Caso McCarrick, ¿quién se cree qué?

El 11 de febrero de 2019, la Congregación para la Doctrina de la Fe impuso la pena de dimisión del estado clerical al ex-cardenal Theodore McCarrick. Cinco días después la sentencia se hizo pública. No cabe recurso del condenado. Sus delitos son «insinuaciones en la confesión y violación del Sexto Mandamiento del Decálogo con menores y adultos, con el agravante de abuso de poder».

El señor McCarrick tiene 88 años, lo cual hace pensar que no le queda mucho tiempo antes de presentarse ante el Señor para rendir cuentas. Según la fe católica, si se arrepiente verdaderamente y se confiesa de sus pecados, podrá salvarse. Es más, si cumple los requisitos requeridos, puede alcanzar la indulgencia plenaria, que supone la remisión de la pena temporal por sus pecados.

Eso me lleva a hacer las primeras preguntas: Si D. Theodore McCarrick, además de confesarse con cualquier sacerdote, hace una confesión pública de sus pecados y pide perdón por ellos, ¿qué razón habría para mantenerle la pena? ¿acaso no se perdona y se hace regresar a la comunión eclesial a los herejes y cismáticos que se arrepienten de sus errores? 

Dicho eso, vamos a ser claros. ¿Alguien puede creerse de verdad que las andanzas de McCarrick no eran conocidas desde hace mucho tiempo tanto en la Iglesia en Estados Unidos como en Roma? O sea, como planteó Shawn McKnight, obispo de Jefferson City (Missouri, EE.UU), en agosto del año pasado:

¿Cómo pudo un hermano obispo faltar el respeto con tal insensibilidad a la dignidad de jóvenes, seminaristas y sacerdotes durante décadas sin que nadie le pusiera en su sitio? Es inexplicable para mí.

Esa pregunta nos la hacemos muchos sin necesidad de leer las famosas cartas de Mons. Viganò, ex-Nuncio en los EE.UU. De hecho, sabemos que a Roma llegaron denuncias sobre MCarrick antes (año 2000) de que el papa Juan Pablo II le creara cardenal (año 2001). Aun más, el cardenal Cacciavillan reconoció que ya en el año 1994 había oído sobre las inmoralidades del sujeto. El P. Boniface Ramsey aseguró que todo el mundo sabía lo que pasaba. Por tanto, nadie puede alegar que no se sabía lo que hacía el ex-cardenal. Es más, así lo aseguró Mons. Steven Lopes, obispo del ordinariato anglocatólico en EE.UU, a finales del pasado mes de agosto:

“Le diré cuál creo que no es una respuesta suficientemente buena. Se trata del desfile de cardenales y obispos que han corrido hacia las cámaras de televisión y mientras sujetan sus cruces pectorales dicen “No sabía nada". No lo creo, y soy uno de ellos. No lo creo".

Y no parece que convenza a muchos el argumento del cardenal Maradiaga, quien aseguró que las inmoralidades de McCarrick eran un asunto privado.

En relación al testimonio de Mons. Viganò mucho se ha escrito y poco más se puede añadir. El ex-nuncio de EE.UU asegura que informó al papa Francisco del comportamiento de McCarrick. Y, a día de hoy, la única respuesta del Pontífice al respecto ha sido “no diré una sola palabra”

Entonces, si todo el mundo, Roma incluida, sabía lo de McCarrick, si era vox populi que el ex-cardenal había sido un depredador sexual durante décadas, ¿a qué viene ahora esta sanción, cuando ya es un anciano más cerca de la muerte que de volver a repetir su comportamiento indigno? ¿qué se busca con esta medida? ¿castigar a McCarrick o intentar lavar la imagen de quienes sabían lo que era y lo que hacía y no hicieron nada al respecto?

Resulta patético leer a algunos asegurar que este castigo al ex-purpurado demuestra, esta vez sí, la tolerancia cero hacia los abusos. Más bien demuestra que se ha querido dar un golpe de efecto mediático antes de la reunión de esta semana en Roma entre el Papa y los presidentes de las conferencias episcopales, para tratar precisamente el asunto de los abusos.

Es más, me pregunto: ¿en serio hace falta reunirse para saber lo que hay que hacer con curas y obispos que abusan de menores? ¿de verdad que es necesario explicarle a un obispo que no puede ser cómplice de un abusador? ¿acaso hay que pasar largas horas debatiendo sobre lo que debe hacer la Santa Sede cuando le llegan denuncias creíbles sobre un obispo o cardenal?

Me pregunto más cosas: el hecho de que durante décadas, durante diferentes pontificados, la cuestión de los abusos haya sido gestionada de forma nefasta por las autoridades de la Iglesia, ¿se soluciona reventando el derecho a la presunción de inocencia de cualquier sacerdote u obispo al que se le acuse a partir de ahora? ¿vamos a pasar de trasladar de parroquia en parroquia a curas abusadores a destrozar la vida de posibles inocentes?

Y por último, siendo que entre el 75 y el 80 por ciento de las víctimas son de sexo masculino, ¿cabe en cabeza humana que no se reconozca que hay un serio problema con la homosexualidad dentro de la Iglesia? ¿de verdad piensan que los fieles van a aceptar que el clericalismo es la causa fundamental de los abusos?

Miren, todo esto se solucionaría haciendo caso a san Pablo:

Os escribí en mi carta que no os mezclaseis con los fornicarios. Pero no me refería, ciertamente, a los fornicarios de este mundo, o a los avaros o a los ladrones, o a los idólatras, pues entonces tendríais que salir de este mundo. Lo que os escribí es que no os mezclaseis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, avaro, idólatra, injurioso, borracho o ladrón. Con éstos, ni comer siquiera.
1 ª Cor 5,9-11

Pusieron a nuestros hijos, a nuestros jóvenes en manos de fornicarios, sodomitas, pervertidos. Sabiendo que lo eran. Primero encubrieron a los abusadores. Luego han encubierto, y encubren, a los que encubrieron. No pretendan ahora lavar su imagen sancionando a un anciano decrépito del que conocían hace décadas lo que era. No cuela. No basta. No nos lo creemos. 

Luis Fernando Pérez Bustamante

PD: En cuanto al anunciado libro “Sodoma” del homosexual Frédéric Martel, que se va a poner a la venta este viernes, no me interesa lo más mínimo. Por lo que han ido adelantando varios medios es un conjunto de verdades, medias verdades, rumores y mentiras. Puro morbo. No me hace falta leer ese libro para saber que se ha consentido la homosexualidad entre el clero, el episcopado y en la propia Roma.