Sacerdotes mártires valencianos XXVII
José María Cubells Saralegui nació en 1881. Curso la carrera sacerdotal en el Seminario Conciliar de Valencia, donde se doctoró en Sagrada Teología, ordenándose en 1904. Fue cura párroco de Bonrepós, coadjutor de san Juan de Ribera y cura en Aldaya (todas las parroquias situadas en la comarca valenciana de La Huerta u Horta de Valencia). En todos sus destinos se destacó por el celo apostólico y el cuidado por el orden parroquial. En julio de 1936 era cura párroco en el pueblo de Bétera, de donde el comité marxista le expulsó. Regresó a Bonrepós, viviendo en casa de su hermana. El 16 de septiembre, los nuevos miembros del comité de Bétera le enviaron un coche para que le trajera al pueblo, pretextando que debía aclarar los libros de cuentas parroquiales. Sabiendo ambos cuál era el verdadero fin del viaje, su hermana no quiso abandonarle en aquella hora. Llegados a Bétera, fueron encarcelados y, a la mañana siguiente, sacados al camino de Olocau, donde después de animarse mutuamente al martirio, murieron acribillados gritando “¡Viva Cristo Rey!”. Tenía 55 años.
En Patriax (Valencia), nació el 1 de diciembre de 1883 Antonio Sorlí Balbastre. Estudiante en el Seminario Conciliar de Valencia, se ordenó en 1910, siendo nombrado Coadjutor de Benimasot, y en 1914 coadjutor de la iglesia arciprestal de Santa Catalina en Alcira (comarca de La Ribera), siendo más tarde nombrado Cura párroco de Albuixech (comarca de La Huerta de Valencia). En todos sus curatos destacó por su amor al culto, tanto en lo material (erección, restauración y ornato de altares) como en la dignidad y profunda devoción con que celebraba los santos oficios. Igualmente en el trato a pobres y enfermos, a los que dedicaba la mayor parte de su tiempo pastoral, prodigando tanto consuelo al alma como auxilio material. En su último destino creó las veladas de oración, apartando con ellas a muchos hombres de las tabernas y casinos donde iban a parar al terminar su jornada laboral, para perdición de su salud espiritual y corporal (y su peculio).
Durante su estancia en Albuixech, hubo un incendio fortuito en el camarín de la imagen parroquial de la Virgen patrona del pueblo. Don Antonio puso en riesgo su propia integridad para salvar la preciada imagen. Apenas extinguidas las llamas, tomó sobre sí la tarea de reconstruir completamente el altar mayor y el camarín destruidos por el fuego. No solo movilizó a todo el pueblo, sino que de su propio bolsillo puso dinero para las obras (incluyendo una campana que donó a la torre de la iglesia). Tan amable se hizo para sus feligreses, que hubo varias tentativas más de trasladarle, pero las autoridades locales y vecinos siempre presionaban al arzobispado para que le permitiera quedarse.
Asignado finalmente a Foyos (La Huerta de Valencia), en 1928 organizó una memorable Misión apostólica en el pueblo, que culminó en 1930 cuando obtuvo la Coronación Pontificia de la patrona local, Nuestra Señora del Patrocinio. Asimismo logrando retener en tribunales la propiedad parroquial del cementerio, contra la pretensión del ayuntamiento.
Tanto celo no podía sino despertar el odio de los enemigos de Cristo. Al producirse el Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936, los marxistas tomaron el poder en todo el territorio republicano. Don Antonio fue expulsado de la parroquia, y los milicianos le obligaron por la fuerza a quitarse la sotana, ya que se resistía a hacerlo voluntariamente. En noviembre fue detenido y encerrado en la cárcel de las Torres de Quarte de Valencia. El comité marxista de Foyos lo mandó llamar. Fue golpeado e injuriado en el coche que le llevó al pueblo. Al llegar a la plaza, los milicianos lo bajaron en medio del más satánico frenesí. Fue literalmente linchado a golpes, insultos y todo tipo de vejaciones, siendo rematado de dos tiros de pistola. El benemérito padre, a imitación de su Señor Jesucristo, no abrió la boca mientras lo torturaban, recordando sin duda lo profetizado por Isaias 53:7. Quiso la Providencia que su martirio se produjera precisamente el día de la solemnidad de la Patrona de Foyos, a la que tanto había amado y por la que se había desvivido para darle la más piadosa y digna veneración. Su cuerpo fue arrojado en un rincón del cementerio, y apenas fue liberada Foyos, el 30 de junio de 1939, se ofició un multitudinario funeral y se procedió a su sepultura en tierra sagrada en el mismo cementerio. Tenía 53 años.
En Albaida (capital histórica de la comarca del valle de Albaida) nació en 1882 Vicente Segrelles Company. Su hogar era modesto pero piadoso, y el niño pronto mostró signos de inclinarse por la carrera eclesiástica. Su precoz inteligencia le hizo adelantar cursos en el Seminario Conciliar de Valencia, y en el segundo curso obtuvo una beca en el prestigioso Real Colegio del Corpus Christi de la misma ciudad, ganando posteriormente el título de Doctor en Derecho Canónico. Se ordenó el 1 de enero de 1909. Ocupó diversos cargos en la Real Iglesia del Salvador de Valencia, de donde pasó a ser coadjutor de la cercana localidad de Alboraya, compatibilizando su curato con el cargo de prefecto de la disciplina del mismo Seminario Conciliar donde había estudiado. Posteriormente ocuparía los cargos de cura párroco de Benifayó (comarca de La Ribera del Júcar), curador del Colegio Mayor del Beato Juan de Ribera (en Burjasot, cerca de Valencia) y cura párroco de Godella, también cercano a la capital, donde se hallaba cuando comenzó la guerra civil. El primer día de agosto de 1936, los milicianos marxistas incendiaron el templo parroquial. Don Vicente, arrodillado, lloraba diciendo “Señor, perdónales que no saben lo que hacen”. Fue expulsado de Godella el 4 de agosto, retornando a su pueblo, Albaida. El ayuntamiento local le convocó el 17 de agosto junto a todos los curas que allí residían, dándoles veinticuatro horas para marcharse, debiendo además indicar al comité su destino. Le proporcionaron un salvoconducto donde especificaba su condición de sacerdote, pero era una trampa. Apenas subió al tren, unos milicianos de Valencia lo detuvieron gracias al salvoconducto, y lo trasladaron a la prisión de san Miguel de Los Reyes. Allí estuvo durante casi dos meses. Se fabricó un Rosario haciendo nudos en un cordel, y rezaba continuamente en la celda. El día 10 de octubre lo sacaron y lo llevaron al picadero de Paterna, horrísono lugar de crímenes sin cuento, donde fue fusilado. Llevaba prendido en el ojal de su chaqueta, junto al corazón, allí donde se cebaron los tiros asesinos, el rosario de cordel. Tenía 54 años.
Fernando Gimeno Puchades nació en Valencia en 1878. Estudió como alumno interno en el Seminario Conciliar de Valencia, destacando por su inteligencia y aprovechamiento. Cantó misa el año 1902, doctorándose poco después en Sagrada Teología. Muy pronto se hizo conocido en la diócesis por su interés en las cuestiones sociales, y junto al reverendo padre Vicent, de la Compañía de Jesús, fundó y dio vida a varios Círculos Católicos por toda la provincia, impartiendo conferencias sobre los documentos papales acerca de la doctrina social, en boga en aquellos años. Fue cura en Meliana (donde impulsó la construcción de una ermita a la patrona, Nuestra Señora de la Misericordia), Alboraya y Alacuás, todos pueblos cercanos a Valencia. Cayendo enfermo, solicitó la renuncia, y se retiró a Godella, donde ejercía el cargo de capellán del colegio del Sagrado Corazón. Muy pocos detalles se saben del martirio de este generoso sacerdote, salvo que fue fusilado en el Picadero de Paterna en 1936. Tenía 58 años.
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Ruego a los lectores una oración por el alma de estos y tantos otros que murieron en aquel terrible conflicto por dar testimonio de Cristo. Y una más necesaria por sus asesinos, para que el Señor abriera sus ojos a la luz y, antes de su muerte, tuvieran ocasión de arrepentirse de sus pecados, para que sus malas obras no les hayan cerrado las puertas de la vida eterna. Sin duda, los mártires habrán intercedido por ellos, como lo hicieron antes de morir.
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La vida y martirio presbiteriales aquí resumidas proceden de la obra “Sacerdotes mártires (archidiócesis valentina 1936-1939)” del dr. José Zahonero Vivó (no confundir con el escritor naturalista, y notorio converso, muerto en 1931), publicada en 1951 por la editorial Marfil, de Alcoy. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielos. Pues así persiguieron a los profetas antes que a vosotros; Mateo 5, 9-12
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