Ante el sí a la muerte, demos un sí a la vida.

La democracia, tal y como se desarrolla en Occidente, ha obtenido una de sus más preciadas victorias en Portugal. Tras haberlo intentado infructuosamente hace unos años, este domingo logró que algo más de la mitad de los portugueses que fueron a votar, que eran algo menos de la mitad de los que podían haber votado, depositaran la papeleta del sí para legalizar aún más el asesinato de inocentes en el seno materno.

Bonito sistema ese. Hacen referendums hasta que logran lo que quieren y cuando lo logran, se acabaron los referendums. Esto es como jugar un partido de fútbol en el que uno de los equipos gana el partido en cuanto mete su primer gol, a pesar de que el contrario le haya metido otros antes. Así hasta España podría algún día ganar el mundial. Pero lo que en Portugal se decidía no eran cuestiones deportivas, sino el derecho del ser humano a no ser ejecutado en las primeras semanas de su existencia.

Que en el país donde se encuentra el santuario de Fátima, la tierra haya temblado fuertemente justo el día después de que el sí al aborto ganara, podría ser interpretado por alguno como señal del cielo. Pero no hacen falta ese tipo de señales para saber que el Creador está hoy ciertamente disgustado por lo ocurrido. Porque yo no sé qué es peor: si que haya ganado el sí al aborto o si que a más de la mitad de los portugueses el aborto les importe un pimiento. Ya dice el Apocalipsis que más vale ser frío o caliente, porque los tibios serán vomitados.

El caso es que aunque un 99% de los portugueses hubieran votado a favor, el aborto seguiría siendo una abominación a los ojos de Dios y a los ojos de quienes no han permitido que sus conciencias sean camposantos abandonados, donde ni siquiera hay flores que testimonien el recuerdo de los familiares de los difuntos.

Como de poco vale lamentarse, creo que la Iglesia en Portugal ha reaccionado adecuadamente. Al menos un par de obispos han señalado que la Iglesia, sin dejar de denunciar la maldad del aborto, dedicará ahora todos sus esfuerzos a procurar que las mujeres que quieren abortar por cuestiones socio-económicas, reciban la ayuda necesaria para que no comentan semejante crimen legal. Es muy complicado luchar contra unos medios de comunicación al servicio de la cultura de la muerte, pero no me imagino una batalla más importante para la Iglesia en estos momentos de la historia de la humanidad. Si somos luz, las tinieblas retrocederán. La vida vence a la muerte y es cuestión de tiempo que acabe este holocausto continuo que es el aborto. Y si no acaba, es igual. No podemos dejar de hacer el bien por mucho que el mal parezca triunfar.

Luis Fernando Pérez Bustamante

PD: ¿No sería tiempo de que la Iglesia decidiera excomulgar a los políticos que votan leyes abortivas y no sólo a las mujeres que abortan?