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11.07.19

(369) Problemas de la escisión personalista de individuo y persona. Guardini

La división del sujeto humano en individuo y persona, establecida por Jacques Maritain, como distinción fundante del personalismo, es desarrollada por Romano Guardini en términos de individualismo antropológico o existencialismo individualista. Creemos que Guardini quería evitar este individualismo, pero en nuestra opinión no lo consigue.

La propuesta guardiniana parece ubicarse confusamente en el ámbito del existencialismo (recordemos que la Humani generis,n.3, lamenta del existencialismo que «rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares». 

No es que Guardini rechace explícitamente las esencias inmutables, sino que las considera conceptos cosistas inaplicables al concepto de persona. No dudamos de sus intenciones intelectuales piadosas, sino del sistema intelectual que elige (el heideggeriano), que nos parece inadecuado.

Las categorías existencialistas, procedentes del nominalismo, son un inconveniente para el pensamiento católico actual. La razón es que, al ser dependientes del pensamiento moderno, contienen los mismos gérmenes de subjetivismo y anti-metafisicismo.

Los presupuestos teóricos de Guardini, que son los de la escuela personalista, aunque lo pretendan, no superan la órbita conceptual del existencialismo. Por ello, nos parecen inadecuados para elaborar un discurso católico que sirva para sanear la mente occidental, y liberarla del positivismo de género. Porque aunque evidentemente rechace sus conclusiones, parece partir de algunas de sus premisas, como el rechazo de la metafísica y la sobrevaloración de la subjetividad.

Para comprobarlo, citaré sólo algunos pasajes, a modo de ejemplo, de Cristianismo y sociedad, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1982.

 

Primero, su concepto de lo personal, si se extrema, puede servir para justificar el error situacionista, a la manera de Amoris laetitia:

«Ser persona significa autoposeerse en el plano de lo cualitativo: yo soy éste; soy sólo éste. No puedo ser imitado, no se me puede convertir en un “caso”»[1]

Para Guardini, la persona, mediante la autoposesión, se autoconvierte en un mundo espiritual autónomo que está más allá del orden de la naturaleza:

«La persona es, además, autoposesión en la conciencia, en la libertad y en la acción. El conocer, el decidir y el obrar no son todavía de por sí persona: ésta sólo aparece cuando, al conocer, al decidir y al obrar, soy dueño de mí. Mediante esto la persona se funda y se afirma como mundo propio, como mundo espiritual y referido al espíritu, que escapa al contexto de la naturaleza»[2]

(Esto puede confundir, porque, un feto, que ni se autoposee en libertad ni en acción ni en conciencia, ni es dueño de sí ¿no sería entonces persona?)

 

De nuevo, lo personal no es reductible a caso:

«Puedo contar abejas porque éstas son “ejemplares de la especie”. Los numero como casos de realización de la especie. Pero, por su esencia, la persona no es un caso, no es una realización de la especie, sino que es una unicidad. Así pues, si quiero realmente “contar”, tengo que prescindir de la persona»[3]

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6.07.19

(367) La Iglesia en el Maelstrom, I: contracorriente

1.- Ferendo vincam, sufriendo venceré.— El lema de Don Juan de Borja, tan clarividente, tiene sustancia. La pictura es elocuente: una roca que enfrenta la corriente y la resiste, sufriendo la potencia de sus olas. Tal es la situación de muchos católicos hoy día.

La solidez le viene a la roca de su densidad; para el cristiano, de la gracia, de la doctrina de siempre, de la ascética y la mística tradicionales.

La roca resiste la pujanza del Maelstrom, pero no por sí sola. La imaginamos con raíces, cual árbol pétreo, calando hasta lo profundo, cual causa segunda consciente de su papel, que es depender por completo de su Causa Primera. 

Ferendo vincam. Nos toca enfrentar la corriente, para no estar a su merced.

 

2.- Del acto principal.— De los dos actos que componen la virtud de la fortaleza, atacar y resistir, el principal y más difícil es resistir. Porque, contra lo que comúnmente se cree, «es más penoso y heroico resistir a un enemigo que por el hecho mismo de atacar se considera más fuerte y poderoso que nosotros» (Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, §325).

Resistir o soportar la muerte antes que abandonar el bien, de hecho, es el acto principal de la fortaleza (Cf. Santo Tomás, II, II, 124).

Nos interesa el aguante de la roca, que quiere prevalecer, permanecer en sí misma contra las fuerzas disolventes. Nos interesa la virtud del escollo que enfrenta al mundo, para que el mundo moderno tropiece contra su propio mal, que es su subjetivismo, su vértigo de muerte. Nos interesa, pues, no un principio de bienestar, sino de contradicción. No lo obtendremos de las fuerzas solas, sino del orden sobrenatural.

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4.07.19

(366) Confusión entre el orden natural y el sobrenatural

«No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural.» (SAN PIO X, Pascendi, n. 8, 8 de septiembre de 1907)

«Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica.» (PÍO XII, Humani generis, n. 20, 12 de agosto de 1950)

 

Es bueno tener claro algunos principios fundamentales sobre el orden natural y el sobrenatural, para no confundirlos ni amalgamarlos.

Recordemos que la confusión viene, sobre todo, debido a la filosofía de la acción que Blondel y de Lubac difundieron en el pensamiento católico.

Recordemos algunas nociones básicas al respecto.

* * *

El ser humano fue creado elevado gratuitamente al orden sobrenatural. El hombre es creado en gratuita elevación.

La vida sobrenatural no es efecto necesario exigido por la creación del hombre.

La naturaleza humana plenamente constituida en su propio orden no demanda lo sobrenatural como constitutivo debido.

El ser humano tiene, gratuitamente, un fin sobrenatural, porque ha sido creado gratuitamente elevado al orden sobrenatural.

El ser humano pudo haber sido creado sin haber sido elevado.

Lo natural está caído de lo sobrenatural y necesita justificarse de esa caída. Esta justificación es sacramental.

A lo natural le resulta absolutamente imposible acceder naturalmente a lo sobrenatural.

Lo natural no da lo sobrenatural.

No debe confundirse transcendencia con sobrenaturalidad. Hay un conocimiento natural de Dios y otro sobrenatural. Un fin propio de la naturaleza y un fin efectivo que no deben confundirse.

 
Con el pecado mortal el hombre pierde la gracia santificante y no hay realidad natural que pueda devolvérsela.

El sacramento del matrimonio no proporciona la gracia santificante, si ésta se ha perdido por el pecado mortal.

La gracia santificante se recibe por el bautismo y se recupera por la confesión, que es como un bautismo trabajoso.

Los principios fundamentales de la relación entre lo natural y lo sobrenatural son válidos también en el orden del amor conyugal.

El deseo de lo sobrenatural no expresa el fondo de la naturaleza humana en sí misma. Dios pudo haber creado la naturaleza humana sin haberla elevado, y eso no la haría menos naturaleza ni le quitaría nada propio que le sea debido.

El personalismo identifica lo natural con lo estático y cosificado y lo sobrenatural con lo dinámico y personal. Para remediarlo, postula lo sobrenatural como componente de lo natural. Las realidades  naturales, bajo esta perspectiva, son sobrevaloradas como sobrenaturales para ser valoradas como auténticas. Lo correcto es considerar que lo natural está caído y lo sobrenatural perdido. Y son necesarios los sacramentos para sanar la naturaleza herida y obtener el organismo sobrenatural.
 

De Lubac naturaliza lo sobrenatural al pretender que la naturaleza esté ordenada naturalmente a lo sobrenatural. Si esto es así, entonces lo sobrenatural es en realidad lo natural transcendente. Con lo cual se incurre en naturalismo y en negación de lo sobrenatural.

 

1.07.19

(365) Desenfoque del concepto de Revelación

—Definición de Revelación divina

La Revelación es «la manifestación que Dios hace a los hombres en forma extraordinaria de algunas verdades religiosas, imponiéndoles la obligación de creerlas»[1].

Se dice en forma extraordinaria para diferenciarla del conocimiento natural, que es la forma ordinaria de conocimiento.

Nos referimos a la Revelación pública, es decir, aquella que Dios realiza para provecho de todos los hombres, porque quiere «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»[2]

 

—Término de la Revelación

La Revelación pública terminó con los apóstoles. Se cerró, no caben más verdades en el Depósito que las contiene, y que custodia la Iglesia. Fue llenado con la muerte del último apóstol.

Cabe aumentar la comprensión y la explicitación (sacar afuera, explicar mejor) pero no cabe añadir supuestas nuevas verdades, tampoco las supuestamente procedentes de otras religiones o fenómenos religiosos. En este sentido no podemos hablar de un depósito vivo, si con vivo queremos decir o insinuar que está abierto.

 

—Tipos de verdades reveladas y su necesidad

1. Verdades imposibles de conocer con la razón natural, por pertenecer al orden sobrenatural.[3]

2. Verdades posibles de conocer con la razón natural.[4]

Respecto al primer tipo de verdades, la Revelación es absolutamente necesaria: «puesto que nos elevó al orden sobrenatural, era indispensable que nos manifestase ese orden»[5]

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7.06.19

(361) Amoris laetitia y la ética individual de Karl Rahner

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano.» (Amoris laetitia, 304)

 

En su obra Peligros en el catolicismo, Karl Rahner dedica un capítulo al tema El individuo en la Iglesia, donde afirma:

«existe un ámbito de lo individual-moral y religioso, un ámbito de obligaciones y deberes morales y religiosos que, sin poder contradecir a las leyes universales de lo moral, sobrepasan, sin embargo, decisivamente ese ámbito, no pudiendo ser ya afectados por normas formulables de manera universal» (Karl RAHNER, Peligros en el catolicismo, Cristiandad, Madrid, 1964, pág. 34)

 
Rahner defiende la existencia de un individualismo ético que aunque no niega la ley universal:

«Ciertamente, no puede ni debe haber ninguna ética individual en la que el individuo y su derecho contradigan a las normas universales de la moralidad» (Idem.).

Sin embargo es

«una moral individual que afecta al individuo, imponiéndole deberes, como ética suya irrepetible, y que  no puede ser considerada como un simple caso, como una mera aplicación individual de una ley universal, colocada bajo las normas universales de la moralidad» (Idem.).

Rahner propugna que existe una ética individual privada inaccesible a la ley moral universal y aún así querida por Dios sólo para un individuo en concreto:

«se encuentra  inequívocamente sometida a la voluntad santa de Dios, que impone obligaciones morales; sometida a aquella voluntad que, desde luego, quiere justamente la singularidad irreemplazable y única del hombre individual» (Ibid., pág. 35)

 

Rahner opina que esta ética singular es un proyecto personal:

«Esta singularidad no es sólo un hecho, sino también tarea que el hombre tiene que realizar libremente» (Idem)

Este proyecto ético único e irrepetible inaccesible a la ley moral es vislumbrado por la conciencia:

«por un órgano en el hombre que percibe esta moralidad individual como norma obligatoria. Si llamamos conciencia a este órgano, debemos distinguir dos funciones de la conciencia: la función que transmite al saber subjetivo del hombre las norma universales de la ética y la teología moral, aplicándolas a su “caso", y la función por medio de la cual el individuo escucha la llamada siempre única de Dios, llamada que se dirige sólo a él y que no puede deducirse jamás completamente de normas generales» (Idem.)

 

Obsérvese que Rahner habla de la ley moral como de “normas generales", al igual que Amoris laetitia, en clave convencionalista, como si se tratara en realidad de leyes meramente penales. Esto lo tratamos en este artículo. La idea de oponer la ética general a la ética particular, y proponer, para primar el ethos individual, una suspensión teleológica de lo general, viene del existencialismo de Kierkegaard, en Temor y temblor. Pero este tema ya lo hemos tratado en artículos anteriores.

 

Rahner opina, además, que debe de haber un arte o técnica apropiado para valorar esta ética individual única e irrepetible, un arte que sea distinto por completo de la teología moral que prescribe normas universales.

Este arte es el discernimiento. Que según Rahner ha sido tradicionalmente mal entendido, porque

«se le reducía expresamente o de manera tácitamente natural, a la facilidad de aplicar casuísticamente las normas teóricas al “caso” particular"» (Ibid., pág. 36)

Para Rahner, sin embargo, el discernimiento se dirige «al individuo único en cuanto tal» (Idem.)

 

Como puede comprobarse, la teología de Karl Rahner está muy presente en Amoris laetitia, desarrollada y aplicada al tema de los divorciados en nueva unión y los actos intrínsecamente malos, y llevada al extremo, con grave daño para los fieles. No es una teología exclusiva de Rahner, sino que representa la mentalidad e idiosincrasia personalista.

En numeros artículos de este blog hemos demostrado la vinculación de la teología de Amoris laetitia con la escuela personalista y la Nueva Teología, y el existencialismo o individualismo ético, que condena la Humani generis «porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares.». El mismo Pío XII, en su Discurso sobre los errores de la moral de situación, de 1952, califica de existencialismo ético y de individualismo ético la Nueva Moral. 

 

El Pontífice insiste en que, aunque esa nueva moral  «no niega, sin más, los conceptos y los principios morales generales», sin embargo «los desplaza del centro al último confín».  Que en eso, precisamente, radica el individualismo existencialista, en poder situarse fuera del alcance de la ley moral universal para autodeterminarse.

Plantear la existencia de una moral individual donde la ley moral universal no tiene cobertura ni aplicación es una grave irresponsabilidad, que puede ser utilizada para el mal. Es lo que la philosophia perennis, tradicionalmente, denomina libertad negativa, y es la esencia de la Era de Subjetivismo, es decir, de la Modernidad. 

 

David Glez. Alonso Gracián