- Saber digerir.— Tenga el católico de hoy, en esta hora de confusión, estómago para digerir reveses. Pida el auxilio necesario, el sano socorro de una digestión rápida, sin intoxicarse. Pase por encima del error. No coma novedades. Digiera el plomo de la nada, con decisión, y valentía. No está el ambiente para dispépticos, ni para creyentes delicados, que tan pronto se les indigesta la confusión doctrinal circundante; que en unas horas se autodiluyen y acaso no estaban en gracia, o han perdido la fe. 

Sepa digerir el mal entendimiento general, y resistir la mala corriente, centrándose fijamente en lo esencial, que es salvarse. Para que el elemento humano no distraiga fatalmente; excluya todo lo secundario, pida la gracia de la perseverancia, reoriéntese a Cristo que salva y que vence. Getsemaní es un deber. No nos ha tocado en vano esta Era de Subjetivismo. Nos ha tocado el Mundo del Dolor para rehacer por gracia en nosotros la hechura del Crucificado. Iluminemos tinieblas con el socorro de Dios, que todo lo puede.

 

2.- De peso pero espeso.— Sea el varón cristiano dechado de doctrina. No de la espesa, sino de la que pesa, y no como losa, sino como piedra de tropiezo, «piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 Pe, 2, 4).

Sea por eso católico grave, no gravoso; de pensamiento sólido, recio y fundamental. No pretenda, para ganarse a los líquidos, para convertir a los gaseosos, distraer de la verdad de tropiezo con mentirijillas de mercadeo global, que tanto embrollan y prolijean.

 

3.- «Más obran quintas esencias que fárragos», enseña Gracián en su Oráculo manual. No hay mayor imprudencia, en esta crisis doctrinal, como en todas, que acudir a los manieristas, a los neotéricos, a los neoteólogos, a los humanistas de tres al cuarto, para obtener verdades. Céntrese en estar en gracia, con el auxilio de Dios, que ha de pedirse siempre, y no tema. Acto de contrición, y a confesarse en cuanto se pueda. Recurra el católico a lo que, por verdadero, por claro, por nítido, por tradicional, por católico, tiene el peso de los tesoros heredados, y no la liviandad de la nada, por más nueva que parezca. 

 
Brújula de marear errores, I: Centrarse en lo esencial
 

14.03.20

(414) Prevaleciendo por gracia

97.- Sí, Dios la infunde.— Es la virtud de la fortaleza una virtud capital, que amanece en el cristiano con la gracia santificante. Es fuerza sobrenatural que atempera el miedo a la corriente del Maelstrom, y dirige el alma con audacia contra el abismo de sus fauces, para confrontarlas.

     La fortaleza consiste en atacar y resistir, siendo este último acto el principal y más difícil. Para resistir al error y al pecado hay que estar en estado de gracia.

     Enseña el Doctor Común que en el acto de resistir es necesario, en primer lugar, que el ánimo no ceda a la tristeza ante la desmesura de los males; que tenga paciencia. En segundo lugar, que no desfallezca, sino que aguante, según la Escritura que exhorta a «no dejarse abatir por el desaliento» (Hb, 12, 3). Es necesario perseverar a contracorriente y mantenerse firme en la verdad.

 

98.- Un don del Espíritu Santo.— El don de fortaleza «es un hábito sobrenatural que robustece el alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir» (ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, BAC, 1958, pág. 552). No es sólo un perfeccionamiento necesario, sino un modo restaurado, sobrehumano, de resistir la tentación y combatir la apostasía; de permanecer en estado de justificación; de erradicar la tibieza en el servicio de Dios y hacer al alma intrépida y valerosa.

     Ferendo vincam, que venza sufriendo, porque sufriendo por gracia venceré.—Al principio de esta obra contemplábamos el emblema 17 de las Empresas morales de Don Juan de Borja, 1680. La pictura que ilustra el lema es elocuente: una roca resiste la agresión de las olas, se impone a la corriente adversa y permanece en su sitio, donde prevalece la verdad. Stat veritas! Resistiendo vence, porque «así como el peñasco, sufriendo los golpes de las olas en la tormenta, con su firmeza las deshace, y vence; de la misma manera, el que tuviere firmeza y valor para sufrir los trabajos, por grandes que sean: si de su propia voluntad —socorrida por Dios— no se les rindiere, al cabo con paciencia vencerá, y triunfará de ellos»

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28.02.20

(411) La herejía que sigue y crece

85.- El neomodernismo se metastatiza con facilidad.Asimila sin dificultad todo tipo de conceptos tradicionales, conservándoles el término, pero corrompiéndolos levemente, sin que se note, de tan sumergidos en ambigüedad que ni sí ni no, ni todo lo contrario; reseteando su semántica general, recontextualizándolos de forma que al oído del creyente son lo mismo pero no lo son. 

La disonancia interna se percibe, se siente su chirrido, pero no se sabe, del todo, precisar de dónde viene; suena consonante o lo parece, pero no lo es.

Y así, al no poderse terminar de reposar en los neoconceptos, se recurre, para difundirlos, al sentido de la obediencia, pero sólo material; y no aplicada al Magisterio como tal, sino a los neoteólogos, a los especialistas, usurpadores de la autoridad y “traductores” de la función docente de la Iglesia.

 

86.- El modernismo era frío y vacío, y por eso no cuajó del todo. Para compensar su racionalismo, el neomodernista lo viste de anti-intelectualismo, y entonces habla de misterio y más misterio, subordinando el conocimiento de Dios al amor (natural).

Para compensar su inmanentismo, el neomodernista habla de espiritualismo y de resurrección, como un más allá prometido a todos; para compensar su sentimentalismo teórico, el neomodernista habla de experiencias místicas emocionales y de afectos personalísimos. Para compensar, en fin, lo demasiado moderno del modernismo, el neomodernista habla de piedad para dotar de cierto calor católico las frías teorizaciones del pensamiento moderno.

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