4.05.21

(470) ¿Gnosticismo actual?

Paráfrasis 1

«El gnosticismo supone “una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan"» (Gaudete et exsultate, n.36)

Este parágrafo 36 preludia una serie de diez pasajes (36-46) que pretenden denunciar el «gnosticismo actual». Podría imaginarse que se va a tratar del pensamiento moderno, de la mentalidad protestante, del sincretismo epistemológico que perturba la mente de la Posmodernidad. Y empieza bien, mencionando el mal de «una fe encerrada en el subjetivismo».

Sin embargo, a continuación arroja una sombra de duda, porque atribuye a este subjetivismo —que sin dudarlo existe en el gnosticismo posmoderno— «una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan».

Y decimos una sombra de duda, o de perplejidad, que nos hace prever que en realidad en los puntos 36 a 46 no va a ocuparse del gnosticismo actual. Porque, si algo tiene el gnosticismo posmoderno, es que ni quiere razonar bien, ni quiere alcanzar un verdadero conocimiento, ¡por eso es, precisamente, subjetivista! Y es que si uno razona rectamente, y alcanza conocimiento, esta rectitud y este saber alcanzados en verdad reconfortan y en verdad iluminan, y por tanto no son gnosticismo, sino verdadera sabiduría. 

Por eso, como reconoce en el n. 39, con lo de gnósticos no se refiere «a los racionalistas enemigos de la fe cristiana», es decir, a los que verdaderamente son los gnósticos modernos; sino a un gnosticismo que supuestamente estaría «dentro de la Iglesia, tanto en los laicos de las parroquias como en quienes enseñan filosofía o teología en centros de formación»; es decir, el supuesto gnosticismo de los defensores de una doctrina «perfectamente comprensible» (n. 39), de «lógica fría» (n.39), dadora de «supuestas certezas» (n. 42); se refiere, por tanto, con lo de gnósticos, no a los gnósticos anticristianos del mundo moderno, sino a los defensores católicos de una «doctrina monolítica defendida por todos sin matices» (n. 43), carentes de «dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos» (n.44), propia de «un falso profeta» (n. 41). (Se pretende, además, que el equilibrio intelectual de esta doctrina inequívoca y antipluralista es «un equilibrio gnóstico […] formal y supuestamente aséptico» (n. 38). 

Esta descalificación, que coincide con los tópicos antiintelectualistas, antiescolásticos y antitomistas del personalismo y la Nueva Teología, concluye en una afirmación que cuadra muy bien con las tesis de Amoris laetitia: se puede pecar y estar en gracia, se puede pecar y no perder la inhabitación trinitaria, por más que la fe cerrada de los falsos profetas diga lo contrario.

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27.04.21

(469) Iglesias locales sin pulso

1

La Beata Ana Catalina Emmerick, en julio de 1821, hablaba del Iluminismo que contamina la mente de muchos estudiantes —vale también decir seminaristas—, con esas tóxicas ideas que son como «manojos de serpientes en las manos»; ideas ilustradas que «les entraban por la boca y les sorbían los sesos»; y que no son sino «serpientes filosóficas”»[1]. Sí, esas serpientes que, desde hace tiempo, están de moda en tantos púlpitos y centros docentes eclesiásticos.

Más adelante continúa:

«me vi con espanto en una tabla medio podrida y tuve que pedir a mi guía [su Ángel Custodio] que me socorriera. Mi guía me tranquilizó y me puso en lugar seguro. Habiéndole yo preguntado qué significaba aquella cajita negra [que poseían los discutidores y polémicos maestros de los que había hablado antes] me respondió: “Es la presunción y la sofistería; y aquella mujer [que dominaba aquel lugar de discusión y polémica] es la filosofía, o, como dice, LA RAZÓN PURA, que todo lo quiere según su forma. A ella se atienen estos maestros; no a la verdad de oro de la tradición pura”»[2].

 

2

La Iglesia no podrá combatir estas serpientes filosóficas de la razón pura, (esto es, de Kant, Hegel, etc., y sus herederos católicos, neoteólogos y personalistas), si renuncia a su auctoritas, o si la ejerce al modo liberal, ni si sucumbe a la presión de las oligarquías intelectuales. No podrá configurarse como una emboscadura —que diría Ernst Jünger— en medio del mundo moderno; no podrá conformarse como sobrenatural refugio y roca de verdad si no se opone a los venenosos principios esenciales del siglo. Si la Iglesia piensa con la razón pura en lugar de con la tradición pura, ¿cómo salvará al mundo del veneno anfisbeno de la Modernidad? Porque, como bien dice Dalmacio Negro:

«la Iglesia —las iglesias—, sumida también en el proceso de decadencia, no es hoy un contramundo en el mundo, pues, más o menos enfeudada a los gobiernos temporales, ha renunciado a ejercer su auctoritas»[3].

No creemos que haya renunciado de modo absoluto, porque entonces dejaría de ser la Iglesia; pero sí de manera generalizada; y alarmante, sin duda, en numerosas iglesias locales descristianizadas.

3

La Modernidad es la Era del Estado, no tanto el tiempo del estatismo, como diría Hoppe[4], sino ante todo la Era del subjetivismo institucional, cuyo ego absoluto se llama Estado.  En la Era del subjetivismo institucional, aquellas iglesias locales institucionalmente subjetivistas, copiando el estatismo hodierno, sucumbirán al ego absoluto del Estado y sufrirán un daño irreparable, se descristianizarán. Porque una diócesis subjetivizada no es otra cosa que una diócesis descatolizada, una comunidad con serpientes en las manos.

 

4

Siempre hay una oligarquía detrás de las formas contemporáneas de gobierno. «Al ser la oligarquía inmanente a cualquier forma de gobierno, Gonzalo Fernández de la Mora decía que las trasciende a todas»[5]. La oligarquía teológica, en la Iglesia, son los neoteólogos y los docentes personalistas, sobre todo parte del clero, también seglares comprometidos con la neoteología. Conforman una especie de élite ideológica que “trasciende” al gobierno de las Iglesias locales descristianizadas, cuando éste es ejercido al modo liberal, esto es, dejando gobernar, en realidad, a los especialistas que engañan al pueblo, pretendiendo ser voceros de su sensus fidei.

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20.04.21

(468) Escepticismo ¿católico?

La Sagrada Escritura lo advierte claramente«Vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Jn 15, 3). Nuestro Señor es la Palabra que dice palabras que limpian, esto es, que salvan; palabras que son una doctrina que purifica y eleva el entendimiento.

¿Cómo es, entonces, que el católico neomoderno pretende que, para el cristianismo, no importan tanto las palabras salvíficas de Nuestro Señor Jesucristo, como nuestros sentimientos?

Sin embargo, como dice el P. José María Iraburu:

«El valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1). En la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres» (24) Lenguaje católico oscuro y débil.

Por contra, el neomodernista no da importancia a las palabras reveladas por Dios, no considera relevante la doctrina. Y es así porque el catolicismo modernizado, haciendo suyos los presupuestos de la Nueva Teología y del personalismo, desconfía de la eficacia de las palabras: es kantiano, es escéptico, es humanista, es filoluterano.

Sí, el humanismo católico es escéptico, le parece poco respetuoso con la libertad de conciencia del hombre moderno proclamar a los cuatro vientos que hay una verdad, una doctrina que obliga, porque inequívocamente la expresa; un sólo sentido en que ésta puede interpretarse. Y de este escepticismo, del que bebemos desde hace décadas, manan muchas toxinas emotivas y surgen muchas experiencias efímeras, pocas verdades y muchos errores.

¿Cómo pretende el católico de hoy, embriagado de fenómenos, limpiarse por la palabra que Cristo ha comunicado, esto es por la doctrina revelada, si no cree en la eficacia de la doctrina? Pretende salvarse por emociones, por la voluntad, por la autodeterminación, pero no por la doctrina. Prefiere, con Hans Urs von Balthasar, un pluralismo doctrinal moderado, donde quepan diversas expresiones de la verdad, pero no formulaciones incontestables, precisas. Importa el hecho religioso, dicen con cara fenomenológica, pero no la verdad religiosa.

 

Es un grave fenómeno que remite a Kant, y aun más, a Ockham, a Escoto, a Pico de la Mirandola, al antropocentrismo de los renacentistas, a los modernos… Creen que la realidad en sí misma es incognoscible, que la doctrina no sirve para conocerla. Desconocen, o no quieren saber, que nuestra razón, y nuestra fe, pueden penetrar natural y sobrenaturalmente esa realidad misteriosa que nos supera, y mediante una serie de proposiciones salvíficas purificarnos, iluminarnos, restaurarnos. 

Es conformados a las palabras divinas que dice el Verbo, dador de gracia y de verdad (Cf. Jn1, 17), que remontamos las tinieblas y superamos al hombre viejo, sobrevolando el Mundo Caído hacia la Jerusalén Celestial. Pues, como enseña insistentemente la escuela española, como San Juan de la Cruz, aunque la doctrina no es proporcionada respecto de lo misterioso en sí mismo, sí es proporcionada a nuestro numen, se ajusta a la estructura de nuestro conocer, según la medida del don divino. Por eso la fe, que consiste en creer, sí es modo proporcionado de unión con Dios.

Nuestros ancestros lo tenían muy claro. El entendimiento, la doctrina, ha de tener la primacía sobre la voluntad, y sobre el afecto, y esto no impide la excelencia de la caridad, antes bien la amplifica, porque la orienta.

Bien lo explica nuestra tradición hispánica, por don Francisco de Quevedo, que en su Política de Dios precisa: 

«El entendimiento bien informado guía a la voluntad, si le sigue. La voluntad, ciega e imperiosa, arrastra al entendimiento cuando sin razón le precede. Es la razón, que el entendimiento es la vista de la voluntad; y si no preceden sus ajustados decretos en toda obra, a tiento y a oscuras caminan las potencias del alma. Ásperamente reprende Cristo este modo de hablar.»

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14.04.21

(467) Fingimiento de los neomodernos

1. Nuestra respuesta propia.— Es propio de nuestra venerable tradición hispánica luchar contra el maquiavelismo en cualquiera de sus mutaciones. Por eso, a hechura del pensamiento político más aquilatado de nuestros siglos áureos, que «discurrió en casi su generalidad […] reaccionando fuertemente contra el maquiavelismo» (Aberto MONTORO-BALLESTEROS, Fray Juan de Salazar, moralista político, (1619), Escelicer, Madrid, 1872, pág. 33), a nuestra mente católica conviene en alto grado posicionarse contra el fingimiento de los neomodernistas.

Pero, ¿cómo, y con qué aspecto principal de nuestra fe cristiana, respondió nuestro Siglo de Oro al maquiavelismo europeo? Y digo europeo porque la Hispanidad y lo europeo son como aceite y agua—. Pues con un intenso y esplendoroso providencialismo, que tanta falta hace hoy.

–«La idea de un Dios Todopoderoso y justiciero [más bien habría que decir justo] que premia a los que cumplen sus preceptos y lo sirven […] permiten a nuestro autor [Fray Juan de Salazar, 1619] no sólo extraer las líneas fundamentales de la política que debe seguir el Estado, sino tambien una interpretación del curso de la historia para construir una filosofia [providencialista]» (Ibid. pág. 41).

Tengamos claro, por tanto, que Cristo gobierna el mundo, y si permite el poderío de los malos, es como castigo; y si concede el poderío de los buenos, es como merced y premio. Sirvamos, por tanto, con temor y temblor, y Él dará el crecimiento. 

 

2.- Cocinando a fuego lento.— Diremos que el fingimiento de los neomodernos consiste en abusar de la ambigüedad como escondrijo, como submarino con el que, desde las profundas aguas territoriales del Leviatán, torpedear la fe católica. Diremos que el fingimiento de los neomodernos consiste en desvencijar poco a poco, sin aspavientos, la fe cristiana de sus goznes metafísicos, pero no con la premura impetuosa de los revolucionarios, sino con la sangre fría del que se pone a cocer conceptos y verdades a fuego moderado, como asando cangrejos o cocinando caracoles. 

Separando poco a poco, a ralentí, las fe de sus contenidos naturales y sobrenaturales, pretendiendo que el juicio propio sea criterio del Magisterio, van mutando la doctrina y arrebujándola con el pensamiento moderno, para que Kant, Hegel, Husserl o Heidegger sean los nuevos padres de la nueva religión. Pero no a lo bruto, sino como quien no quiere la cosa.

El fingimiento teológico es intensamente voluntarista. Desciende del nominalismo, y cree que asciende, así lo quiere, hasta el misticismo; por eso entiende, en su osadía, que las nevadas cumbres de la mística son las puertas de la iniciación cristiana, para que no se quiera subir más alto que hasta la propia experiencia.

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8.04.21

(466) Neorracionalismo globalista

1.- El Occidente liberal se halla inmerso en un proceso de tecnificación global de las ideologías, cuyo objetivo es diluirlas en una idiosincrasia nihilista vaga e indefinida de apariencia tecnológica. Forma parte de una autocorrección del Estado liberal, que busca defenderse y blindarse.

De esta manera el Leviatán se automatiza y adquiere una apariencia más neutra y aséptica, capaz de acallar bocas disidentes y metamorfosearse en el convulso contexto social de la posmodernidad.

Esta estrategia camaleónica convive, al mismo tiempo, con la ostentación descarada y desvergonzada del poder puro y arbitrario, que agobia al  ciudadano con exigencias de, como diría Ernst Jünger, movilización total.

 

2.- Hablaba Gonzalo Fernández de la Mora, muy cabalmente, de «la progresiva sustitución de las ideologías por los planes técnicos y económicos en los programas de gobierno»[1]. A nuestro juicio, esta idea puede aplicarse al proyecto global de pseudo-objetivación de la ideología liberal, desarrollado progresivamente, desde finales del pasado siglo, en orden a su adaptación a los nuevos tiempos.

 

3.- Estos nuevos tiempos ideológicos son, como diría Fernández de la Mora, crepusculares. Pero para que la crisis de las ideologías no signifique, también, la crisis de la Bestia postrevolucionaria, el propio sistema se defiende mediante un principio de racionalización compensatoria: El Estado liberal, por instinto, se pseudobjetiviza para cobrar falsa apariencia de universalidad, (que esto es el globalismo), y volverse más aséptico y tragadero a toda reclamación y contrarreclamación (Turgot). Pero siendo, en realidad, más delicuescente, vaporoso y sin sustancia que nunca, esto es, la nada misma.