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23.05.20

(425) Transmutación reformista de la fe

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El pensamiento católico europeo posterior a la II Guerra Mundial se caracteriza, en general, por la adopción de planteamientos liberales; por una parte, liberal-progresistas; por otra, liberal-conservadores. Estos últimos reclamarán la ortodoxia intelectual, apelando al nuevo orden sociopolítico en clave democristiana, y readaptando los principios del catolicismo liberal decimonónico y de principios del siglo XX, esto es, el modernismo. El resultado será el neomodernismo, que es un movimiento ante todo, liberal conservador.

 

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La primera virtud que quedará afectada por esta conformación al siglo sera la virtud teologal de la fe, de cuya crisis comenzamos a hablar en los diez primeros parágrafos anteriores. La perspectiva neomodernista será perfecta para adaptar la fe a la mentalidad liberal conservadora: individualismo ético, es decir, existencialismo, mitigado por el comunitarismo progresista. Porque en lo social y en lo económico, y también en lo antropológico, los católicos conservadores querrán parecer progresistas. Nada mejor, para ello, que reivindicar una socialdemocracia moralista, que manteniendo la ortodoxia en moral sexual, adquiera apariencia reformista y social.

 

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Esta socialdemocratización espiritualista del catolicismo será llevada a cabo, en el plano teológico, por la Nueva Teología, utilizando el Método de Inmanencia de Maurice Blondel para inmanentizar la fe cristiana sin que se note, hibridando lo natural con lo sobrenatural. Y en el plano filosófico, por el Personalismo, recentrando el pensamiento cristiano en la persona, escindiendo de ella el orden metafísico para reformar la antropología católica según los presupuestos subjetivistas del liberalismo social de corte socialista. Pero sin pasarse. Éste, el liberalismo social moderado, concretamente el que León XIII denomina de tercer grado, será desarrollado en clave piadosa por la democracia cristiana.

 

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Ante todo, la reforma liberal de la fe se ha realizado confundiéndola con la esperanza, al modo protestante. La fiducia es más adaptable al nuevo orden que la fe teologal. La fe dejará de consistir en creer, para consistir en confiar. Ya no se creerán verdades, ya no se creerán doctrinas. Se confiará en una Persona humana que por sus excelencias es divina. Aunque no perfectamente divina, porque por solidaridad ha renunciado a ser perfecto Dios para «abajarse». Adviene un nuevo nestorianismo mitigado.Se habla de Jesús como si se hablara de una persona humana, aunque perfecta y sin pecado, en la cual se confía de tú a tú, pero sin tener por qué creer en lo que dice, porque no se trata de creer palabras humanas, sino de mera relación existencial. Casi nunca se habla de Cristo como Perfecto Hombre y Perfecto Dios; la expresión Dios Hijo está, casi siempre, ausente; sino como de una persona humana que es también divina, porque Dios (no el Padre, sino Dios, en general) está en ella. El nestorianismo mitigado sirve para aportar un trasfondo espiritual al conservadurismo social y catolizarlo.

 

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La fe, de esta manera, se humaniza, se inmanentiza, deviene experiencia existencialista e individual. La fe pasa a ser una relación subjetiva personal de proyección social, utilizada contra el liberalismo de primer y segundo grado y contra el marxismo. Porque el liberalismo social conservador no quiere excesos, quiere cierto orden, quiere civilización, no la revolución, sino sus “mejoras”. No tanto creer, como relacionarse independiente y libremente con otra persona humana, en este caso, perfecta. Pero relacionarse no en el sentido en que, tradicionalmente, se hablaba de la relación del cristiano con su Redentor, sino de tú a tú, de causa primera (el hombre) a causa segunda de Dios (Jesús).

 

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El hombre, soberanamente libre, va a pretender tener el control; Jesús es convertido en instrumento humano de Dios, que obra y salva por solidaridad, no por sacrificio; y a la espera, confiando en que el hombre dé, por sí solo, el primer paso, minusvalorando, aunque no negando, los efectos del pecado original y personal. Es el numen liberal, que adora la absoluta independencia humana (imperfecta, eso sí; pero para eso pone a Dios a su servicio, para restaurar la autonomía del hombre; nótese la instrumentalización de la gracia, convertida en mera función operativa, rehabilitada por el amor solidario de Jesús, de la naturaleza humana). Es el hombre quien tiene que dar primero el sí.

La fe ha dejado de ser teologal y la gracia se ha convertido en una simple ayuda opcional a posteriori. Primero, para esta mentalidad, siempre, tiene que ser el solo consentimiento humano por la sola voluntad causado, anterior a todo influjo de la gracia. Dios, convertido en expectador. Dios apuesta por el hombre, se dice. Confía en el hombre. Espera que sea él quien dé el primer paso, como si pudiera darlo sin su Creador y Redentor, y no estuviera caído de la gracia. Es el hombre superdigno liberal, el homo-homo-homo renacentista, el hombre uno y trino del humanismo, convertido en causa de sí mismo. La fe ha pasado a ser de la Iglesia a ser del hombre autónomo, que la trata como si fuera su propiedad. La reforma en clave socialdemócrata del concepto católico de libertad, tambien en materia religiosa, será el siguiente paso.