InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Archivos para: Septiembre 2008, 24

24.09.08

Zapatero a tus zapatos

No, no me ha dado un ataque de “pacopepitis” que me lleve a escribir varios posts al día. De la Cigoña sólo hay uno y es de todo punto imposible seguir su ritmo de “produción bloggística". Si hoy he escrito tres posts es porque el primero lo tenía ya medio escrito ayer, el segundo me ha salido cual volcán en erupción al ver que lo que decía en el primero se me ponía delante de las narices y el tercero…. me parece inevitable ante la chorrada que ha dicho un científico más listo que Calixto.

Efectivamente, y lo siento si alguien se pensaba por el título que iba a hablar de ZP, en Stephen Hawking tenemos el ejemplo de cómo el orgullo de parte del mundo de la ciencia puede desembocar en pretensiones absurdas y ridículas. Dice este señor, a quien por otra parte hay que reconocer que lleva su enfermedad muy dignamente, que la ciencia ya responde preguntas que eran ámbito de la religión. También dice que las leyes de la ciencia dejan poco lugar para los milagros y para Dios. Acabáramos.

Vamos a ver si a los científicos como Hawking les queda una cosa clara: a Dios no se le puede meter en una probeta ni analizar a la luz de un telescopio. La ciencia puede, como mucho, contemplar la obra de Dios, pero no a Dios mismo. Ciertamente San Pablo dice que la creación da testimonio de Dios, pero es comprensible que el científico de hoy, como el idólatra del pasado, se obceque con lo que tiene delante de sus narices y no sea capaz de ir más allá.

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El cardenal que no quiere ser boxeador

“Así como pinta de boxeador no tiene uno". Esa es la forma en que el cardenal Rouco quiere desmentir ante los medios de comunicación la idea de que es un “duro". Y por si la cosa no queda clara a todos, el presidente de la conferencia episcopal española deja bien clarito que ellos, los obispos españoles, no van a convocar ninguna manifestación contra la nueva ley del aborto. Que si acaso, que la convoquen los seglares. Y que ya se verá entonces lo que pasa.

Bien, la verdad es que algunos ya sabemos desde hace cierto tiempo que a este cardenal no le va el boxeo. Cuando los curas de Entrevías le montaron un pollo mediático de dimensiones considerables, monseñor Rouco tiró la toalla, a pesar de que lo que estaba en juego era un constante abuso litúrgico con uso indebido de las especies eucarísticas. Es posible que algún iluso crea que aquello quedó en tablas, o que algún paniaguado oficialista nos quiera seguir vendiendo esa burra, pero también hay gente que piensa que se puede tapar el sol con un dedo o que Rajoy es el paradigma del liderazgo carismático político. Y si un cardenal, preocupado por dar una posible imagen de intolerante en los medios de comunicación, no es capaz siquiera de defender hasta el fin lo más sagrado de la fe, como es la Eucaristía, ¿de verdad alguien piensa que va a jugarse el tipo tirándose al degüello contra la cultura de la muerte?

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Cada uno hace lo que le parece bien

Cada vez que me adentro en la lectura de la Sagrada Escritura, no puedo evitar el constatar los paralelismos entre el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento y el mismo pueblo en nuestra época. Por ejemplo, el libro de Jueces acaba con el siguiente versículo: Por aquel tiempo no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien (Jue 21,25). Son tal la cantidad de católicos que creen y hacen lo que les parece bien, independientemente de lo que la Escritura y la Iglesia digan acerca del bien y del mal, que cabe preguntarse si el “sensus fidelium” no ha pasado a ser una bonita teoría que amenaza convertirse en una utopía. Recordemos lo que al respecto dijo el Concilio Vaticano II:

El Pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf. Heb., 13, 15). La universalidad de los fieles que tiene la unción del que es Santo (cf. 1 Jn., 2, 20 y 27) no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles seglares” manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del sagrado magisterio, al que sigue fielmente, recibe, no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Tes., 2, 13), se adhiere indefectiblemente a la fe confiada una vez a los santos (cf. Jud., 3), penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
(Lumen Gentium 12)

¡Qué bonito! ¡Qué bien aguanta todo el papel! ¡Qué Iglesia de grandes documentos tenemos! ¡Pero qué realidad más apartada de todo eso vivimos, al menos en España! No seré yo quien niegue que en este país todavía queda una rebaño pequeño de fieles, “manada pequeña” en palabras de Cristo, a quienes se puede aplicar ese texto del concilio. Pero la inmensa mayoría de los bautizados va literalmente a su bola. O pasan de la fe o se la hacen a la medida de su mal formada conciencia, con más habilidad que el mejor de los sastres haciendo trajes. Van por libre en la moral y la doctrina. Creen lo que les parece bien y se comportan como si sobre sus vidas no hubiera autoridad espiritual alguna. Incluso muchos, probablemente la mayoría, de los que todavía practican la fe, si es que el mero hecho de ir a misa dominical ya puede considerarse como práctica de la fe, no pasarían un test elemental sobre el Catecismo o su Compendio.

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