(654) Elogio y defensa de la Misa de S. Pío V

–¿Celebró usted alguna vez la Misa antigua?

–Recién ordenado, la celebré siete años.

Ya vimos en (653) Elogio y defensa de la Misa de S. Pablo VI. Hago ahora el elogio y defensa de la Misa de San Pío V

Génesis primera del Misal tradicional

Jesucristo instituyó la Eucaristía en la Última Cena, en el contexto de la Cena Pascual judía, con variaciones considerables, tal como lo narran los Evangelistas (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y San Pablo (1Cor 11,23-26). Tomó en sus manos el pan y el cáliz con vino, los bendijo, los consagró como carne y sangre suya, y los dio en comunión a los Apóstoles. «Haced esto en memoria mía». Pronunció un largo y grandioso discurso, recogido por San Juan (Jn 14-17). «Levantaos, vámonos de aquí» (14,31). Y con Pedro, Santiago y Juan se fueron a Getsemaní.

No conocemos cómo los Apóstoles, después de Pentecostés, comenzaron a celebrar la Eucaristía. Pero sí sabemos que no siguieron el rito judío de la Pascua, sino que hicieron vida las palabras fundacionales de Cristo, «haced esto en memoria mía», y las hicieron en la palabra, el pan y el vino, cuerpo y sangre del Señor. Y  también sabemos que, como informa San Lucas, desde el principio la Eucaristía era el centro fontal de toda la vida sobrenatural de la comunidad cristiana:

Los que habían creído y recibido el bautismo «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). El término «fracción del pan», que designa la Eucaristía, es cinco veces citado por San Lucas en los Hechos (2,42,46; 20,7,11,27,35).

San Pablo, siguiendo el modo ritual de Antioquía, donde estuvo hacia el año 43, celebró en Corinto la Eucaristía, y en carta posterior a los corintios les describe brevemente el rito eucarístico, para que la sigan celebrando en su ausencia (1Cor 11,23-29). San Lucas relata con cierto detalle la que celebró en Tróade, en su camino a Jerusalén (Hch 20,7-12). Y es de suponer que la Eucaristía de San Pablo se celebró en cuantas comunidades cristianas fueron por él fundadas.

La Didajé, el más antiguo escrito cristiano no canónico, anterior a algunos libros del N.T., enseña «daréis gracias de esta manera», y ofrece varias anáforas eucarísticas (cp. IX-X)… «Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro» (XIV, 1-3).

San Justino (+163), filósofo samaritano, converso al cristianismo, mártir de Cristo, escribió a mediados del siglo II su I Apología, dirigida al emperador. Y en ella describe con buen orden y exactitud la Eucaristía que se celebraba en Roma (nn. 65-67). Primero, la liturgia de la Palabra, lecturas, homilía del Obispo, peticiones a las que se unen los fieles, rito de la paz. En la liturgia del Sacrificio, el Obispo ora una plegaria larga, realmente «eucarística», acción de gracias, y la fórmula de consagración, a la que finalmente responde el pueblo Amén. Comunión bajo las dos especies. Colecta voluntaria en favor de los hermanos necesitados.

La Traditio Apostolica (ca. 215) da una idea de la Eucaristía semejante a la de San Justino, pero ofrece ya una anáfora eucarística muy completa. No incluye Sanctus e intercesiones, pero sí acción de gracias, relato de la institución, anámnesis, epíclesis, doxología final. Las Constituciones Apostólicas (ca. 380), que se presentan como un Código de autoridad apostólica, hacen suya la anáfora de la Traditio, pero la amplían mucho (lib. II,57-61).

 

–La gran floración del Dogma, de la Liturgia y de la Catequesis (ss. IV-VI)

La Iglesia, después de los tres siglos de persecuciones, catacumbas y mártires («estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios», Col 3,3), obtenida la libertad cívil con Constantino (313), florece bajo una acción potentísima del Espíritu Santo hasta San Gregorio Magno (540-604). Y en esos siglos de modo muy especial es cuando va cristalizando lo que será la gran Liturgia romana de la Misa:

A la luz de los Santos Padres y doctores

Osio de Córdoba (+357), Hilario de Poitiers (+367), Atanasio de Alejandría (+373), Juan Crisóstomo (+407),  los tres amigos Basilio el Grande (+389), Gregorio de Nacianzo (+389) y Gregorio de Nisa (+394); Ambrosio de Milán (+397), iniciador de la liturgia ambrosiana e importador de la salmodia cantada, traída de Oriente; Jerónimo (+420), Agustín de Hipona (+430), Cirilo de Alejandría (+444), papa León I el Magno (+461), Cesáreo de Arlés (+543), Gregorio de Tours (+594), Benito de Nursia (+597), papa Gregorio Magno (+604), los hermanos Leandro de Sevilla (+600) e Isidoro de Sevilla (+636).

–Y a la luz de los grandes Sínodos y Concilios ecuménicos

Eran años decisivos para toda la historia posterior de la Iglesia, en los que se definen Trinidad, Cristo, María, gracia, las verdades centrales de la fe: 325, Nicea; 381, Constantinopla I; 431, Éfeso; 451, Calcedonia; 529, Sínodo de Orange; 553, Constantinopla II.

Es un tiempo en el que la «lex credendi» y la «lex orandi» se iluminan mutuamente, y producen en la gran Liturgia fórmulas oracionales difícilmente superables. Pongo un ejemplo:

Lex credendi. El Sínodo de Orange (529), apoyándose en San Agustín y en otros Padres ya citados, da una doctrina de la gracia contra los semipelagianos de una extraordinaria lucidez. Cito sólo un punto:

Si alguno «no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente en que es don de la misma gracia que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol, que dice: “¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido? (1Cor 4,7). “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (15,16)» (Denz. 376, can. 6). «Cuantas veces obramos el bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (379, can. 9).

Lex orandi, en consecuencia o como precedente de esa doctrina.

Actiones nostras, quæsumus Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur. Per D. N. J. C. (II dom. Cuaresma). Pedimos al Señor que su inspiración prevenga nuestras acciones y nos ayude a proseguirlas, de tal modo que toda oración y obra nuestra tenga siempre en Él su principio y su fin.

No conozco la fecha en que esta famosa oración se compuso. Según cuándo, ella sería inspiradora de Orange, o este gran Sínodo habría sido la fuente de su inspiración. Lo que sí está claro es que el esplendor del mundo de la gracia, siempre presente en la Liturgia romana, y por tanto en su Misa, procede de esta mutua coincidencia entre la lex orandi y la lex credendi.

 

El papa San Gregorio Magno (540-604) codificó y publicó por primera vez los libros propios litúrgicos  de la Misa romana, estableciendo una ordenada estructura, vigente hasta Trento (San Pío V), e incluso hasta el Vaticano II (Pablo VI). Quedaron abolidos los ritos locales que no tuvieran al menos una antigüedad de doscientos años. El esquema era éste:

Misa de los catecúmenos: Procesión de entrada del Pontífice y del clero; los fieles en la nave. Kyries y Gloria. Oración colecta. Canto del Gradual. Evangelio y Homilía. Misa de los fieles:  recogida de ofrendas, separando el pan y el vino para el sacrificio. Oración sobre las ofrendas.

Liturgia eucarística: Prefacio. Recitación en silencio del Canon, consagración, y doxología final, «Per ipsum», alzando la Hostia y el Cáliz –la única elevación–. Amén sonoro de la asamblea. Comunión: Padrenuestro, Fracción del pan, la Paz. Comunión bajo las dos especies, canto antifonal. Bendición. «Ite Missa est».

Posteriormente, la Misa de San Gregorio Magno se fue complicando un tanto en varios lugares, como en las Galias, donde se estableció en el siglo VIII. A ello contribuyó la admisión de influjos monásticos, góticos, y de otras liturgias, como la anglicana, ambrosiana y mozárabe, así como la adición de rúbricas y simbolismos varios. En 1562, en vísperas del concilio de Trento, una comisión de Obispos señaló una lista de excesos que debían superarse.

La Misa Romana se generalizó en la Iglesia latina durante los siglos IX-XI. Durante muchos siglos el Canon de la Misa era recitado por el sacerdote en alta voz. Desde el siglo VIII en voz baja. Y desde el siglo IX en secreto. Y así permaneció hasta la reforma actual.

–La Misa de San Pío V

La Misa tridentina, nacida bajo el impulso del Concilio de Trento (1545-1563), se elaboró costosamente, purificando y mejorando la tradición anterior. Por fin pudo el papa San Pío V publicar el Nuevo Rito para la celebración de la Misa (1570). La calidad del Canon Romano, y de todos los elementos de la Misa –oraciones colectas, ofertorios, prefacios, etc.– es docrinalmente profunda y exacta, bella y concisa, simple y majestuosa. Continuamente es revelación de Dios uno y trino, de Jesucristo, de todo el mundo de la gracia, de las virtudes y dones del Espíritu Santo. Como también desvela el mundo tenebroso del pecado, de su potencia y de su origen en demonio, mundo y carne; de la salvación y de la perdición. Es profundamente doxológica y soteriológica. Busca con toda su alma la glorificación de Dios y la salvación eterna de los hombres. Es elocuente en sus gestos y en su expresión de lo sagrado. La Sagrada Congregación de Ritos, recién fundada, debía velar ante todo por la fidelidad a la Misa tridentina, que se extendió a toda la Iglesia latina; y así lo hizo con todo cuidado durante cuatro siglos.

Hace pensar la Misa tridentina en los grandes Santos Padres, Concilios y Sínodos que, en tiempos de mucha fe, estuvieron en el origen y el desarrollo de sus ritos, y en los muchos santos que en ella encontraron la fuente principal de la santidad. No extraña, pues, que esa sobrehumana calidad doctrinal y sagrada hubiera dado origen y desarrollo al canto gregoriano, que a veces nos parece más angélico que humano. Ni tampoco nos sorprende que diera lugar a la belleza no superada de las edificaciones, Catedrales y monasterios, parroquias y basílicas, construídas con su mismo espíritu; así como de sus vidrieras e imágenes.

No permitió la Misa antigua el uso litúrgico de las lenguas vernáculas. Ni tampoco la comunión bajo las dos especies, para poner freno a los protestantes que con argumentos contrarios a la fe venían a exigirla. Quizá esta misma cautela trajo consigo la escasa participación activa de los laicos, concentrando la celebración eucarística en la acción del Orden sagrado, presbíteros y diáconos, cuando los protestantes negaban el sacramento del Orden. Algunos liturgistas sugieren que esta distancia de los laicos, casi reducidos a decir Amén, ya tuvo mucho antes sus inicios, hacia el 600, en la reforma litúrgica del papa San Gregorio Magno.

 

–Celebraciones deficientes de la Misa tradicional

Estamos acostumbrados hoy a que la Misa de San Pío V sea bien celebrada, impecablemente, con toda la calma y duración que requiere, incluso a veces con canto gregoriano. Y es lógico que así sea. No solamente porque las rúbricas de tal Misa sean más precisas y exigentes, sino también –y más– porque la calidad de los fieles que la eligen, aunque les cueste a veces un sacrificio no pequeño, es bastante especial. Que Dios los bendiga y los guarde. Pero no siempre fue bien celebrada la Misa tridentina antes de que en 1970 se impusiera la Misa del Novus Ordo. No sufría abusos, como desde el principio los sufrió la Misa nueva, pero sí con cierta frecuencia serias deficiencias.

Permítanme que les comunique algunos recuerdos personales. Yo nací en 1935 y cuando fui ordenado sacerdote en 1963 celebré hasta 1970 la Misa antigua, casi 7 años. Por tanto, viví la Misa tridentina durante 35 años. Y puedo asegurarles que la excelsa calidad litúrgica y espiritual de esa Misa, que hoy nos conmueve con su majestuosa sacralidad, no garantizaba entonces que siempre se celebrase bien. Algunos sacerdotes la rezaban en silencio con mucha rapidez. Se lee o recita con voz inaudible más rápidamente que si se ora en voz alta. Y si la recitación en voz audible ayuda mucho al pueblo fiel –más probablemente que el silencio sagrado–, ayuda también mucho al sacerdote celebrante, porque facilita el cumplimiento de la norma litúrgica perenne, ya dada por San Benito: «ut mens nostra concordet voci nostrae»: que la mente concuerde con la voz (Regla, cpt. XIX; cf. Vat. II, SC 90).

Recuerdo cómo de chico y de muchacho solía asistir a la Misa de una iglesia de religiosos que estaba muy cerca de mi casa; la parroquia nuestra quedaba lejos. Guardo un excelente recuerdo de aquellos benditos frailes. En aquellas Misas, como los fieles laicos no teníamos prácticamente nada que hacer, pues todo lo hacía el sacerdote celebrante ayudado de un monaguillo, un segundo fraile subía al púlpito, y al terminar el Evangelio –no había prédica–, como había que rellenar el tiempo, comenzaba el rezo del santo Rosario, al que todos contestábamos mientras el cura seguía con la Misa. Interrumpía el rezo del Rosario sólo durante la consagración; se arrodillaba en el púlpito –desaparecía– y ya terminada, asomaba de nuevo poniéndose en pie para continuarlo. Otras veces, en ese tiempo, rezaba una novena, por ejemplo, la de San Antonio de Padua: «Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos», etc.

Otras veces durante la Misa aprovechábamos para confesarnos, guardando siempre el silencio, por supuesto, durante la consagración. Si por lo que sea no se hacía algo de esto, rezábamos privadamente el Rosario, o tratábamos de conectar con la Misa ayudados de un Misal manual latino-español. Los jesuitas, como el P. Vilariño, SJ, prestaron un buen servicio en esto. Yo guardo el último que usé, el Misal completo latino-español para uso de los fieles, del P. Valentín Sánchez Ruiz, SJ (Madrid, Apost. de la Oración 1958, 13ª ed.). Y si tampoco en el Misal hallábamos ayuda, pasábamos al final del mismo, que siempre solía incluir un Devocionario: Via crucis, letanías al Sagrado Corazón, oraciones a la Virgen, Visitas al Santísimo, etc. De uno u otro modo pasábamos la Misa.

Tenía la iglesia un coro alto muy bueno, y una buena escolanía, que en él cantaba –cantábamos, yo de chico– cantos religiosos pro oportunitate, nunca en gregoriano, como no fuera a veces la Misa de Angelis o algún himno latino en la Exposición del Santísimo. Siempre cantábamos en español, bien dirigidos por un tercer fraile. Casi todos los cantos eran hermosos y algunos de ellos a varias voces. No cantábamos otros que, sobre todo por la letra, incurrían en sensiblería: «Las palomitas vuelan, vuelan al palomar…», «Divino prisionero, canto a Jesús en el sagrario…».

 

No concelebración

Las vacaciones del verano, con mi familia, las pasábamos en un pueblecito vecino a Roncesvalles, que entonces tenía una docena de canónigos en la Colegiata. Alguna vez que fuimos temprano pudimos ver algo curioso. No había entonces concelebración. Y hallamos a dos canónigos –habría turnos– celebrando al mismo tiempo su «Misa rezada» cada uno en un altar lateral, sin canto ni pueblo. Un sacristán servía a las dos Misas, desplazándose según el momento a una o a otra, y repondiendo en lo posible a cada sacerdote: Ad Deum qui laetificat… Qui fecit caelum et terram… Et clamor meus ad te veniatGloria tibi, Domine… Habemus ad Dominum…

 

–La participación activa de los laicos en la Liturgia

La Misa de San Pío V concentra la celebración de la Eucaristía en el sacerdote. Superar esa deficiencia fue una de las principales pretensiones que el Concilio Vaticano II quiso promover en la renovación de la Liturgia; y que consiguientemente se intentó en la Misa de San Pablo VI. La constitución Sacrosanctum Concilium dedica cinco números de su texto (27-31) a fomentar la participación activa de los fieles en la liturgia. Al revisar la Misa «téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista también la participación de los fieles» (31).

Ese conciliar intento de procurar que en la renovación de la Liturgia se acrecentara la participación de los fieles laicos había de alcanzar también al rezo de la Liturgia de las Horas, entonces limitado al clero y a los religiosos y religiosas, recuperando así su verdad primera:

«Se recomienda que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular» (SC 100). Bajo el papa Pablo VI, la Congregación del Culto publicó la Ordenación general de la Liturgia de las Horas (1971), en la que se disponía: «Se recomienda asimismo a los laicos, dondequiera que se reúnan en asambleas de oración, de apostolado o por cualquier otro motivo, que reciten el Oficio de la Iglesia, celebrando alguna parte de la Liturgia de las Horas. Es conveniente que aprendan en primer lugar a adorar al Padre en espíritu de verdad (Jn 4,23), y que se den cuenta de que el culto público y la oración que celebran atañe a todos los hombres y puede contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero. Conviene, en fin, que la familia, que es como un santuario doméstico dentro de la Iglesia, no sólo ore en común, sino que además lo haga recitando algunas partes de la Liturgia de las Horas, cuando resulte oportuno, con lo que se sentirá más integrada en la Iglesia» (n.27). Cf. Marialis cultus (1974, 53). Catecismo de la Iglesia Católica (1997, 1175): «La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el Pueblo de Dios», etc.

Esta santa intención de unir más el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de todos los fieles fue, con la introducción de la lengua vernácula, uno de los factores principales de la aceptación general de la Liturgia renovada. Se realizó sin mayores traumas, al menos en España. Incluso en algunos casos con humor:

Cuentan que dos feligresas ya muy mayores asistían a una «Misa nueva». Y que la más enterada de las dos le dijo en su momento a la otra en voz baja: «Eso que ha dicho el cura, ”el Señor esté con vosotros”,  quiere decir Dominus vobiscum»

* * *

Yo descubrí la grandeza sagrada de la Misa tridentina durante los ocho cursos del Seminario (1956-1963). Por varias razones: 1ª, se nos inculcó de palabra y de obra la máxima importancia de la Liturgia, que todavía era la antigua; 2ª, mejoré el latín que había ya estudiado en los siete años del Bachillerato; y 3ª, aprendí el canto gregoriano: ocho años fui miembro de la Schola, y los últimos como director.

Lo que allí nos enseñaron y vivimos, lo expresamos años más tarde Don José Rivera, ahora Venerable, y yo en el libro Síntesis de la Espiritualidad católica, en el que dedicamos dos capítulos a Lo Sagrado (I parte,7) y a La Liturgia (ib.8) (Pamplona, Fund. GRATIS DATE, 2021, 8ª ed, 431 pgs.). Allí afirmamos con insistencia aquello que acentuó el Vaticano II: que «la sagrada liturgia… es la fuente primaria y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano» (pg.91; SC 14b). En la maravillosa variedad de espiritualidades católicas, la más alta y santificante, la más perfecta y universal es la espiritualidad litúrgica.

* * *

Recuerde el lector lo que escribí al principio de este artículo sobre la Génesis primera de la Misa tradicional. Dije que su gran floración se produjo en los siglos IV-VI; que fue inspirada por los santos Padres y por los santísimos Concilios de esos siglos. Éstos datos ciertos nos llevan a prestar una gran veneración a la Misa de San Pío V, la de Trento, que codificó en latín, con elegante claridad y armonía, el desarrollo litúrgico de los doce siglos precedentes. Una Misa de tan grandiosos orígenes y desarrollos no puede morir…  Aunque algunos retoques, a la luz del Vaticano II, no le vendrían mal.

Y también el gregoriano es inmortal.

Y las Catedrales. No vayan a decirnos ahora que son anacrónicas.

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Continuaré, Dios mediante. En el próximo artículo estudiaré la convivencia de la Misa antigua con la nueva.

José María Iraburu, sacerdote

Post post.No excliuyo la posibilidad de que se haya colado algún dato erróneo por fallo de mi memoria y, sobre todo, por no tener acceso actualmente a una buena biblioteca de estudios litúrgicos donde verificar mi información. Si algún buen conocedor de la historia de la Liturgia halla algún error en mi artículo, le ruego que me lo comunique.  

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