La gran batalla por el alma de la Iglesia de Cristo

En el proceso de mi regreso a la Iglesia Católica, uno de los primeros pasos, esencial, fue entender la inviabilidad del protestantismo. Inviabilidad que venía dada por el lema Sola Scriptura -ausente en la propia Biblia- acompañado del axioma del «libre examen», según el cual, todos y cada uno de los cristianos pueden interpretar la Biblia según le dicte su conciencia. Eso es fuente de todo tipo de heterodoxias habidas y por haber.

El estudio de la historia de la Iglesia me abrió completamente los ojos a otra gran verdad: no hay nada en los primeros siglos de la historia de la Iglesia que se parezca al protestantismo… salvo la proliferación de herejías de todo tipo.

Quedaban, por tanto, dos opciones: iglesias ortodoxas, Iglesia Católica. No había más. Y entonces, no sin cierta dificultad, entendí que el ministerio petrino, instituido por Cristo, solo se encontraba en el seno del catolicismo. Podía dudar de si se había desarrollado excesivamente, pero estar, estaba. Entre los ortodoxos no. El beato Newman me ayudó a entender que ese desarrollo entraba dentro de los parámetros del resto de desarrollo doctrinal en el seno de la Iglesia fundada por Cristo.

Una vez dentro de la Iglesia tuve la oportunidad de comprobar el estado en que se encontraba el catolicismo post-conciliar. Vi que el virus del protestantismo había arraigado profundamente. El libre examen de la «Reforma» protestante corría a sus anchas por los pasillos, habitaciones, comedores y patios de la «Casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (1ª Tim 3,15). Ese virus era especialmente virulento en todo lo que tenía que ver con la exégesis bíblica, la predicación homilética, la creciente debilidad de la vida sacramental y la imparable secularización de la vida consagrada. El protestantismo liberal se encamó con el modernismo católico para dar a luz una criatura bastarda que ha permanecido activa pero «sujeta», siquiera en la teoría, precisamente por el ministerio petrino.

Esa sujeción, a día de hoy, ha desaparecido prácticamente por completo. La situación actual es el culmen de un proceso de intento de protestantización de la Iglesia Católica que amenaza con arrasar el catolicismo. Las señales son tan visibles que solo los ignorantes o los cómplices pueden negarlas.

Queda la esperanza firme e irrevocable de la promesa de Cristo: «Las puertas del Hades no prevalecerán» (Mat 16,18). Pero lo que nuestros ojos contemplan en este momento de la historia es ni más ni menos que la gran batalla por el alma de la Iglesia de Cristo. Si es o no la batalla final antes de la gran apostasía que precede a la Parousía, solo lo sabe Dios. Mientras tanto, recordemos el mensaje final del último libro de las Escrituras:

Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo está cerca. Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga santificándose. Mira, yo vengo pronto y traeré mi recompensa conmigo para dar a cada uno según sus obras.
Ap 22,10-12

Cuéntanos Señor, entre tus elegidos.

Cristo, vuelve pronto.

Luis Fernando Pèrez Bustamante

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Post Data: Copio acá una versión adaptada al blog de lo que he escrito a mis seguidores y contactos en las rede sociales. Lo pondré a partir de ahora como post data a mis posts.

Petición clara y nítida a la totalidad de los que me leen:

No sé si sois pocos, bastantes, muchos, minoría o mayoría, los que creéis, como un sacerdote argentino del Opus Dei me ha dicho públicamente, que yo soy un cismático por estar de acuerdo con los cuatro cardenales que han planteado las dubia al papa Francisco por el nefasto capítulo VIII de Amoris Laetitia. O que soy poco menos que un hereje por creer que AL se contradice con el magisterio católico previo.

No sé si sois muchos o pocos los que creéis que mis valoraciones sobre la situación de la Iglesia y mi actitud ante quien ocupa en estos momentos la Silla de Pedro es incompatible con la fe católica o con la manera en que entendéis la fe católica. No tengo intención de debatir con nadie sobre ese punto. Cada cual que piense lo que le parezca oportuno.

Pero a todos los que creáis eso, especialmente si creéis que lo que escribo causa daño a vuestra fe, os ruego una cosa. Dejad de leer este blog. Y si lo leéis, no os molestéis en comentar. Os haréis un favor a vosotros mismos y me lo haréis a mí.