Cañizares, Zapatero, Rouco, Roma, la Cope y la señora Remedios

Empezaré diciendo que para mí supuso cierta sorpresa la invitación a La Moncloa por parte de Rodríguez Zapatero al cardenal Cañizares, antes de la partida de éste a Roma. Si algún obispo español, y además cardenal, fue especialmente “activo” en su oposición a la ingeniería social zapateril de la legislatura pasada, ese fue el todavía Primado de España. Los que conocen bien al nuevo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos hablan de su cercanía personal a muchos políticos, tanto del PP como del PSOE, lo cual demuestra que no es tan fiero el león como lo pintan, al menos en el cara a cara. Y eso lo sabe también Zapatero, lo que no quita mérito al detalle que ha tenido con aquel que deja España para ir a la Ciudad Eterna. Si alguno piensa que en este caso se aplica aquello de “a enemigo que huye, puente de plata", está equivocado, porque ni hay enemigo ni hay huida, sino simple cambio de destino.

De entre los análisis que se han hecho sobre el encuentro entre el presidente y el cardenal, algunos podrían ser objeto de estudio en el diván de un psicoanalista. Según ciertos medios de comunicación, la visita suponía todas estas cosas:

- Bofetada de Zapatero a Rouco.

- Bofetada de Cañizares a Rouco.

- Aviso de Roma a Rouco.

- Aviso de Roma a Añastro (Conferencia Episcopal).

- Rouco y Cañizares se llevan a matar por culpa de la Cope.

- Rouco pierde poder e influencia en Roma.

- Cañizares está celoso por no alcanzar la presidencia de la CEE.

- Malestar enorme en el Arzobispado de Madrid por la visita.

Todavía no se sabe de nadie que haya dicho que habrá un duelo a tres bandas en OK Corral entre Cañizares, Rouco y Zapatero, pero no lo descarto. La opinión es libre, sin duda, pero confundir la realidad con los deseos personales no es lo más aconsejable a la hora de mantener cierto grado de credibilidad. No seré yo quien diga que monseñor Rouco y monseñor Cañizares estén de acuerdo en todos los detalles de lo que la Iglesia debe de hacer en nuestra tierra, así como en el modo de hacerlo, pero en lo esencial su coincidencia no puede ser mayor. De hecho, los mismos que ahora presentan a Rouco como el bandolero malo con el rostro lleno de cicatrices que no se somete al sheriff del lugar y a Cañizares como una ursulina ecopacifista dialogante y moderada, hace un par de años consideraban al cardenal de Toledo como una especie de tsunami eclesial descontrolado, versión mediterránea.

Detrás de todo está la Cope. Siempre la Cope. Arriba, abajo, a un lado y a otro…. la Cope. A Rouco no le perdonan su condición de máximo defensor de la actual Cope, con Losantos al frente de la Mañana. Tampoco le perdonan que mande tanto hablando tan poco. Rouco ha sido, es y será hasta su retirada, el hombre del Papa en España. Lo fue durante buena parte del papado de Juan Pablo II y lo es durante el papado de Benedicto XVI. Su presencia en el dicasterio donde se eligen a los candidatos al episcopado que son presentados al Papa hace de monseñor Rouco una pieza esencial a la hora de decidir quién es obispo en este país y en qué diócesis. No todos los nombramientos son cosa suya pero no creo que haya ni uno sobre el que no se le consulte. Si a eso se le une que logró volver a la presidencia de la CEE, que el Papa ha concedido a Madrid la próxima JMJ y que se ha demostrado el poder de convocatoria en los dos actos de Colón, pues no queda más remedio que rendirse a la evidencia y aceptar que el “rouquismo” goza de un excelente estado de salud.

A los que añoran tiempos pasados que para ellos fueron mejores, esa realidad les tiene descompuestos. Por eso se agarran a lo que sea, aunque sea algo tan ridículo como usar a Cañizares como ariete para intentar erosionar el poderío del cardenal arzobispo de Madrid. Y éste, que siempre ha ejercido de gallego, responde y responderá siempre con eso que es considerado como el mayor de los desprecios: el no hacer aprecio. Ni confirmará ni desmentirá nada. Simplemente dejará hacer a sus colaboradores más cercanos. Entre ellos, el también odiado Martínez Camino.

Luis Fernando Pérez