Las tres estaciones de la humildad

Carta de Dom Columba Marmion a una hermana religiosa

11 de diciembre de 1895.

Tu carta me ha proporcionado una gran alegría al comprobar que, a pesar de tu indignidad, es Dios quien te guía y se muestra extremadamente misericordioso contigo. Tu mayor empeño debiera ser el de alcanzar una gran humildad, porque es el mejor camino para llegar al amor de Dios. Porque es tan grande el poder de Dios, que puede convertir nuestra misma corrupción en oro puro de su amor, a condición de que no haya obstáculo que lo impida; y el mayor obstáculo es precisamente el orgullo. Puedes creerme cuando te digo que, si eres sinceramente humilde, Dios hará lo demás.

Quizás te pueda ser provechosa una sencilla práctica de que yo me sirvo, para alcanzar la humildad. Y consiste en hacer cada día tres estaciones.

Primera estación.– Considera lo que serías. Si alguna vez en la vida has cometido un solo pecado mortal, ya por ello has merecido ser maldecida eternamente por Aquel que es la Verdad y la Bondad infinita. Y esta maldición traería para ti las siguientes consecuencias: separación definitiva de Dios, odio eterno a Dios y a todo lo que es bueno, justo y bello, y vivir para siempre jamás hollada por los pies del demonio. Y esta sentencia, pronunciada por el que es la misma Bondad, hubiera sido justa. ¡Amadísima hermana mía! Quizás nosotros hemos merecido todo esto, y si en este mismo momento no estamos sufriendo las consecuencias de esta sentencia, es debido a la misericordia divina y a los sufrimientos de Jesucristo. ¿Puede haber después de esto, algo que nos parezca demasiado penoso? ¿Seremos capaces de sentirnos heridos si alguna vez nos des-precian?

Segunda estación.– Lo que somos. No podemos dar un solo paso que nos acerque a Dios si no contamos con su ayuda. Nuestras diarias infidelidades, nuestros pecados e ingratitudes y aun nuestros mejores acciones forman una cosecha bien miserable.

Tercera estación.– Lo que podemos llegar a ser. Si Dios apartara su mano de nosotros, volveríamos a ser lo que fuimos antes, y aun peores. Dios lo ve perfectamente y conoce bien los abismos de perfidia de que somos capaces. ¿Cómo podemos, pues, ser orgullosos?

Pero, además de estas tres estaciones, hay otra que siempre debemos tener muy en cuenta. Y es que somos infinitamente ricos en Jesucristo y que, en comparación de nuestras miserias, las misericordias de Dios son como el océano ante una gota de agua. Nunca glorificaremos más a Dios que cuando, a pesar de tener conciencia de nuestros pecados y de nuestra indignidad, estamos llenos de confianza en su misericordia y en los méritos infinitos de Jesucristo, y nos arrojamos con amoroso abandono en su seno, con la firme convicción de que no sabrá rechazarnos: «Oh Dios, Vos no despreciáis a un corazón humillado y contrito».