La Iglesia copta (VII)

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El linaje de patriarcas coptos del monasterio de san Macario

El papa Marcos II dio el golpe de gracia a la pequeña secta acéfala de los barsanufianos (monofisistas que se habían opuesto al edicto Henotikon de Zenon). Los patriarcas Alejandro II (705-730) y Miguel I (744–768) ya habían ido convirtiendo al miafisismo ortodoxo a importantes comunidades de este grupo minoritario. A principios del siglo IX ya solo sobrevivían en Fustat, y únicamente tenían dos obispos, Jorge y su hijo Abraham, que fueron bautizados, junto con su congregación, por Marcos en el monasterio de san Mina en 810 (al oeste de Alejandría), manteniéndolos como obispos sin sede y acabando así con la historia de los barsanufianos. Posteriormente, Jorge sería nombrado obispo de Tanbudha, y Abraham de Atripe. El único templo que conservaban fue restaurado y consagrado por el patriarca.

 

Las primeras décadas del siglo IX fueron testigos de una rápida sucesión de gobernadores, la mayoría parientes lejanos de la familia Abbas, y la mayoría con mandatos muy cortos, de no más de tres años seguidos (aunque con frecuencia eran renombrados para segundos y hasta terceros mandatos años después), para evitar que se hiciesen con una base de poder en regiones ricas desde donde pudiesen suponer una amenaza para la autoridad del califa. Tras las persecuciones del final de la época omeya, en general los coptos fueron dejados tranquilos, gravados únicamente con la yizia, salvo algún momento esporádico de ataques a sus templos o posesiones. El país del Nilo sufrió escasas repercusiones de la llamada cuarta fitna, la primera guerra familiar abbasí entre los dos hijos del célebre Harún Al Rashid, llamados Al-Amin y Al-Mamún, por sucederle. Hacia el 819, aprovechando el caos en Bagdad, el país del Nilo se fragmentó en diversos señoríos independientes: Ubayd Allah ibn al-Sari se había hecho con Fustat y el sur, mientras su rival Ali ibn Abd al-Aziz al-Jarawi dominaba el Delta, excepto Alejandría que fue tomada brevemente por unos exiliados andalusíes. Los rebeldes rechazaron una primera expedición de reconquista en 824 al mando de al-Shaybani, pero al año siguiente, el mejor general del nuevo califa Al-Mamún, Abdallah ibn Tahir, con un ejército mayor, logró la sumisión voluntaria de al-Jarawi, hizo prisionero a Ubays Allah y concluyó la pacificación del país expulsando a los andalusíes de Alejandría, los cuales marcharon a conquistar Creta, donde forjaron un emirato pirático que hostilizó las costas del Egeo durante ciento cuarenta años, hasta su reconquista por el emperador Nicéforo II Focas. En otras partes del vasto califato, sin embargo, la fitna provocó la pérdida de territorios, como en Ifriquiya (Magreb) o Azerbaiyán (la antigua Albania caucásica).

Marcos II murió el 17 de abril de 819 d.C, tras veinte años de pontificado, y el trono patriarcal permaneció vacante doce días. La Iglesia copta lo venera como santo. El sínodo elevó a Jacobo (Yacub), abad del monasterio de san Macario, con fama de acendrada piedad, como nuevo papa. En su sermón inaugural, anatemizó a las minoritarias sectas de los gaianitas y los fantasiastas. Efectivamente, la otrora poderosa facción aftartrodoceta de los “julianos” gaianitas había ido languideciendo también a lo largo de los últimos dos siglos. Pocas décadas después, el monasterio de Kelia, su último reducto, fue abandonado, perdiéndose definitivamente la pista documental a esta secta.

Jacobo consagró al abuna Yohannes como obispo de la Iglesia ortodoxa (miafisista) etíope, pero tras una breve estancia, la guerra civil y la sequía y peste acaecidas en aquel país le obligaron a regresar a Alejandría por el resto de su pontificado. La tutela espiritual del papa copto sobre la comunidad cristiana etíope, sin embargo, continuó en el tiempo.

De Jacob se afirma que restauró numerosas iglesias y monasterios que habían sufrido daños en las guerras civiles y persecuciones de los años anteriores, aprovechando que el califa al-Mamún, muy influido por el racionalismo aristotélico, era tolerante con las religiones no islámicas (de hecho, fue bajo su gobierno cuando se llevó a cabo la mayor parte de las traducciones de obras científicas y filosóficas griegas y persas al árabe, tarea en la que participaron numerosos cristianos, incluidos coptos, y que fue el modo en el que muchas de ellas se preservaron para la posteridad, en lo que se ha llamado “la era de oro de la cultura en el califato abbasí”). Se dice también que, llamado para celebrar el funeral del hijo recién nacido muerto del arconte Macario de Nabarouh, obró el milagro de resucitarle al bendecirle.

Jacob murió pacíficamente el 8 de febrero de 830, tras diez años y nueve meses de pontificado. Al igual que su predecesor, fue venerado como santo tras su fallecimiento. El sínodo eligió como patriarca a otro monje de san Macario, llamado Simeon II de Alejandría, famoso por su rigurosa ascesis, que había permanecido como consejero espiritual del papa Jacob, que lo conocía y apreciaba. Su reinado fue efectivamente intachable, pero breve, de apenas cinco meses, tras los cuales la sede estuvo vacante durante más de un año.

Tras la muerte en 813 del patriarca melquita (calcedoniano) Policiano (que había logrado de Harun Al-Raschid que los coptos devolvieran a los melquitas algunos templos que habían sido incautados en reinados anteriores), fue elevado Eustacio, prior del monasterio de Alkosair, apodado Linario porque había trabajado de joven en el negocio familiar de tejido de lino. Era un hombre cultivado, amigo de Policiano, con el que había colaborado en la traducción al árabe del tratado agrícola de Anatolio de Beirut por orden del califa. Escribió varias obras literarias, entre las que se conserva una homilía sobre la Santísima Madre de Dios. Murió en 817 y fue sucedido en la sede calcedoniana por Cristobal I (aunque algunas listas citan un tal Atanasio II, de quien nada se sabe, en un breve reinado antes que él), que al sufrir un ataque al poco tiempo, y quedar paralítico, nombró un coadjutor llamado Pedro para que le asistiera en sus funciones. Pese a su limitación, participó en el sínodo de Jerusalén de 836 contra la iconoclasia promovida por el emperador Teófilo, y escribió un tratado sobre ascetismo citado por la Patrologia Graeca de Migne, así como una obra enderezada contra la avaricia, llamada “persuasión para beneficio del alma”.

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El robo de las reliquias de san Marcos

En los últimos años del reinado del patriarca Jacob sitúa la tradición el robo y traslado del cuerpo de San Marcos desde Alejandría (Egipto) a Venecia, concretamente en noviembre del año 827 d.C. Según cuenta la leyenda, un experto capitán y mercader veneciano, llamado Buono di Malamocco, aparentemente bajo el encargo secreto del dux Giustiniano Partecipazio, aceptó la misión de llevar las reliquias del santo, que según la tradición italiana también había predicado en Venetia Julia, consagrando al primer obispo de Aquileia (ciudad madre de la propia Venecia). Atracando su nao, el San Nicola en el puerto de Alejandría, Malamocco (junto a su socio Andrea “Rustico” di Torcello y el médico judío Elihu ben Mosche), entró en tratos con un sacerdote copto, que robó para él los huesos del Evangelista que se conservaban en el tempo a él dedicado. Los traficantes de reliquias escondieron los huesos en un carro, cubiertos de coliflores y carne de cerdo salada, logrando de ese modo sortear a los oficiales musulmanes de la aduana, que no quisieron registrarlo por no contaminarse con una animal impuro.

Tras capear (de forma milagrosa, se pensó) una grave tormenta, la nao llegó a Venecia el 31 de enero de 828, con las reliquias santas. La tripulación fue recibida como auténticos héroes, y el dux entregó en premio a los saqueadores cien libras de plata con las que, se afirma, pagaron la construcción del oratorio de la antigua iglesia de san Marco en Torcello.

Desde ese momento Venecia convirtió la presencia de las reliquias de su patrón en el centro de la vida piadosa de la ciudad, con la construcción de la primera catedral de san Marcos para albergarla (posteriormente reconstruida en el magnífico templo que hoy conocemos) y en todo un símbolo de su poder y la legitimidad de sus reivindicaciones políticas en oriente, en su bandera, en su nombre oficial (República de san Marcos) o en su onomástica (pensemos en el célebre mercader Marco Polo, el pintor Marco Basaiti o el dux Marco Barbarigo).

La decadencia de la sede patriarcal se agravó con la pérdida de esta simbólica reliquia. No obstante, los coptos creen que los ladrones fueron engañados por otro ladrón, su cómplice clérigo, y que solo se llevaron parte del cuerpo del evangelista. Se supone que más tarde apareció milagrosamente la cabeza del santo, que no había sido saqueada, y se conservó en la catedral alejandrina, así como algunas otras partes de su cuerpo, que fueron enviadas a la sede en El Cairo.

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La última rebelión de los coptos contra el califato

Tras el largo interregno de un año, el sínodo copto elevó a la sede patriarcal a Yousab (José), también monje del monasterio de san Macario el Grande, en 831. Hijo de una noble familia de Minuf, donó sus bienes al ingresar en la adultez, y profesó en la vida monástica, siendo ordenado sacerdote por el patriarca Marcos II en el año 800, cuando contaba 29 años. Compró tierras y bienes y los donó a las parroquias para que pudieran sostenerse.

Al poco de iniciar su pontificado estalló la última de las grandes rebeliones del Bajo Egipto contra la abusiva política fiscal del gobernador, en este caso Abu Ishaq, medio hermano del califa Al-Mamun. Aunque también había musulmanes entre ellos, la mayoría de los sublevados eran coptos. Sin embargo, el papa José se mostró cauteloso y no apoyó la sublevación, recordando la política de la Iglesia de acatar a las autoridades legítimas para evitar su desaparición. El califa envió un ejército comandado por su general de confianza, el sogdiano Haidar ibn Qawus al-Afshin, que derrotó rápidamente a los rebeldes de Alejandría y el Delta oriental. Gracias a los buenos oficios de Yousab, y su lealtad al gobernador, pudo evitar que la Iglesia fuese castigada. Así salvó a muchos de los coptos de la prisión o la esclavitud, y a la ciudad de Alejandría del saqueo.

Sin embargo, el ejército califal fue rechazado con éxito en la siempre rebelde región de Bashmur, en el Delta occidental, donde los coptos resistieron ferozmente a los soldados de al-Afshin sin apoyo. El comandante instó a Yousab a reducirlos, y este envió cartas personales y algunos obispos legados, rogando a los rebeldes que pactaran su sumisión, mas estos hicieron caso omiso (e incluso insultaron a un obispo).

Finalmente el califa en persona acudió en 832 con un nuevo ejército y el patriarca miafisista de Antioquía, Dionisio de Tel-Mahre, para las negociaciones. Al-Mamún ofreció una amnistía general a cambio del reasentamiento de los rebeldes, alejados de aquellos peligrosas islas llenas de cañas donde tan fácil era desafiar al poder de Bagdad. Los coptos bashmurianos rechazaron la propuesta y se dio la encarnizada batalla de Shubra. Las bajas por ambos bandos fueron muy elevadas, pero los coptos quedaron más quebrantados y finalmente aceptaron la paz con el califa. Muchos hombres armados fueron ejecutados, el resto vendidos como esclavos o deportados a Mesopotamia. Los pueblos de Bashmur fueron incendiados y los campos arrasados, para dejar la región deshabitada y extirpar por completo la raíz de aquella rebeldía perpetua.

Diversos autores contemporáneos y posteriores coincidieron en que el fracaso de la rebelión de 831 fue un golpe muy duro a la comunidad cristiana. Al-Kindi escribió: “desde entonces Dios hizo que los coptos fueran pequeños en todo Egipto y destruyó su poder”. A partir de ese momento, la desmoralización hizo presa en la comunidad cristiana, muchos fueron presionados para apostatar y hacerse musulmanes, y otros comenzaron a hacerlo por voluntad propia. El declive político y social de los coptos, en favor de los muladíes fue imparable desde ese momento. Esta campaña significó también el fin de la influencia de los jund, los descendientes de los primeros colonos árabes venidos con el conquistador Amr ibn al-As, y que habían manejado de forma directa o indirecta los asuntos de gobierno en el país del Nilo desde entonces.

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Agitación en el califato. Fin de la tolerancia y persecución de al-Mutawakkil

Al-Mamún murió en 833, poco después de estos acontecimientos, y los historiadores coinciden en que con él terminó el brillante periodo conocido como la “Edad de oro del califato”, en el que esté alcanzó su mayor desarrollo político, cultural y territorial, y se inició la larga decadencia de la dinastía abbasí y del propio califato unificado. Fue sucedido por su medio hermano menor Abu Ishaq, el que había fracasado contra los barshumitas, que tomó el sobrenombre de Al-Mutásim, el último de los hijos del gran Harún al-Rashid, que aunque continuó su política de impulsar el racionalismo islámico (mu’tazili) y perseguir a sus críticos (minha), así como proteger a los literatos y traductores, lo hizo con mucho menos entusiasmo. Su gran aporte, que resultaría de gran relevancia en el futuro, fue su reforma militar, en la que comenzó a desembarazarse de la dependencia de las tropas tribales de los clanes con los que habían pactado sus predecesores. Gran comandante militar en la frontera anatolia con el imperio, creó un nuevo ejército profesional al servicio del califa, cuyo núcleo fue una guardia de turcos conversos al islam (ghulam), guerreros avezados en los que confiaba. Para su ejército creó una nueva capital militar en Irak, llamada Samarra (aguas arriba en el Tigris), en la que instaló el gobierno, alejándose de la turbulenta política de Bagdad. Las élites árabes y persas, protegidas por al-Mamún, fueron dejados de lado por los conversos del Asia Central.

Tras nueve años de gobierno empeñado en diversas campañas contra el imperio de Oriente y grupos rebeldes, Al-Mutásim murió en 842, dejando el trono a su hijo Al-Wathiq, un gobernante oscuro, que siguió la política de sus predecesores, se mostró pasivo ante la indignación creciente de la aristocracia árabe y persa, y dejó el gobierno en manos de los mismos consejeros de su padre, entre los que destacaban los comandantes militares turcos. Al igual que su padre, era un convencido mu’tazilita, y aquellos que se oponían a la autoridad del califa para interpretar el Corán (como Ahmad ibn Hanbal, fundador de la escuela de jurisprudencia hanbalí, una de las más importantes del Islam) fueron silenciados o encarcelados.

Al-Wathiq murió joven, a causa de una enfermedad hepática, en agosto de 847. Sus cortesanos elevaron al trono califal a su medio hermano, el oscuro Ja’far al-Mutawakkil, esperando dominar a un nuevo califa débil. Para su sorpresa, este albergaba gran rencor hacia la camarilla de su predecesor, y apenas llegó al poder, hizo que el general turco Itakh ejecutase al visir ibn al-Zayyat, heredando sus cargos, solo para ser él mismo a su vez arrestado y ejecutado al año siguiente. Al-Mutawakkil liberó a Ahmned ibn Hanbal y otros detenidos, derogó el mu’tazilismo y acabó con el periodo religioso de la minha, que había abarcado los últimos treinta años del califato. Acabó así el intento islámico por introducir la razón como fundamento de la teología (el cristianismo, al haberse formado en medio de las escuelas filosóficas neoplatónicas o estoicas, llevaba el germen del pensamiento humano en la interpretación de las Sagradas Escrituras desde su nacimiento). La razón más aparente era acabar con la discusión sobre si el Corán era increado (no se podía interpretar) o creado (la autoridad religiosa, el califa, podía interpretarlo), que había alterado la paz en la sociedad durante la minha, pero el efecto más práctico fue el aumento del celo religioso y la nueva política de unidad islámica del califa.

Así, tras un periodo de tolerancia relativamente amplia, los cristianos (y los judíos) del califato volvieron a caer en otra época de opresión por parte de los gobernantes, cíclicas en el mundo islámico. Al-Mutawakkil, queriendo parecer piadoso y ganarse a los ulemas, ordenó talar el ciprés sagrado de los zoroastrianos para su propio palacio, destruyó el santuario de Husayn en Kerbala, sagrado para los chíies, amplió o construyó suntuosas mezquitas, y exigió a los dhimmies (las “gentes del libro”), amen de pagar su impuesto religioso y ser discirminados en el funcionariado público, portar vestiduras de color miel y llevar el zunnar, una amplia faja en la cintura específica de los no musulmanes. La autoridad permitió que los musulmanes ofendieran o humillaran públicamente a cristianos y judíos

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Padecimiento de la Iglesia en Egipto durante el reinado de al-Mutawakkil

Fue un triste final para el anciano patriarca copto Yousab, que había sido testigo de varios hechos relevantes para la Iglesia en Egipto. El 13 de diciembre del año 841 d. C, el papa había cumplido el deseo de San Bishoy, y ordenado trasladar su cuerpo y el de Pablo de Tammah, al monasterio de San Bishoy en el desierto de Scetes. Se cuenta que primero intentaron trasladar solo el cuerpo de San Bishoy, pero la barca no se movió hasta que también trajeron el cuerpo de su amigo Pablo de Tammah. Ambos cuerpos fueron enterrados juntos en la iglesia del monasterio, y testigos presenciales afirman que el cuerpo de san Bishoy permaneció incorruptible. Durante los años anteriores había excomulgado a los obispos de Tanes y Miser, por su comportamiento impropio. Asimismo durante su patriarcado se puso fin a la controversia iconoclasta en el Imperio en 843, y poco después el abuna Yohannes, refugiado en Egipto, había podido regresar a Etiopía a regir su Iglesia en paz.

El nuevo gobernador de Egipto enviado por al-Mutawakkil, Malek ibn Nasser, aplicó estrictamente las medidas de persecución de los cristianos. El papa Yousab no solo asistió al maltrato a sus fieles, sino que él mismo fue encarcelado y torturado para extorsionarlo. Murió finalmente el 2 de noviembre de 849, tras dieciocho años de pontificado. La Iglesia ortodoxa veneró a Yousab como santo, al igual que había hecho con sus predecesores.

El sínodo elevó a Miguel II de Alejandría, hegúmeno del monasterio de san Juan y sincelo (asistente) de su predecesor. Según la tradición, durante el ayuno de Cuaresma de 850, se retiró al desierto de Scetes, donde rogó a Dios que le librara de la pesada carga del papado durante la persecución, lo cual le fue concedido, muriendo el 17 de abril de 851, tras menos de dos años de pontificado, siendo enterrado en el monasterio de san Macario el Grande.

Su sucesor fue Cosmas II de Samanoud, monje del mismo monasterio de san Macario. Dios le llamó a un pontificado de siete años preñados de dificultades y persecuciones por parte de los musulmanes. Quizá por ese motivo se produjeron durante el mismo fenómenos tenidos por sobrenaturales, como el sangrado de un icono de la Santísima Virgen en la iglesia del monasterio de san Severo en el desierto de Escete, entre otros prodigios relacionados con iconos.

En 853, tras dos siglos a la defensiva, el Imperio de Oriente decidió tomar la iniciativa. Fracasados los intentos de reconquistar Creta, la flota romana atacó el puerto egipcio de Damieta, en el brazo oriental del Delta del Nilo, en mayo de ese año, aprovechando la debilidad transitoria de la guarnición. Este puerto era el principal abastecedor de los piratas árabes cretenses. Ochenta y cinco buques con más de cinco mil combatientes (según las fuentes árabes) asaltaron por sorpresa la ciudad, saqueándola y quemándola, junto a su vital puerto. Los que no habían podido huir, fueron hechos cautivos, sin distinción entre árabe y coptos. Posteriormente destruyeron la imponente fortaleza vecina de Ushtum y regresaron incólumes. El ataque se repitió en 854, y se intentó sin éxito en 855, pero los imperiales lograrían otro lucrativo saqueo en 859 en Pelusio (llamada en árabe Farama). El gobernador Anbash inició una construcción masiva de defensas en las ciudades y plazas costeras, e improvisó una flota en la que se reclutó a la fuerza, nuevamente, a muchos coptos, que formaban la mayoría de las tripulaciones.

Las persecuciones de al-Mutawakkil también alcanzaron a la pequeña comunidad greco-ortodoxa egipcia. El patriarca Sofronio I (841-860) hubo de enfrentarse a la destrucción de iglesias y la marca de casas y personas cristianas. Fue sucedido por Miguel I (860-870), que envió a su archidiácono José a participar en el cuarto concilio general de Constantinopla de 869, que puso fin al breve cisma de Constantinopla y Roma a cuenta de la ilegítima deposición del patriarca Ignacio de la capital imperial. 

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La dinastía turca tulúnida y la tolerancia a los cristianos

Los últimos años del gobierno de al-Mutawakkil vieron el dominio total de la corte califal por los generales turcos que dirigían su ejército de esclavos (en su mayoría también turcos). Sus dos hijos, al-Muntasir y al-Mu’tazz se apoyaron cada uno en un general distinto para aspirar a la sucesión (su propio padre había cambiado en varias ocasiones de heredero al trono). El poderoso general Wasif, con la connivencia de su protegido al-Muntasir, asesinó al califa y a su primer ministro al-Fath ibn Khaqan (partidario de al-Mu’tazz) en diciembre de 861. A continuación se desencadenó un confuso periodo llamado la “anarquía de Samarra” en el que en nueve años se sucedieron cuatro califas abbasíes de breve reinado, todos descendientes de al-Mutasim (que había gobernado entre 833 y 842), hasta que su nieto al-Mutamid, hijo menor de al-Mutawakkil, se hizo con el trono en 870.

Este periodo de inestabilidad fue relevante para Egipto. Precisamente en 861 llegaba al país del Nilo el nuevo administrador fiscal Abul Hasan al-Mudabbir, que de inmediato se propuso aumentar los ingresos públicos a base de subir impuestos, duplicar tributos tanto a musulmanes como a cristianos, crear nuevas tasas (medida considerada impía y contraria al Corán), imponer un monopolio estatal sobre la sosa cáustica, e incluso exigir el tributo anual sobre el año lunar en vez de el solar (haciendo así los años fiscales once días más cortos). Tales medidas sirvieron para enriquecerle personalmente y aumentar su prestigio a ojos e la corte de Samarra, pero le granjearon el odio de la población.

En 868 llegó como nuevo gobernador el comandante turco Ahmad ibn Tulun. Al-Mudabbir intentó atraerlo con sobornos, pero al rechazarlos aquel, se estableció una feroz rivalidad entre ambos. Finalmente, en 871, Ibn Tulun destituyó y encarceló a Abul Hasan, le desposeyó de sus bienes y asumió el poder militar, político y fiscal de Egipto. Posteriormente, al-Mudabbir fue exiliado a Siria.

Ibn Tulun se reveló como un dirigente formidable. Eliminó los impuestos creados por Abul Hassan, controló los nuevos yacimientos de oro y esmeraldas de Asuán, atrayendo a numerosos colonos árabes a la región, y consiguiendo que por primera vez el número de musulmanes superara al de cristianos en las zonas rurales del Alto Egipto. En los siguientes años, conforme el poder califal se debilitaba, Ibn Tulun fue uno de los primeros gobernadores que comenzó a actuar de forma prácticamente independiente de la corte de Samarra: luchó contra diversos rebeldes en la zona de Asuán, incorporó por la fuerza la Cirenaica (llamada Barqa por los árabes) tras la rebelión de su gobernador, reclutó un gran ejército privado de mercenarios turcos griegos y etíopes, y creó una nueva capital, llamada al-Qatai (edificada emulando a Samarra), al noreste de Fustat, en 870. Curiosamente, el propio Ibn Tulun residía con frecuencia en el monasterio copto de Qusayr, a las afueras de Fustat.

Ibn Tulun creó una dinastía (conocida como tulúnida) y nombró a sus hijos gobernadores de diversas ciudades. La base de su autonomía frente a la corte era su ejército privado, y para pagarlo, modernizó y reformó la administración, confiando los principales puestos a diversos ministros árabes, entre los que destacaron los de la familia al-Madhara’i. Se acuñó moneda de oro puro de Asuán que favoreció enormemente tanto los intercambios comerciales ventajosos como el prestigio del propio gobernante. Asimismo, acabó con las persecuciones a los cristianos y judíos, procurando beneficiarse de sus conocimientos.

Cosme II murió en 858 d.C, y el sínodo copto elevó el 8 de enero de 859 a la silla de san Marcos a otro monje del monasterio de san Macario, Shenouda de Alejandría, varón con fama de caritativo y humilde. Su pontificado estuvo preñado de dificultades. Vivió los primeros años de las exacciones de al-Mudabbir, tendiendo que ocultarse con frecuencia para evitar ser encarcelado y torturado como su predecesor Yousab por los agentes del recaudador, llegando a exiliarse a Mariout durante tres años, sin poder comunicarse con su Iglesia alejandrina. Expulsado aquel por Ibn Tulub, Shenouda retornó a su sede y dedicó sus esfuerzos a mejorar el estado de la Iglesia. Durante su pontificado, por ejemplo, hubo diversas discusiones y enseñanzas heréticas por mala formación de los sacerdotes (fechas de Pascua absurdas, creencia de que la naturaleza divina de Dios había muerto en la cruz, etcétera), por lo que su preocupación se orientó a aleccionar a los obispos a esforzarse en la enseñanza monástica y clerical. También practicó con frecuencia la limosna a los pobres y financió la reconstrucción de templos y refugios a los peregrinos.

Las rebeliones en el alto Egipto contra Ibn Tulub por parte de señores locales que deseaban asentar su poder (particularmente en la zona de las ricas minas auríferas de Asuán) afectó también a los cristianos. Varios monasterios de la tradicional zona eremítica de la Tebaida fueron saqueados o destruidos por los bandidos beduinos que aprovechaban la inestabilidad para campar a sus anchas. Los bereberes libios también atacaron el desierto de Nitria y sus centros monásticos. Se dice que uno de esos asaltos coincidió con su visita apostólica, e hizo huir a los atacantes meramente levantando su bastón y haciendo con él la señal de la cruz. No obstante este signo, ordenó construir gruesas murallas alrededor de los principales eremitorios de la zona.

Shenouda tuvo en vida fama de santo, y se afirma que acabó con una sequía por medio de la oración. Murió el 19 de abril de 880, tras veintiun años y tres meses en el trono de san Marcos, siendo efectivamente canonizado posteriormente. Su sustituto fue Miguel (M’Khail) III, también monje en el monasterio de san Macario.

Se cuenta que en 881, durante el acto de consagración de una iglesia a san Ptolomeo en Xois (Bajo Egipto), el obispo titular llegó tarde e hizo esperar al patriarca. Miguel se lo recriminó públicamente y el obispo, herido en su amor propio, discutió con el papa en presencia de los presentes y acabó tirando el pan oblado, pero aún no consagrado, al suelo del templo. Por ese hecho, el papa convocó un sínodo urgente y de acuerdo con los obispos, depuso al obispo de Xois. Este, en venganza, convenció a Ibn Tulun de que Miguel tenía muchas riquezas escondidas, y el gobernador encerró al patriarca de Alejandría durante un año intentando extorsionarle para que le revelara sus bienes, acusándolo de haberlos sustraído al fisco. Por cierto, que una fuente afirma que en prisión, Miguel III se hizo construir un retrete privado que costó 300 dinares.

En 882, por fin diversos nobles coptos lograron reunir un rescate de 20.000 dinares (en dos plazos) para liberar al patriarca. El dinero salió de enajenar los inmuebles del patriarcado, entre ellos el palacio episcopal, y una iglesia en Menfis (que había sido previamente sinagoga) a la comunidad judía local, deseosa de recuperar su lugar histórico. Esta se convirtió en la principal sinagoga de El Cairo, llamada de Basatin, y allí se reunió en siglos posteriores la rica biblioteca llamada de Genizah, la colección más grande y variada de manuscritos medievales judíos de todo el mundo. Desde Miguel III, los papas coptos de Alejandría hubieron de vivir fuera de la ciudad, donde ya no tenían residencia oficial, habitando diversos monasterios.

Entre los ortodoxos calcedonianos (conocidos como melquitas) Miguel I fue sucedido en 870 por Miguel II de Alejandría, originario de Gaza, con la confirmación del emperador Basilio I, que tuvo un largo pontificado de treinta y tres años. Es de lamentar en este punto que los nombres de ambos patriarcas fuesen el mismo (aunque con numerales distintos), aumentando la confusión. El Miguel II melquita envió al hieromonje Cosmas y al archidiácono José al concilio local constantinopolitano de 879, en el que se restauró la dignidad de Focio, el patriarca de Constantinopla depuesto diez años atrás, aunque posteriormente le desautorizó por haberse extralimitado en sus funciones, retirando la legitimidad de su firma en las actas. Miguel escribió a Focio para anunciarle la convocatoria de un concilio de la Iglesia melquita en Alejandría, donde restablecería la comunión con Focio. Miguel II el calcedoniano murió el 21 de agosto de 903.

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El fin de la dinastía tulúnida

Ibn Tulún tuvo un reinado exitoso, y llegó a controlar grandes partes de Siria, acuñando su nombre junto al del califa en sus monedas, y siendo independiente en todo salvo en el nombre, pese a los esfuerzos del califa al-Muwaffaq, al que llegó a declarar usurpador, apoyando a su hermano, el encarcelado al-Mu’tamid. Tras una fracasada campaña de conquista contra La Meca, Ibn Tulun regresó enfermo y murió en Fustat el 10 de mayo de 884, dejando a su hijo y heredero Jumarawayh un emirato fuerte, saneado económicamente y unificado tras muchos años de lucha contra los señores locales del Alto Egipto.

Jumarawayh rechazó con éxito un inicial intento abasí de reconquistar Siria y Egipto, sofocando asimismo la revuelta de su más exitoso general, Sa’ad al-Aysar. Finalmente, el califa al-Muwaffaq firmó un tratado con el tuluní en 886 donde reconocía su independencia de facto en Egipto y Siria, en lo que supuso el primer quebranto del califato abbasí en un territorio tan central de sus dominios. Jumarawayh dedicó el resto de su reinado a grandes dispendios en palacios, mezquitas, patrocinio de todo tipo de artistas y llevar un fastuoso nivel de vida, amén del mantenimiento del ejército profesional de ghulams (turcos, etíopes y griegos). Egipto era rica, pero semejante gasto no era sostenible a largo plazo por las arcas del emir.

En 893, renovó el tratado con el nuevo califa al-Mu’tadid por el que este reconocía su dominio sobre Egipto a cambio de un tributo anual de 300.000 dinares, sellándolo con la boda de su hija Qatr al-Nada con el propio califa. La novia llegó a Bagdad con un séquito extravagante y lujoso, y una dote de un millón de dinares, que se convirtió en legendaria en las historias de los poetas y cronistas durante siglos.

Jumarawayh murió el 18 de enero de 896, asesinado por un sirviente que temía ser castigado por el adulterio que mantenía con la favorita del emir. El reinado de los llamados tuluníes mayores, pese a las ocasionales exacciones fiscales, fue sumamente pacífico para los cristianos y otras minorías religiosas. El emirato cayó pronto en la inestabilidad, con su heredero niño Jaysh, asesinado antes del fin de año por intrigas palaciales que pusieron en el trono a su hermano aún más pequeño Harún. Al-Mu’tadid no perdió tiempo en denunciar el tratado y recobrar Siria en campañas sucesivas, aumentando el tributo al que estaba obligado el monarca tuluní. Su sucesor, al-Muktafi, invadió Egipto en 904, reconquistándolo tras la muerte de Harún y la derrota del efímero reinado de su tío Shayban, apenas un año después, y arrasando la ciudad capital tuluní al-Qata’i. Con esa rápida decadencia acabó el emirato tuluní, el primer reino independiente, aunque no lo fuese formalmente, que habían conocido los egipcios desde los tiempos de Cleopatra y sus hijos, diez siglos atrás.

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Las primeras invasiones fatimíes

El papa copto miafisista, Miguel III, murió en 907 y el trono patriarcal permaneció vacante durante cuatro años. Fue una época confusa, pues aunque hay consenso en que fue sucedido por otro monje de san Macario (Abu Maqar en árabe), llamado Gabriel de Alejandría, no hay acuerdo sobre cuándo comenzó su reinado, variando las fuentes desde 910 hasta 913. Se afirma que fue elegido contra su voluntad por el sínodo para poner fin al periodo de sede vacante, y que siguió entregado a la ascesis en su celda, marchando a Alejandría o Fustat únicamente cuando había asuntos que requerían su presencia y no se podían delegar. Murió el 28 de febrero de 920, siendo sucedido por Cosmas III de Alejandría, que como sus predecesores residió en un monasterio a las afueras de la ciudad patriarcal.

Mientras, el califato abasí comenzaba a declinar rápidamente tras la prematura muerte del joven califa al-Muktafi en 908, y la caída de su heredero niño Jafar al-Muqtadir en manos de ambiciosos visires, que lo apartaron del poder real. En Egipto, el gobernador Isa al-Nushari hubo de huir de una rebelión pro tuluní, que fue sofocada en 906. A su muerte en 910, fue sucedido por otro turco converso, llamado Takin al-Khazari (“el jázaro”).

Durante el pontificado de Cosmas III se sitúa probablemente la historia del falso Abuna Menas. Se cuenta que Cosmas consagró a Petros como Abuna (metropolitano) del reino de Aksum, y lo envió en misión, siendo recibido con alegría por el Negus Degna Djan. Poco después el Negus enfermó y en su lecho de muerte ofreció la corona al metropolitano, pidiendo que entronizara a aquel de sus dos hijos que fuese más digno. Petros y el consejo de nobles determinaron que su hijo menor debía gobernar, con el nombre de Del Na’od. No mucho después, sin embargo, se presentaron dos monjes egipcios del monasterio de Anba Antonius, llamados Menas y Víctor. En connivencia con el hermano mayor, Anbasa Wedem, se disfrazaron de obispos y presentaron una carta falsificada como proveniente del patriarca Cosmas III dirigida a los nobles de Aksum, en la que lamentaba que Petros se hubiese hecho pasar por su metropolitano, siendo que el auténtico era precisamente Menas, el portador de la carta. Además condenaba que Petros hubiese coronado al hijo menor del fallecido rey, en lugar de al mayor, como mandaba la costumbre civil y canónica. Les ordenaba exiliar tanto al “falso” patriarca como al nuevo rey, y coronar en su lugar al hijo mayor, Anbasa Wedem, su cómplice. Así lo hicieron, pero un tiempo después, aprovechando la ausencia del Abuna Menas, su cómplice Víctor saqueó la casa del Abuna y huyó a Egipto, donde se convirtió al islam. Cuando supo la historia, Cosmas III quedó profundamente consternado, y envió una carta a Aksum, deponiendo al falso Menas. Los partidarios de Del Na’od derrocaron a su hermano y ejecutaron a Menas. El repuesto rey mató en combate a su hermano y pidió a Cosmas III que repusiera a Petros, pero este había fallecido ya, y el patriarca alejandrino no le nombró sustituto. Cosmas III murió el 27 de febrero de 932, es decir un día antes de cumplir doce años en el trono patriarcal. Fue sucedido, como era costumbre, por otro monje del monasterio de san Macario de Escete, nacido en Shubra y llamado precisamente como su patrón, Macario I de Alejandría.

Durante las turbulentas últimas décadas del califato abasí efectivo, el chíismo cobró nuevas fuerzas en la forma del ismailismo, una rama radical diferenciada del duodecimanismo, más institucional y ortodoxo. Eran esotéricos y místicos (probablemente influidos por el neoplatonismo), y muchos de sus grupos esperaban al mahdi (“Bien guiado”) o mesías islámico. Fueron perseguidos por las autoridades religiosas del califato. Uno de los grupos, el más exitoso, fue el movimiento cármata, una rama revolucionaria (negaban la peregrinación a La Meca como precepto y creían en el igualitarismo), que provocó varias revueltas en las últimas décadas del siglo IX en todo el Cercano Oriente, llegando a instalar un califato propio en Bahrein antes de ser derrotados y eliminados. Este movimiento no afectó apenas a Egipto, pero otro ismailismo sí iba a hacerlo. A principios del siglo X, un predicador ismailí llamado Abu Abdallah logró convertir a su fe a la tribu númida de Kutama, que prestó lealtad al jefe del movimiento ismailí, Sa’is ibn al-Husayn (conocido como Abd Allah al-Mahdi Billah), que vivía escondido de los abbasíes en Mauritania, como el verdadero imán. Lanzados a la guerra, en 909 lograron derrotar a la dinastía aglabí que gobernaba Ifriquiya nominalmente como vasallos del califa abbasí de Bagdad, instaurando el llamado califato de los fatimíes (por considerarse descendientes directos de Fátima, hija de Mahoma, por medio de su hijo Alí) en África. Fue el primer califato independiente y rival que desafiaba la única autoridad del comendador de los creyentes de Bagdad sobre la Umma (el segundo lo instauraría unas décadas más tarde el omeya Abd ar Rahmán III en Al-Andalus).

Abd Allah y sus sucesores siempre se consideraron los auténticos califas, y su primer objetivo fue atacar el corazón del califato para hacerse con el control efectivo de toda la Umma. Así, tan pronto como en 914 el heredero al-Qa’im bin-Amr Allah y el general kutama Habasa ibn Yusuf lanzaron la primera expedición hacia Egipto, que capturó Cirenaica y conquistó Alejandría sin que al-Khazari pudiera detenerlos. Sin embargo, los intentos fatimíes de conquistar Fustat fracasaron por indisciplina y descoordinación y, al llegar un nuevo ejército abbasí al mando del general Mu’nis al-Muzaffar, hubieron de abandonar el Valle del Nilo en 915. Parece que algunos egipcios, tanto musulmanes como cristianos, simpatizaban con los fatimíes, pues el gobernador castigó a varios por traición tras interceptar sus cartas a al-Qa’im.

Mu’nis sustituyó a al-Khazani por Dhuka al-Rumi (“Dukas el romano”), un griego sirio converso al islam, que dejó a su hijo al-Muzzafar como gobernador de Alejandría con orden de defenderla de nuevas incursiones fatimíes. Pero al-Qa’im logró retener Cirenaica, y cuatro años después, los ismailitas volvieron a intentar la conquista de Egipto. La historia de 914 se repitió en 919: al-Qa’im volvió a tomar fácilmente Alejandría, de la que huyó cobardemente al-Muzzafar, y nuevamente se dirigió a Fustat, donde la guarnición estaba al borde de la sublevación por falta de pagas. Dhuka logró apaciguarla hábilmente, y construyó con celeridad una fortaleza en la orilla oeste, en Giza, para defender Fustat. Al-Qaim no pudo tomar esa plaza, y cuando su flota buscaba otro punto donde efectuar el paso del Nilo, fue enfrentada y derrotada por la escuadra abasí de Thamal al-Dulafi en marzo de 920 d.C. Poco después Mu’nis al-Muzaffar llego a Fustat con un nuevo ejército de refuerzo. Al-Qaim, sin embargo, no se dio por vencido: conquistó el oasis de Fayyum, donde hubo de prohibir enérgicamente los saqueos de sus aliados bereberes, y extendió su influencia sobre el Alto Egipto. Mientras Mu’nus evitaba una batalla campal, el fatimí emprendía una ofensiva religiosa y diplomática en los territorios que controlaba, intentando infructuosamente ganar para la causa chíi ismailita a los musulmanes locales. En mayo de 921, la flota de Thamal logró reconquistar Alejandría. Privado de su base de abastecimiento, al-Qaim abandonó Fayyum y se retiró al oeste a través del desierto cuando Mu’nus cruzó el Nilo finalmente en su busca poco después. Curiosamente, alejado el peligro fatimí, Takim al-Khazari fue repuesto de nuevo en el cargo de gobernador abasí de Egipto, hasta su muerte en 933.

No tenemos apenas datos sobre el largo pontificado de Macario I, que pasó enteramente en su monasterio, muriendo en 952 o 953. Su sucesor, otro monje de san Macario, llamado Teófanes o Teófilo II de Alejandría, gobernó cuatro años, terminando su pontificado de la forma más truculenta pues, según una tradición, sufrió una posesión diabólica que le llevaba a blasfemar continuamente. Supuestamente, un sínodo de obispos ordenó su ejecución por sofocamiento. Dado que la fuente no indica que se intentara ningún exorcismo, cabe preguntarse si no se trató de un homicidio político, sobre todo teniendo en cuenta que el sustituto elegido, otro monje de san Macario de Escete llamado Menas (Mina) II de Alejandría, se negó a aceptar el trono patriarcal, y según las crónicas, fue encadenado y consagrado a la fuerza. Eran sin duda años oscuros en la historia de aquella antigua y gloriosa sede.

Por su parte, la Iglesia melquita fue regida por el sirio Cristóbal de Alejandría desde 907 hasta 932. En su largo patriarcado publicó unos estatutos sobre disciplina de los fieles, por ejemplo que se debía entrar a la Iglesia descalzo y con la cabeza cubierta, que se debía guardar ayuno antes de comulgar o que estaban prohibidas las bodas en Cuaresma. El templo de Cesarea en Alejandría se quemó durante su tiempo. Fue sucedido por Eutiquio de Alejandría, natural de Fustat, que había sido médico. Publicó obras sobre teología y medicina, destacando su Cronografía “anales de Eutiquio” que registraban la historia de la Creación hasta su tiempo. Murió en mayo de 940, siendo sucedido durante unos meses por el ignoto Sofronio II, seguido a su vez en 941 por Isaac de Alejandría, que llegó a huir a un monte para evitar aceptar su elección por los obispos del sínodo. Pastoreó a la Iglesia ortodoxa calcedoniana en Egipto durante trece pacíficos años, hasta su muerte en 954.

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El emirato independiente Ikhshida

 

A la muerte de al-Khazari en 935, fue designado gobernador abasí de Egipto Muhammad ibn Tughj al-Ikhshid, hijo de otro general turco (Tugh ibn Juff) de los que menudeaban en el último siglo en los entresijos del poder de la corte de Bagdad, y protegido de Mu’nis. Tras la muerte de al-Muktafi en 908, se habían sucedido una serie de califas débiles que concluirían en 946 con el ascenso de la dinastía irania chíita de los búyidas, emires que controlaron lo que hoy son Irak e Irán, y convirtieron al califa abasí en puramente nominal, dominado por su visir buyí, al estilo de los rois fainéants merovingios, o el Tenno japonés durante el periodo conocido como Sengoku. Prácticamente desde el principio, al-Ikhshid gobernó Egipto como un emir de facto independiente.

Al-Ikhshid sofocó un amotinamiento de tropas por atrasos en las pagas, alejó a los beduinos que reanudaban sus ataques al Alto Egipto y derrotó fácilmente un nuevo intento fatimí de invasión en 935. Los ismailitas permanecerían varios años aquietados por causa de las numerosas rebeliones antichiíes en su propio territorio magrebí, y la rivalidad con el califato omeya de Al-Andalus. Al igual que sus predecesores tulúnidas, el gobernador egipcio intentó hacerse con el control de Siria, aunque sólo lo logró parcialmente. En 944 se reunió con el débil califa abbasí al-Muttaqui, que había huido de las intrigas de Bagdad, ofreciéndole que residiera en el propio Egipto. Aquel prefirió regresar a la corte (para su desgracia, pues acabó ejecutado poco después), pero le instituyó como gobernante hereditario de Egipto, Siria y el Heyaz. Al-Ikhshid murió dos años después, todavía en lucha por el norte de Siria contra la dinastía rival hamdánida, dejando a su hijo Unujur como nuevo gobernador, tutelado por el poderoso visir Abu al-Misk Kafur, un eunuco de origen etíope, que regiría los destinos del país de las pirámides durante los siguientes veinte años.

En su política interior, al-Ikhshid repitió también los pasos seguidos por Ibn Tulun dos generaciones atrás: mantuvo la paz, contentó a las fuertes familias burocrática árabes nativas, aumentó el comercio y la riqueza, y respetó a las minorías religiosas. Sin embargo, tampoco él resistió la tentación de extorsionar puntualmente a prelados y nobles cristianos cuando necesitaba dinero. El patriarca melquita, Eutiquio, fue una de las víctimas.

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El califato fatimí conquista Egipto

Tras tres intentos frustrados de conquistar Egipto, murió el califa fatimí al-Qaim en marzo de 946, inmerso en la lucha contra una nueva rebelión en Ifriquiya (Magreb). Su hijo y sucesor al-Mansur logró sofocar las sublevaciones, atacar a los imperiales en el sur de Italia y recuperar Mauritania de manos de los califas omeyas de Al Andalus, erigiendo en 948 una nueva capital llamada al-Mansuriya, al sur de Túnez. Su prematura muerte en 953 dejó a su sucesor al-Mu’izz un califato fuerte y unido, preparado para intentar de nuevo la conquista del valle del Nilo, esta vez de forma definitiva.

El momento llegó con la muerte en 968 del eunuco Abu al-Misk Kafur, que había sido el verdadero gobernante del emirato independiente detrás de los monarcas ikhshides Unujur (que murió en 961), su hermano pequeño Abu’l-Hasan (961-966) y el pequeño hijo de este, Ahmad, que le sucedió. Aunque el liberto etíope mostró grandes capacidades políticas para sofocar rebeliones, rechazar ataques del cristiano reino nubio de Makuria y los beduinos del desierto, obtener la lealtad del ejército profesional o defender las posesiones sirias de la dinastía, no pudo o quiso hacer nada cuando en 963, tras la derrota de la flota egipcia contra una escuadra imperial, se desató una ola de ataques a cristianos en todo el emirato, sobre todo en Siria, pero también en Egipto.

Ahmad era muy pequeño para ejercer el gobierno real, que estuvo en manos de su visir Ja’far y luego de su tío al-Hasan ibn Ubayd. Sin el capacitado Kafur al frente, las luchas intestinas en la corte egipcia debilitaron al emirato, que pronto comenzó a perder territorios en Cilicia, Creta, Chipre y el norte de Siria ante el nuevo emperador Nicéforo II Focas y otras dinastías musulmanas rivales. El golpe de gracia lo dieron tres inundaciones consecutivas del Nilo extraordinariamente bajas a partir de 967, que supusieron el hambre y las plagas, en un país acostumbrado a exportar grano. Los predicadores ismailíes propalaron las excelencias del califa chií, y cada vez más egipcios veían con buenos ojos una intervención fatimí ante el caos y las enfermedades por desnutrición. Los simpatizantes más ricos comenzaron a sobornar a funcionarios y oficiales para que la transición de poder se realizara sin destrucciones.

Al-Mu’izz llevaba prácticamente desde el inicio de su reinado preparándose de forma meticulosa para la invasión del Nilo: se aumentaron los impuestos y el ingreso de tributos en oro a las caravanas transaharianas, el victorioso general Jawhar (vencedor de los andalusíes en el Magreb) reclutó un ingente ejército de bereberes de la fiel tribu Kutama, y el gobernador de Barqa (Cirenaica) recibió la orden de abrir y mantener operativos pozos a intervalos regulares en la ruta a Egipto.

A finales de 968, Jahwar partió con un fuerte ejército de cien mil hombres y una poderosa flota hacia oriente. En mayo de 969 había ocupado sin lucha Alejandría, Fayum y toda la orilla occidental del Nilo. Allí esperó a una delegación de los nobles de la familia ikhshidí y sus apoyos, que básicamente se limitaron a pedir seguridades para sí mismos y sus posesiones. El avance de los imperiales en el norte de Siria había despertado el terror entre los musulmanes a un ataque cristiano a Egipto (y los coptos no eran menos reacios, recordando las persecuciones antiguas de los calcedonianos).

Jahwar emitió un aman (salvoconducto) a todos los que se rindieran pacíficamente, redactado en forma de un manifiesto político sobre las lineas de gobierno del califa fatimí, incluyendo aumentar la seguridad, bajar los impuestos, proteger el comercio y “reunir a la sunna original del profeta”, destinado a allegar la cooperación de la población musulmana de Egipto, en su gran mayoría sunní, pero decidida a someterse a cualquier gobernante musulmán fuerte y justo.

Al regreso a Fustat, una parte de la guarnición se negó a rendirse, y bloqueó el paso del Nilo, como en las campañas anteriores. Jahwar proclamó la jihad contra los “infieles” imperiales en Siria, y prometió destruir a quien le impidiese el camino. Sus tropas lograron cruzar el Gran Río y derrotar al ejército ikhshidí enviado para detenerle el 3 de julio de 969. Los supervivientes huyeron a Siria, la capital se rindió y el joven Ahmad fue depuesto, terminando así la singladura de la segunda dinastía turca independiente en Egipto. El 9 de julio Jahwar presidió la oración de la principal mezquita de Fustat, recitando ya el nombre de al-Mu’izz. El dominio del califato de Bagdad sobre Egipto, aunque fuese simbólico, había acabado para siempre. Comenzaba el califato fatimí en el País del Nilo.

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