25.04.20

(420) Como jaula que busca su pájaro

19

La extensión del cainismo post-revolucionario a escala mundial es obra del nihilismo de tercer grado, institucionalizado por la Modernidad política. La mente cainita ofende las tradiciones locales, pretende oficializar el rechazo de la gracia. El nihilismo aspira a dominar las naciones, pretende expandirse hasta los últimos reductos de cultura, quiere enjaular las sociedades caídas entre los barrotes del estado de enemistad, del rechazo de la justificación.

 

20

Por eso es conforme al Estado Mundial retirarse a su olimpo secreto cuando los Estados Particulares andan en apuros y quebrantados. Luego volverá a meter mano, cuando el panorama nacional vuelva a su cauce.

 

21

Como la jaula sale en busca del pájaro, que dice Kafka, el Estado Mundial sale en busca de las Patrias. Y para cerrar la llave, nada mejor que convertirlas en burocracias existenciales, en administraciones del nihilismo, gestionadas por partitarquías groseras y oligárquicas. Son afinidades electivas, como apuntaba González García en su comparativa Weber/Kafka. La mente globalista aborrece las patrias, por eso, desde que eclosionó del huevo decimonónico, busca al Estado Mundial como a su espíritu afín. 1789 no se contentó con Francia. Quiere una Anti-Iglesia, una pseudocatolicidad alternativa, como el arma homicida ambiciona la mano de Caín.

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22.04.20

(419) Sólo una catolicidad es posible

11

Sólo puede existir una catolicidad, y es la de la Iglesia.

 

12

Las metáforas de la máquina, el engranaje, el aparato, ya no valen del todo para el posmoderno burocratismo mundializado. Ahora es más afín la imagen del oscuro azar, de la Gorgona a la que no se ha de mirar, del monstruo marino inadvertible por vigía alguno, porque mora más allá de las olas, dominando invisible sus aguas territoriales.

 

13

Quien domina el Estado moderno domina la sociedad. Quien domina el Estado Mundial domina los Estados modernos.

Quien domina el Estado Mundial domina las sociedades.
Promover organismos mundiales de control, al servicio del Estado Mundial, no es católico.

 

14

Existe un existencialismo burocrático y es el de la partitarquía personalista. En ella el derecho está subordinado a los existenciales concretos.
El resultado es una macroestructura multiforme y apriorística pulverizada en mónadas administrativas absolutamente dependientes de las circunstancias, tan efímeras como las opiniones y contraopiniones a cuyo vaivén están sometidas.

 

15

El existencialismo burocrático divide el poder politico en mónadas de voluntad de dominio. Algunas tienen trayectoria fija. Otras son imprevisibles. Unas se comportan como ondas, otras como partículas. Para articularlas en un conjunto de dominio existe un oscuro principio de legitimidad que apela a formas jurídicas nacionales, convencionales y efímeras, unas; internacionales, otras. Las unidades imponderables de poder, sin embargo, sólo responden a las autoridades sinárquicas, sobreentendidas, del Estado Mundial.

 

16

El espíritu burocrático ha pasado, con la crisis del Estado liberal, de ser mecanicista a ser onírico.

 

17

El espíritu burocrático globalista no es ya comparable, como hacían Weber o Kafka, a una máquina; ahora, más que de racionalismo, se nutre de voluntad de dominio. La transmutación es, sin duda, nietzscheniana.

 
18
La Iglesia, única catolicidad querida por Dios, ha de estar libre de toda sinarquía global, debe mantenerse lejos de todo proyecto post-revolucionario de Anti-Iglesia. Porque universal y global son términos imposibles de conciliar.
 

17.04.20

(418) Encender las almenaras

6

La presente situación ha de agudizar y afilar el sentido de la fe.

 

7

Cautela, en lugar de apertura al ídolo moderno. Es hora ya, hermanos, de poner centinelas y encender las almenaras. Bastante pensamiento extraño entró dentro, devastando y confundiendo. Cerremos los portones y subamos el puente levadizo, y salgamos, tan sólo, para difundir el necesario Nombre de Cristo.

 

8

La oposición a la Modernidad es áspera y a contracorriente. ¿Por qué no invocar suaves conyunturas y acomodaticias componendas que rebajen la tensión? Por honor cristiano, simplemente.

 

9

Las fuerzas espirituales que salvarán la Hispanidad tendrán que aparecer, tarde o temprano.

 

10

No hay otra que volver a proponer el reinado social de Cristo, hacer por reinstaurarlo conforme a su Corazón, de la manera justa y proporcionada que requiere. No hay otra que recuperar la emboscadura, el divinal refugio, la esplendorosa realeza de Nuestro Señor.

Venga a nosotros tu Reino.

9.04.20

(417) Manojos de serpientes

1

La Beata Ana Catalina Emmerick, en julio de 1821, hablaba del Iluminismo que contaminaba la mente de los estudiantes —vale también decir seminaristas—, cual «manojos de serpientes en las manos, las cuales les entraban por la boca y les sorbían los sesos»; son, dice, “serpientes filosóficas”». 

Más adelante continúa:

«me vi con espanto en una tabla medio podrida y tuve que pedir a mi guía [su ángel custodio] que me socorriera. Mi guía me tranquilizó y me puso en lugar seguro. Habiéndole yo preguntado qué significaba aquella cajita negra [que poseían los discutidores y polémicos maestros de los que había hablado antes] me respondió: “Es la presunción y la sofistería; y aquella mujer [que dominaba aquel lugar de discusión y polémica] es la filosofía, o, como dice, la razón pura, que todo lo quiere según su forma. A ella se atienen estos maestros; no a la verdad de oro de la tradición pura”».

 

2

La Iglesia docente no podrá combatir estas serpientes filosóficas que envenenan la doctrina tradicional si renuncia a su potestas para controlar el error, y a su auctoritas, para enseñar la verdad con exactitud y sin omisiones; o si la ejerce al modo liberal —como hace demasiado a menudo—, o si sucumbe a la presión de las oligarquías intelectuales de fuera y dentro del ámbito eclesial. No podrá configurarse como un refugio espiritual, como una emboscadura —que diría Ernst Jünger—, si no se opone a los principios esenciales del siglo.

Si la Iglesia piensa con la razón pura, o sea con mente iluminista, kantiana, ilustrada, postrevolucionaria, en lugar de con la tradición pura, ¿cómo salvará al mundo del veneno anfisbeno de la Modernidad? Aceptemos que hay cosas que, durante estos años, se han hecho rematadamente mal. Sin autocrítica, sin penitencia, sin autoexigencia, sin examen de conciencia no hay santa reforma. Y aproximarse demasiado al mundo, renunciar a ser su contrario, derribar las murallas, abrir la puerta de la ciudadela y dejar que entren los encantadores de serpientes, es temerario. Porque, como bien dice Dalmacio Negro: «la Iglesia —las iglesias—, sumida también en el proceso de decadencia, no es hoy un contramundo en el mundo, […] más o menos enfeudada a los gobiernos temporales».

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4.04.20

(416) No como atenienses

De un discurso de Pericles en los primeros años de la guerra del Peloponeso, cuando Atenas rebosaba de optimismo. Lo parafrasea el gran Tucídides en su impresionante Historia de la Guerra del Peloponeso:

«Resumiendo, afirmo que la ciudad toda es escuela de Grecia, y me parece que cada ciudadano de entre nosotros podría procurarse en los más variados aspectos una vida completísima con la mayor flexibilidad y encanto. Y que estas cosas no son jactancia retórica del momento actual, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío de la ciudad».

Tucídides, tras exponer las palabras del hijo de Jántipo, expone concisamente cómo, tiempo después, «comenzó a aparecer por primera vez la famosa peste, de la que se decía que había atacado con anterioridad en otros muchos lugares».

Y es que «una epidemia tan grande y tan destructora de hombres no se recordaba que hubiera ocurrido en parte alguna» […] Una epidemia que «penetró en la ciudad, y los muertos fueron ya muchísimos», pues «la índole de la enfermedad era superior a todo lo que pueda describirse […] Morían unos por falta de atención y otros pese a estar atendidos […] Lo más terrible de toda esta enfermedad fue el desánimo que le embargaba a uno cuando se percataba de que estaba enfermo (pues inmediatamente abandonaba su espíritu a la desesperación) […] y fue el contagio lo que motivó mayor número de víctimas, pues si por temor no querían ponerse en contacto unos con otros, los enfermos morían abandonados, y así muchas casas quedaron vacías por falta de quien las atendiera».

Y sigue así Tucídides:

«Todos los ritos que hasta entonces habían seguido para enterrar a sus muertos fueron trastornados, y sepultaban a sus muertos según cada cual podía. Muchos tuvieron que acudir a indecorosas maneras de enterrar, dado que carecían de los objetos del ritual».

«La peste introdujo en Atenas una mayor falta de respeto por las leyes», «y nadie estaba dispuesto a sacrificarse por lo que se consideraba un noble ideal, pensando que era incierto si iba él mismo a perecer», «tenían en lo mismo ser piadosos o no, al ver que todos por igual perecían».

«Los atenienses estaban abrumados por tal calamidad».

Lo más terrible, para ellos, era que «las súplicas en los santuarios o acudir a adivinos y similares resultaron por completo inútiles, y todo el mundo acabó por desistir de ellos, derrotados por el mal». (TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso, Alianza, Madrid, 1989, págs. 158.167).

No como atenienses. No tenían al Dios Uno y Trino, sino dioses inventados. No tenían culto en espíritu y en verdad. No tenían Revelación. No podían, sacramentalmente, nacer de nuevo. No podían hacer la penitencia que enseñó el Precursor. No podían ofrecer el sufrimiento para limpiar toda tiniebla de reato. No podían hacer meritorio su padecimiento. No tenían santos intercesores. No sabían levantar las manos hacia lo alto, para vencer con las armas de la súplica. No podían completar lo que faltaba a las aflicciones de Cristo, conforme enseña el Apóstol (Cf. Col 1, 24). No tenían a la Inmaculada Concepción, omnipotencia suplicante.