¿Qué es el socialcristianismo?

El cristianismo aplicado al ámbito social

Introducción

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) da una pista falsa al definir el término “socialcristiano” así:

“Dicho especialmente de una idea o de un partido político: Que participan de los principios del socialismo y del cristianismo".

Basta pensar en la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, partido político sin ninguna afinidad con el socialismo, para darse cuenta del grueso error del DRAE.

El significado del término “socialcristianismo” es fácil de entrever: se trata simplemente del cristianismo aplicado al ámbito social. El cristianismo es una cosmovisión; tiene una determinada visión del hombre, de la vida y del mundo. No es extraño pues que tenga también una dimensión social. La doctrina cristiana tiene consecuencias en todos los ámbitos, también en el ámbito social y político.

La Iglesia Católica ha desarrollado un cuerpo doctrinal muy rico en esta materia, que suele llamarse Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” en 2004, casi al final del largo y fructífero pontificado de San Juan Pablo II, es una excelente introducción al tema1. Es imposible presentar adecuadamente la DSI en pocas palabras, por lo que aquí me limitaré a hacer algunas observaciones sobre dos de sus principios: el principio de solidaridad y el principio de subsidiariedad. Se trata de dos principios que deben ser entendidos en su relación mutua.

El principio de solidaridad puede ser enunciado de una forma simple: todos somos responsables de todos. Este principio se opone al individualismo, según el cual cada individuo humano existe sólo o fundamentalmente para sí mismo. El individualismo es la racionalización del egoísmo, defecto que aflige a los hombres desde los albores de la historia.

En el primer libro de la Biblia encontramos un rechazo nefasto del principio de solidaridad en palabras de Caín, el primer homicida:

“Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos afuera.» Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahveh dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?» Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano2?»”

Sí, en cierta medida y en última instancia, todos somos responsables de cada uno de nuestros hermanos.

A continuación intentaré explicar el principio de subsidiariedad. Todos somos responsables de todos, pero no de cualquier modo, sino dentro de un orden donde cada persona, familia, grupo y organización conserva su propio ámbito de libertad y de responsabilidad primaria, de modo que la colaboración de los demás adopta la forma de un “subsidio” para los casos en que uno no se basta a sí mismo y necesita una ayuda externa. Este principio implica que las personas, familias, empresas, asociaciones, etc. deben contar con un amplio margen de libertad y de iniciativa en la vida social y económica de un país, y que el Estado no existe para absorber, sustituir o sofocar a esas entidades más pequeñas, sino para ayudarlas a alcanzar más fácilmente sus fines propios.

El principio de subsidiariedad se opone al colectivismo, que tiende a la absorción de los individuos por parte de un aparato estatal siempre creciente, con vocación totalitaria.

Conservadorismo

Hay distintos tipos de conservadorismo, que se distinguen entre sí en función de lo que pretenden conservar. Sin duda existe un conservadorismo interesado en conservar el statu quo, o sea mantener el orden social vigente con todos sus defectos e injusticias. Es claro que el socialcristianismo no es ese tipo de conservadorismo. Lo que a los cristianos nos interesa conservar (además del depósito de la fe, pero ése es otro tema), no es ningún orden social injusto, sino ante todo el apego a la ley moral natural, que es la ley intrínseca que rige nuestro desarrollo en cuanto personas. Nuestra adhesión al orden moral objetivo nos impulsa a rechazar todo orden social injusto, y a trabajar por el crecimiento del bien común y la justicia social.

Ciertamente los cristianos alabamos a Dios por el orden maravilloso de la Creación. ¿Cómo no contemplar con admiración y gratitud, por ejemplo, la “sintonía fina” de las constantes físicas fundamentales que hace posible la existencia de la vida en el universo? ¿Cómo no extasiarse ante la intrincada trama de las complejísimas y eficientes “máquinas moleculares” que componen las células o ante el cerebro humano, el objeto más sorprendente del universo material? No obstante, es evidente que el reconocimiento del diseño inteligentísimo del orden natural no impide a los cristianos afirmar la existencia del mal físico y el mal moral. No puedo sintetizar aquí, en unas pocas líneas, la respuesta cristiana al problema del mal, ni la doctrina cristiana sobre el pecado original, el pecado personal y el pecado social. Empero, basta aludir a ellas para darse cuenta de que el conservadorismo cristiano no consiste en considerar que todas las cosas de este mundo están bien como están. Para subrayar este punto, citaré una sola frase del Nuevo Testamento: “El mundo entero yace en poder del Maligno3.”

Es un serio error creer que la visión cristiana insiste en que con fe y voluntad puede lograrse cualquier cosa. Esa insistencia no es propia de la doctrina cristiana tradicional, sino más bien del “pensamiento positivo” de la New Age. No se debe confundir la esperanza cristiana con el optimismo psicológico o ideológico. Sobrellevar con paciencia y esperanza sobrenatural los contratiempos inevitables de la vida es parte integral de la vida cristiana.

Por último, también es erróneo atribuir a los cristianos la perspectiva según la cual la meta del ser humano es el éxito personal, y que la responsabilidad del resultado es exclusivamente propia. Nada más alejado de la verdad. El cristianismo considera que las formas de gobierno adecuadas son las que buscan el bien común, y rechaza enérgicamente el individualismo y el liberalismo, subrayando la importancia del principio de solidaridad, entendido en conexión con el principio de subsidiariedad.

La antropología individualista hace estragos no sólo a la derecha, sino también a la izquierda del espectro político. La profunda desconfianza izquierdista frente a todo lo privado (propiedad privada, empresa privada, etc.) está relacionada con la premisa individualista según la cual, como pensaba Hobbes, en el estado de naturaleza (es decir, antes del mítico contrato social) “el hombre es un lobo para el hombre". La sociedad no sería algo natural y bueno de por sí sino un mal necesario para alcanzar una mayor seguridad, desarrollo e igualdad. De hecho no pocos izquierdistas, pese a su solidaridad abstracta con la humanidad, no son solidarios con el prójimo que vive a su lado. Quizás quieren que el Estado se ocupe de los necesitados (aunque sean de su propia familia), para no tener que ocuparse de ellos por sí mismos.

Nacionalismo

El DRAE indica dos acepciones de la palabra “nacionalismo":

“1. Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. 2. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.”

Por otra parte, el DRAE indica cuatro acepciones de la palabra “nación", de las que citaré dos:

“1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno. (…) 3. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.”

En síntesis, el nacionalismo es la idea de los integrantes de un pueblo que los mueve a querer vivir juntos como nación, en un mismo Estado.

¿El nacionalismo es compatible con el cristianismo? Desde el punto de vista de la moral cristiana, es necesario distinguir entre un “nacionalismo bueno” (al que se suele llamar patriotismo) y un “nacionalismo malo", que no respeta el deber moral de amistad y justicia hacia las demás naciones del mundo.

Los principios de solidaridad y de subsidiariedad de la DSI se aplican en todos los niveles, incluso el nivel internacional: todos somos responsables de cada individuo, pueblo y nación (solidaridad); pero lo somos dentro de un orden en el que cada individuo, pueblo y nación conserva su propio ámbito de libertad y responsabilidad, de tal modo que los organismos internacionales no existen para absorber o eliminar los Estados nacionales, sino para ayudarlos a alcanzar de un modo más fácil, completo y perfecto su propio bien (subsidiariedad).

El mandamiento divino del amor al prójimo se aplica a todos los seres humanos; pero es obvio que mis deberes para con mis hijos son mucho mayores que mis deberes para con los hijos de mi vecino. Tengo la responsabilidad directa y primaria de mantener y educar a mis propios hijos. En cambio, con respecto a los hijos de mi vecino esa responsabilidad no es mía, sino de mi vecino. Mi responsabilidad hacia ellos es subsidiaria e indirecta. Este principio fundamental, que es tan evidente en el nivel de las familias, se aplica también analógicamente en el nivel de las naciones. Se debe respetar la soberanía de cada nación, y ayudar a las demás naciones en caso de que esa ayuda sea necesaria o conveniente.

Así como, si se respetan los principios de solidaridad y subsidiariedad, el amor preferencial de cada ciudadano por su propia familia no impide sino que favorece la unión de todos los ciudadanos en una sola nación, así también los patriotismos de los distintos pueblos no impiden sino que favorecen la unión de todas las naciones en una sola humanidad. Por lo tanto no es correcto, como suele hacerse hoy, identificar simplemente el nacionalismo con la xenofobia, el racismo o el imperialismo, aunque algunas formas de nacionalismo estén en mayor o menor grado contaminadas por esos aspectos negativos. Más aún, dentro de ciertos límites, tampoco esa contaminación obliga a descartar totalmente los nacionalismos contaminados. En esos casos es preciso usar el discernimiento para separar la paja del trigo y no tirar al bebé junto con el agua sucia de la bañera.

Conviene tener presentes estas nociones básicas al evaluar el actual y creciente conflicto político entre el “globalismo” (o internacionalismo) y el nacionalismo o, mejor dicho, los nacionalismos. Es preciso reconocer que la globalización, pese a sus muchos aspectos positivos, trae consigo también aspectos negativos, que suelen ser minusvalorados por los globalistas, es decir los partidarios de la globalización a ultranza. Éstos a menudo son liberales que sueñan con un mundo sin fronteras, donde circulen con total libertad los bienes, los servicios, las personas, la información, el dinero, etc.

La DSI nos invita a valorar las libertades sin idolatrarlas, reconociendo tanto sus ventajas como sus desventajas.

Consideremos por ejemplo el caso de las migraciones. Es cierto que existe un derecho a emigrar (y también –no lo olvidemos– un derecho, aún más fundamental, a no emigrar), pero no existe el deber moral y legal de una nación de acoger una inmigración masiva de un modo totalmente indiscriminado, independiente de su magnitud cuantitativa y de cualquier característica de los inmigrantes. Por razones prudenciales, todo Estado tiene derecho a regular con justicia la inmigración, a fin de respetar tanto los derechos de los inmigrantes, hacia los cuales, antes de recibirlos, tenemos como nación una responsabilidad subsidiaria, como los derechos de los ciudadanos naturales del país, hacia los cuales tenemos siempre como nación una responsabilidad primaria. Por lo tanto, no puede calificarse a priori como anticristiano cualquier intento de eliminar la inmigración ilegal o de disminuir la inmigración legal. Cada propuesta al respecto debe ser estudiada con base en los principios de la moral social y teniendo muy en cuenta las circunstancias concretas del país y del momento presente.

Populismo

El DRAE indica dos sentidos de la palabra “populismo". El segundo es:

“Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. Úsase más en sentido despectivo.”

Esta definición suscita varias perplejidades. ¿Acaso hay alguna tendencia política democrática que no pretenda atraer a las clases populares? ¿Por qué predomina el sentido despectivo, aplicado a algo tan normal y obvio como el deseo de atraer a las clases populares por parte de movimientos políticos?

Para intentar responder estas preguntas, puede servirnos recordar que, según Aristóteles, las principales formas de gobierno son seis. Tres puras: monarquía, aristocracia y democracia o república; y tres impuras: la tiranía (corrupción de la monarquía), la oligarquía (corrupción de la aristocracia) y la demagogia (corrupción de la democracia). En las formas puras de gobierno, los gobernantes procuran la justicia y el bien común, mientras que en las formas impuras procuran principalmente su propio beneficio individual.

Se suele relacionar el sentido despectivo de “populismo” con la demagogia. En ese caso los políticos populistas buscan atraer a las clases populares atendiendo sobre todo a su propio interés (el de los políticos); por ejemplo, planteando propuestas nocivas para el bien común pero capaces de atraer el voto de las clases populares.

¿Son realmente demagógicas todas las tendencias políticas calificadas hoy usualmente como populistas? Pienso que aquí cabe hacer una distinción. Los movimientos políticos que los medios de comunicación suelen llamar populistas corresponden a dos tendencias principales, que llamaré populismos conservadores y populismos progresistas. El conflicto político entre progresistas y conservadores es distinto al conflicto político entre izquierda y derecha, aunque tiene relación con él. El eje principal del primer conflicto no es, como en el segundo, la mayor o menor injerencia del Estado en la vida económica y social, sino una cuestión filosófica más honda: ¿existe o no un orden moral objetivo, una ley moral natural que el ordenamiento jurídico del Estado debe respetar y promover? Los conservadores responden esta pregunta afirmativamente, mientras que los progresistas, por su relativismo historicista, lo hacen por la negativa.

Los cristianos sabemos que, en esa cuestión crucial, la razón está del lado de los conservadores. No justificaré aquí esa afirmación, sino que la daré por sentada. De ella se deduce que los populismos progresistas (que suelen ser también socialistas y globalistas), independientemente de la buena o mala intención de sus proponentes, son objetivamente malos para la sociedad en general, y para las clases populares en particular; y, a la inversa, los populismos conservadores (que suelen ser también antisocialistas y nacionalistas), a pesar de algunos aspectos negativos, contienen aspectos positivos de gran valor para la sociedad en general, y para las clases populares en particular.

Una digresión: los antisocialistas se dividen en dos tendencias principales: socialcristianos y liberales, por lo que hay un conflicto latente dentro del campo del populismo conservador.

Descendiendo del plano de las abstracciones al de las realidades concretas de nuestro tiempo, cabe desconfiar de las rápidas descalificaciones que la gran prensa suele prodigar hoy sin cesar a los populismos conservadores. Esa actitud tan poco ecuánime de la gran prensa, de la que una buena parte está al borde de la histeria desde la victoria de Trump en noviembre de 2016, ayuda a formular una hipótesis inquietante: la élite cultural, política y económica que predomina en el Occidente otrora cristiano aplaude como democráticos los resultados electorales que le convienen y denosta como populistas los resultados electorales que le son adversos. En otras palabras, mientras ellos ganan se trata de democracia, pero cuando pierden se trata de populismo. Esta hipótesis no puede ser descartada fácilmente.

Lo que está ocurriendo hoy podría ser simplemente que la mayoría de la población (la clase media y la clase trabajadora) se está dando cuenta de que las políticas públicas predominantes, con su supuesta neutralidad moral, sus altos impuestos, sus servicios públicos de mala calidad, su creciente intervencionismo estatal, etc., la perjudica en gran medida, y que el sistema actual funciona básicamente a costa suya. 

Daniel Iglesias Grèzes

Notas

1) Dicho Compendio está disponible en esta página: https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html

2) Génesis 4,8-9.

3) 1 Juan 5,19.


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