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22.02.07

Kasper empieza constatar que lo que no puede ser, no puede ser.... y además es imposible.

Estos días se está celebrando en Barcelona un Encuentro Ecuménico preparatorio de la que será la III Asamblea Ecuménica Europea, que tendrá lugar en Rumanía el próximo mes de septiembre. En dicho encuentro ha participado el Cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio que se encarga del ecumenismo.

El cardenal alemán ha hecho un repaso a la situación del ecumenismo. Afirma que se han producido "acercamientos sustanciales en varias materias" e incluso algún "consenso". Pero al mismo tiempo reconoce que el diálogo se ha encallado, aduciendo como razón para ello que "tras haber superado muchos malentendidos y haber conseguido un consenso fundamental" ahora "hemos llegado al núcleo duro de nuestras diferencias eclesiológicas". Por ello, Monseñor Kasper apuesta por andar el camino del "ecumenismo espiritual, corazón del movimiento ecuménico", no tanto centrado en los diálogos teológicos como en "oración ecuménica común, conversión personal y reforma institucional, penitencia y esfuerzo por la santificación personal".

En otras palabras: como no nos vamos a poner de acuerdo en multitud de dogmas y doctrinas, vamos a ver si oramos más en común, si somos todos más buenos, más santos y más guapos. Pues vale, perfecto.

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Mensaje del Papa en el Miércoles de Ceniza

Queridos hermanos y hermnas:

El Miércoles de Ceniza que hoy celebramos, es para nosotros, cristianos, un día particular, caracterizado por el intenso espíritu de recogimiento y reflexión. Emprendemos, de hecho, el camino de la Cuaresma, tiempo de escucha de la Palabra de Dios, de oración y de penitencia. Son cuarenta días en los que la liturgia nos ayudará a revivir las fases destacadas del misterio de la salvación.

Como sabemos, el hombre ha sido creado para ser amigo de Dios, pero el pecado de los primeros padres quebró esta relación de confianza y de amor y, como consecuencia, la humanidad es incapaz de realizar su vocación originaria.

Gracias, sin embargo, al sacrificio redentor de Cristo, hemos sido rescatados por el poder del mal: Cristo, de hecho, escribe el apóstol Juan, ha sido víctima de expiación por nuestros pecados (Cf. 1 Juan 2, 2); y san Pedro añade: Él ha muerto una vez para siempre por los pecados (Cf. 1 Pedro 3,18).

Al morir con Cristo al pecado, el bautizado también renace a una vida nueva y es restablecido gratuitamente en su dignidad de hijo de Dios. Por este motivo, en la primitiva comunidad cristiana, el Bautismo era considerado como la «primera resurrección» (Cf. Apocalipsis 20,5; Romanos 6,1-11; Juan 5,25-28).

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