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4.02.07

Febrerillo loco, por Monseñor Sanz Montes

Una de las cosas que más se agradece de mi obispo es lo bien que se le entiende. Y otra, que no hay tema alguno sobre el que tenga el mayor problema en dar su opinión.

Esta es su carta de esta semana.

Febrerillo loco

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Así dice, precisamente, nuestra sabiduría popular. Llega este mes que de pronto anda dudoso entre el invierno que remolón va quedando atrás poco a poco, y la primavera que discreta quiere empezar a apuntar maneras. Y vienen los días de sol paseado y los de niebla con frío de pelar. Febrero loquillo que nos desconcierta si no acertamos a mantener firme el timón del tiempo entre el aquí y el ahora, el antes y el después de un poco más.

Puede sucedernos que asomados a la realidad social y política de estos días, acaso reconozcamos esta extraña inestabilidad de la que nos habla el febrerillo loco. Y a diferencia de lo que sucede en la célebre otra teatral de los hermanos Álvarez Quintero, que se titula así justamente "Febrerillo loco" (1919), no sólo no se cambia la rutina de la vida mediocre de sus personajes, sino que nos podemos sumir perplejos en lo espeso de estos días, llegándonos a habituar a lo que no por repetido cada día deja de estar de más.

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Lo dejaron todo. Lo ganaron todo.

Lucas 5,11
Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.

La historia de la salvación no sería la misma sin todos esos hombres y mujeres que han respondido al llamado del Señor de forma radical. La Escritura no nos dice gran cosa al respecto, pero es de suponer que no fue fácil para los apóstoles convencer a sus familias y a sus amistades más cercanas, de que lo que estaban haciendo era sensato. Tampoco hoy es fácil para un joven dar un sí rotundo a Cristo y dejar todo lo que el mundo ofrece, para servir al Señor las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año. No pocas veces la entrega total a Dios supone un enfrentamiento con una familia que no entiende, unos amigos que piensan que no tiene sentido lo que se hace, una sociedad que ha caído en el engaño de ridiculizar a todo aquel que no se abandona a la corriente de este mundo.

Y sin embargo, cuánto ganaron, y cuánto se sigue ganando hoy, dejándolo todo para seguir a Cristo, pues Cristo mismo es la recompensa a dicha renuncia. Servir a Dios en vida, a pesar de todas las renuncias y la cruz que se debe llevar a cuestas, es vivir anticipadamente las bendiciones que reciben en el cielo los que mueren en gracia de Dios.

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