(692) Un Evangelio sin juicio final no es el de Cristo; es falso, no vale, no salva

–¿Y usted cree que hoy es posible predicar que hay una eterna salvación o condenación después de la muerte?

–Cuanto menos se predica una verdad revelada por Dios, más difícil se hace predicarla, porque si se ha silenciado mucho, es que en la práctica se ha negado mucho. Jesucristo quiere que «todo» el Evangelio se predique  a todas las naciones. Falsifican gravemente el Evangelio quienes evitan sistemáticamente, por ejemplo, su dimensión soteriológica. Y casi es seguro que silencian también otras grandes verdades de la fe.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 –El pecado original

Si hoy en tantos ambientes de la Iglesia nunca se predica del pecado original, o si se minimiza el deterioro enorme que produce en la misma naturaleza del ser humano, falta la fe, y con frecuencia hay pelagianismo glorificador del hombre. Sn embargo es una verdad revelada por Dios. Ya en el AT enseña Yavé a su pueblo la existencia de ese mal congénito al ser humano: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 50,10). Y el actual silenciamiento de esa fundamental verdad no es capaz de destruirla.

También los paganos más lúcidos conocían la grave enfermedad de la condición humana. Video meliora, proboque, sed deteriora sequor, decía Medea en La metamorfosis, del poeta romano Ovidio (+17 d. Cto). Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor. Es la misma experiencia que confiesa San Pablo: «No sé lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco» (Rm 7,15-20). Es ésta una convicción universal, nacida de la experiencia común a todos, y confesada por generaciones humanas todavía capaces de pensar.

Hoy en las Iglesias más «ilustradas», de tal modo predomina la glorificación pelagiana o semipelagiana del hombre, que las palabras pecado original están severamente vetadas. Y los  libros de autoayuda se venden en librerías «religiosas. Son palabras que suenan muy mal, aunque sean palabras de la sagrada Escritura, de San Pablo, de San Agustín, de Trento, sobresi manifiestan los efectos terribles y universales del pecado original. Suenan tan mal, que no suenan: se silencian.

Jesús: «vosotros sois malos» (Mt 12,34; Lc 11,13), «tenéis por padre al diablo, queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8,44). Pero «yo he venido para que tengáis vida, y vida sobreabundante» (10,10).

San Pablo: «también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne… y por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir por Cristo: estáis salvados por pura gracia»  (Ef 2,1-5; cf. Rm 3,23; Tit 3,3).

Trento: caído Adán por el pecado, y quedando herida hondamente su naturaleza, transmite a su descendencia una condición pecadora, es decir, cae el hombre en la mortalidad, y queda «cautivo bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte [Heb 2,14], es decir, del diablo. Y toda la persona de Adán [y su descendencia] queda mudada en peor, según el cuerpo y el alma» (Denz. 1511).

 

Hoy los cristianos pelagianos no creen en el pecado original. No admiten que por él se haya producido una terrible degradación de la misma naturaleza humana y se haya caído en una cautividad bajo el diablo. Piensan que el hombre nace en condición neutra, y que a lo largo de su vida se inclina más o menos al bien o al mal. Explican el pecado original de modos más suaves, por condicionamientos sociales negativos, por ejemplo.

Si tuvieran viva la fe en el pecado original y en sus enormes efectos, no ocultarían esa condición morbosa, sino que pondrían buen cuidado en manifestarla a sus hijos y discípulos. Y no pondrían tanta confianza en terapias naturales psico-somáticas, como el yoga y métodos semejantes. Conscientes de su propia debilidad, serían mucho más cautelosos respecto a las ocasiones próximas de pecado, tan frecuentes en el mundo. Se volverían mucho más hacia Dios Salvador: Señor, «despierta tu poder y ven a salvarnos. Que brille tu rostro y nos salve» (Sal 79,4). De ningún modo se alejarían de la Eucaristía y de los sacramentos; serían fieles para vivir según el Evangelio, o lo intentarían al menos; practicarían la oración continua. No adularían al ser humano, ni incurrirían en declaraciones tontas: «yo creo en el hombre» –o en la juventud, o en la mujer, o en el obrero, o en el reiki o en lo que sea–.

Si creyeran en el pecado original, lo predicarían en catequesis, en homilías y libros. «Creí, y por eso hablé» (2Cor 4,13). Pero no; no hablan ni del pecado originalni del misterio de la salvación eterna,porque no creen ni en lo uno ni en lo otro.

 

«Salvación… ¿Salvarnos de qué?»

Del pecado, de la muerte, del influjo del diablo, de la condenación eterna. Insiste el Apóstol: «Todos vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados»… pero Dios «os vivificó con Él, perdonándoos  todos vuestros pecados… y destituyendo por Cristo a los Principados y Potestades, los exhibió vallientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2,12-13).

El hombre necesita un Salvador divino. No es capaz de salvarse a sí mismo, porque todos somos pecadores de nacimiento (Sal 50,7). No es capaz por mucho que crezca la ciencia, la medicina, la técnica, el poder humano. Necesita el hombre absolutamente la ayuda, la luz, la fuerza sobre-humana de la gracia para salvarse. Y es Cristo el único que puede salvarle. Fuera del nombre de Jesús «ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvados» (Hch 4,12).

¿Y pueden salvarse los que no conocen a Cristo?... Como el Salvador obraba sus milagros de sanación unas veces por contacto y otras veces a distancia, de modo semejante comunica al hombre su gracia salvadora, unas veces dentro de la Iglesia («sacramento universal de salvación»: Vaticano II, LG 48; AG 1), y otras veces fuera de sus límites asociativos visibles.

 

–Jesús es el Salvador de los hombres-pecadores

En la plenitud de los tiempos, el Hijo divino eterno, «por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo y se hizo hombre» (Credo). Un ángel revela a José el nombre que deben poner al niño: «le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de «el Salvador» (Lc 2,11). Él se dice enviado para «llamar a conversión a los pecadores» (Lc 5,32). Es presentado por el Bautista como «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Comienza Jesús su predicación llamando al arrepentimiento (Mc 1,15), y termina su misión salvadora ofreciendo su vida en el sacrificio de la cruz «para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Ascendido Cristo al Padre, recibimos el Espíritu Santo, «el Espíritu de adopción, por el que clamamos ¡Padre!» (Rm 8,15). Y al fin del mundo, «de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos» (Credo). A unos dirá: «Venid, benditos», y a otros «Apartaos de mí, malditos» (Mt 25,31-46).

«Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1Tim 1,15). «Él es el Salvador del mundo» (1Jn 1,14). «Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida… El Señor es benigno y justo, estando yo sin fuerzas me salvó» (Sal 114,4-6). «Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad» (Te Deum).

¿Predican el Evangelio quienes silencian el pecado original, el juicio final y el misterio de la salvación eterna realizado por Cristo? No, ciertamente. Predican un Evangelio mutilado en su mismo centro; un Evangelio falso; sin fuerza para salvar.

(Nota aclaratoria. –Tengamos una fe muy viva en que «en la santificación de los hombres, Cristo asocia siempre consigo a su esposa la Iglesia» (Sacrosanctum Concilium 7b). Pero cuando falta o es deficiente la concreta mediación salvífica de la Iglesia, el Espíritu Santo es omnipotente para obrar en los hombres su gracia, «porque es eterna su misericordia» (Sal 135). Y seamos también muy conscientes de que siempre la Iglesia es «sacramento universal de salvación», porque aun en tiempo de lamentables silencios de ciertas verdades de la fe, Ella siempre las expresa maravillosamente en la Liturgia, y en la Sagrada Escritura que constantemente presentada en ella. Y en todo caso, siempre la Iglesia procura por su intercesión la salvación de los hombres y la glorificación de Dios.)

* * *

Siempre que Jesús predica habla del misterio de la salvación

Y lo hace precisamente porque su Evangelio es «la epifanía del amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4). «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven, y vengan al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). Sabe Jesús que, predicando la salvación y la condenación posibles, va a sufrir por ello rechazo y muerte; pero sabe también que, silenciando esa verdad, los hombres persistirán en sus pecados, se perderán para siempre, no llegarán a la filiación divina, ni a la felicidad temporal y eterna. Por eso continuamente en su predicación advierte a los oyentes que en esta vida temporal se están jugando una vida eterna de felicidad o de condenación. Lo comprobaremos ahora recorriendo los cuatro Evangelios.

Aviso previo. El lenguaje que emplea Jesús puede resultarnos chocante por su dureza. Pero Cristo hablaba al modo semítico en que estaban él y sus oyentes. Creamos en la verdad de lo que nos dice, no nos atengamos simplemente a las sensaciones que puedan producirnos sus palabras. No nos hizo Dios para que dirijamos nuestra vida por pensaciones, sino por pensamientos verdaderos de razón y fe Recibamos, pues, con la mente y el corazón abiertos lo que nos dice y el modo en que nos habla, porque creemos en él, y él nos asegura: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (24,35).

 

+ Las referencias «implícitas» al binomio salvación–condenación

En los Evangelios son numerosas, como por ejemplo: «éste está destinado para ruina y resurrección de muchos» (Lc 2,34). Pero no las citaré aquí, aunque son a veces muy claras (cf. Mt 13,15; 19,17; Lc 1,53; 12,20; 12,58-59; 13,8-9; 13,34-35; Jn 10,9-10) etc.

Tampoco recogeré aquí los textos, bastante frecuentes, que solo hacen referencia al misterio de la salvación: expresiones como «entrar en la vida», o exhortaciones como «atesorad para vosotros en el cielo» (Mt 6,20; cf. 10,22; 22,30; Lc 10,20; 14,14; 19,9; 23,43), son de evidente condición soteriológica (= referente a la salvación).

 

+ Las referencias «explícitas» al binomio salvación–condenación

A continuación transcribo en forma abreviada las que hallamos explícitas en los cuatro Evangelios. Y téngase en cuenta que en cada caso cito solo un Evangelio concreto, Aunque tenga muchas veces lugares paralelos en los otros Evangelios.

–«El que cree en Él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no creyó en el Unigénito Hijo de Dios» (Jn 3,18-19.36).

–Avisa Juan Bautista: «raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que os espera?… [Cristo] recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja en una hoguera que no se apaga»» (Mt 3,7-12).

–«Cuantos hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; los que hicieron el mal, para la resurrección de la condenación» (Jn 5,29).

–«No he venido a llamar a conversión a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,32).

–La sal buena sirve, y la sal mala se tira fuera. «Quien tenga oídos para oír, que oiga» (Lc 14,34-35).

–«Si vuestra justicia no fuera más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20).

–«Más te vale perder uno de tus miembros, antes que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno» (Mt 5,29-30).

–«Quien escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene la vida eterna y no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5,24).

–Los que tengan fe como el centurión, se sentarán a la mesa con Abraham. «Mientras que los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crugir de dientes» (Mt 8,11-12).

–«¿Qué provecho saca uno con ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8,35).

–Es angosta la puerta de salvación y ancha la de perdición, por la que entran muchos (Mt 7,13-14).

–El árbol da frutos buenos, y el malo que da frutos malos, y se echa al fuego (Mt 7,17.19).

–No basta decir «Señor, Señor». Si no se hace la voluntad de Dios, él dirá: «alejáos de mí los que hicisteis el mal» (Mt 7,21-23).

–Escuchando y cumpliendo la palabra de Cristo, se edifica sobre roca y se logra salvación; pero  si se construye sobre arena, vendrá la ruina total (Mt 7,24-27).

–La ciudad que rechace a quienes Cristo envía como ovejas entre lobos será tratada aquel día con mayor rigor que Sodoma (Lc 10,3-12).

–«¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaúm ¿por ventura te levantarás hasta el cielo? Caerás hasta el infierno» (Lc 10,13-15).

–El final de aquel hombre, dominado por los demonios, resulta peor que el principio. «Así sucederá a esta generación perversa» (Mt 12,45).

–«Si alguno habla contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro» (Mt 12,32).

–«Por tus palabras te justificarás y por tus palabras te condenarás» (Mt 12,36-37).

–La reina del Sur y «los habitantes de Nínive se levantarán en el juicio contra esta generación y la condenarán» (Lc 11,31-32).

–Dos plantas mezcladas en un campo, trigo y cizaña. En la siega final, el trigo va al granero de Dios. Y «como se ata la cizaña y se arroja al fuego, así sucederá al fin del mundo» (Mt 13,30.39-40).

–«Mirad, pues, cómo oís, porque al que tiene, se le dará, y al que no tiene, se le quitará aun lo que cree tener» (Lc 8,18).

–Se pedirá cuenta a esta generación por los profetas asesinados. «¡Ay de vosotros, doctores de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia, y no entráis vosotros ni dejáis entrar a los que lo intentan!» (Lc 11,50-52).

–«Temed a aquel que, después de matar, tiene poder para enviar al infierno» (Lc 12,5).

–Felices los siervos que al volver el señor los encuentra cumpliendo con su deber. Maldito el siervo que no cumple: «vendrá su amo en el día que no espera y en la hora que no conoce, lo castigará severamente y le dará la suerte de los infieles» (Lc 12,37-38.45-46).

–«Yo os lo aseguro: si vosotros no os arrepentís, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3).

–El reino de los cielos es como red que pesca peces buenos y malos. Y así será «al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de los justos, y los arrojarán en el horno de fuego: allí será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13,47-50).

–«Uno le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: luchad para entrar por la puerta estrecha, porque yo os digo que muchos pretenderán entrar y no podrán». Algunos gritarán, «Señor, ábrenos»; pero Él les contestará: «alejaos de mí todos los obradores de la iniquidad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros arrojados fuera. Vendrán del Oriente y del Occidente, del Norte y del Mediodía, y se sentarán a la mesa, en el reino de Dios» (Lc 13,23-29).

–Ninguno de los invitados a la boda descorteses gozará del banquete del Señor (Lc 14,24).

–Muere el pobre Lázaro y es acogido en el seno de Abraham. Muere el rico y va al infierno, donde, estando entre tormentos, pide inútilmente que avisen a sus hermanos para que eviten su pésima suerte (Lc 16,22-28).

–Cuando aparezca finalmente el Hijo del Hombre, «uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,30.34).

–«A todo el que me confesare delante de los hombres, yo lo confesaré delante de mi Padre celestial. A quien me negare delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre celestial» (Mt 10,32).

–El que come del pan celestial, que es Cristo, vivirá eternamente; el que no come su cuerpo ni bebe su sangre, no tendrá vida (Jn 6,51.53).

–Dice Jesús de los fariseos: «toda planta que no plantó mi Padre celestial será arrancada. Dejadles: son ciegos conductores de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la fosa» (Mt 15,13).

–El que por amor a Cristo pierde su vida, la salva. El que trata de ganarla, avergonzándose de Él «ante esta generación adúltera y pecadora», la perderá para siempre (Mc 8,35-38).

–«Quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que le ataran al cuello una piedra de moler que mueven los asnos y lo arrojasen al profundo del mar… Es necesario que haya escándalos, pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo!» (Mt 18,3.67).

–«Si tu ojo te escandaliza, sácalo de ti: más te vale entrar en el reino de Dios con un solo ojo, que con dos ojos se arrojado al infierno, donde el gusano no muere, ni el fuego se apaga» (Mc 9,47-48).

–Jesús dice a los judíos que le rechazaban: «Si no creyereis que yo soy, moriréis en vuestro pecado… El padre de quien vosotros procedéis es el diablo, y queréis hacer lo que quiere vuestro padre… el padre de la mentira. A mí, en cambio, porque digo la verdad, no me creéis. El que es de Dios oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios» (Jn 8,21-24.44-47).

–Que los ricos entren en el reino de Dios es imposible para los hombres, pero posible para Dios (Mc 10,24.27).

–Hay que utilizar bien los talentos recibidos de Dios. «Y al siervo inútil arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el crujir de los dientes» (Mt 25,30).

–«Os digo que el reino de Dios se va a quitar a vosotros, para concederlo a un pueblo que dé sus frutos. Todo el que caiga sobre esta piedra se estrellará, y sobre quien ella caiga, lo aplastará» (Mt 21,43-44).

–Acerca del que entró en las bodas vestido indignamente, dijo el rey a los sirvientes: «atadlo de pies y manos, y arrojadlo a las tinieblas exteriores; allí será el llorar y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos» (Mt 22,12-14).

–«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!… ¡Serpientes, raza de víboras! ¿cómo podréis escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23,13.33).

–«Ay de vosotros, fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un discípulo y cuando llega a serlo, lo hacéis merecedor del fuego eterno, dos veces más que vosotros» (Mt 23,15).

–«El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo condene: la palabra que he hablado, ésa le condenará en el último día» (Jn 12,48).

–Cuidado con no cebarse con los bienes de este mundo, olvidando el Reino. «Velad y orad en todo tiempo, para que podáis escapar a todas estas cosas que han de venir, y comparecer seguros ante el Hijo del hombre» (Lc 21,34-36).

–Las vírgenes prudentes entran en las bodas del Esposo. Pero cuando las necias llaman: «Señor, Señor, ábrenos. Él les respondió: en verdad os digo que no os conozco. Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25,10-12).

–«Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo… Y dirá a los de su izquierda: apartáos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles… E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna» (Mt 25,34.41.46).

–«¡Ay de aquel hombre [Judas] por quien el Hijo del hombre es entregado! Más le valiera no haber nacido» (Mt 26,24).

–Los sarmientos que permanecen en la Vid dan fruto. Pero «si alguno no permanece en mí, será arrojado fuera, como el sarmiento, y se secará. Los recogerán, echarán al fuego y arderán» (Jn 15,5-6).

–«Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16,15-16).

Son más de cincuenta textos explícitos, distintos, en los que Cristo anuncia salvación o condenación. Eso significa que Jesucristo, siempre que predicaba, daba a su Evangelio un fondo soteriológico. El Evangelio es el Evangelio de la Salvación, y su autor es el Salvador.

¿Predican el Evangelio quienes silencian el pecado original, el juicio final y el misterio de la salvación eterna realizado por Cristo? No, ciertamente. Predican un Evangelio mutilado en su mismo centro; un Evangelio falso; sin fuerza para salvar.

 

–«¿Crees tú eso?» (Jn 11,25).

Quienes al predicar el Evangelio silencian siempre el pecado original y sus terribles consecuencias en la humanidad, no creen en Cristo Salvador, falsifican el Evangelio quitándole su verdad central. Quienes al predicar el Evangelio, silencian sistemáticamente la posibilidad de salvación o condenación, según la muy reiterada enseñanza de Cristo, dando la salvación como el final necesario de la vida humana, mutilan el Evangelio verdadero: se avergüenzan del «Venid benditos… Apartaos de mí, malditos»…, y tratando de ganarse la aprobación cómoda de los oyentes, presentan la salvación como necesaria en todos.

Así piensa y obra, por ejemplo, el párroco que, celebrando el funeral de un cristiano «pecador público», miente en su pública prédica, asegurando «nuestro hermano difunto goza ya de Dios en el cielo». En el Credo apostólico cree en «et vitam venturi saeculi»; pero niega la fe en que Cristo resucitado «et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos».

Un Evangelio que por el silencio o la palabra niega la vida eterna y el juicio final de vivos y difuntos no es el Evangelio de Cristo, es falso y no salva en la verdad, sino que pierde en la mentira. Igualmente, todo plan pastoral, camino sinodal, congreso, seminario, facultad teológica o acción apostólica de cualquier modalidad, si enseñan ese falso Evangelio, carecerán de toda fuerza salvífica, serán árboles malos que dan malos frutos –lo sabemos a priori y también a posteriori–, harán mucho daño, favorecerán el camino de la perdición y causarán la ruina de las Iglesias locales. Sean cuales fueren sus planes pastorales o sus reuniones sinodales.

 

Los Apóstoles predican el mismo Evangelio de Cristo.

Prolongan la misma predicación del Maestro, en fondo y forma, sin desfigurarla ni modificarla en nada. Ellos creen en el pecado original, y ven a la humanidad como un pueblo inmenso de pecadores, dignos de condenación eterna: «todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios» (Rm 3,23). Todos necesitan la salvación de Cristo, una salvación obtenida por gracia. Ninguno sin ésta es digno de salvación, es decir, ninguno puede salvarse a sí mismo.

«Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal… Tú, con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable» (Rm 2,2.4-8).

Ésta es la predicación de la Iglesia en toda su historia, en sus Padres y Concilios, lo mismo que en sus santos: Crisóstomo, Agustín, Bernardo, Francisco, Ignacio, Javier, Montfort, Claret, Cura de Ars, Foucauld, Padre Pío. Es el Evangelio que, convirtiendo a los pecadores, por obra del Espíritu Santo, les concede nacer de nuevo.

* * *

Reiteraciones finales

Silencio

En gran parte de la Iglesia se silencia la vida eterna, sobre todo en las naciones más desarrolladas, y se va a dar en un cristianismo temporalista, que trata casi solamente de la vida presente, para fomentar en ella bienes y vencer los males. Pero que no habla apenas de la vida eterna, ni menos aún del Juicio final precedente.

El silencio de grandes verdades equivale a su negación, aunque ésta no se pretenda. «El justo vive de la fe… La fe es por la predicación, y la predicación es por la palabra de Cristo» (Rm 1,17; 10,17). Donde no se predica durante largo tiempo una verdad de la fe, muy reiterada en el Evangelio de Cristo, la fe en esa verdad languidece, permanece inerte, llega a negarse, y normalmente conduce a la extinción de la Iglesia local.

El silencio sobre el Juicio final y sobre el Misterio de la Salvación, se extiende ya hace años y llega a afectar al mismo nombre de Cristo, que ya apenas es nombrado como «Salvador», uno de los nombres hasta hace medio siglo más frecuente. Ciudades, naciones y hombres llevan el nombre de Salvador. Un nombre apostólico, que se incluye en su logo propio, JHS,  Iesus Hominum Salvator.

 

Falsedad

Ese silencio sistemático sobre la vida eterna y el juicio final falsifica el Evangelio, que es un Evangelio de Salvación. Omite una revelación de la soteriología que Cristo Salvador, como hemos comprobado, integra casi siempre en sus predicaciones evangelizadoras. No se predica, pues, el Evangelio, pues al limitar la predicación sólo o principalmente a los valores y deficiencias de la vida presente, no se predica ni se fomenta la salvación eterna como destino final del hombre.

Es decir, no se comunica el Evangelio de la salvación, el Evangelio de Cristo, el que procura el bien temporal de la humanidad, pero que ante todo «ha bajado del cielo para nuestra salvación» (propter nostram salutem descendit de coelo), para librarnos de una condenación eterna sobradamente merecida, y abrirnos la puerta de una salvación celestial.  

 

–Acción pastoral multiforme, lamentablemente infecunda

En nuestro tiempo se han multiplicado enormemente en la Iglesia las actividades, los planes pastorales, las reuniones sinodales. Al año litúrgico, a las parroquias y arciprestazgos, y a otras entidades fundamentales, se añaden innumerables días, centenarios, años, conmemoraciones, campañas, reuniones, delegaciones, vicariatos, comisiones, vocaciones, centros, asociaciones, peregrinaciones, fiestas, retiros, secretariados, asambleas, labores sinodales, congresos, seminarios, colectas, servicios a ancianos, pobres, solitarios, inmigrantes, parados, etc., novenas y adoraciones, revistas, cursos  y cursillos, coros, vídeos, experiencias comunitarias, unidades pastorales, consultorios, etc.

¿Cómo se explica que, con tantas actividades bienintencionadas, se obtengan tan pocos frutos y tantas Iglesias locales vayan disminuyendo en dirección a la extinción? La explicación fundamental es que operan bajo un Evangelio mutilado por un silencio que en no pocas verdades fundamentales equivale a negarles la fe.

 

El cardenal Gerhard Müller declara la fe católica

El cardenal alemán Müller publicó una Declaración de fe. «¡No se turbe vuestro corazón!» (Juan 14,1). (8-02-2019), en la que va glosando, con la ayuda del Catecismo, los testimonios de la fe apostólica reunidos en el Credo. Transcribo algunos fragmentos del luminoso texto.

«Ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina de la fe, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesia Católica, me han pedido dar testimonio público de la verdad de la Revelación. Es tarea de los pastores guiar a los que se les ha confiado por el camino de la salvación… La tarea del Magisterio de la Iglesia es “proteger al pueblo de las desviaciones y de las fallas y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica” (Catecismo 890).                                              .

«Ocultar estas y otras verdades de fe y enseñar a la gente en consecuencia, es el peor engaño del que el Catecismo advierte enfáticamente. Representa la prueba final de la Iglesia y lleva a la gente a un engaño religioso de mentiras, al “precio de su apostasía de la verdad”» (675); es el peor engaño del Anticristo. 

«Como obreros de la viña del Señor, tenemos todos la responsabilidad de recordar estas verdades fundamentales,adhiriéndonos a lo que nosotros mismos hemos recibido. Queremos animar a la gente a caminar por el camino de Jesucristo con decisión para alcanzar la vida eterna obedeciendo sus mandamientos (2075).

«Pidamos al Señor que nos haga saber cuán grande es el don de la fe católica, que abre la puerta a la vida eterna. “Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mc 8,38). Por lo tanto, estamos comprometidos a fortalecer la fe, en la que confesamos la verdad, que es el mismo Jesucristo.

«Estas palabras también se dirigen en particular a nosotros, obispos y sacerdotes, cuando Pablo, el apóstol de Jesucristo, da esta amonestación a su compañero de armas y sucesor Timoteo:

«Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino. Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, arguye, reprocha, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír, y apartando el oído de la verdad se volverán a las fábulas. Pero tú, en cambio, sé sobrio en todo, soporta los sufrimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio» (2Tim 4,1-5).

 

El Resto de Yavé

Cuando en una Iglesia local descristianizada abundan más los males que los bienes, sólo pueden ser buenos aquellos cristianos que son  muy buenos –heroicos, mártires, santos–, o que lo intentan. Y esta maravilla es la que no pocas veces vemos hoy con inmensa gratitud a Dios misericordioso y omnipotente, que las hace, y también con inmensa esperanza.

Sacerdotes que mantienen fielmente la ortodoxia, viviendo en una selva de herejías, silencios negativos y deficiencias en la fe. Sacerdotes que año tras año siguen entregándose al servicio de Cristo Salvador, inmunes a mentiras tan difundidas y aceptadas que acaban por considerarse verdades. Dedicados tantas veces a ministerios «imposibles» –una parroquia enorme o a dos docenas de pequeñas parroquias–. Religiosos y religiosas que libres, por la gracia de Dios, de toda mundanización anticristiana, viven con paz y gozo su regla de vida, fieles a sus fundadores. Cristianos laicos que, en su vida y en su familia, se empeñan en «amar a Dios, cumpliendo sus mandamientos» (Jn 14,21; 15,14). Viven entregados a la glorificación de Dios en el mundo, y a llevar a muchos otros a la vida eterna. El espectáculo es grandioso. Actualmente, sí.

Viendo tantas buenas obras, glorifiquemos al Padre que está en los cielos (Mt 5,16).

 Bendigamos al Señor. Demos gracias a Dios.

 

José María Iraburu, sacerdote

 

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