El teocentrismo de San Benito y su paternidad sobre una nueva civilización cristiana

«Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano».Así comienza el Libro II de los Diálogos donde el Papa San Gregorio Magno relata la vida de Nuestro Padre San Benito. Llama la atención que un hombre que por un llamado de Dios se apartó del mundo y de los asuntos temporales tanto como él, dejándose guiar por el Espíritu Santo, en los caminos de la Providencia amorosa de Dios, se haya sido convertido, por acción de la gracia, ni más ni menos, que en Padre de toda una civilización y una cultura cristiana, esto es de la Europa medieval.

En esta preciosa vida de San Benito, escrita por el Papa San Gregorio Magno, dice lo siguiente:

«Al ver que muchos iban por los caminos escabrosos del vicio, retiró su pie, que apenas había pisado el umbral del mundo, temeroso de que por alcanzar algo del saber mundano, cayera también él en tan horrible precipicio. Se retiró, pues, sabiamente ignorante y prudentemente indocto».

Si uno reflexiona, por ejemplo, en otras figuras decisivas de la época, como San Agustín o el mismo San Gregorio Magno, se puede ver que ellos sí, en cuanto obispo, apologeta y Papa, tuvieron una labor mucho más directa desde el punto de vista temporal y político en relación al mundo nuevo que se iba gestando desde las ruinas del Imperio Romano. Pero San Benito, apenas se asoma a un mundo corrompido, huye literalmente a una cueva a buscar a Dios, sin tener en la mira otro fin que encontrarlo y unirse a Él. Nada hace pensar que él tuviera como objetivo la fundación de un Monasterio, mucho menos de una Orden, y ni pensar el ser Padre que engendraría una multitud de hijos santos que evangelizarían toda la futura Europa. Su vida estuvo centrada en buscar sólo a Dios.

En el intento por tratar de comprender esta paternidad de San Benito sobre la Cristiandad occidental, podemos mencionar los siguientes elementos:

1) Aunque el cristianismo no nace en Europa, es ahí donde recibe históricamente su impronta cultural e intelectual más eficaz, quedando unida a ella de manera única. Si bien toda cultura puede y debe ser «permeada» por el Evangelio, históricamente, solo en la Cristiandad ha estado en su mismo origen. En este sentido, podemos decir que lo más «formal» de la civilización occidental es la fe: es su alma y su naturaleza o esencia. Y en esto más formal es donde San Benito ejerce su paternidad, pues serán sus hijos lo que evangelicen y cristianicen a los paganos bárbaros y a los restos de la Roma decadente.

2) Es indudable que los Monasterios cumplieron un rol esencial a la hora de conservar la cultura y el pensamiento clásico por medio de la labor admirable de los monjes copistas y de las bibliotecas.

3) En torno a los Monasterios se forman los principales centros educativos (pensar, por poner un ejemplo, en el pequeño Santo Tomás de Aquino), no solo de los futuros monjes sino de los hijos de las clases nobles.

4) La Regla de San Benito establece un modelo de orden social cristiano, de regulación de las relaciones humanas según el Evangelio, el cual, mutatis mutandis, puede y de hecho ha servido de inspiración para el mismo ordenamiento de la sociedad civil con un resultado único, sobre todo si se lo compara con el ordenamiento del mundo moderno salido de la Revolución Francesa.

Dice el Cardenal Ratzinger en el famoso discurso que dio en Subiaco en el año 2005, pocos días antes de ser elegido Papa:

«Necesitamos hombres como Benito de Nursia, quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecasino, la ciudad sobre el monte que, con tantas ruinas, reunió las fuerzas de las que se formó un mundo nuevo. De este modo Benito, como Abraham, llegó a ser padre de muchos pueblos. Las recomendaciones a sus monjes presentadas al final de su “Regla” son indicaciones que nos muestran también a nosotros el camino que conduce a lo alto, a salir de la crisis y de los escombros».

Dice también Pio XII, en su Homilía en San Pablo Extramuros, a los abades benedictinos (18-IX-1947):

«Cuando el imperio romano se corrompía, agotado por la vejez y los vicios, y por sus provincias avanzaban en tumulto los bárbaros, San Benito, llamado el último de los magnates romanos, juntando en una sola cosa la romanidad y el Evangelio, sacó de ellos el vigor y la fuerza, y contribuyó grandemente a unir los pueblos de Europa bajo el signo y el auspicio de Cristo, y a formar felizmente la unidad de los cristianos». Y en la misma Homilía: «Civilizaron con la Cruz, con los libros y con el arado a las gentes indómitas y salvajes».

Esta última referencia al «arado» no es tema menor. Thomas E. Woods, en su recomendable libro Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, destaca la importante labor agrícola de los monjes hijos de San Benito. Fueron los verdaderos agricultores de Europa, y gracias a su paciente y abnegado trabajo diario, siempre impregnado de oración (y por lo mismo, más eficiente y perfecto) convirtieron en tierras cultivables los lugares más inhóspitos, drenando pantanos, talando bosques y regando sectores áridos. Desarrollan la cría de ganado y el manejo de las cruzas para mejorar las razas, inventan la cerveza y el champagne, se dedican al comercio del grano y de la lana, trabajan la apicultura, la elaboración de queso y vino, son pioneros en las mejores técnicas de regadío y de abono. Sin poner su finalidad en enriquecerse (¡nada más ajeno al deseo del monje!), desarrollan así las formas de economía más prósperas conocidas hasta entonces. En especial los Monasterios cistercienses se caracterizarán por un elevado grado de desarrollo tecnológico, teniendo las mejores maquinarias de la época (para hacer telas, harina, curtir pieles), así como un importante conocimiento del arte metalúrgico e incluso de la relojería.

El Padre Santiago Cantera, en su libro La crisis de Occidente: orígenes, actualidad y futuro, señala entre los elementos constitutivos de Europa la visión trascendente de la realidad y el puesto central de Dios en la vida humana (teocentrismo). El europeo medieval mira al más allá, apunta hacia la vida eterna, tiene una concepción trascendente de la vida y de las cosas de la tierra y sabe que sólo Dios concede la felicidad verdadera al hombre. Tiene toda su mirada puesta en Dios. Esto nos ayuda a entender como un hombre que tuvo por única finalidad de su vida ese «Querere Deum», esto es, buscar a Dios, —que establece en la Regla como condición de una verdadera vocación, y cuya altísima contemplación del misterio divino lo llevó a ver el mundo entero recogido en su pequeñez en un rayo de luz—, precisamente él es Padre de este nuevo mundo. No deja de ser interesante la explicación que da San Gregorio Magno acerca de cómo es posible que un hombre vea el mundo entero. Dice lo siguiente:

«Fíjate bien, Pedro, en lo que voy a decirte. Para el alma que ve al Creador, pequeña es toda criatura. Puesto que por poca que sea la luz que reciba del Creador, le parece exiguo todo lo creado. Porque la claridad de la contemplación interior amplifica la visión íntima del alma y tanto se dilata en Dios, que se hace superior al mundo; incluso el alma del vidente se levanta sobre sí, pues en la luz de Dios se eleva y se agranda interiormente. Y cuando así elevada mira lo que queda debajo de ella, entiende cuán pequeño es lo que antes estando en sí, no podía comprender. El hombre de Dios, pues, contemplando el globo de fuego vio también a los ángeles que subían al cielo, cosa que ciertamente no pudo ver sino en la luz de Dios. ¿Qué hay de extraño, pues, que viera el mundo reunido en su presencia, el que elevado por la luz del espíritu salió fuera del mundo? Y al decir que el mundo quedó recogido ante sus ojos, no quiero decir que el cielo y la tierra redujeran su tamaño, sino que, dilatado y arrebatado en Dios el espíritu del vidente, pudo ver sin dificultad todo lo que estaba por debajo de Dios. Pues a esta luz que brillaba ante sus ojos, correspondía una luz interior en su alma, que arrebatando el espíritu del vidente en las cosas celestiales, le mostró cuán pequeñas son todas las cosas terrenas».

Es sobre el fundamento de este fuerte espíritu teocéntrico desde donde se construye Europa, y por eso San Benito es con toda propiedad su Padre, aquél que lo engendra y le da vida. Y por eso también es que esta civilización comienza a resquebrajarse cuando, a partir del Renacimiento, el antropocentrismo va minando esta visión de mundo. A partir de este punto de inflexión se da una verdadera «revolución copernicana», que sitúa en el centro al hombre, desplazando progresivamente a Dios. Todavía, en los inicios, se trata de un hombre que se reconoce cristiano, pero con el tiempo y el anti-desarrollo de las filosofías, especialmente de corte idealista, un hombre que cada vez más reivindica su autonomía frente a Dios hasta autoafirmarse, en forma personal o social (sobre todo con el advenimiento mundial de la democracia absoluta) como si fuese Dios.

Un ejemplo de lo anterior, aunque no en un estadio consumado de este proceso,son las afirmaciones de un autor francés del siglo XIX, un gran escritor y un liberal muy refinado: Víctor Hugo. Dice él en su obra Los miserables:

«El régimen monástico, bueno en los principios de la civilización, útil en la obra de dominación de la brutalidad por medio de lo espiritual, es malo para la virilidad de los pueblos. Los claustros han concluido su misión. Necesarios para la primera educación de la civilización moderna, han sido un obstáculo para su crecimiento y son perjudiciales para su desarrollo. Los Monasterios, buenos en el siglo X, de discutible utilidad en el siglo XV, son detestables en el siglo XIX. La lepra monacal ha carcomido a dos grandes naciones, Italia y España, y en nuestra época empiezan a curarse gracias solo a la sana y vigorosa higiene de 1789.

¡Cerebros tapiados, y tantas desgraciadas inteligencias encerradas en las tumbas de los votos eternos y sometidas a la toma de hábito, entierro de las almas vivas! Nosotros respetamos ciertos puntos y perdonamos en todo a lo pasado, con tal de que consienta en estar muerto. Si quiere vivir, le atacaremos y trataremos de matarle.

El Monasterio es el producto de la fórmula: igualdad, fraternidad. ¡Oh, que grande es la libertad! ¡Que espléndida transfiguración realiza! La libertad basta para convertir el Monasterio en República».

La visión de Víctor Hugo, del gran Víctor Hugo, es coherente con los principios ilustrados y liberales que él profesa (aún condenando los «excesos» a los cuales ha conducido). En un mundo que ha perdido la conciencia de la finalidad transcendente de la vida humana, donde la libertad del hombre -entendida según los principios de la modernidad, y no según la concepción clásica- se transforma en un valor absoluto, la vida monástica no solo sobra, sino que molesta, irrita, desconcierta. La centralidad de la Gloria de Dios y la inutilidad de unas vidas gastadas en su servicio constituye un desafío que se soporta con dificultad pero que la madre de las revoluciones, la francesa, no sólo no toleró, sino que liquidó sin compasión ninguna, en nombre de la libertad-igualdad y fraternidad. Por lo mismo, quizás, también hoy, los hijos de San Benito deban contribuir a conservar los restos de la cultura perdida de la Cristiandad y a transmitirla a un mundo nuevo, que se va a gestar a partir de estas ruinas, en el cual Cristo reine sobre todas las naciones, en el cual el Corazón Inmaculado de María manifestará su triunfo profetizado.

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