Acerca de la fuerza de las ideas en la historia

1.- La fuerza de las ideas en Los demonios de Dostoyevski:

Fiódor Dostoyevski (1821-1881), fue uno de los principales escritores rusos del siglo XIX, cuya creación literaria explora la profundidad de la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de su tiempo.

Una de sus obras de mayor madurez, «Los demonios» o «Los endemoniados» (según se traduzca), desarrolla los acontecimientos ocurridos en una apacible ciudad de provincia rusa, cuyos habitantes, como poseídos por un espíritu maligno, caen de forma «aparentemente incomprensible» —para quien no comprenda la fuerza de las ideas…— en la autodestrucción: muerte, locura o suicidio.

El libro comienza con el pasaje del Evangelio de San Lucas, donde después de que Nuestro Señor realiza el exorcismo de un hombre poseso, los demonios solicitan su permiso (se ve cómo el demonio está sujeto y humillado bajo el poder divino) para entrar en una piara de cerdos, la cual no tarda en lanzarse a un acantilado y morir (cf. Lc 8, 33).

Dostoyevski, desvelando la fuerza destructora de las ideologías de su tiempo, ha «vislumbrado» lo que sería la revolución bolchevique más de 40 años antes. Por eso su obra tiene un carácter profético. Sus libros, y muy especialmente éste del cual hablamos, manifiestan cómo las «ideas» que asumimos nos dirigen, gobiernan nuestras acciones y se propagan al modo de una epidemia. Él mismo decía a este respecto:

«En nuestro país las ideas caen sobre los hombres como piedras enormes, aplastándolos a medias; (ellos) se debaten bajo su peso, pero son incapaces de liberarse. Unos aceptan vivir incluso aplastados, otros no se contentan y se matan».

Entre las ideas que «preocupan» a Dostoyevski —de manera especial por su alto nivel de contagio en las jóvenes generaciones de su época— destaca el «nihilismo», cuyo desenvolvimiento natural empuja ¡a la demencia, al suicidio y a la destrucción universal!

Es notable la vinculación que él establece entre dichas ideas con los principios del liberalismo ilustrado occidentalista, el cual penetró en la burguesía rusa hasta el punto de que en las mismas reuniones sociales, el idioma francés era tenido por un excelente indicio de buena educación (también en Chile el francés se hablaba en los salones de la alta burguesía y aristocracia (cf. La novela Martín Rivas)). En Los Demonios, no son ellos, los de la generación de 1840, los que llevan dichas ideas hasta sus últimas consecuencias: son sus hijos, para espanto y horror de sus mismos padres. Como decía Donoso Cortés: “Abonáis los principios y abomináis las consecuencias". Esto ha sido siempre así, etiam Ecclesia.

Para Dostoyevski, un nihilista es una persona que no se doblega ante ninguna autoridad, y que cree que la civilización, antes de reformarse, debe ser destruida hasta sus últimos cimientos. Es enemigo no solo del orden burgués sino de todo el mundo civilizado, con sus leyes, tradiciones, moral y costumbres. Como consecuencia de la aceptación de la máxima «Dios ha muerto», el nihilismo, movido por el vacío existencial, es la antesala del terrorismo, capaz de despertar los impulsos más violentos del ser humano. Es la «anomía» (a=sin; nomos= ley) llevado a su más temible desarrollo.

En el centro de la novela se encuentra un personaje inolvidable para el lector: Stavroguin, figura oscura y enigmática, cuya deslumbrante belleza y distinción contrasta con su maldad fría, tranquila, racional, y por lo mismo, la más repulsiva y peligrosa que puede existir. Suave, modesto, refinadamente orgulloso y brutalmente cruel, es el destinatario de la adoración del resto de los personajes que caen subyugados a su magnetismo… En ellos, Stavroguin —para huir del terrible hastío vital que lo sume en un aburrimiento continuo—, inocula las perversas ideas que él mismo no llega sino a mirar con desprecio e incredulidad, pero que en sus «hijos espirituales» se transformará en ¡un fuego y una obsesión!, desembocando en la destrucción de sus vidas, la muerte o la locura… El ateísmo filosófico racionalista en Kirillov, el nacionalismo mesiánico en Shatov, el nihilismo revolucionario en Verjovenski: ideas al parecer incompatibles entre sí pero remontadas a un único origen, perverso y diabólico.

Para animar al lector que no ha penetrado en esta gran obra del escritor ruso, podríamos concluir esta parte del post con un último comentario de tipo teológico, pero relacionado con lo anterior:

El combate que San Miguel Arcángel libró contra Satanás para «expulsarlo» del cielo —siendo la naturaleza angélica puramente espiritual— no puede haber sido sino una «lucha» entre pensamientos y voluntades. ¡Tremendo y asombroso combate…! Si lo trasladamos al alma humana, ésta se convierte en un verdadero «campo de batalla» donde se libra la misma lucha. En este sentido, la guerra que desarrolla el hombre durante su existencia no es únicamente a causa de las tendencias desordenadas de su propia naturaleza herida por el pecado, sino también por los «pensamientos» sembrados por otro espíritu superior al suyo (un ángel caído). Y dichos pensamientos, una vez asumidos, van desplegando toda su virtualidad venenosa y destructora, conduciendo a la soberbia y a la rebelión contra Dios en sus variadas formas personales, sociales y políticas —como podemos constatar a través de la historia.

En general, este campo de batalla —el de las ideas—siendo el más peligroso y decisivo para la vida temporal y eterna del hombre, sueles ser más desatendido por la mirada interior de la conciencia, debido a nuestra tendencia, no del todo bien formada, a buscar el pecado ante todo y exclusivamente en el plano moral. Pero el hecho de que el pensamiento tenga una función rectora en la vida del hombre (pues así lo ha dispuesto el Creador de nuestra naturaleza), debería llevarnos a revalorizar la importancia de las ideas en nuestra vida y la de nuestro mundo. No sin razón, C. S. Lewis decía —haciendo memoria de su camino de conversión—, que, si un joven agnóstico quiere continuar siéndolo, debe tener cuidado con lo que lee. Pues para bien o para mal, las ideas son las rectoras de la vida personal y de la historia del mundo.

* * *

2.- La renuncia a condenar los errores después del Concilio Vaticano II:

La Iglesia, siempre ha reconocido la fuerza de las ideas, sea para bien, sea para mal. A lo largo de innumerables Concilios y Sínodos muchos santos canonizados han afirmado la verdad y combatido el error. El gran San Atanasio de Alejandría fue desterrado cinco veces ¡por su oposición a la herejía arriana! Fue exiliado por primera vez en el año 335 y luego en 339, 356, 362 y 365. Mientras la casi totalidad de los obispos de la Iglesia católica cedieron a la imposición del arrianismo, San Atanasio se mantuvo fiel a la afirmación de la consubstancialidad del Hijo con el Padre, sin la cual la fe católica se desnaturaliza.

La Iglesia ha mantenido inmutablemente durante su larga historia la convicción fundamental del deber de transmitir la doctrina pura e íntegra, sin atenuaciones, oponiéndose firmemente a los errores y en muchos casos, condenándolos, al saber que son «veneno puro» para sus hijos. Se trata, a fin de cuentas, de la salvación o condenación de sus hijos comprados con la Sangre de Cristo. Teniendo esto presente, lo normal de todo Concilio ha sido definir la verdad y condenar el error. Sin dejar lugar para ambigüedades ni interpretaciones dudosas (pensemos en la confusión manifiesta que ha dejado la interpretación del Vaticano II por haber renunciado al lenguaje tradicional, lo cual sufrimos hasta el presente).

El Papa, los cardenales y los Obispos están, por el ministerio que se les ha confiado, obligados a predicar la verdad evangélica entera, toda, también aquella que puede ocasionar rechazos, y esta obligación viene confirmada incluso por el Derecho Canónico actual, para sancionar eficazmente a los maestros del error (c. 1371&1). El deber de combatir los errores y sus fautores tiene su ejemplo supremo en Nuestro Señor y sus santos. Cristo sabe que en esta lucha contra el error y sus maestros está combatiendo contra el Demonio, que es el padre de la mentira (Jn 8,44). Si Cristo se hubiese limitado a proclamar la verdad, pero no hubiese combatido el error, no habría muerto en la cruz y tampoco habría revelado plenamente la luz del Evangelio. Aun estaríamos bajo la cautividad del pecado, de la muerte, del mundo y del Padre de la mentira.

Pues bien, el Papa Juan XXIII en el Discurso inaugural del Vat II afirma que éste dará «un magisterio de carácter prevalentemente pastoral». Afirmando que la Iglesia quiere que el Vat II transmita la doctrina pura e íntegra…, agrega: «En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos» (n. 14-15; 11-XI-1962). Por su parte, Dignitatis humane, el decreto controvertido sobre la libertad religiosa dice: «… la verdad no se impone de otra manera que, por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y a la vez fuertemente en las almas» (DH1). Esto dicho así está bien y es doctrina tradicional. Lo que está mal es la renuncia en dicho documento y en el Magisterio de los últimos 60 años, salvo feliz excepción, a condenar el error. Juan Pablo II, por su parte agrega que éste es «un principio de oro dictado por el Concilio» (Tertio milenio adveniente 35). Pero ha sido el papa Pablo VI quien primero se atuvo a este proceder durante todo su pontificado y fue una víctima del mismo —sobre todo por la negación del ejercicio del principio de autoridad frente a la tempestad surgida después del Vaticano II en diversos campos: pensemos en las decenas de miles de defecciones del estado sacerdotal y religioso concedidas sin más por el Papa, y la tempestad surgida tras la publicación de la profética Encíclica Humanae vitae —por citar un par de casos.

¿Cuál ha sido el resultado de tal proceder en los años que han seguido al Vaticano II? En 1984 el cardenal Ratzinger escribía en Informe sobre la fe: Se ha producido un «confuso período en el que todo tipo de desviación herética parece agolparse a las puertas de la auténtica fe católica» (p.114, BAC, Madrid, 1985). Cabría preguntarse hoy si ya no se agolpa a las puertas, sino si ha penetrado dentro, por alguna fisura, tal vez (cf. Pablo VI 29.06.1972).

Conviene reflexionar en la enseñanza profunda que nos deja Dostoyevski y lo acontecido en la Iglesia en estos últimos 60 años para sacar conclusiones al respecto —que puede verlas diáfanamente quien no quiera taparse los ojos ante la evidencia.

El nuevo Prefecto para la Sagrada Congregación de la Dotrina de la Fe, S. E. Mons. Víctor Fernández, ha manifestado previamente, en una homilía en la Catedral de la Plata el pasado 5 de marzo que:

«La iglesia desarrolló durante siglos una doctrina llena de clasificaciones que establecían que:

a) Sólo pueden comulgar aquellos bautizados que están en gracia de Dios y no pueden hacerlo quienes están en pecado mortal

b) Sólo pueden recibir la absolución sacramental quienes están arrepentidos de sus pecados y muestran propósito de enmienda.

Esto —dice el prelado—, «fue algo “terrible”».

El Papa, por su parte, en la carta que acompaña al nombramiento dice:

«El Dicasterio que presidirás en otras épocas llegó a utilizar métodos inmorales. Fueron tiempos donde más que promover el saber teológico se perseguían posibles errores doctrinales. Lo que espero de vos es sin duda algo muy diferente» (1-07-2023).

Estas palabras nos dejan perplejos con un problema que parece insoluble. Quizás, el mismo nuevo Prefectonos lo ayude a resolver: si la Iglesia a través de tantos Concilios y de santos ha desarrollado una doctrina terrible, llena de clasificaciones, donde más que promover el saber teológico se perseguía posibles errores doctrinales, esto es, afirmar la verdad y condenar al error y a veces a sus fautores, ¿cómo podemos continuar celebrando en la Santa Misa la memoria de personas que han cometido tales y grandísimos errores y horrores? Lex orandi - lex credendi. Tal vez, como dice el Cardenal Roche, la respuesta es que «la teología ha cambiado después del Concilio». Por tanto, uno de los primeros cometidos del nuevo Prefecto debiera ser juntarse con el de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y el de la Sagrada Congregación para la causa de los santos para des-canonizar —como hizo Juan XXIII con Santa Filomena—, a tales santos.

Hay mucho trabajo por realizar. Pidamos la intercesión de estos mismos santos, testigos y mártires de la fe,para llevar a cabo tan insigne tarea.

«Gaude Maria virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo».

(Alégrate, Virgen María, tú eres la única que has destruido todas las herejías del mundo)

P. Pedro Pablo Silva, SV

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PS: Para ahondar en los argumentos expuestos y estudiar sus fundamentos, sugiero leer el libro de José María Iraburu, Infidelidades de la Iglesia, del cual he tomado parte de la argumentación de la segunda parte de este post. En esta gran obra, el Pater Iraburu dedica varias páginas a estudiar la disidencia moderada, no combatida, de diversos autores españoles cuyas obras han sido publicadas ni más ni menos que por la BAC. Se trata de Felipe Fernández Ramos, de Luis Francisco Ladaria (quien fue posteriormente Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe), de Olegario González de Cardedal, de José Román Flecha, de Dionisio Barobio.

El libro Infidelidades se puede descargar gratuitamente de la página de la Fundación Gratis Date.

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