20.05.22

Un Mundo Feliz

Imagínense una raza de seres humanos que se creyeran dioses, seres superiores, élites. Imagínense que esa minoría plutocrática mirase por encima del hombro al resto de la humanidad, a la que considerara inferior y a la que ven como una masa de necios que ni piensan ni quieren pensar; animales que solo quieren satisfacer sus bajas pasiones: comer, beber, tener sexo a mansalva… Son seres humanos que nada bueno aportan, salvo su mano de obra, cada vez más innecesaria, gracias a los avances de la técnica y la robótica. Pero esa gentuza deja una huella de carbono horrorosa: son como una mancha de petróleo que todo lo ensucia. Esa masa consume recursos naturales hasta el punto de amenazar la vida en el planeta. Si fuéramos menos, tocaríamos a más. Y podríamos vivir como dioses.

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14.05.22

No hay derecho

Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

Una persona que no tiene la intención de cambiar su vida y abandonar el pecado público no debe recibir la Sagrada Comunión ni la absolución. No lo digo yo: lo dice Santo Tomás de Aquino, el Doctor Común de la Iglesia.

Y el apóstol San Pablo lo dice con toda claridad en 1 Cor. 11, 27-29:

27. De manera que cualquiera que comiere este pan, o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
28. Por tanto, examínese a sí mismo el hombre, y de esta suerte coma de aquel pan y beba de aquel cáliz.
29. Porque quien lo come, y bebe indignamente, se traga y bebé su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del Cuerpo del Señor.

Como dice el Levítico: «ninguno que tenga mancha ha de acercarse al altar» (21,16). No existe el derecho a comulgar en pecado mortal: comulgar sin estar en gracia de Dios es sacrilegio y blasfemia. Quienes comulgan en pecado mortal «crucifican de nuevo en sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen al escarnio» (He 6,6).

La Eucaristía es el sacramento de la caridad y de la unidad de la Iglesia, como dice San Agustín; y estando el pecador sin caridad y separado, con toda razón, de la unidad de la Iglesia, si se llegase a este sacramento, cometería una falsedad, dando a entender que tiene la caridad que no tiene. Por lo que incurre en sacrilegio como violador del sacramento y, consiguientemente, peca mortalmente.

Algunos objetan que la comunión del Cuerpo de Cristo es una medicina espiritual y que la medicina se da a los enfermos para que se curen, según aquello de Mt 9,12: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y como los enfermos o indispuestos espiritualmente son los pecadores, podrían recibir la comunión sacramental sin culpa quienes viven en pecado mortal. Aducen así que la eucaristía no es el premio de los santos, sino el Pan de los pecadores, induciendo de esta manera al sacrilegio y a la perdición de las almas.

Pero ante este error, contesta Santo Tomás de Aquino:

No todas las medicinas son buenas para todas las enfermedades. Porque una medicina que se da a quienes se han librado de la fiebre para fortalecerles, dañaría a los que tienen fiebre todavía. Pues así, el bautismo y la penitencia son como medicinas purgativas, que se suministran para quitar la fiebre del pecado. Mientras que este sacramento (la santa comunión) es una medicina reconfortante que no debe suministrarse más que a los que se han librado del pecado.

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13.05.22

Ven, Señor, no tardes

8.05.22

La Buena Muerte

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.» (Lc. 10, 27-30)

¿Estamos preparados para morir? Esa es la pregunta. Conozco a muchas personas – muchas buenas personas a las que quiero mucho – que le tienen mucho miedo a la muerte: a la muerte de sus seres queridos y a su propia muerte. La pandemia de los últimos años no ha hecho sino agravar esa angustia y ese miedo a la muerte. Pero por fe sabemos que ni un solo pelo de la cabeza se cae, si Dios no lo permite. Viviremos mientras Dios quiera que vivamos. Y ni un segundo más. Es Dios quien dispone de nuestra vida porque Él es la Vida. 

La mayoría de la gente le tiene mucho apego a la vida en este mundo, seguramente porque piensan que esta vida es la única que tienen y que la muerte supone desaparecer y convertirse en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Los hombres sin Dios se debaten entre el deseo de disfrutar los placeres de este mundo y el miedo a la muerte, que es la gran aguafiestas. No hay dolor más grande que estar vivo, desear disfrutar de la vida y de sus placeres y ser consciente a la vez de que vas a morir. Cuanto más sabes, más dolor, más sufrimiento. «Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor», nos enseñaba ya el Libro del Eclesiastés.

Una de las joyas de la poesía en español es el poema Lo Fatal de Rubén Darío, que expresa maravillosamente ese temor, ese terror, ese espanto que siente el hombre sin Dios ante la desorientación existencial y ante la realidad inexorable de la muerte.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

El hombre moderno no sabe a dónde va ni de dónde viene. Esa es su gran tragedia. Y no lo sabe porque el hombre moderno ha apostatado y ya no cree en Dios. El hombre moderno apóstata quiere ser él mismo su propio dios y se cree que él se ha creado a sí mismo y que puede ser lo que él quiera ser o lo que sienta que es.

El hombre sin Dios se cree autónomo. Cree que él es su propio fin. Ser autónomo significa que se niega a aceptar que solo es una criatura de Dios. No cree que Dios le ha dado la vida, que gobierna su vida por la divina providencia y que su fin último (teleología) es volver a Dios. El impío ya no cree que vivimos porque Dios quiere que vivamos, porque Dios es el Señor y el Dador de Vida. Y si el impío no cree que sea Dios quien le ha dado la vida y quien se la mantiene a cada instante, tampoco cree que nuestro destino es volver a Dios.

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5.05.22

El Honor de la Fe

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua que el «réprobo» es el condenado a las penas eternas; una persona condenada por su heterodoxia religiosa; en último extremo, un malvado; alguien indigno y endiablado. En resumidas cuentas, un réprobo es un hereje, alguien que se empeña en defender doctrinas contrarias al depósito de la fe católica.

Pero conviene que haya herejías, para que se manifieste quiénes son fieles. La Iglesia Católica está hoy plagada de réprobos. Nunca ha habido, creo yo, tantos herejes por metro cuadrado como ahora. Incluso en las más altas instancias de la jerarquía, nos podemos encontrar con impíos que habrían escandalizado con sus heterodoxias a heresiarcas como Lutero o Calvino. Algunos  pueden llegar a comparar a Cristo con Buda, por ejemplo, y rozan pelogrosamente el indiferentismo religioso, aunque los modernistas siempre se mueven en una ambigüedad calculada:

«Aunque de manera diferente, Buda y Jesucristo orientan a sus seguidores hacia valores trascendentes. Las nobles verdades del Buda explican el origen y las causas del sufrimiento y señalan el óctuple camino que conduce al cese del sufrimiento».

No, no. De eso nada. Buda no tiene nobles verdades ni explicación ninguna sobre nada. Cristo es el único camino, la única verdad; Cristo es el Señor y el dador de vida. El budismo y el catolicismo no son dos maneras diferentes para orientar a sus seguidores hacia los “valores” transcendentes. En absoluto. El nirvana budista es la disolución en la nada. El budismo no habla de ningún dios ni ofrece ninguna vida eterna. El budismo y el cristianismo se parecen tanto como un huevo a una castaña. Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna. Todo lo demás son supercherías, doctrinas demoníacas y errores.

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