15.05.10

(83) La ley de Cristo –IV. católicos protestantes

–Dice usted unas verdades muy gordas.
–Es cierto, las del Catecismo. Pero el calificativo que usted emplea no me parece el más adecuado.

Católicos falsos. Las normas universales de la Iglesia unas veces son doctrinales (dogmas) y otras conductuales (cánones); es decir, son «definitiones et declarationes de fidei et morum». Los católicos verdaderos reciben las enseñanzas y los mandatos de la Iglesia, mientras que los católicos falsos admiten unos dogmas sí y otros no, aceptan unas normas canónicas y resisten otras. No se hacen, pues, como niños para entrar en la Iglesia, Madre y Maestra, sino que «los pensamientos y caminos» que siguen son los que ellos deciden (cf. Is 54,9).

Es por tanto exacto en estos casos hablar de católicos falsos. El Diccionario de la Real Academia entiende por falso, en su primera acepción, «engañoso, fingido, simulado, falto de ley, de realidad o de veracidad». También pueden ser llamados católicos anómicos, porque no ajustan a la ley eclesial ni su pensamiento ni su conducta. O católicos protestantes, que no admiten ni dogmas ni cánones.

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11.05.10

(82) La ley de Cristo –III. la ley de la Iglesia. 3

–No sabía yo que la ley tenía tanta importancia en la vida cristiana.
–Ya ve cuántas cosas nuevas-antiguas aprende usted leyendo este blog.

Leyes de la Iglesia, reglas de perfección, planes de vida personales, ayudan, ciertamente, a la vida espiritual de las personas y de las comunidades, para que adelanten siempre con facilidad y seguridad por el camino del Evangelio. Por tanto lo que ya expuse sobre el tema (80-81) y lo que ahora expongo se refiere no sólo a las leyes universales de Dios o a las de la Iglesia –éstas son unas pocas, la misa dominical, por ejemplo–, sino que ha de aplicarse también a las reglas de perfección de comunidades religiosas o de asociaciones laicales, e incluso, de algún modo, a los mismos planes de vida espiritual que un cristiano puede trazarse.

Andar sin camino es mala cosa. Cuando una persona va andando hacia una ciudad sin sujetarse a camino alguno, el intento le resultará muy lento y fatigoso, pues con frecuencia habrá de atravesar por lugares cercados, matorrales, zonas pantanosas y bosques. Es muy probable que se extravíe más de una vez, que dé muchos rodeos innecesarios, que se pierda totalmente, o que incluso acabe por seguir caminando, pero ya sin intentar mantener una orientación continua hacia la meta que en un principio pretendía.

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6.05.10

(81) La ley de Cristo –II. la ley de la Iglesia. 2

–Va a resultar ahora que la reforma de la Iglesia se conseguirá cumpliendo sus leyes…
–Evidente. Nada en la Iglesia es tan reformista como la ortodoxia y la ortopraxis.

Por los años setenta y ochenta no pocos pensaban que, a partir del Concilio Vaticano II, ya las leyes canónicas no tenían razón de ser en la vida de la Iglesia. Éste es un tema fundamental de eclesiología, que entonces se discutió mucho. Yo también escribí sobre esta cuestión, y resumo en este artículo textos míos de aquellos años.

Las leyes de la Iglesia son ley de Cristo, y obedecerlas es obedecer a nuestro Señor. Las normas de la Iglesia no son consejos o meras orientaciones: son realmente mandatos, dispuestos con la autoridad de Cristo el Señor, para promover el bien común y personal de todos los cristianos.

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2.05.10

(80) La ley de Cristo –I. la ley de la Iglesia. 1

–Ya tenía ganas de que nos hablara un poco de las leyes en la Iglesia, porque esto es un desmadre.
–Bueno, el término lo admite la Real Academia de la Lengua, pero no se lo recomiendo. Nos están leyendo.

Reforma o apostasía. Inicio una serie de artículos que pretenden reafirmar el valor de la Autoridad apostólica en la vida de la Iglesia, y la necesidad de la gran disciplina eclesial, muchas veces cristalizada en cánones conciliares, que afectan tanto a la doctrina y a la moral, como a la pastoral y la liturgia. Actualmente, la anomía generalizada en la doctrina y en toda la vida cristiana personal y comunitaria es en las Iglesias decadentes una de las causas principales de su ruina. Esa gran mayoría de bautizados que creen en unos dogmas sí y en otros no, esos cristianos que se mantienen durante decenios alejados de la Eucaristía, aquellos sacerdotes que realizan sacrilegios en absoluciones colectivas, hasta eliminar prácticamente el sacramento de la penitencia en sus diócesis, tantos matrimonios que se establecen sacramentalmente, con el firme propósito de usar anticonceptivos siempre que lo estimen conveniente… Todo esto es horrible.

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27.04.10

(79) La verdad en las Escrituras –y IV. José Antonio Pagola

–Perdone, padre, pero es que «una cosa es un estudio histórico y otra un tratado teológico».
Tu quoque fili mi?… Casi ochenta artículos conmigo, y ahora me sale con eso… ¿O lo dice en broma?

La última cena ni es pascual, ni instituye la Eucaristía. Cuando Jesús se reúne al final de su vida con sus apóstoles, según Pagola, no celebra una Pascua renovada, ni instituye una Alianza Nueva sellada en su sangre, ni un sacrificio expiatorio para la remisión del pecado del mundo, ni tampoco establece un acto litúrgico que, como la Pascua judía, ha de ser actualizado siempre, en memoria suya, hasta su vuelta al final de los tiempos. «Lo que hace es organizar una cena especial de despedida con sus amigos y amigas más cercanos… Al parecer, no se trata de una cena pascual» (363). «Probablemente no es una cena de Pascua» (364).

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