13.05.22

Ven, Señor, no tardes

8.05.22

La Buena Muerte

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.» (Lc. 10, 27-30)

¿Estamos preparados para morir? Esa es la pregunta. Conozco a muchas personas – muchas buenas personas a las que quiero mucho – que le tienen mucho miedo a la muerte: a la muerte de sus seres queridos y a su propia muerte. La pandemia de los últimos años no ha hecho sino agravar esa angustia y ese miedo a la muerte. Pero por fe sabemos que ni un solo pelo de la cabeza se cae, si Dios no lo permite. Viviremos mientras Dios quiera que vivamos. Y ni un segundo más. Es Dios quien dispone de nuestra vida porque Él es la Vida. 

La mayoría de la gente le tiene mucho apego a la vida en este mundo, seguramente porque piensan que esta vida es la única que tienen y que la muerte supone desaparecer y convertirse en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Los hombres sin Dios se debaten entre el deseo de disfrutar los placeres de este mundo y el miedo a la muerte, que es la gran aguafiestas. No hay dolor más grande que estar vivo, desear disfrutar de la vida y de sus placeres y ser consciente a la vez de que vas a morir. Cuanto más sabes, más dolor, más sufrimiento. «Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor», nos enseñaba ya el Libro del Eclesiastés.

Una de las joyas de la poesía en español es el poema Lo Fatal de Rubén Darío, que expresa maravillosamente ese temor, ese terror, ese espanto que siente el hombre sin Dios ante la desorientación existencial y ante la realidad inexorable de la muerte.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

El hombre moderno no sabe a dónde va ni de dónde viene. Esa es su gran tragedia. Y no lo sabe porque el hombre moderno ha apostatado y ya no cree en Dios. El hombre moderno apóstata quiere ser él mismo su propio dios y se cree que él se ha creado a sí mismo y que puede ser lo que él quiera ser o lo que sienta que es.

El hombre sin Dios se cree autónomo. Cree que él es su propio fin. Ser autónomo significa que se niega a aceptar que solo es una criatura de Dios. No cree que Dios le ha dado la vida, que gobierna su vida por la divina providencia y que su fin último (teleología) es volver a Dios. El impío ya no cree que vivimos porque Dios quiere que vivamos, porque Dios es el Señor y el Dador de Vida. Y si el impío no cree que sea Dios quien le ha dado la vida y quien se la mantiene a cada instante, tampoco cree que nuestro destino es volver a Dios.

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5.05.22

El Honor de la Fe

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua que el «réprobo» es el condenado a las penas eternas; una persona condenada por su heterodoxia religiosa; en último extremo, un malvado; alguien indigno y endiablado. En resumidas cuentas, un réprobo es un hereje, alguien que se empeña en defender doctrinas contrarias al depósito de la fe católica.

Pero conviene que haya herejías, para que se manifieste quiénes son fieles. La Iglesia Católica está hoy plagada de réprobos. Nunca ha habido, creo yo, tantos herejes por metro cuadrado como ahora. Incluso en las más altas instancias de la jerarquía, nos podemos encontrar con impíos que habrían escandalizado con sus heterodoxias a heresiarcas como Lutero o Calvino. Algunos  pueden llegar a comparar a Cristo con Buda, por ejemplo, y rozan pelogrosamente el indiferentismo religioso, aunque los modernistas siempre se mueven en una ambigüedad calculada:

«Aunque de manera diferente, Buda y Jesucristo orientan a sus seguidores hacia valores trascendentes. Las nobles verdades del Buda explican el origen y las causas del sufrimiento y señalan el óctuple camino que conduce al cese del sufrimiento».

No, no. De eso nada. Buda no tiene nobles verdades ni explicación ninguna sobre nada. Cristo es el único camino, la única verdad; Cristo es el Señor y el dador de vida. El budismo y el catolicismo no son dos maneras diferentes para orientar a sus seguidores hacia los “valores” transcendentes. En absoluto. El nirvana budista es la disolución en la nada. El budismo no habla de ningún dios ni ofrece ninguna vida eterna. El budismo y el cristianismo se parecen tanto como un huevo a una castaña. Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna. Todo lo demás son supercherías, doctrinas demoníacas y errores.

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30.04.22

Reacción

Por si alguien aterriza por aquí sin saber quién soy yo o de qué va este blog, quisiera dejar claro que no le debo más obediencia que a Cristo y a su Iglesia; que no defiendo ninguna ideología política ni estoy encuadrado en ningún partido ni en ningún movimiento ni en ningún lobby. Soy católico tradicional -valga la redundancia- y profeso la fe de la Iglesia Católica. Creo en la doctrina que la Iglesia ha predicado siempre y en todas partes. Mi único Señor es Cristo. Mi único fin es la gloria de Dios y la salvación de mi alma y de las almas de todos. 

Por lo tanto, todo lo juzgo bueno en tanto en cuanto contribuya a la mayor gloria de Dios, a mi santificación y a la salvación de las almas. Y juzgo malo todo lo blasfemo, lo sacrílego; la apostasía y la impiedad. 

El mundo está como está porque las mujeres y los hombres ya no quieren ser santos. Lo que vivimos es una crisis de santidad, una crisis de fe. No creen en Dios, no creen en el más allá. La mentalidad materialista ha triunfado en el mundo moderno. Ya nadie respeta la Ley de Dios y hasta muchos católicos se toman los Mandamientos como ideales imposibles de cumplir, como ideales a los que aspirar… Y el relativismo y el pacto con la mentalidad del mundo ha conducido a la normalización del pecado. El mal es bien y el bien es malo. Se ha normalizado el divorcio, el aborto, la promiscuidad, el pecado nefando… Los vicios se ensalzan y las virtudes son motivo de mofa y de escarnio.

Si fuéramos santos, si viviéramos en gracia de Dios, no habría tantos asesinos, violadores, ladrones, corruptos y sinvergüenzas. Pero para que podamos ser santos, necesitamos la gracia de Dios, que recibimos a través de los sacramentos. Y ya casi nadie se confiesa ni va a misa ni bautiza a sus hijos ni se casa por la Iglesia. El mundo está como está porque el pecado campa a sus anchas y la Bruja Blanca se ha convertido en reina de Narnia. Por eso vivimos en un mundo frío, inhumano y cruel.

Pero el verdadero Rey es Cristo: no Satanás. Y con Él volverá la justicia; y el bien y la caridad derrotarán a la muerte y al mal. 

Hay dos ejércitos: el de Cristo y el del Demonio. Y en ese combate, nadie puede declararse neutral. Hay que ponerse en un bando o en el otro. Todo el mundo tendrá que elegir para quién trabaja y de qué lado combate.

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26.04.22

Los Bárbaros Modernos II

Cuando la filosofía se aparta de Dios, pierde el juicio y deja de ser capaz de distinguir el bien y el mal. La filosofía moderna proclama nuevas éticas sin Dios y acaba justificando la eugenesia, las esterilizaciones, el aborto, el infanticidio, la eutanasia y toda clase de aberraciones. Uno de los gurús de la nueva filosofía, probablemente el filósofo más influyente de los últimos años, es Peter Singer. Les invito a leer un par de entrevistas que aparecen en medios de comunicación españoles:

Peter Singer: “La pandemia ha demostrado que no todas las vidas valen lo mismo”

-¿Cree que sus tesis se están viendo reforzadas?

-Al menos queda demostrado que cuando llega el momento de la verdad y hay que tomar decisiones, la mayor parte de la gente tratará de salvar las vidas de los que pueden sobrevivir más tiempo y en mejores condiciones. En el fondo, si nos sentimos presionados la mayoría echará mano del utilitarismo y no de conceptos relacionados con la santidad de la vida humana. Todo eso está bien cuando no te ves en la tesitura de hacer un juicio definitivo, pero no es verdad que todas las vidas valgan lo mismo. Y no tiene sentido tirar una moneda al aire para decidir si quien vive es el de 40 o el de 80 años.

Singer defiende la necesidad del triaje: del deber de decidir, en caso de necesidad, quién puede seguir viviendo y quién no. No todas las vidas tienen el mismo valor y, desde luego, la vida humana no es sagrada (ahí está la cuestión).

Vegetarios y Veganos, por Peter Singer

XLSemanal. Acláreme, ¿qué diferencia hay entre un vegetariano, un vegano y, lo que usted llama, el omnívoro consciente?

Peter Singer. Un vegano no come ningún producto animal; es decir, ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche ni queso. Un vegetariano no come carne ni pescado. Un omnívoro consciente come todo lo que ha sido producido de un modo humano y sostenible. Pero, claro, ¡dónde ponemos el listón de “humano” y “sostenible”…!

Tampoco está de más leer algún artículo del propio Singer:

El dominio del hombre

Laudato si ha recibido considerable atención de los medios de comunicación, la mayoría centrada en su llamamiento inquebrantable en pro de la adopción de medidas contra el cambio climático. Es apropiado, porque reviste la máxima importancia que el dirigente de 1.200 millones de católicos romanos del mundo haya declarado inequívocamente que los estudios científicos atribuyen “la mayor parte del calentamiento planetario” en los últimos decenios a los gases que provocan el efecto invernadero, “cuyas emisiones se deben principalmente a la actividad humana”.

¿El Dios del sufrimiento?

Vivimos en un mundo creado por un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno? Los cristianos así lo creen. No obstante, todos los días nos enfrentamos a un motivo poderoso para dudarlo: en el mundo hay mucho dolor y sufrimiento. Si Dios es omnisciente, sabe cuánto sufrimiento hay. Si es todopoderoso, podría haber creado un mundo sin tanto dolor, y lo habría hecho si fuera absolutamente bueno.


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