(585) Evangelización de América, 91. -La Ilustración y el liberalismo (I)

David, 1791. Jeu de Paume, 1789

–¿Pero no estaba usted hablando de la Evangelización de América?

–Todo se andará, si el carro no se para. Todo se andará, que la calle es larga.

Este artículo viene a ser prólogo de los dos que le seguirán, Dios mediante.

 

–El Occidente se vuelve contra sí mismo

Dos libros, ya clásicos, de Paul Hazard, La crisis de la conciencia euro­pea (1680-1715) y El pensamiento europeo en el si­glo XVIII, pueden ayudarnos a entender bien el gran giro espiri­tual iniciado en el Occidente cristiano a partir de 1715. El precedente más significativo de esta nueva orientación se halla en el Renacimiento y el Luteranismo con su li­bre examen; es decir, en el inicio de un naturalismo pujante y en el comienzo de un rechazo de la Iglesia.

«Primero se alza un gran clamor crítico; reprochan a sus antecesores no haberles transmitido más que una sociedad mal hecha, toda de ilusiones y sufrimiento… Pronto aparece el acusado: Cristo. El siglo XVIII no se contentó con una Reforma; lo que quiso abatir es la cruz; lo que quiso borrar es la idea de una comunicación de Dios con el hom­bre, de una revelación; lo que quiso destruir es una concepción religiosa de la vida.

«Estos audacestambién reconstruían; la luz de su razón disiparía las grandes masas de sombra de que estaba cubierta la tierra; volverían a encontrar el plan de la naturaleza y sólo tendrían que seguirlo para recobrar la felicidad perdida. Instituirían un nuevo dere­cho, ya que no tendría que ver nada con el derecho divino; una nueva moral, indepen­diente de toda teología; una nueva política que transformaría a los súbditos en ciudada­nos. Para impedir a sus hijos recaer en los errores antiguos darían nuevos principios a la educación. Entonces el cielo bajaría a la tierra» (El pensamiento… 10).

Bajar el cielo a la tierra… Dos herejías padecidas por la Iglesia habían creído ya en la capacidad del hombre para salvarse a sí mismo, sin necesidad de la gracia de Cristo: el pelagianismo, en lo personal, y ciertas modalidades delmilenarismo, en diversos mesianismos colectivos. Pues bien, el libera­lismo, como acertadamente señala Jaume Vicens Vives, es la actualización moderna de aquellos viejos errores:

«En el fondo de estos hombres [ilustrados], en apariencia fríamente racionales, hay un milenarismo, una creencia apasionada, casi mística, en la posibilidad de llegar a crear un paraíso terrestre, no por medio de una lenta evolución, sino de una especie de palingene­sia, una renovación súbita seguida de un estado indefinido de beatitud. Si a este se añade que estaban convencidos de lograr esta renovación automática por medio de la promul­gación de leyes y reglamentos, tendremos otro de los rasgos más característicos del mo­vimiento ilustrado» (Historia social… 204).

Pues bien, en este sentido, en el XVIII, en el Siglo de las luces, bajo el impulso de los filósofos, la Ilustración viene a ser una radicalización ex­trema y secularizada del milenarismo pelagiano. Y así, difundida por los enciclopedistas, la Ilustración consigue hacerse con los resortes del poder político a través de la masonería. A partir de la Revolución Francesa (1789) extiende victoriosa su influjo secularizante por el siglo XIX median­te la Revolución Liberal. Y continúa el impulso en la Secularización de nuestros días

–La masonería

En la implantación cultural, social y política de la ideología de la Ilus­tración va a corresponder a la masonería una función principal. Bajo su complicada maraña de grados, jerarquías y simbolismos, ella viene a constituirse en el Occidente cristiano como una contra-Iglesia profundamente naturalista y anti-cristiana, que espera la salvación del hombre y de la sociedad, no de la fe, sino de la razón.

En efecto, a comien­zos del XVIII, los mismos hombres que rechazan los misterios y ritos cristianos de la Iglesia, se agrupan en logias llenas de misterios y de ritos, comprometidos al secreto más total: «Prometo y me obligo ante el gran ar­quitecto del Universo y esta honorable compañía a no revelar nunca los secretos de los masones y de la masonería». En 1717 se forma la Gran Lo­gia de Londres, la madre de todas las logias masónicas. Los free massons, pocos años después, con nombres traducidos a los lenguajes locales, se ex­tienden por toda Europa. En la primera parte de su historia los masones fueron deístas, al modo de Pope o Voltaire, Lessing o Rousseau, y no po­dían ser ateos.

Eso explica la afiliación masónica de algunos pobres cléri­gos progresistas, asustados por la apostasía  ascendente de la época. Los primeros masones, sin atacar todavía directamente a Cristo y al mundo de la gracia, pues son «tolerantes», profesan optimistas una religión natural, una ética universal, «en la que todos los hombres pueden estar de acuerdo», también los católicos, según piensan.

Así las cosas, en el XVIII, pertenecer a la masonería es un signo de distinción, algo que da tono en los salones elegantes y en las cortes de los reyes, también en los países católi­cos. A ella, pues, se afilian en gran número miembros de la nobleza, burgueses notables o clérigos ilustrados.

Son masones Joseph de Maistre, el conde de Clermont, el duque de Chartres, Francisco de Lorena, casado con la emperatriz de Austria… El rey Federico II de Prusia llega en 1744 a ser Gran Maestre. Las logias, en cambio, permanecen cerradas al pueblo bajo, y en los comienzos, también a las mujeres, que son recibidas solamente en logias de adopción. La reina María Carolina de Nápoles es francmasona. Voltaire, en jornada apoteósica, introducido por Franklin, se afilia en 1778 a una logia de París, ani­mada primero por Helvetius, y luego por Lalande…

La Iglesia entendió muy pronto el carácter determinadamente anticris­tiano de la masonería, que fue condenada muy pronto por Clemente XII en 1738 y por Benedicto XIV en 1751, así como por los Papas del XIX y del XX.

También las monarquías europeas, en general, reaccionaron contra la masonería, pero no por principios espirituales, sino por estrategias de Es­tado. Por eso ya en el XVIII las coronas europeas se vieron infiltradas por ella, y aceptando educadores y ministros masones, fueron impulsando de­cididamente la secularización de la sociedad. Éste fue el justamente lla­mado despotismo ilustrado, que encontró con frecuencia grandes resis­tencias en el pueblo católico, y que fue el precedente inmediato del libera­lismo del XIX.

Por cierto, es de señalar que las logias, bajo la guía superior de la Corona británica, atentaron siem­pre contra las monarquías católicas –en Francia, España, Italia, Austria–, pero dejaron siempre en paz las Coronas protestantes, en las que no veían obstáculo para el libera­lismo masónico.

–El liberalismo del XIX

El liberalismo afirma la libertad humana por sí misma, sin sujeción al­guna, sobre todo en la res publica, a la verdad, al orden natural, a la ley divina; y así viene a serun naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios: «seréis como Dios, conocedores del bien y el mal» (Gén 3,5). León XIII puso bien de manifiesto esta irreligiosidad congénita del liberalismo en su encíclica Libertas (1888: 1,11,24). Y por otra parte, como advierte Pío XI, del liberalismo nacen, como hijos suyos naturales, elsocialismo y el comunismo (Divini Redemptoris 38: 1937), que son otros modos de milenarismo pelagiano –el cielo bajará a la tierra–, más radica­les todavía, como lo serán en el siglo XX el nazismo o el fascismo.

Pero en el fondo liberalismo, socialismo y comunismo, como el nazismo o el fascismo, son de la misma familia espiritual. En realidad viene a dar lo mismo que el bien y el mal sean decididos por la mayoría democrática o por el partido único. En todo caso es la libertad del hombre, sin referencia a Dios y a un orden natural, quien determina, en un positivismo jurídico absoluto, lo bueno y lo malo. Todos los ismos aludidos son, pues, formas políticas de poder laicista, que niegan a Dios, que pretenden procurar el bien común de los pueblos, rechazando precisamente la soberanía de Dios sobre las naciones.

Quizá algunos de ellos admitan la autoridad de Dios en la inti­midad de las conciencias individuales, pero, ya desde la Revolución fran­cesa, es común a todas las formas de poder laicista el rechazo de la sobe­ranía de Dios sobre la sociedad. Hoy hablamos de todo esto con otras palabras, como secularización, o bien como ese humanismo autónomo que el Vaticano II denuncia (GS 36c).

 

–El liberalismo contra la Iglesia

El liberalismo, a lo largo del XIX y hasta nuestros días, se extendió, so­bre todo por intereses económicos, en la alta burguesía y en la aristocra­cia, con bastantes excepciones entre la nobleza territorial no absentista. Y se difundió también, por convicción intelectual, en las universidades y en­tre las profesiones liberales.Unos y otros, por amor a la riqueza o por or­gullo intelectual, esperaron del liberalismo la felicidad y prosperidad de los pueblos. (Cf. Alberto Caturelli, Liberalismo y apostasia). 

Punta de lanza del liberalismo fueron los partidos radicales, iniciados en Fran­cia, cien años después de la Revolución francesa, como una reivindicación del jacobinismo, es decir, de los ideales genuinamente liberales de 1789. Nacidos, pues, como una reacción contra los liberales moderados; llama­ban a éstos doctrinarios, porque no llevaban hasta el final los principios del liberalismo. La masonería, por su parte, vino a ser como la jerarquía eclesiástica del liberalismo, la que daba a éste un carácter más acentuado de neo-religión o creencia. Muchas veces fueron masones quienes presidie­ron los partidos radicales.

En conformidad con sus principios doctrinales, nada tiene de extraño que el liberalismo haya perseguido duramente a la Iglesia en los dos siglos últimos, tratando de limitar y reducir lo más posible su influjo en la vida de los pueblos, como en seguida lo veremos en la América hispana.

En realidad, el liberal, de suyo, no ve la causa del liberalismo como una lucha contra Dios, en cuya existencia no cree. En todo caso, si es que existe, es el Ser supremo de los deístas, que no se mezcla para nada en los asuntos del los hombres. Pero sí entiende la causa del liberalismo como una lucha contra los hombres e instituciones que se obstinan en afirmar la absoluta y universal soberanía de Dios sobre este mundo.

En este sentido, el liberal estima como vocación propia «luchar contra los obstáculos tradicionales», contra el fanatismo del clero y del pueblo, con sus innumerables tradiciones cristianas, que sellan en la fe las fiestas y el arte, el folklore y la cultura. Más aún, propugnando por ejemplo la legalidad del divorcio o del aborto, extiende su lucha contra las personas o instituciones que afirman un orden natural inviolable, fundamentado en el mismo Creador.

 

–La Iglesia contra el liberalismo

Igualmente es inevitable que la Iglesia libre una larga batalla contra el milenarismo pelagiano de la revolución liberal. Fijándonos de nuevo en el siglo XIX, la Iglesia lucha duramente contra el liberalismo, tratando sobre todo de frenar sus consecuencias desastrosas en la vida pública de los pueblos.

Ya Gregorio XVI (Mirari vos 1832) y Pío IX (Syllabus 1864) combatieron con energía los errores modernos del liberalismo, y también las otras formas principales del naturalismo, el socialismo y el comunismo (Quanta cura 1864). En los años de León XIII fueron mu­chos los documentos pontificios que combatieron la concepción laica del orden político (Quod Apostolici muneris 1878, el socialismo; Diuturnum 1881, el poder civil; Humanum genus 1884, la masonería; Immortale Dei 1885, la constitución del Estado; Libertas 1888, la verdadera libertad; Rerum novarum 1891, la cuestión social; Testem benevolentiæ 1899, el americanismo; Annum sacrum 1899, consagración del mundo al Corazón de Jesús).Aunque en nuestro tiempo el término liberal tiene una significación a veces muy diversa, todavía Pablo VI en la carta Octogesima adveniens (1971: 26, 35) señala los as­pectos inadmisibles del liberalismo.

A lo largo del siglo XIX, en todo el mundo occidental hay, pues, una lu­cha permanente entre católicos y liberales. Los católicos afirman: «es preciso que reine Cristo» (1Cor 15,25) sobre nuestros pueblos, mayori­tariamente católicos. Los liberales quieren lo contrario: «no queremos que éste reine sobre nosotros» (Lc 19,14).

 

–Los católicos liberales

Y aún existe, entre unos y otros, favoreciendo siempre a los liberales, la especie híbrida de los católicos liberales –círculos cuadrados–. A ellos se debe principalmente que se haya quitado de los hombros de Occidente «el yugo suave y la carga ligera» de Cristo Rey (Mt 11,30), y que se haya im­puesto sobre los antiguos pueblos cristianos el yugo férreo y la carga aplastante del liberalismo, o de sus derivaciones socialistas y comunistas, nazis o fascistas. El cielo bajado a la tierra… En efecto, durante los si­glos XIX y XX serán normalmente los sinDios quienes –con toda naturali­dad y como si ello viniera exigido por la paz y el bien común– gobiernen los pueblos cristianos, procurando con éxito la secularización profunda de la sociedad.

Entre los católicos liberales hubo quienes aceptaban el liberalismo prácticamente, como un mal menor que convenía tolerar. Pero también hubo otros que lo asumían teóricamente, reconociendo en él un bien que los cristianos debían propugnar como verdadera causa evangélica. En el comienzo, bajo la guía del obispo Dupanloup (+1878), predomina la pri­mera versión del catolicismo liberal, pero ya hoy prevalece la segunda en el mundo democrático y en gran parte de las Iglesias locales.

En efecto, el liberalismo que prevalece sin tardar mucho, siguiendo la inspiración del abate Felicité de Lamennais (1782-1854), y que se afirma más y más hasta nuestros días, es el liberalismo católico de convicción, que vincula el Evangelio a las modalidades concretas de las modernas libertades y a los diversos mesianismos seculares. Y esto sucede a pesar de que la Iglesia, por el magisterio de Gregorio XVI, condena pronto como «paridades blasfemas» esas identificaciones, o reducciones, de la salvación a ciertas causas temporales (Mirari vos 1832).

El catolicismo liberal, con Lamennais al frente, exalta con entusiasmo el orden temporal, todo aquello que el hombre en cuanto criatura es capaz en principio de hacer por sus fuerzas, viendo en ello «la causa de Cristo»; y al mismo tiempo, reduce a segundo plano el orden sobrena­tural, lo que es don de Dios, la Revelación sagrada, la salvación en Cristo por gracia, el perdón de los pecados, la elevación a la filiación divina. Es ésta la típica inversión del catolicismo liberal.

–Exaltación del mundo, devaluación crítica de la Iglesia

El catoli­cismo tradicional, el bíblico, ve el mundo como generación mala y perversa, del que hay que liberarse (Hch 2,40), si de verdad se le quiere salvar (+Rm 12,2; 2Cor 6, 14-18; Flp 2,15; 1Jn 2,15-16). Considera que el Espíritu es el que da vida, mientras que la carne es débil, y no sirve para nada (+Jn 6,63; Mt 26,41). (De todos estos temas he tratado más ampliamente en mi libro De Cristo o del mundo.

Clemente de Alejandría (+215), por ejemplo, fiel a la visión tradicional cristiana, en su libro el Pedagogo, ve en la Iglesia la perenne juventud de la humanidad (I,15, 2), el pueblo «nuevo», el pueblo «joven» (I,14, 5; 19,4), en contraposición a la «antigua locura», que caracteriza al mundo pagano, viejo y gastado (I,20, 2). Por el contrario, en el polo opuesto de esa visión, el catolicismo liberal moderno, plenamente vigente en nuestros días, estima que precisa­mente es en el mundo donde la Iglesia halla su principio renovador, y así enseña a desfigurar la Iglesia mundanizándola, con «buena conciencia», siempre que ella entre en contraste irreconciliable con el mundo.

El Vaticano II afirmó con claridad que «si autonomía de lo tempo­ral quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras» (GS 36c). Pero ésa es justamente la visión principal del catolicismo liberal. Estima, con pleno acuerdo del mundo, por supuesto, que las realidades seculares –el pensa­miento y el arte, las instituciones y el poder político, la enseñanza, la economía y todo– sólo pueden alcanzar su mayoría de edad sacudiéndose el yugo de la Igle­sia. Y considera también, simétricamente, que la Iglesia tanto más se renueva cuanto más se mundaniza secularizándose; y que más atracción ejerce el cristianismo ante el mundo, cuanto más lastre suelta de tradición católica. La enorme falsedad de esta última frase puede ser conocida con certeza tan a priori como a posteriori.

* * *

Pues bien, éstos eran los espíritus contrarios que luchaban entre sí, disputándose las sociedades del Occidente cristiano. Y en el marco de esa lucha se produjeron las indepen­dencias de la nuevas naciones hispanoamericanas. De ello trataré, Dios mediante, en el próximo artículo.

 

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

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