Las lágrimas de Sharona de Denóbula
Lágrimas vienen a mis ojos cuando recuerdo a Denóbula, hija de Ronara, en todo su esplendor. Montañas imponentes hacían de castillos que la protegían de sus enemigos. Sus ríos, bosques y playas enamoraban al extranjero que se aventuraba a visitarla. Durante siglos había sido habitada por un pueblo fiel al Emperador. Pueblo curtido en mil batallas, en diez mil conquistas, en cien mil epopeyas. Sus soldados y sus clérigos fecundaron otras tierras con la garra y el espíritu de sus ancestros.
Hoy Denóbula está postrada, derrotada, vencida. No ha caído ante el enemigo que vino de fuera para conquistarla. No ha sido sometida a la espada del guerrero foráneo. No, ella ha caído por la cobardía de sus príncipes, por la tibieza de su pueblo.
Todo empezó cuando abandonó su fidelidad al Emperador. Ronara vio con impotencia como la más bella y valiente de las hijas del Imperio era entregada en manos de los Siervos del Poder Oscuro. Robaban su alma y asesinaban su espíritu.
El Emperador hizo llamar a los príncipes de Denóbula. Quería saber si podía ser rescatada, si había aún esperanza para ella. No se resistía a perderla. Les preguntó:
- “¿Dónde están vuestros sabios y maestros? ¿Cómo habéis permitido que vuestros hijos olviden vuestra historia? ¿Qué hacíais vosotros mientras el pueblo bebía el veneno del error?”
Uno de los príncipes tuvo una idea:
- “Señor, venga a Denóbula. Su visita puede devolver a nuestro pueblo a la buena senda. Sus palabras traerán la verdad que muchos han olvidado. Su sabiduría iluminará a nuestros jóvenes”.
El Emperador aceptó la invitación, pero advirtió a los príncipes:
- “Sois vosotros quienes gobernáis vuestro pueblo. Son vuestras palabras las que deben anunciar la verdad. Es vuestra sabiduría la que debe impedir que vuestros hijos se pierdan para siempre. Yo sólo puedo ir a confirmar la buena obra que antes hayáis puesto en marcha”.









