La Iglesia copta (V)

El movimiento monástico egipcio durante el siglo VI

Aunque había pasado mucho tiempo desde la época de los grandes padres fundadores, el monasticismo en el país del Nilo siguió siendo vigoroso durante todo el siglo VI. Literalmente, cientos de monasterios por todo el país, muy señaladamente los de los desiertos de Nitria y la Tebaida, albergaban decenas de miles de monjes. Egipto siempre fue un país muy religioso, y ello no cambió con el cristianismo.

Una de las santas más renombradas de este periodo fue Atanasia, llamada la patricia, dama de compañía de la emperatriz Teodora. Aprentemente, Justiniano le hizo proposiciones, y Anastasia decidió abandonar la corte y, marchando a Alejandría, fundó un monasterio en un lugar cercano llamado Pempton. En 548, tras morir Teodora, el emperador envió hombres para traerla de nuevo a la corte, pero ella se escondió anónimamente en el monasterio de Escete, donde el abba (abad) Daniel le permitió que se trasladase a una laura, o celda, en medio del desierto, y se disfrazara de monje. Allí vivió en aislamiento durante veintiocho años, hasta su muerte en 576, poco antes de la cual reveló a Daniel toda su historia.

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La Iglesia en Egipto a finales del siglo VI

El enloquecido emperador Justino II fue sucedido a su muerte en 578 por su sucesor designado, el césar y comandante del ejército (y amigo personal) Tiberio II Constantino, que llevaba rigiendo el imperio desde hacía cuatro años. Tiberio revirtió completamente la política de su predecesor: empleó el dinero ahorrado cicateramente por Justino a manos llenas para contentar al senado, a los partidos verde y azul, al ejército y a los bárbaros en Europa, a los que compró de todas las formas posibles para mantenerlos tranquilos, y proseguir la guerra en Oriente contra el shahansanato sasánida, su gran proyecto que, tras sus cuatro años de reinado, acabo prácticamente en empate. Aunque logró transitoriamente contener a los lombardos en Italia y a los esteparios avaros en el Danubio, a la larga su política fue ruinosa, pues vació el tesoro imperial favoreciendo a grupos particulares sin ganancias tangibles a largo plazo, y no pudo evitar que los eslavos entraran en los Balcanes, colonizándolos casi por completo.

En su política de apaciguamiento, Tiberio II incluyó las querellas religiosas: favoreció a los calcedonianos, pero evitó todo acoso contra los monofisitas, y únicamente persiguió a los germanos arrianos en sus provincias occidentales, que eran las menos relevantes. Fue un emperador popular en su tiempo, debido a su generosidad, excepto con la emperatriz viuda Sofía, un poderoso personaje que siempre disputó con Tiberio por retener el poder que ostentó durante la larga enfermedad de su marido. A ella se le atribuyó en su momento la extraña intoxicación alimentaria que provocó su muerte el 14 de agosto de 582. Dos días antes había nombrado coemperador, y por tanto sucesor, a su yerno el general capadocio Mauricio, que había logrado varios triunfos en la guerra contra los persas.

En esta época, en Egipto domina la figura del patriarca monofisita severiano Damián de Alejandría, verdadera cabeza de la Iglesia egipcia desde su retiro forzado por las autoridades en el monasterio de Escete. En su esfuerzo por unificar a todas las corrientes miafisistas y acabar con las diversas sectas que plagaban el cristianismo copto, logró reconducir a los triteístas, con los que polemizó, y que desaparecen de las fuentes tras su gobierno, pero a costa de incurrir en algunas expresiones modalistas (Dios es uno, pero se manifiesta de tres “modos”, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) que le valieron la acusación de sabeliano por parte del patriarca miafisista Pedro de Antioquía. También logró reducir mucho la influencia y filas del otro gran partido miafisista, el de los gaianitas, aftartrodocetas o incorruptícolas. Para 581, la mayoría de ellos habían reconocido la autorida de Damián, y se habían pasado a su partido, el llamado corruptícola o “teodosiano”

Mientras tanto, en el campo ortodoxo o calcedoniano, el patriarca Juan IV de Alejandría, designado por el emperador, había sido consagrado en 570 por el patriarca Juan III el Escolástico en su catedral de Constantinopla. Esta evidente subordinación, no solo hería los sentimientos de los egipcios (por muy ortodoxos que fuesen), sino que violaba varios cánones eclesiásticos y la propia tradición, en la que el patriarca era elegido por el sínodo y elevado a la silla de san Marcos en Alejandría. Hasta el punto de que el patriarca ortodoxo Anastasio I de Antioquía llegó a denunciar la legitimidad de Juan. Este se asentó, no obstante, y en 579 envió a Constantinopla varios prominentes alejandrinos que se sospechaba eran miafisistas. El patriarca Eutiquio les exigió que acataran las actas del concilio de Calcedonia, y al negarse, les recluyó en varios monasterios de la capital. Nada más sabemos de su gobierno hasta su muerte en 581, cuando fue sucedido por el abad antioquenoEulogio de Alejandría.

Con Eulogio, el partido ortodoxo recuperó la ventaja teológica. A diferencia de sus inmediatos precedesores (que no eran sino funcionarios elevados al rango episcopal), era un versado teólogo, amigo personal del papa romano Gregorio I el Grande, que en 599 le escribió pidiéndole consejo sobre la secta de los agnoetas. Eulogio le remitió el tratado que había enderezado contra ellos, y esa fue la postura oficial de la sede romana sobre los temistianos desde entonces. A su vez, el papa alejandrino pidió información a Gregorio sobre las condenas a los novacianos.

Eulogio convocó un concilio en la capital en el año 589 para anatemizar a unos herejes samaritanos. Escribió numerosas obras teológicas, destacando “Sobre la Santísima Trinidad” y “Sobre la Encarnación”, de las que han sobrevivido pocos fragmentos. Se opuso al miafisismo en todas sus sectas (corruptícolas, agnoetas, gaianitas, acéfalos, etcétera), reivindicó la unión hipostática de las dos naturalezas contra Nestorio y Eutiques, y escribió once discursos en defensa del Tomo del papa León I y el concilio de Calcedonia. Eulogio desarrolló la doctrina de “las dos voluntades” y “las dos acciones” en Cristo, siendo precursor de la doctrina del diotelismo de san Máximo el Confesor.

Durante su pontificado se formó el filósofo Esteban de Alejandría (nacido alrededor de 570), como discípulo del neoplatónico Elías en la escuela alejandrina fundada por el pagano Olimpiodoro. En 619 marchó a Constantinopla, donde fundó una escuela de profesor ecuménico en la Academia imperial, comentando a Platón y Aristóteles. Este egipcio, fallecido en 641, es considerado como uno de los últimos exponentes de la sabiduría clásica, y tuvo como alumnos a algunos de los mayores sabios orientales del siglo VII, como el Pseudo Elías o el gramático armenio Anania Shirakatsi.

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El emperador y el shahansha

Mientras tanto, al emperador Mauricio se le multiplicaban los problemas. La larga guerra contra los sasánidas en oriente continuaba, y aunque las tropas imperiales lograron finalmente en 588 algunas victorias que dieron la ventaja a Constantinopla en el Alto Éufrates, la ruina del tesoro imperial era absoluta, y cesaron todos los pagos no imprescindibles. Entre los iranios, la derrota provocó la rebelión del prestigioso general Bahram Ghobin, y un profundo malestar en la corte persa. En 590, una sublevación nobiliaria derrocó al shaHormizd (Hormisdas) IV, y le sustituyó por su hijo Cosroes II. Bahram derrotó a las tropas leales al nuevo sha y conquistó la capital, coronándose.

Cosroes II huyó con sus leales hacia occidente, donde pidió asilo nada menos que al inveterado enemigo, el emperador Mauricio. Este vio la oportunidad política y, pese al consejo en contra del senado, auxilió a Cosroes II a recuperar su trono, enviando un inverosímil ejército mixto romano-persa, comandado por Juan Mystacon y el general armenio Narsés, que en 591 derrotó a Bahram, y repuso a Cosroes. La alianza entre ambos se certificó con la adopción formal de Cosroes por parte de Mauricio, un tratado de amistad perpetua y la cesión por parte del nuevo sha de toda la Armenia Occidental al Imperio de Oriente. Esta paz fue lo que realmente logró ahorrar muchísimo oro a las arcas imperiales y salvar al monarca de la bancarrota. Gracias a ella, el ejército romano pudo concentrarse en la frontera del Danubio, hecha pedazos por los eslavos y los ávaros a los que ya no se pagaba tributo, logrando una impresionante serie de victorias entre los años 591 y 601 que repusieron completamente el limes danubiano, llegando incluso a lanzar expediciones al norte del Gran Río.

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Caída de Mauricio

Mauricio fue un emperador relativamente exitoso, y siguió la práctica de su predecesor de no exasperar a los miafisistas con una persecución destemplada, pero su política de ahorrar costes le granjeó una enorme impopularidad, especialmente entre los militares. En 588 redujo la paga de los soldados en una cuarta parte, y en el año 600 se negó a pagar un rescate por doce mil soldados hechos cautivos por los avaros durante la guerra, que fueron ejecutados. Los ánimos estaban muy caldeados cuando a finales de 602 ordenó al exhausto ejército expedicionario al norte del Danubio que, en lugar de regresar a sus cuarteles de invierno, lanzara una nueva ofensiva más al norte. Cuando el general Comenciolo ordenó cumplir la orden imperial, enfurecidos, los soldados se amotinaron y, nombrando como su portavoz a un centurión tracio llamado Focas marcharon a a las afueras de Constantinopla para presentar sus reclamaciones.

Mauricio entonces desplegó toda su falta de tacto. Rechazó de planos las demandas, y ordenó regresar a la frontera y cumplir sus órdenes. El ejército entonces exigió su abdicación y la elevación en su lugar de su hijo Teodosio, o el suegro de este, el respetado patricio Germano, yerno del difunto Tiberio II Constantino. Mauricio no tuvo mejor idea que ordenar armar a la población civil de la capital e intentar el arresto de Germano acusado de traición, enajenándose así el apoyo de la aristocracia. De inmediato estallaron motines por toda la ciudad, y Mauricio, privado de apoyos, escapó en un barco de guerra el 22 de noviembre con toda su familia, desembarcando a Teodosio, al que se encomendó buscar la ayuda de Cosroes II.

Durante un día hubo gran confusión, cuando Germano trató de hacerse coronar, pero el ejército de Tracia ya había proclamado emperador a Focas, que entró en la ciudad sin oposición el 24 de noviembre, y hubo de reconocerlo. Poco después, capturaron en Calcedonia a toda la familia imperial huida, incluyendo a Teodosio, que acabó confesando el motivo de su misión. Al saber que Mauricio planeaba pedir ayuda a los odiados enemigos persas para mantener su trono, la furia entre los militares alcanzó su paroxismo. Fuese empujado por ellos o por propia iniciativa, Focas ordenó que Mauricio presenciara la decapitación de sus cinco hijos varones, incluyendo al heredero Teodosio, antes de sufrir él mismo idéntica pena. Su esposa e hijas fueron forzadas a ingresar en un monasterio. También el odiado Comenciolo, fiel a Mauricio, fue ejecutado.

Desde la partición del imperio entre los hijos de Teodosio, todas las sucesiones imperiales habían sido reglamentadas (con la breve excepción de Basilisco, miembro de la familia real, en el siglo V) durante más de dos siglos. El violento acceso al poder de Focas, y sobre todo su decisión de ordenar la muerte de su predecesor, iba a cambiar la historia del imperio romano para siempre.

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Nueva guerra contra los sasánidas. Rebelión de Heraclio

Como era esperable, dada su nula experiencia administrativa, Focas fue un emperador peor que mediocre. Carente de ningún apoyo fuera del ejército, trató de afianzar su posición nombrando a parientes tan inexpertos como él en los principales puestos de la administración imperial.

El shahansha Cosroes II, ahijado de Mauricio, al conocer su ejecución, vio la oportunidad de reiniciar la guerra contra los romanos (la última y más terrible de toda la larga serie de conflictos seculares entre ambos) con ese pretexto. Hizo correr la voz de que Teodosio, hijo de Mauricio, había sobrevivido a la masacre de su familia, y en 603 ordenó una expedición en la frontera oriental para vengar a su padrino y devolver el trono a su linaje. Su primera acción fue rescatar a Narsés, el general que había ayudado a reponer a Cosroes II en el trono y que, al no reconocer el reinado de Focas, había sido asediado en la ciudad de Edesa (capital de la Mesopotamia romana) por un ejército imperial. Una vez libre gracias a los ejércitos persas, Narsés trató de negociar con el emperador, pero cuando acudió a Constantinopla bajo promesa de salvoconducto, Focas ordenó quemarlo vivo en 605, provocando el malestar entre los militares, que consideraban unánimemente a Narsés como el mejor general del imperio. La fortísima frontera oriental del imperio comenzó a resquebrajarse y los persas lograron tomar la fortaleza de Dara en 605 y llegar hasta el Éufrates. Poco después, en pleno paroxismo de suspicacias, Focas ordenó ejecutar al patricio Germano y las mujeres supervivientes de la familia de Mauricio al descubrir que estaban conspirando contra él.

A diferencia de sus más inmediatos predecesores, Focas era una calcedoniano ardiente, y ordenó reactivar la persecución de miafisistas y nestorianos. Del mismo modo, por despecho hacia la élite de Constantinopla, que no le apoyaba, en 606, al confirmar a Bonifacio III como papa romano, declaró que el obispo de Roma era “cabeza de todas las Iglesias”, y transfirió el título de “obispo universal” desde la diócesis de Constantinopla a la de Roma. Aunque el papa romano siempre había sido considerado honoríficamente un primus inter paresentre todos los obispos, esta fue la primera vez que una autoridad civil le atribuía una superioridad jerárquica. Este decreto se convirtió en uno de los precedentes más antiguos para la reivindicación de la supremacía papal. En Oriente, sin embargo, se le dio a este decreto poco valor dado el fin de su autor.

Fuera de Constantinopla, sin embargo, Focas fue visto con bastante simpatía por los obispos ortodoxos por su política religiosa (por ejemplo, Severo de Edesa fue ejecutado durante el asedio a la ciudad por su fidelidad a Focas). Damián, el enérgico papa miafisista de Alejandría, murió en 605. El santo sínodo eligió por unanimidad al sacerdote y mayordomo del patriarca, llamado Anastasio, que tuvo que enfrentar una persecución renovada por parte del emperador, que expulsó a los sacerdotes miafisistas de la importante iglesia de san Cosme y san Damián, entregándola a los ortodoxos.

Por su parte Eulogio, el papa copto calcedonio, murió entre 607 y 608, y fue sustituido por Teodoro I Scribo, designado personalmente por Focas.

El malestar generalizado hacia el emperador estalló finalmente en el flamante exarcado de África, que contaba pocas décadas de existencia. En 608, el exarca Heraclio se sublevó, apoyado nada menos que por el yerno del emperador, el conde de los excubitores (guardia palatina) Prisco. Heraclio se proclamó “cónsul” junto a su hijo y tocayo (conocido entonces como “el Joven”), en un remedo del sistema romano republicano. De inmediato estallaron otras rebeliones en Siria y Palestina, donde los judíos, a los que Focas había ordenado convertir a la fuerza, se convirtieron en el puntal de los disturbios (asesinando al patriarca de Antioquía, Anastasio). Focas nombró a un tal Bono como conde de los ejércitos de Oriente para que restaurara el orden. Bono usó los ejércitos de la frontera mesopotámica para enfrentarse en Egipto a las tropas heraclianas, pero fue derrotado por Nicetas, sobrino de Heraclio el Viejo, a las afueras de Alejandría en 610. Los persas aprovecharon este hecho para atravesar la desprotegida frontera del Éufrates y penetrar en territorio sirio y anatolio, por primera vez en muchos siglos, conquistando en poco tiempo grandes ciudades como Mardin, Amida o Edesa. La ciudad de Teodosiópolis (hoy Erzurum) en la Armenia romana, abrió sus puertas a los persas convencida por el supuesto Teodosio hijo de Mauricio (es dudoso que realmente fuese él) del que no se vuelve a oír hablar.

En todo Egipto estallaron motines contra los partidarios de Focas. La víctima más encumbrada fue Teodoro I Scribo, el patriarca ortodoxo, que fue asesinado tras un breve y oscuro pontificado. En su sustitución fue elevado Juan, un laico chipriota, viudo y sin hijos, conocido por su gran piedad, por aclamación popular. Fue un raro ejemplo de papa de origen laico, y santo no mártir en aquellos tempestuosos tiempos. Durante muchos siglos, Egipto no había conocido invasión externa alguna. En pocas décadas, se iba a ver sacudida por varias muy destructivas, y que iban a cambiar el país del Nilo en lo sucesivo.

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La victoriosa ofensiva de Cosroes II

Heraclio el Joven (su padre murió poco después) desembarcó en Constantinopla con el grueso del ejército, siendo apoyado unánimemente. Los propios excubitores, por influencia de Prisco, le entregaron a Focas. Cuenta la leyenda que Heraclio le preguntó airado “¿así has gobernado el imperio, miserable?”, a lo que Focas, en un rapto de postrera dignidad, le respondió “¿lo harás tu mejor?”, antes de ser decapitado. El ejército de Anatolia, al mando de un hermano de Focas, marchó hacia Constantinopla, pero sus oficiales se amotinaron, mataron a su general y juraron lealtad a Heraclio, que fue coronado emperador por el patriarca de Constantinopla. Sin embargo, el desplazamiento de tropas en el conflicto por el trono facilitó la mayor penetración del ejército de Cosroes II en Anatolia, el corazón del Imperio. El general Shahin ya se habían apoderado de Cesarea Mazaca (Capadocia) cuando Prisco, al frente de un ejército, pudo sitiar la ciudad, frenando su avance.

El papa ortodoxo Juan fue uno de los grandes apoyos de Nicetas, el nuevo gobernador egipcio. Apenas consagrado obispo de Alejandría, confeccionó una gran lista de necesitados de la ciudad, empleando las rentas eclesiásticas para distribuirles limosnas; asimismo, financió los hospitales caritativos, que visitaba semanalmente, y destinó dinero a manumitir esclavos, lo que le valió el sobrenombre de “Juan el Limosnero”. Igualmente, luchó contra la simonía, supervisó las escuelas eclesiásticas, y usó su influencia política para que las autoridades garantizaran severamente los pesos y medidas usados en la venta de alimentos, castigando a los funcionarios corruptos que los alteraban en su beneficio. Se supone que edificó (o más probablemente, logró que pasaran a la obediencia al patriarca calcedonio) más de sesenta iglesias nuevas en la ciudad.

Se cuentan numerosas historias sobre su legendaria caridad con todos. El comerciante que fue ayudado por Juan en tres ocasiones tras tres naufragios; la del pedigüeño que realmente no estaba necesitado pero al que Juan ordenó dar limosna diciendo “Dale, tal vez sea Nuestro Señor disfrazado”, o la del rico que le regaló una colcha de cama hecha de materiales preciosos: Juan la usó una noche y a la mañana siguiente la vendió y dio el dinero en limosnas. El rico la recompró y se la volvió a regalar, volviendo a hacer lo mismo el patriarca al día siguiente. Cuando había ocurrido esto varias veces y le hicieron notar al patriarca que era evidente que el donante quería que se la quedase, Juan replicó sencillamente “veremos quien se cansa antes”. Quizá la anécdota más recordada es que se negó a castigar al monje Vitalis de Gaza, que había sido denunciado por visitar frecuentemente el barrio de las prostitutas. Cuando el monje murió, se supo que había estado predicando la palabra de Cristo a aquellas mujeres, y ayudando a las que querían abandonar esa vida, lo que redundó en gran fama para el patriarca por haberle protegido.

Por su parte, el papa miafisista, Anastasio, se empleó en recuperar la comunión con la sede de Antioquía, donde el nuevo patriarca, Atanasio I Gammolo, no compartía las posturas calcedonias de su predecesor. En algún momento entre 610 y 614, tras un afectuoso intercambio epistolar, Atanasio viajó con una delegación del sínodo sirio a Alejandría, donde se reunió con Anastasio y su sínodo en el monasterio donde residía. Tras una breve reunión teológica, ambos patriarcas proclamaron la comunión de sus iglesias, condenaron conjuntamente el Concilio de Calcedonia y el tomo de León, y se dieron un beso de paz. Anastasio escribió diversos tratados teológicos (que no nos han llegado) y murió en 616. El sínodo eligió para sucederle al culto y caritativo diácono Andrónico. Pertenecía a una noble familia con vínculos con la corte, motivo por el que pudo permanecer en Alejandría sin ser molestado por las tropas imperiales.

Heraclio envió proposiciones de paz a Cosroes II, en base a que el usurpador Focas, asesino de su padrino Mauricio, ya había sido castigado, pero a esas alturas, el shahansha ambicionaba abiertamente la conquista del Imperio, y las rechazó. Heraclio marchó al asedio de Cesarea, donde tuvo desencuentros con Prisco, regresando enfadado a la capital en 612. Poco después, Shahin y los persas lograron escapar de la ciudad, incendiándola. El emperador, sospechando de la lealtad de Prisco, lo destituyó (junto a otros comandantes que habían servido bajo Focas) y nombró al leal Filípico, que resultó un general incompetente, cediendo continuamente terreno y evitando el combate. Indignado. Heraclio tomó el mando personal del ejército, junto a su hermano Teodoro, y uniendo los ejércitos de Anatolia y Egipto (al mando de su gobernador Nicetas), presentó batalla a los persas cerca de Antioquía. La batalla, de la que se conocen pocos detalles, resulto en una completa derrota de los ejércitos imperiales y un sonoro triunfo para el general Shahin. Heraclio hubo de huir, y los persas saquearon Antioquía y se llevaron deportados a miles de sus habitantes.

La ofensiva en Siria fue rápida: en pocos meses de 613, Damasco, Emesa y Apamea se rindieron a los invasores con escasa resistencia. Nicetas trató de resistir, pero tras algunos éxitos iniciales, fue derrotado finalmente, debiendo retirarse a Egipto.

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La rebelión judía. Caída de Jerusalén en manos de los persas, judíos y árabes en 614

Tras la derrota de Antioquía, varios líderes judíos de la región se levantaron contra el dominio romano. Estaban resentidos por la reciente persecución de Focas, y recordaban a los persas como seculares aliados, desde que Ciro el Grande permitiera a los judíos regresar de su exilio mesopotámico a Israel, mil años atrás. Cosroes II les prometió un gobierno autónomo en su tierra ancestral y la reconstrucción del templo de Jerusalén. Al mando de un tal Nehemías ben Hushiel, e inflamados de fervor religioso y patriótico, más 20.000 acompañaron al general Sharvaraz en su campaña siria. Cuando en 614, tras haber conquistado Cesarea Marítima, el general persa puso sitio a Jerusalén, se le habían unido miles más de judíos armados de toda la región, comandados por Benjamín de Tiberíades, y también muchos árabes lájmidas, en su mayoría cristianos difisistas (llamados nestorianos por su adversarios teológicos), aliados a los iraníes. Por cierto, que algunos autores modernos creen que entre esos árabes, que rechazaban la ortodoxia de la unión de las personas divina y humana de Cristo, empapados del ambiente restauracionista y apocalíptico judíos de la expedición, podríamos encontrar a los primeros auténticos maestros de una nueva enseñanza, mezcla de judaísmo y cristianismo, que iba a aparecer entre los árabes prontamente.

Sharvaraz y Shahin ofrecieron a la Ciudad Santa la rendición, pero al ser rechazada, comenzaron a bombardear la ciudad con piedras lanzadas por sus máquinas de guerra día y noche. Tras tres semanas así, la escasa guarnición imperial, atemorizada, prefirió huir, y los ciudadanos judíos abrieron las puertas a los asaltantes uniéndose al saqueo y matanza que el ejército mixto persa-judío-árabe hizo en la población de la ciudad. Todas las iglesias fueron destruidas una a una (incluyendo a las más importantes, como la del Santo Sepulcro, o la de la Resurrección), y Sharvaraz permitió a los judíos que llevaran a cabo su venganza: entre 50.000 y 90.000 cristianos fueron asesinados, unos 35.000 deportados a Persia, incluyendo al patriarca Zacarías de Jerusalén, y el resto, desposeídos de todos sus bienes y expulsados de la ciudad.

Casi tan doloroso para el resto de la Cristiandad fue que los persas robaron todas las grandes reliquias que la ciudad albergaba, señaladamente la Vera Cruz de Cristo, pero también la lanza de Longinos (que según la tradición atravesó el costado de Cristo crucificado) o la “esponja sagrada” usada en el Gólgota para ofrecerle vinagre al Mesías. La Vera Cruz fue llevada a Ctesifonte, la capital mesopotámica del shahansha.

Muchos cristianos orientales interpretaron la pérdida de la ciudad santa y las reliquias como un castigo divino por los diversos crímenes cometidos por los emperadores y las persecuciones y discordias entre cristianos. Otros, culparon con rencor a los judíos.

Nehemías ben Hushiel fue nombrado gobernador de Jerusalén por Sharvaraz y comenzó a reconstruir el templo, con la ayuda de los árabes.

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Conquista y dominación persa de Egipto

Como se puede suponer, las noticias de la caída de Jerusalén y toda Siria, llenó de consternación a Egipto. Nadie recordaba la última vez que los sasánidas habían logrado llegar tan al oeste, y el lógico objetivo siguiente era el valle del Nilo. El patriarca ortodoxo Juan el Limosnero, envió grandes cantidades de dinero y alimentos a los cristianos de Jerusalén, que habían quedado desposeídos de todo y morían de hambre. Lo cierto es que durante dos años, Cosroes II dirigió su atención a Anatolia, intentando conquistar Constantinopla y acabar rápidamente con la guerra forzando la rendición de Heraclio. Aunque este estaba dispuesto a negociar, Cosroes quería la conquista de la capital, y sus tropas ocuparon Calcedonia, a orillas del Mármara, en 617. Finalmente, al no poder reunir una flota que superara a la imperial, el shahansha decidió regresar a la ofensiva inicial, y sus generales atacaron Egipto en 618.

Sin auxilio desde Constantinopla, muy ocupada en su propia defensa, Nicetas no logró aprovechar el tiempo concedido para levantar un ejército suficientemente potente. Se sabe poco de la campaña. Sharvaraz derrotó fácilmente al ejército del primo del emperador cerca de Alejandría. La capital se rindió para evitar el destino de Jerusalén, y Nicetas y el patriarca Juan el limosnero huyeron por mar a Chipre, donde Juan moriría en 619, sin que se le designara sucesor. Cosa insólita en la historia, la fama de santidad de Juan era tan grande, que incluso la Iglesia copta miafisista le contó (y le cuenta) entre los santos a los que venera. Los persas también saquearon el rico monasterio de Enaton, la sede oficiosa del papa copto que, sin embargo, no fue molestado personalmente. Cientos de otros monasterios fueron saqueados, y muchos monjes asesinados. Los miafisistas no apoyaban a los persas, pero se negaron a auxiliar a las tropas imperiales, habituales perseguidoras de su clero, de modo que la resistencia del resto del país, descoordinada y con escasos medios, cesó en 621, cuando los sasánidas llegaron hasta las fronteras de Sudán. Durante la campaña, los soldados persas se ensañaron con los monjes, sin hacer distinción entre ortodoxos y coptos.

En materia religiosa, Cosroes II era un pragmático. Era el cabeza de la oficial religión zoroastriana (o mazdeísta), pero conocía perfectamente que el cristianismo estaba minado por divisiones entre corrientes y sectas. Dado que la ortodoxia calcedoniana era la religión oficial de su enemigo, el shahansha, a diferencia de algunos de sus predecesores (con la excepción del terrible episodio de Jerusalén, probablemente promovido por judíos y árabes), toleró a los cristianos de su reino, en su mayoría difisistas (“nestorianos”) o en menor número miafisistas (“jacobitas” o sirios), como forma de atraer su lealtad frente a los enemigos calcedonianos. De hecho, una de sus esposas favoritas, Shirin, era cristiana asiria, y se cree que influyó en el monarca para que la reliquia de la Vera Cruz, aunque ostentada como trofeo a los pies del trono de Cosroes II, no fuese ultrajada. En los territorios egipcios usó de similar política de tolerar a los coptos y reprimir a los ortodoxos. Su gobernador Sharalanyozan devolvió al patriarca Anastasio muchas iglesias entregadas previamente a los ortodoxos, ganándose así el favor de los coptos. Por lo demás, los persas mantuvieron el sistema administrativo y recaudatorio imperial romano, y no intentaron convertir a los cristianos al mazdeísmo.

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Heraclio y la primera “cruzada” de la historia

Con Egipto y su valioso trigo en sus manos, el shahansha retomó su estrategia de acabar la guerra victoriosamente conquistando Constantinopla. Esta vez allegó una gran flota con la que vencer a la escuadra imperial, y se alió a los eslavos y avaros, para atacar conjuntamente todos la capital romana. En aquella oscura hora, Heraclio, hasta entonces derrotado sin paliativos, sacó lo mejor de sí mismo, convirtiéndose en uno de los mejores emperadores de la historia de Roma. Llevó a cabo una reforma fiscal radical para repartir las cargas de la guerra entre todos los estamentos, buscó dinero de debajo de las piedras (incluyendo despojar de sus metales preciosos todos los monumentos públicos e incluso las iglesias) y obtuvo el apoyo (político y económico) del influyente clero ortodoxo. En 622, dejando una exigua guarnición al mando de su hijo Heraclio Constantino y el patriarca Sergio en Constantinopla, confiando en sus fuertes murallas y la defensa marítima de la flota, desembarcó en Anatolia para llevar la guerra al corazón del territorio enemigo. Reclutando soldados en aquellas provincias, levantó un ejército que durante cuatro años obtuvo victoria tras victoria, conquistando el norte de Anatolia, Armenia y hasta Media, sin poder ser desalojado por los mejores comandantes del shahansha.

Cosroes II, sin embargo, siguió obstinadamente su plan de tomar Constantinopla, y el asalto final se produjo en junio de 626, dirigido por su mejor general, Shahrvaraz. La esperada coordinación entre los avaros y eslavos por tierra y sus aliados persas reforzándolos por mar fracasó, gracias a la victoria de la flota imperial, que derrotó a las naves persas, empleando por primera vez el misterioso “fuego griego”, capaz de arder en el agua. Privados de las sofisticadas máquinas de guerra iraníes, los toscos bárbaros se estrellaron en ataques frontales contra la poderosa muralla de la capital. Tras sufrir muchas bajas y quedarse sin provisiones, los avaros y sus aliados eslavos se retiraron, y los persas quedaron sin opción alguna. Cuando llegaron noticias de que Teodoro, el hermano del emperador, había derrotado al general Shahin (que se suicidó avergonzado), Shahvaraz ordenó una apresurada retirada a Siria en septiembre de 626.

A partir de aquí, los hechos se precipitan. Heraclio (que respondió a las alianzas extranjeras de Cosroes II, entrando en connivencia con los turcos que atacaban Irán desde el noreste) contactó con Shahvaraz, mostrándole unas cartas interceptadas por sus espías, en las que un indignado Cosroes II ordenaba su ejecución por su fracaso ante Constantinopla. El veterano general, indignado, y sin saber muy bien qué partido tomar, entró en Egipto, deponiendo al gobernador Sahralanzoyan, e instalándose allí de forma semiautónoma.

Con los dos mejores generales iraníes neutralizados, Heraclio entró por fin en Mesopotamia, centro del poder sasánida, con su ejército, poseído de un místico fervor religioso (algunos autores consideran a esta campaña, por la importancia del factor religioso, como la primera cruzada). En la batalla de Nínive, a finales de 627, los romanos, con algunos contingentes turcos, derrotaron al último ejército leal a Cosroes II cerca de las ruinas de la antigua capital asiria. La nobleza irania había perdido la fe en su shahansha, y un golpe palaciego lo depuso y entronizó a su hijo Kavad II, que ejecutó a su padre y hermanos, y se apresuró a conceder a Heraclio una paz más que ventajosa. La alegría en el hasta hacía poco quebrantado imperio fue inmensa.

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Egipto nuevamente bajo dominio imperial

La paz contemplaba la devolución de la reliquia de la Vera Cruz y todos los territorios conquistados durante los años anteriores, incluyendo Egipto. Inicialmente Shahrbaraz se negó a reconocer a Kavad II, pero tras la muerte de este por una plaga meses después, decidió regresar a Mesopotamia con su ejército en 628 para participar en la lucha por la regencia del pequeño heredero Ardashir III. Logró conseguir el trono persa (con apoyo del emperador) durante unos meses en 630, y su hijo y heredero converso al cristianismo fue reconocido como shahansha por Heraclio. Tras el asesinato de su padre, este se refugió en territorio romano, conociéndose como Nicetas el persa.

De este modo fue como Egipto regresó a manos del imperio romano de Oriente, tras el segundo y breve dominio persa de su historia. Los invasores también abandonaron Siria, y los judíos que habían gobernado durante diez años Jerusalén y sus aliados árabes hubieron de huir al sur para escapar de la revancha. Hoy en día se considera que estos refugiados influyeron más que notablemente en la nueva interpretación del mesianismo judeo-cristiano que iba a parecer en aquellos años entre los árabes, y cuyo origen no estaría en el Hiyaz, sino en el reino nabateo de Petra.

Por cierto que asociada a esta retirada persa de Egipto existe la llamada leyenda de Kisra, un relato tradicional compartido por varias sociedades del África Occidental (baja cuenca del río Níger), en la que se asegura que una fuerza militar dirigida por un persa llamado Kisra (¿Cosroes?), rival de Heraclio o de Mahoma, llegó a aquellas tierras en estos años, proveniente de Egipto o Sudán, y fundó el importante reino de Borgu, creando una línea real local, antecesora de otras dinastías y reinos que le sucedieron en los siglos siguientes.

Dos años después de la muerte de Juan el Limosnero (621) fue elevado su sustituto ortodoxo Jorge I de Alejandría, que sufrió la persecución de los persas, que favorecieron a los miafisistas, entregándoles algunas iglesias y monasterios ortodoxos, y destruyendo otros. Jorge I fue autor de una biografía de san Juan Crisóstomo y comentarios a varios salmos. Murió en 631, poco después de la retirada persa de Egipto.

Discípulo del patriarca Juan el Limosnero fue Eulogio de Escete, que se hizo famoso por una visión que tuvo durante una vigilia nocturna, en la que vio unos ángeles que emergían del altar y distribuían entre los monjes diversos dones de variado valor (monedas de oro, plata y bronce, mirra e incienso) dejando a algunos sin presente. Tras orar intensamente, Eulogio obtuvo la explicación mística de la visión, cuyos regalos simbolizaban diversos dones que Dios daba a los monjes según su cumplimiento de la regla monástica o su conversión sincera de corazón, o la ausencia de ambas a los que no recibían nada. Esta visión fue un tema recurrente de la iconografía ortodoxa durante más de un milenio.

Mientras tanto, la congregación miafisista vio el fin del periodo de alivio que había gozado con la dominación persa. El papa Andrónico había fallecido en enero de 623, siendo sustituido por el monje Benjamín de Canopus (uno de los monasterios que había esquivado los saqueos persas gracias a su aislamiento). Aunque provenía de una familia acomodada, Benjamín era un asceta cenobita, discípulo del riguroso monje Teonas, particularmente devoto del evangelista san Juan. Andrónico era quien le había ordenado sacerdote y nombrado su asistente, puesto desde el que aprendió los asuntos organizativos de la Iglesia copta. Fue muy activo en sus primeros años en la instrucción del clero, legislación canónica o decretos sobre la celebración de la Pascua.

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El monoenergismo

En 631 d.C, Heraclio nombró al georgiano Ciro, obispo calcedoniano de Fasis, como nuevo papa ortodoxo (melquita) de Alejandría. Como era cuñado de Domenciano, gobernador de Fayum, el emperador también le designó prefecto de Egipto. Los antecedentes de gobernadores que también habían sido patriarcas ortodoxos eran poco alentadores, y por desgracia Ciro siguió el ejemplo de sus predecesores.

El patriarca Sergio de Constantinopla, héroe del fracasado sitio avaro-persa del año 626, a petición de su amigo el emperador, trató de conciliar, una vez más, el miafisismo de los eutiquianos con el diofisismo (duo physis) de los calcedonianos, que desgarraba religiosamente al imperio (principalmente Egipto y Siria). En su nueva teoría, se postulaba que Cristo tenía dos naturalezas (physis) sin confusión, como propugnaba el Concilio de Calcedonia, pero una sola energía (energeia), término deliberadamente vago, que se esperaba que los miafisistas asumieran que significaba lo mismo que su fusión de la naturaleza humana de Cristo en la divina.

Esta doctrina, llamada monoenergismo, fue declarada oficial por la corte de Constantinopla, y Sergio convenció de su ortodoxia a muchos prelados en base a que el papa Honorio de Roma no había escrito contra ella. Entre estos estuvieron los patriarcas ortodoxos de Antioquía, y Alejandría. Sin embargo, tanto el patriarca ortodoxo Sofronio de Jerusalén en 634 como el miafisista Atanasio Gammolo de Antioquía rechazaron la nueva doctrina, y el resto de obispos miafisistas lo hicieron con él, incluyendo a los coptos, con lo que el objetivo inicial del monoenergismo se torció bien pronto.

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El prefecto y patriarca Ciro persigue a los miafisistas

En 633, Ciro presentó en un sínodo en Alejandría el llamado Pacto de Unión o “pleorforía de la satisfacción”, que defendía el monoenergismo, logrando que una parte de los miafisistas se interesaran por ella, pero no el patriarca Benjamín, que la rechazó como lo había hecho Gammolo. Ese rechazo hizo que muchos miafisistas que se habían acercado a la unión se alejaran de nuevo.

Ciro, irritado, ordenó la persecución del papa copto, que escapó de la capital y se escondió en el monasterio desértico de san Macario en Escete. Muchas iglesias miafisistas fueron requisadas por el gobernador-patriarca melquita y entregadas a los ortodoxos, así como los bienes de los miafisistas que rechazaran el Pacto de Unión. Menas, hermano de Benjamín, uno de ellos, fue capturado y torturado por los soldados de Ciro, que le arrancaron los dientes y le sometieron al tormento del fuego para que revelara donde se escondía su hermano. Al rechazarlo, y negarse a aceptar las actas de Calcedonia, fue arrojado al mar dentro de un saco de arena, convirtiéndose en un mártir para los coptos. Esta persecución de coptos por el gobernador calcedoniano (a la postre, la última) fue también una de las más terribles. Se depusieron a todos los obispos coptos de la sedes donde no había uno ortodoxo, y se encarcelaba e incluso ejecutaba a los sacerdotes coptos que trataban de impartir sacramentos o dirigir a su comunidad. Uno de los muchos que siguieron sirviendo clandestinamente a su comunidad fue Agatón, discípulo de Benjamín, que permaneció oculto en Alejandría.

Uno de los episodios más conocidos de esta persecución se atribuye a Samuel de Kalamun, monje discípulo del abba Agastón. Según su hagiografía copta, cuando un enviado imperial llegó a su monasterio desértico de san Macario pidiendo que los monjes confesaran las actas de Calcedonia, Samuel tomó el documento y lo rompió en pedazos, exclamando “excomulgado sea este tomo y todo aquel que crea en él, y maldito todo aquel que altere la fe ortodoxa de nuestros Santos Padres”. Irritado, el legado hizo que sus soldados dieran una paliza al monje rebelde, de resultas de la cual perdió un ojo. Llevado ante Ciro, este le increpó “Samuel, asceta malvado, ¿quién te nombró abad del monasterio y te ordenó enseñar a los monjes a maldecirme a mí y a mi fe?”, a lo que el aludido replicó “es mejor obedecer a Dios y a su santo arzobispo Benjamín que obedecerte a ti y a tu doctrina diabólica, oh hijo de Satanás, Anticristo, Engañador de Calcedonia, tu fe está contaminada y eres más maldito que el diablo y sus ángeles”. Ciro entonces ordenó a sus soldados golpearle, y le hubiesen matado si el gobernador de Fayoum no hubiese intercedido por el monje. Ciro ordenó que fuese expulsado de Nitria, y Samuel (que tomó el sobrenombre de “el Confesor” tras esta tortura) se instaló en el Monte Kalamun, en el Alto Egipto, donde fundó un monasterio. Allí todavía sufrió cautiverio durante tres años, tras ser hecho prisionero por tribus libias que trataron de hacerle adorar a sus dioses paganos. Moriría finalmente en 695 dC, a muy avanzada edad, en su monasterio de kalamun.

Parece que por aquellos años, varios coptos urdieron un complot para asesinar a Ciro, pero fueron descubiertos por Eudociano, hermano de Domenciano, gobernador de Fayum, que los ejecutó de inmediato.

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El monotelismo, último intento de reconciliación entre diofisismo y miafisismo

En pocos años, el monoenergismo había perdido apoyo en todas partes y fue finalmente repudiado en el concilio de Chipre de 636 (que moderó Ciro de Alejandría). Heraclio decidió abandonarlo pero, como Zenon y Acacio con el Henotikon siglo y medio antes, insistió en resolver el problema por medio de edictos imperiales. En 638, publicó la carta llamada Echtesis, redactada secretamente por Sergio de Constantinopla (que murió a finales de ese año), en la que se dejaba de lado la cuestión de la energía, y se daba por cierta la doctrina del monotelismo, es decir, que Cristo tenía dos naturalezas, pero una sola voluntad. Los obispos ortodoxos aprobaron en su mayoría esta imposición cesaropapista, pero los miafisistas la rechazaron igualmente, y el golpe de gracia llegó cuando el papa romano Severino, sucesor de Honorio, condenó rotundamente la Ecthesis, provocando un nuevo cisma entre Oriente y Occidente.

Fue el último intento de conciliación teológica entre calcedonios y anticalcedonios por iniciativa imperial. Mientras estas cosas sucedían, un terremoto estaba asolando todo el Oriente Próximo. Un terremoto religioso, pero sobre todo político, surgido de Arabia.

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Los orígenes del islam según su propio relato

La tradición islámica afirma que Mahoma (Muhammad, “Alabado” en árabe), el joven sobrino huérfano de un comerciante politeísta del clan de los hachemíes de La Meca llamado Abu-Talib, que había visitado Siria acompañando en sus viajes a su tío, y allí había conocido el cristianismo y el judaísmo, fue visitado en una cueva cercana a su ciudad a partir del año 610 (a los cuarenta años de edad) por el arcángel Gabriel (Jibrail en árabe), mientras meditaba y oraba. El ángel le hizo diversas revelaciones, que fueron confirmadas como un mensaje divino por el primo de su mujer Jadiya, un sacerdote cristiano difisista (nestoriano) llamado Waraka ibn Nawfal, que había traducido el Nuevo testamento al árabe. Los mensajes se fueron repitiendo durante años, a modo de versos que Mahoma debía memorizar y recitar a diversos escribas que las registraban, convirtiéndose en las suras de la nueva enseñanza religiosa monteísta (llamada “la sumisión” o islam). Tras nueve años de predicación, logró tantos seguidores que los principales mecanos, temerosos de perder las ganancias que el peregrinaje a los dioses del templo de la roca negra de la ciudad les proporcionaba, le amenazaron de muerte si no cesaba sus prédicas. Mahoma se acogió en 622 d.C a la hospitalidad de Yatrib (que posteriormente sería conocida como Madinat al-nabi, “la ciudad del profeta”, posteriormente simplemente “Medina”), donde logró el apoyo de la mayoría y erigió la primera mezquita, o “casa de oración a Allah”, el único Dios, según las disposiciones que habría revelado a su profeta en el conjunto de suras, conocido como Corán (Qu’uran, “la recitación”). Ese año, el de la huida (la “hegira”) se consideraría desde entonces como el primero del nuevo calendario lunar de la fe monoteísta predicada por Mahoma.]

La comunidad dirigida por Mahoma pasaría los siguientes diez años combatiendo por toda la península arábiga, en innumerables batallas, logrando finalmente la victoria y conversión al islam de los árabes (politeístas previamente en su mayoría, excepto algunos cristianos y judíos). A la muerte de Mahoma en 632, la comunidad de árabes que profesaban su fe estaba fuerte y unida, y eligió un sucesor en Abu Bakr, padre de la esposa favorita del profeta, Aisha, con el nombre de “Comendador de los creyentes”, es decir, califa. Muerto tras dos años de gobierno pasados combatiendo tribus rebeldes, fue sucedido por Umar ibn al-Jattab, dirigente árabe con el que comienza la relación de los musulmanes con nuestra historia de la Iglesia en Egipto.

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Lo que dicen las fuentes primarias sobre el islam

Las fuentes contemporáneas, literarias y epigráficas, a la ofensiva de los árabes unificados por el comendador de los creyentes nos pintan un cuadro que no coincide en todos sus términos con lo que la tradición musulmana presentó en siglos posteriores. Son en su mayoría de origen cristiano siríaco, copto o armenio.

“En el año 945 [634 d.C], indicción 7, el viernes 7 de febrero (634) a la hora novena, hubo una batalla entre los romanos y los árabes de Mahoma (tayyaye d-Mhmt) en Palestina, a doce millas al este de Gaza los romanos huyeron, dejando atrás al patricio Bryrdn, a quien los árabes mataron. Unos cuatro mil campesinos pobres de Palestina fueron muertos allí, cristianos, judíos y samaritanos. Los árabes arrasaron toda la región”;“en el año 947 [635 d.C], indicción 9, los árabes invadieron toda Siria y bajaron hasta Persia y la conquistaron. Los árabes escalaron la montaña de Mardin y mataron a muchos monjes allí, en los monasterios de Qedar y Bnata. Allí murió el bendito Simón, portero de Qedar, hermano de Tomás el presbítero.” (Crónica siríaca de 640 de Tomás el presbítero).

“…Ha aparecido entre los árabes un profeta que ha enseñado que él mismo es profeta… y muchos han creído en él.” (Doctrina Jacobi, año 634).

“Ahora el ejército de los sarracenos impíos ha capturado la divina Belén y nos impide el paso hacia allí, amenazando con matanza y destrucción si dejamos esta santa ciudad”; “si nos arrepentimos de nuestros pecados, nos reiremos de la caída de nuestros enemigos los sarracenos y en poco tiempo veremos su destrucción y ruina completa. Pues sus espadas sangrientas atravesarán sus propios corazones”, “Por qué abundan las incursiones bárbaras? ¿Por qué nos atacan las tropas de los sarracenos? ¿Por qué tanta destrucción y pillaje? […] Los sarracenos vengativos y odiadores de Dios, la abominación de la desolación predicha por los profetas, invaden lugares que no les están permitidos, saquean ciudades, devastan campos, queman aldeas, incendian las santas iglesias(Sermones de Sofronio obispo de Jerusalén años 634 y 635). “

Los árabes vinieron y combatieron contra los ejércitos de los romanos y de los persas. Ellos ocuparon ciudades y pasos, y la tierra se estremeció ante ellos” (Fragmentos siríacos alrededor año 636).

“El rey Yezdegerd [III] reinaba cuando los árabes vinieron desde allá, conquistando provincias persas, capturando fortalezas y enfrentando a los generales locales. Muchos nobles cayeron allí y la tierra se entregó a ellos” (crónica de Juzistán, 660 d.C).

También en Occidente llegó la noticia de la invasión. Así la crónica franca de Fredegario (que termina en el año 658), refiere: “Los agarenes, que también se llaman Saraceni […] ahora habían crecido tanto que al fin tomaron las armas y se lanzaron sobre las provincias del emperador Heraclio. Heraclio despachó un ejército para enfrentarlos. En la batalla subsiguiente, los Saraceni fueron los vencedores y despedazaron a los vencidos”.

En los años posteriores a 650 hay inscripciones epigráficas en árabe (muchos grafitis en Arabia Felix y Nabatea, y el papiro PERF 558) y griego, y monedas de estilo romano o persa pero acuñadas por gobernadores árabes. En todas ellas se aprecian en primer lugar expresiones piadosas (“en el nombre de Dios/Alá el misericordioso, el compasivo” o variantes de la misma, “en el nombre de Dios” en las monedas); en segundo lugar se cita con profusión el año de la Hegira, lo que demuestra que el calendario árabe es temprano; en tercer lugar, se dan numerosos nombres, tanto particulares como de comendadores de los creyentes o gobernadores conocidos, sin embargo, no aparece el nombre del profeta por ninguna parte. Por cierto, es curioso ver que las monedas iniciales conservan el diseño original imperial o persa, incluyendo cruces en las primeras y altares del fuego en las segundas, es decir, simbolos claros de religiones consideradas falsas por los musulmanes en los siglos posteriores.

Es enormemente significativo que en esos textos de las décadas iniciales de la expansión árabe, no aparece el concepto “islam” ni la palabra “Corán” por ninguna parte. Es más, hasta principios del siglo VIII, casi cien años después, las mezquitas construidas que se conservan están orientadas en dirección general a Jerusalén, o como mucho a Damasco o Petra, nunca hacia La Meca. Por último, si no fuera por la breve mención de Tomás el Presbítero (que además lo cita como si aún estuviera vivo, pese a que la historiografía musulmana dice que murió dos años antes), antes de finales del siglo VII no sabríamos por las fuentes primarias que el profeta se llamaba Muhammad. De hecho, la cita de Tomás no lo llama profeta, sino simplemente jefe de un ejército árabe.

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El islam real en el momento de la guerra contra el imperio romano y el shahanshanato iraní

De esta panoplia de datos tempranos podemos solo deducir varias cosas: que su acción fue vista fundamentalmente como una ofensiva militar (y bastante destructiva) de ejércitos árabes (llamados comúnmente sarracenos, del griego sarakenos, que parece proviene del arameo sarquiyin, “habitantes del desierto”, es decir, nómadas.); que existía alguna motivación religiosa de tipo monoteísta que les hacía destruir iglesias cristianas en Siria (y asesinar monjes) y altares mazdeístas en Mesopotamia; y que estaban dirigidos por un comandante llamado “comendador de los creyentes” que evidentemente reunía autoridad política y religiosa.

Muchos eruditos modernos creen que esa efervescencia religiosa que unificó a los árabes y los lanzó hacia la conquista del mundo tuvo su origen realmente en aquellos árabes nestorianos, alistados en el ejército persa, e imbuidos del espíritu apocalíptico de los judíos tras la toma de Jerusalén de 614, y que al tener que huir por la reconquista romana, enseñaron esa nueva versión judeo-cristiana neomesiánica de las Sagradas Escrituras en Nabatea y el Heyaz. La figura de Waraka, tío de la esposa de Mahoma, sería en realidad la de un maestro (o incluso un arquetipo) refugiado que traía las novedades religiosas y que adoctrinó a su sobrino, quien ejercería la autoridad militar que expandiría (con la predicación por la espada, común a partir de ese momento) la nueva fe entre los árabes, uniéndolos en un proyecto común que superaba las tradicionales divisiones tribales.

De hecho, es a partir del gobierno del califa Abd al Malik, de la dinastía omeya (685-705 d.C), que ordenó “eliminar las copias erróneas de suras”, cuando podemos hablar de un Corán, y casi en la misma forma en que ha pervivido; del islam como comunidad de creyentes en Alá (Umma), de Mahoma como el gran profeta único que transmitió un mensaje directo y cerrado de Dios para los árabes y de La Meca como ciudad santa hacia la que se han de orientar las casas de oración (mezquitas). En pocas palabras, con los datos en la mano, Abd al Malik es el verdadero creador del Islam tal y como lo conocemos. En cierto modo, parecería que serían los triunfos militares de los árabes los que moverían a sus dirigentes a organizar de un modo coherente e institucionalizado lo que en principio parecería una herejía judeo-cristiana, y no a la inversa.

En línea con esta hipótesis, hemos de recordar que Abd al Malik fue quien impuso la oficialidad del idioma árabe en la administración califal (hasta entonces se empleaba el griego y el persa), construyó la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca en Jerusalén, restauró la Kaaba en La Meca y sustituyó el sólido imperial por el nuevo “dinar” califal como moneda de curso legal.

Merece la pena haberse detenido en esta reflexión acerca de los orígenes del islam, y su relación con cristianismo y judaísmo. La invasión árabe iba a cambiar profundamente la esencia de Egipto, y por supuesto, la de la Iglesia en Egipto, para siempre.

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Los sarracenos atacan Levante

Ya Abu Bakr había enviado en 633 a su mejor general, Khalid ibn al-Walid a atacar diversas poblaciones en la Mesopotamia persa, y otros comandantes comenzaron a lanzar incursiones en la Siria romana a partir de febrero de 634. Tras el fracaso de las primeras algaras, Khalid se hizo cargo de la ofensiva con un gran ejército, y conquistó Damasco en septiembre de 634. Umar, sucesor de Abu Bakr, ordenó continuar la ofensiva, pero sustituyó al comandante por un hombre de su confianza, Abu Ubayda ibn al-Jarrah. Lentamente, los sarracenos siguieron conquistando territorio, y a principios de 636 habían conquistado la ciudad de Emesa, muy cerca de Antrioquía, donde residía el emperador Heraclio desde que devolviera la Vera Cruz a Jerusalén en una gran procesión tras la paz con los persas.

Advertidos al fin de que las ofensivas árabes no eran meras incursiones, sino una verdadera amenaza contra sus reinos, el emperador romano y el sha Yazdegerd III pactaron una alianza y una acción militar conjunta para atrapar a los sarracenos en una doble tenaza. Se levantó un gran ejército imperial que incluía contingentes de árabes cristianos gassanidas o armenios, dirigidos por el comandante Teodoro Tritirio, con el armenio Vahan y Nicetas el persa como dos de sus subordinados.

La gran batalla de ambos ejércitos se dió en el río Yarmuk en agosto de 636, y supuso una gran victoria para los árabes. La prevista ofensiva persa simultánea no llegó a producirse, pues Yazdegerd III tenía problemas con sus propios nobles y estaba luchando por conservar su trono. No pudo presentar batalla a los árabes hasta 637 d.C, siendo también derrotado en la batalla de Qadisiyah. Los sarracenos tenían abierto el camino al corazón de los dos grandes reinos del Oriente Próximo.

Los árabes también sufrieron muchas bajas en la batalla de Yarmuk, y su avance fue cauteloso, no obstante su victoria. No fue hasta noviembre de 636 cuando, tras aislar meticulosamente a la Ciudad Santa (dando tiempo a que el patriarca Sofronio recogiera todas las reliquias, incluyendo la Vera Cruz, para ser custodiadas en Constantinopla) iniciaron el sitio. Las murallas de Jerusalén habían sido reforzadas tras la devolución de los persas, y los árabes no intentaron ningún asalto, esperando su rendición por hambre, dado que no podía esperar socorro. Según las fuentes árabes, Sofronio ofreció la rendición, pero sólo si el califa en persona venía a firmarla, lo cual no pudo hacer hasta 637 o 638. Quizá sea una excusa piadosa para la larga resistencia de la ciudad. Finalmente Umar acordó con el patriarca la rendición según el pacto de Omar, por la cual cristianos y judíos (a los que se permitió volver a habitar en Jerusalén) podrían conservar su religión contra el pago de la yizia o impuesto religioso a los infieles. Gracias a este pacto, los hierosolimitanos se ahorraron la destructiva conquista persa de veinte años atrás. Se cuenta que Sofronio invitó a Umar a rezar en la iglesia del Santo Sepulcro, lo cual este declinó, lo que sería prueba de la ambigüedad religiosa de los árabes en aquellos primeros años.

La conquista de Palestina y Siria continuó metódicamente, con la caída de Antioquía en 637, aunque Cesarea Marítima resistió hasta 640. A finales de 639 d.C, los sarracenos se sentían suficientemente seguros para acometer el ataque a Egipto. Diversos autores aseguran que Ciro, patriarca ortodoxo y prefecto romano, había estado pagando durante tres años tributos a los árabes para evitar que invadieran el país del Nilo.

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Ibn al-As invade Egipto

Amr ibn al-As (al que los romanos llamaban Amru) había ya tomado parte en la conquista de Siria. Según las crónicas árabes, en diciembre de 639 decidió por su cuenta reunir un heterogéneo ejército privado para invadir Egipto, en el que, junto a una mayoría de yemeníes, había también antiguos rebeldes derrotados por Abu Bakr, árabes nabateos, beduinos del desierto oriental e incluso romanos y persas conversos al islam. Por parte cristiana, el obispo copto Juan de Nikiú (que escribió a finales del siglo VII) proporciona la mayoría de los detalles en su Crónica.

Una leyenda tardía afirma que el califa, al enterarse, consideró insensato intentar la conquista de todo Egipto con sólo cuatro mil soldados, y envió una carta a ibn al-As ordenándole regresar e incorporar su contingente a otros generales que proyectaban una expedición más importante a otro lugar. En la misiva, sin embargo, se le daba libertad para garantizar la seguridad de sus soldados si ya estaban enzarzados en combates en Egipto. Intuyendo el contenido de la carta, Amr no la abrió hasta que hubieron cruzado la frontera, de modo que sus soldados estuvieron de acuerdo en no regresar. Este tipo de leyendas son bastante frecuentes en la historiografía árabe medieval.

Los musulmanes sitiaron Pelusio, en el brazo más oriental del delta del Nilo, que resistió dos meses antes de ser capturada al asalto en febrero de 640, sin recibir ayuda ni del prefecto Ciro ni del comandante militar Teodoro. La siguiente ciudad sitiada fue Belbeis, una plaza fuerte en el sur del brazo oriental del Nilo, a unos 60 kilómetros al noreste de Menfis, que la tradición señalaba como una de las estaciones donde habitó la Sagrada Familia cuando huía de Herodes. La guarnición estaba al mando de Aretión, un general imperial que había defendido tenzamente varias plazas en Siria hasta que tuvo que huir de Jerusalén.

Ciro, Aretión y dos monjes se reunieron con ibn al-As, para negociar su retirada. Este les dio la opción de convertirse al islam, pagar la yizia o combatir. Ciro se inclinaba a pagar el tributo, pero el general y los monjes optaron por combatir. Ciro se retiró a la llamada “fortaleza de Babilonia”, al este de Menfis, mientras los imperiales fueron derrotados por los árabes, muriendo Aretión. Aunque Amr intentó que los sitiados se unieran a él en base al ancestro común de árabes y egipcios en la persona de Agar, la madre de Ismael, aquellos resistieron hasta la caída de la plaza en marzo.

Los musulmanes llegaron en mayo a los pies de la fortaleza de Babilonia, que guardaba Menfis por el este, donde el comandante Teodoro había concentrado a la principal fuerza romana. Durante dos meses se combatió, sin que los árabes lograran romper la resistencia. Luego se dirigieron a Fayoum, defendida por el gobernador Domenciano, que también se había fortificado y les rechazó. Amr decidió cambiar de táctica y pasó a la parte occidental del Nilo para saquear las haciendas de la vecina provincia de Arcadia Egipcia (gobernada por Anastasio), río arriba. Teodoro puso a un tal Juan Barcaina al mando de las fuerzas romanas para que evitara los saqueos de ibn Al-As. La treta sarracena funcionó y Juan y los suyos fueron derrotados en campo abierto, tomando la ciudad de Bahnasa, donde pasaron a cuchillo a toda la población rendida.

Teodoro, dolido, decidió salir con todas sus fuerzas de Babilonia para perseguir a los árabes. Estos, al no poder conquistar Fayoum, abandonaron Bahnasa y se dirigieron otra vez hacia el norte. Al recibir las noticias Heraclio se mostró insatisfecho de la conducción de la defensa, pues los sarracenos campaban a sus anchas por el país y culpó a Teodoro por ello. Este se resintió de sus subordinados, Domenciano y Anastasio, convencido de que habían enviado al emperador informes calumniosos hacia él para librarse de sus responsabilidades. Las relaciones entre los jefes imperiales comenzaron a deteriorarse.

A pesar del prometedor comienzo, Amr no había logrado ningún éxito tangible tras la conquista de Belbeis. Los romanos resistían en sus plazas fuertes, y los egipcios no se pasaban al islam ni con promesas ni bajo amenazas. Así, finalmente ibn al-Ar desistió de su empresa privada y solicitó formalmente refuerzos al califa Umar. Este envió diversos contingentes de veteranos de la guerra en Siria, al mando de Zubayr ibn al-Awwan, lugarteniente del renombrado Khalid ibn al-Walid, sumando un total de doce mil hombres, una cifra aún inferior, pero ya respetable.

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El gran sitio de la fortaleza de Babilonia y la conquista sarracena del Alto Egipto

El ejército árabe retomó en julio de 640 el sitio de la fortaleza de Babilonia, sin la cual no se poía conquistar Menfis. Por sugerencia de Zubayr, Amr atacó y conquistó con una columna la ciudad de Heliópolis, cercana a Menfis, que servía para abastecer a la gran fortaleza, que quedaba así aislada. Al conocer la noticia, Domenciano y sus tropas abandonaron Fayum, que fue saqueada por los musulmanes, y esclavizada su población, como se hacía con todas las ciudades que no pactaban su rendición. Babilonia, cada vez más rodeada, seguía resistiendo, pero finalmente el 20 de diciembre de 640, un destacamento árabe logró infiltrarse y abrir las puertas de la fortaleza. Teodoro y la guarnición se retiraron a la isla de Rauda junto al Nilo, desde donde siguieron combatiendo gracias a la flota fluvial romana, que les permitía dominar el río.

Viendo la causa de Egipto perdida, Ciro había entrado en negociaciones con Amr. Este ofreció a los romanos las mismas opciones que en Belbeis, conversión: yizia o guerra. El 22 de diciembre, Ciro acordó con Amr que este se quedaría con la Tebaida (el Alto Egipto), y el resto del País le ofrecería un tributo perpetuo. El pacto quedaría sellado con el matrimonio del propio Amr con una de las hijas de Heraclio, que debería de ratificarlo, aunque según el historiador y patriarca Nicéforo de Constantinopla, Ciro le comunicó confidencialmente al comandante sarraceno que los egipcios cumplirían su parte del pacto aunque Heraclio lo rechazase.

Ciro llegó a Constantinopla a finales de 640 d.C para defender su tratado de paz con los árabes. Heraclio montó en cólera al conocerlo. Llamó cobarde, abyecto y pagano a Ciro, preguntándole si “cien mil romanos no eran suficientes para derrotar a doce mil bárbaros”. Ciro fue humillado públicamente, y desterrado.

Heraclio murió el 11 de febrero de 641. Había sido un buen emperador, y su campaña en la retaguardia persa fue sencillamente brillante, conduciendo al imperio a una victoria frente a los persas que parecía imposible antes. Había enviado la primera misión evangelizadora de la historia a los eslavos (a serbios y croatas), y fue el primer emperador que adoptó el título griego de basileus (rey) en lugar del tradicional latino Augusto. Sin embargo, se hizo muy impopular con su segundo matrimonio con su sobrina Martina, considerado comúnmente como incestuoso. Antes de morir vio fracasada su obra reconstructora de Oriente, tanto la política con la reconquista de las provincias de Siria, Egipto y Mesopotamia, como la religiosa con el edicto reconciliador del monotelismo: a manos de los árabes la primera y del rechazo de los miafisistas la segunda.

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Ciro de Alejandría entrega la ciudad a los sarracenos

Sus hijos Heraclio Constantino y Heraclio, conocido como Heracleonas, hechos césares por su padre diez años atrás, heredaron conjuntamente el trono, lo que fue un grave inconveniente, pues Constantino, mucho mayor, era hijo del primer matrimonio de Heraclio, y un adulto de casi treinta años en ese momento, mientras Heracleonas, de solo quince, era un instrumento de su intrigante madre, la también emperatriz con título propio, Martina.

Constantino III, como era previsible, ejerció de gobernante real. Llamó del destierro a Ciro y de Egipto a Teodoro, para consultarles qué hacer con la invasión sarracena. Ciro nuevamente fue partidario de pactar, mientras Teodoro quería expulsar al invasor y solicitó un ejército. Tras muchos debates, el nuevo emperador decidió hacer un nuevo esfuerzo y preparó un nuevo ejército y flota para enviar al Nilo.

Pero la muerte de Heraclio y la partida de Teodoro desalentó a la guarnición de Babilonia de Menfis, que pactó su retirada con Amr, la cual se verificó el 9 de abril de 641 d.C, cuando los árabes por fin pudieron entrar en la isla de Rauda y reclamar así la totalidad de la gran fortaleza. Menfis cayó simultáneamente, y el subalterno de Amr, Kharija ibn Hudhafa, ocupó definitivamente las ciudades de Fayum, Oxirrinco, Hermópolis y Akhmim, en el Egipto medio.

Constantino III murió el 25 de mayo, probablemente de tuberculosis, pero pronto circuló el rumor de que había sido envenenado por su madrastra Martina, que inmediamente comenzó a gobernar en solitario por medio de su joven hijo Heracleonas, convertido en emperador único. Autorizó a Ciro a pactar la paz con los árabes, pero aún así le envió con un ejército al mando de un general de su confianza.

La flota llegó a Alejandría el 14 de septiembre de 641 y se encontró un panorama deprimente. En ausencia de las principales autoridades, Anastasio había sido nombrado gobernador, y los sarracenos habían seguido avanzando, conquistando Nikiú, ya en el Delta, y acercándose a la capital, tras la vergonzosa huida de Domenciano, al mando del ejército que debía detenerlos. Teodoro recibió pronto noticias de que Martina había sido depuesta en una revuelta en parte política (contra su regencia) y en parte religiosa (por su apoyo al monotelismo, que ya rechazaban la mayoría de obispos). El general Valentín, leal a Constantino III, con el apoyo del pueblo y el clero de la capital, elevó en el trono al pequeño hijo de aquel, Constante II, y mandó cortar la lengua a Martina y la nariz a Heracleonas, que fueron exiliados. Todos los partidarios de la odiada emperatriz caída fueron destituidos y desterrados, incluyendo al patriarca ecuménico monotelita Pirro.

Teodoro recuperó entonces el mando único, y salieron a la luz todas las rencillas entre los comandantes imperiales. El cobarde y odiado Domenciano fue destituido y exiliado, y sustituido por Menas, un copto miafisista que guardaba un profundo odio a Eudociano, hermano de Domenciano, que había denunciado y torturado a muchos coptos durante su breve dirección de la defensa de la fortaleza de Babilonia. Durante los meses anteriores, y pese a la amenaza sarracena, los diversos jefes militares ortodoxos y coptos se habían enzarzado en algaradas callejeras por la capital, empleando los partidos del hipódromo verde (miafisista) y azul (calcedoniano) para ataques y asaltos a las personas y propiedades de los más prominentes del bando contrario, llegando a haber muertos. Frente a la unidad de mando de los árabes, los imperiales se enzarzaban continuamente en disputas internas y banderías cada vez más insensatas.

Poco después de llegar, Ciro organizó una gran procesión con un trozo de la Vera Cruz, que había sido llevado a Alejandría desde Jerusalén antes de su caída, entre himnos y salmos, y una fervorosa procesión de los ciudadanos pidiendo protección divina para la ciudad. Sin embargo, al poco salió para negociar con Amr ibn al-As la entrega de Egipto. El tratado incluía un armisticio de once meses, un tributo fijo (dos solidii de oro por cada varón adulto no musulmán como yizia), la evacuación pacífica de todas las tropas imperiales, el respeto de los árabes por las iglesias y los cristianos, la permanencia de los judíos en Alejandría y la entrega de rehenes romanos para garantizar el cumplimiento del pacto.

Ciro regresó a la ciudad y convenció a Teodoro y el resto de generales de la necesidad de los terribles términos del tratado, pidiendo que lo comunicaran a la corte imperial. Cuando la población se enteró, intentó apedrear al prefecto y patriarca melquita. Ciro se arrojó a sus pies llorando y jurando que lo había hecho para salvar sus vidas y las de sus hijos, pues los sarracenos arrasarían la ciudad y los matarían a todos si la conquistaban por la fuerza. Gracias a eso logró evitar el linchamiento, pero perdió el poco prestigio que le quedaba. Privado de todo poder y apoyo, Ciro murió en marzo de 642, supuestamente en medio de una profunda melancolía, y tal vez incluso, se suicidó. Fue sucedido por Pedro IV, también monotelita como su predecesor. Una leyenda árabe posterior afirma que Mahoma escribió una carta en 628 a un gobernante egipcio- al que comúnmente se identifica como Ciro- invitándole a convertirse a su religión, pero esto probablemente sea falso.

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Egipto bajo el dominio árabe, y el último intento de reconquista imperial

Tras terminar los once meses de tregua, Teodoro, nuevo prefecto tras la muerte de Ciro, encabezó a las tropas romanas, y a cuantos no quisieron permanecer en Egipto, incluyendo al patriarca melquita Pedro IV, en su salida de Alejandría hacia Chipre el 17 de septiembre de 642 d.C, menos de tres años después del inicio de la invasión árabe. Algunas ciudades costeras, aisladas por los anchos brazos del Delta, todavía permanecieron en manos romanas unos años más, hasta que fueron conquistadas poco a poco por los sarracenos. Como bien relató el monje Juan de Nikiu acerca de la rendición de Alejandría:

Nadie podía relatar el luto y el lamento que tuvieron lugar en aquella ciudad… Y no tenían a nadie que los ayudara, y Dios destruyó sus esperanzas y entregó a los cristianos en manos de sus enemigos.

Amr entró en Alejandría, convirtió varias iglesias en mezquitas y, decidido a atraer hacia los nuevos conquistadores a la mayoría de la población, llamó al patriarca Benjamín y le repuso en su sede. Así lo cuenta la “Historia de los patriarcas coptos de la Iglesia de Alejandría”, escrita por el obispo Severo a finales del siglo X:

El príncipe de los musulmanes envió un ejército a Egipto, bajo el mando de uno de sus fieles compañeros, llamado Amr ibn Al-Asi… este ejército del Islam descendió a Egipto con gran fuerza… Después de luchar tres batallas con los romanos, los musulmanes los conquistaron… los romanos que escaparon huyeron a Alejandría, cerraron sus puertas a los árabes y se fortificaron dentro de la ciudad. Sanutius, el dux creyente, le informó a Amr sobre las circunstancias de ese padre militante, el patriarca Benjamín, y cómo se había fugado de los romanos por temor a ellos. Entonces Amr, hijo de Al-Asi, escribió una carta a las provincias de Egipto, en la que decía: «Hay protección y seguridad para el lugar donde se encuentra Benjamín, el patriarca de los cristianos coptos, y paz de Dios; por lo tanto, que salga seguro y tranquilo». Por eso, cuando el santo Benjamín oyó esto, regresó a Alejandría con gran alegría, revestido de la corona de la paciencia y del doloroso conflicto que había caído sobre el pueblo ortodoxo a través de su persecución por los herejes… Cuando Benjamín apareció, el pueblo y toda la ciudad se regocijaron… y Amr dio órdenes de que Benjamín fuera llevado ante él con honor, veneración y amor”.

Sin embargo Amr, como habían hecho sus colegas en Mesopotamia, decidió fundar una nueva ciudad, enteramente musulmana, como su capital. La elegida fue Fusat, un barrio entre el antiguo Menfis y la fortaleza de Babilonia, que se convirtió en la sede militarizada del gobierno de ibn al-As, y que con el correr de los siglos daría lugar al moderno El Cairo. Allí levantó la primera mezquita original de Egipto, llamada posteriormente con su nombre. También mandó construir posteriormente una nueva mezquita en Alejandría. Como habían hecho en el resto de conquistas, los árabes mantuvieron inicialmente a todos los funcionarios coptos, y el sistema de administración y recaudación de tributos imperial. Amr favoreció en su gobierno a su propia familia y a los militares que le habían acompañado. El califa Umar sancionó todos los términos del tratado que había firmado con Ciro, y le confirmó como gobernador de Egipto.

Amr no permaneció ocioso, y a finales de ese mismo año envió a su primo Uqbah ibn Nafi con un ejército de caballería a incursionar en Nubia, remontando el Nilo. Allí los jinetes árabes encontraron la horma de su zapato, pues la caballería nubia era más ligera y aún más endiabladamente móvil que la suya. Tras un año de campaña desafortunada, los sarracenos se retiraron de nuevo a Egipto. El propio Amr marchó a Cirenaica y Tripolitania, que cayeron en sus manos a finales de ese mismo año de 642 d.C. Por cierto, que obtuvo del patriarca copto Benjamín que orara públicamente por el éxito de la expedición, un precedente insólito de un alto clérigo cristiano rogando por el truinfo de las armas musulmanas contra otros cristianos. Gracias a Benjamín, la mayoría de los coptos no se opuso al gobierno de Amr.

El califa Umar, y su sucesor Uthman a partir de noviembre de 644, fueron paulatinamente quitando atribuciones a Amr ibn al-As, que se había vuelto demasiado poderoso e independiente. El gobernador sustituto en el Bajo Egipto, Abdullah ibn Saad, cargó a los alejandrinos con pesados impuestos que no estaban contemplados en el tratado de 642. El malestar fue muy grande, y varios nobles alejandrinos escribieron al emperador Constante II pidiéndole que enviara un ejército a liberarlos, pues “sólo había una guarnición de mil sarracenos” en la ciudad. La regencia del joven emperador, dirigida por el patriarca Pablo II de Constantinopla, despachó un ejército por mar (que aún controlaba la flota imperial) al mando de un eunuco armenio llamado Manuel.

Los romanos, confiando en que la sorpresa fuese su aliada, desmbarcaron en la ciudad a finales de 645, logrando reconquistarla sin dificultades. Posteriormente marcharon hacia el sur, decididos a tomar Fusat. Antes de llegar, fueron interceptados por un ejército árabe superior en número al mando del propio Amr (regresado apresuradamente de Medina), diezmados por los arqueros sarracenos, y finalmente superados en el combate cuerpo a cuerpo en la llamada batalla de Nikiou. Los vencidos se encerraron en Alejandría, pero la ciudad fue tomada al asalto por los árabes que cometieron todo tipo de tropelías. Manuel murió, junto a sus soldados y miles de ciudadanos. La mayoría de mujeres y niños fueron tomados como esclavos. Las casas, iglesias y monasterios fueron saqueados, y muchos incendiadas, particularmente la iglesia de san Marcos de Bucalis, la primera de la ciudad y probablemente la más antigua de la Cristiandad, donde se guardaban las reliquias del evangelista y las de muchos de los primeros patriarcas santos. Se dice que Amr ordenó parar la masacre cuando consideró que la ciudad ya había sido castigada suficiente por colaborar con los imperiales, y ordenó construir en aquel lugar una mezquita llamada de la Misericordia, porque con su gesto evitó que hubiese más matanza.

Fue el último intento del imperio romano por defender una tierra que habían gobernado los emperadores durante más de seiscientos setenta años. En poco más de sesenta años vertiginosos, Egipto sufrió una larga serie de convulsiones políticas y religiosas que cambiaron para siempre su constitución como pueblo y nación. A partir del dominio árabe y la lenta pero firme expansión del islam en su sociedad, iban a ir siendo paulatinamente desvaídas su elitista cultura helénica casi milenaria, y su fe cristiana, mayoritaria durante casi cuatrocientos años. Desvaídas, aunque, como veremos, no aniquiladas.

A partir de este momento los gobernantes de Egipto volvían a pertenecer a otra religión y otra cultura. Con el paso de los siglos, la mayoría de su población lo sería también.

1 comentario

  
Marisol
Gracias por su gran trabajo, he leído los cuatro artículos sobre la Iglesia Copta y me han encantado, muy instructivos y clarificadores de esa etapa de la Iglesia oriental.
De nuevo, gracias

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LA

A usted por su amabilidad.
08/02/26 3:26 PM

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