Sacerdotes mártires valencianos XXI

José Soldevila Montaner nació en Gandía el 26 de julio de 1895. Estudió en el colegio de vocaciones eclesiásticas de San José, ordenándose en 1919. Desempeñó diversos cargos de coadjutor de la parroquia de Santiago Apóstol en Onil (montaña de Alicante), cura de Nuestra Señora de la Asunción en Patró (Vall de la Gallinera), de la Iglesia de la Encarnación de Jaraco (cerca de Gandía), de Santa María Magdalena de Beniopa (junto a Gandía) y por último beneficiado de la Colegiata de Gandía, lugares todos donde ejerció una labor sacerdotal callada y discreta, sin destacarse en sentido malo ni extraordinario.

Cuando estalló la revolución en retaguardia, se quedó en casa con un compañero sacerdote, en continua oración, pero negándose a desprenderse de la sotana, como recomendaban los republicanos moderados para evitar complicaciones. Algunos feligreses de Jaraco enviaron a avisarle que tenían lugares dispuestos para esconderle, pero el no quiso, para no comprometer a nadie.

El 2 de agosto de 1936 los milicianos quemaron la iglesia de San José de Gandía, lo que le causó una impresión tan honda que rompió a llorar como un niño, y no dejaba de repetir: “todo lo más que pueden hacer es matarnos, pero hemos de tener valor y ser fuertes confesando a Dios”.

El 5 de agosto, cuando los asesinatos de sacerdotes ya se habían hecho costumbre, finalmente unos familiares lograron convencerle para que se quitara la sotana y se escondiera en la casa su tía en Beniarjó, un pequeño y discreto pueblo junto a Gandía, donde llamaría menos la atención. Con gran emoción se despidió de su madre y hermanas, profetizando que no regresaría más a su casa. Una vez en el la localidad, salió bando de que los forasteros se presentaran en el ayuntamiento, donde le recomendaron afiliarse al partido comunista, garantizándole que así se evitaría problemas, pero respondió que prefería la muerte antes que afiliarse a un partido ateo.

El 30 de agosto de 1936 se presentó una partida de escopeteros de la F.A.I, y se trasladó apresuradamente a otra casa. Los milicianos, al no hallarlo, amenazaron a su tía con la muerte si el cura no se presentaba voluntariamente. Así lo hizo a la mañana siguiente, despidiéndose de su tía con estas palabras: “sólo lo siento por mi madre y hermanas, en cuanto me maten yo iré al cielo”. Los anarquistas lo escoltaron al palacio ducal de Gandía, donde se hallaba el comité, sin concederle la gracia de pasar por su casa para despedirse de los suyos. Sin apariencia siquiera de juicio, fue sacado de inmediato a la carretera de Jeraco, pueblo donde había sido párroco. Hicieron una primera parada para matarlo, pero al advertir cerca unas mujeres recogiendo algarrobas, lo subieron de nuevo, llevándolo hasta el comité de Jaraco, donde se incautaron de su escapulario y varias medallas piadosas que llevaba encima, y esa noche dos coches fueron a sacarle de nuevo a descampado. Dióse la casualidad de que a aquellas horas se hallaba un joven de la localidad recolectando hojas de caña en las cercanías, y pudo escuchar lo acontecido. Bajaron al sacerdote, y uno de los verdugos, vecino de la localidad, le dio dos bofetadas gritando “esto en pago por el catecismo que me enseñaste cuando era pequeño”. Don José repuso “me vais a matar sólo porque soy sacerdote, porque yo no he hecho mal a nadie ni soy político; sin embargo, yo os perdono, y pido perdón a Dios por vosotros”. Tras la descarga, agonizó rogando “Virgen de los Desamparados, ampárame. Viva Cristo Rey”. Sus asesinos dejaron encima la cédula personal. Unos vecinos recogieron el cadáver y le dieron sepultura en un nicho en Jaraco. Después de la guerra fue enterrado en su Gandía natal. Tenía 41 años.

En Bellreguart (pueblo cerca de Gandía), nació en 1898 Jaime Carbonell Planes.Estudió en el seminario conciliar de Valencia, ordenándose de presbítero en 1922. Destinado en el pueblo de Alfaz del Pí (La Marina, provincia de Alicante), destacó por su actividad incansable y su caridad. Más tarde fue designado coadjutor en la Iglesia de San José de Gandía, donde se labró fama de amor al Santísimo Sacramento, y entrega excelente a la caridad con los menesterosos, lo que le granjeó el odio de los elementos revolucionarios más extremistas. Un año antes de la Guerra Civil ya fue colocada una bomba en la puerta de la Casa Abadía, explosionando a media noche, sin causar más que daños materiales, afortunadamente. Estallada la Revolución el 18 de julio de 1936, y clausurado el templo, don Jaime permaneció en su casa, sin desprenderse del traje talar y celebrando clandestinamente la misa todos los días, pese a que sus padres le rogaban insistentemente que regresara a su pueblo, donde muchas personas le podrían proteger. Finalmente accede a refugiarse allí, pero el comité local le acosa continuamente: registros inopinados continuamente, y en uno de ellos le llevan preso, aunque luego le liberan, temiendo su popularidad en el pueblo. El 9 de septiembre llegan milicianos de otra localidad (el intercambio de escuadras de asesinos marxistas entre pueblos era una de las tácticas empleadas por los comisarios políticos para evitar que los ejecutores pudiesen conmoverse ante el sufrimiento de un vecino y conocido) y llevan a cabo una gran redada. También la casa de don Jaime es asaltada, aunque él logra refugiarse a tiempo en una vecina. Irritados los milicianos por habérseles escapado, se llevan a un cuñado suyo, médico. Los cautivos son encerrados, y dos sacerdotes entre ellos, los hermanos don Juan y don Fernando Cremades, son asesinados esa misma noche. Temiendo por la vida de su cuñado, al que quiere como un hermano, al día siguiente sale de su escondite y se entrega al comité, confiado en que liberarán a aquel. Son encerrados en el mismo calabozo: “¡Jaime! ¿te ha cogido también?”, “no, me he entregado para que tú te salves”, “¡pero si presentándote tú no me salvas!¡Nos matarán a los dos!”, “No importa, de todas maneras yo no podría sobrevivir a la idea de que habías muerto por mi culpa”. Los días siguientes es interrogado y torturado; de nada se queja, pero sólo lamenta que le arrebaten su crucifijo, al que deseaba besar cuando entregara la vida. En esos terribles días, dice a su cuñado, del que aún espera que se salve, que le diga a sus padres y hermanas que “no tengan pesar, nuestro tránsito por la tierra es efímero. No llevéis luto por mí, antes vestid de blanco. Si es esta la voluntad de Dios, que se cumpla en mí. No lloréis, vuestra mayor gloria será tener un hermano mártir.” Pero el alcalde del pueblo intercede para que sean puestos en libertad, bajo palabra de no escapar y presentarse a él cuando lo requiriese. Transcurren semanas terribles, encerrado en una prisión domiciliaria en todo salvo el nombre, con la amenaza omnipresente de que a cualquier hora lo saquen para matarlo. Don Jaime las vive sereno, entregado a su misión y la confianza en Dios. Reza los oficios diariamente, y no se priva de consolar a los demás. Cierto día que ve a su cuñado angustiado por lo que les puede suceder, pues son una familia católica y derechista señalada, le dice “haces mal en estar así, pues los acontecimientos del mundo no deben modificar tu conducta”, relatándole a continuación la historia del novicio al que preguntaron qué haría si, estando de recreo, le avisaran que iba a morir a poco, a lo que respondió que seguiría jugando. En otra ocasión, se presenta en su casa un amigo de la infancia, político escéptico y ateo, de cierta influencia, que por hacerle favor, le propone firmar como propio cierto opúsculo antirreligioso que ha escrito, de modo que se congracie con los marxistas, y pueda así quedar libre de sospecha. Don Jaime, muy seriamente le responde “esto no puedo firmarlo”. Por fin, llega el día. El 5 de octubre el comité envía recado de que se presente el sacerdote, bajo pena de muerte al resto de la familia de no hacerlo. La escena de despedida es patética. Su padre, entre sollozos, le dice “hijo mío, perdona a tus verdugos, no les guardes rencor”. “Padre, ya están perdonados, y aún les tengo lástima; no saben lo que van a hacer”. “Ruegue por nosotros, don Jaime”, le dice la criada que lleva toda la vida con la familia. “Rogaré por todos a Dios. Sed buenos y nos veremos en el Cielo”. En el calabozo se reúnen ocho personas: dos sacerdotes, un monje franciscano, dos monjas y dos seglares católicos. Las dos monjas y uno de los sacerdotes, que fueron liberados, testimoniaron posteriormente el elevado espíritu con el que don Jaime les consoló, presentándoles el inmenso favor que suponía el martirio. Un conocido que fue por la noche a llevarles comida, relata luego que la preparación para lo que les esperaba y la tranquilidad de espíritu era tal que “hasta se les ve bromear y reír”. A las diez de la noche se reúne la parodia de tribunal del comité. Don Jaime trata de interceder por sus compañeros, sin resultado. Antes de subir al coche aún pide “si ustedes persiguen la religión y nos matan por ser sacerdotes, tengan piedad de estos dos hombres que no han hecho daño a nadie y tienen hijitos”, nuevamente sin respuesta. Una descarga les abate a todos pero se oyen gritos de “¡Viva Cristo Rey!”. Sus restos fueron enterrados en su pueblo. Tenía 38 años.

Poco se sabe de la vida de Jerónimo Oltra Cambrils, nacido en 1861, y que se había ordenado sacerdote en 1886, tras cursar carrera en el seminario conciliar de Valencia. Fue cura párroco de Parcent (montaña de la comarca de La Marina) y ya jubilado, residía en Gandía, donde auxiliaba a la curia parroquial dentro de las limitaciones de edad y achaques. El 27 de agosto los milicianos registraron por primera vez su casa. Hallándole enfermo en cama, se limitaron a saquearla, sustrayéndole doscientas pesetas, todos sus ahorros con los que contaba para llevar su casa. El 16 de octubre volvieron a por él, engañando a sus hermanas con que únicamente iba a prestar declaración. Sin más trámite le llevaron en coche hasta el cercano monte san Juan, golpeando y maltratando al anciano enfermo, de modo que a medio camino hubieron de sacarle y rematarle con una descarga mientras él hacía la señal de la cruz. Posteriormente se ensañaron bárbaramente con su cadáver, cortándole pies y manos entre otras agresiones. Posteriormente lo arrojaron a una fosa común en el cementerio local. En 1939 sus restos fueron trasladados al panteón de mártires de Gandía. Tenía 75 años.

Fernando Cremades Viñarta nació también en Bellreguart, el 26 de enero de 1898. Piadoso desde su formación en el colegio de los padres Escolapios de Gandía, estudió en el seminario de la Seo de Urgel, donde su tío y tutor Juan Cremades era canónigo y mayordomo del entonces obispo y luego cardenal valenciano Juan Bautista Benlloch. Curso los estudios de teología en Valencia, donde se ordenó en 1923. Cuantos le conocieron coincidían en que era de espíritu afable, y con cualidades de energía infatigable e inclinación artística, que puso al servicio de su apostolado. Fue destinado al pueblo de Gata de Gorgos (La Marina), donde fundó al poco el grupo de adoración femenino “Marías del Sagrario”, de exitosa y larga vida. Formó además un coro de canto y un grupo de excursionismo, con los que atrajo a la iglesia a muchos niños cuyos padres habíanse alejado de la fe. Gracias a su celo, se reconciliaron muchos apóstatas, e incluso casó y bautizó a otros que vivían irregularmente. Al poco se le llamó al servicio militar, sirviendo en el regimiento de Otumba en África como capellán castrense. En junio de 1926 regresó, tomando posesión de la vicaría del pueblo de Oliva, junto a Gandía. Creó un centro de catequesis infantil, y organizó actividades de juegos recreativos, deportes y conciertos, para alejar a los jóvenes del pueblo de los espectáculos deshonestos. En el centro se representaban obras de teatro, películas y hasta belenes vivientes. También fundó un colegio de primera y segunda enseñanza, que dio abundantes frutos al correr de los años. Estalló la revolución en retaguardia al poco del alzamiento militar, y se apresuró a sacar de la iglesia, al amparo de la noche, el archivo, ornamentos, vasos sagrados y la venerada imagen de la Santísima Virgen del Rebollet, patrona del pueblo, dejándola en depósito a un seglar que posteriormente también sería mártir. El 11 de agosto se refugió en casa de sus padres, junto a su hermano Juan, también sacerdote y coadjutor del cercano pueblo de Pego. El 11 de septiembre una aprtida de milicianos llamaron furiosamente a la puerta Ambos hermanos, ya prevenidos de lo que iba a pasar, se confesaron mutuamente y mandaron abrir. Pidieron los escuadristas que se presentara el cura, y avanzó don Fernando, queriendo así salvar a su hermano menor, pero uno del pueblo que acompañaba a los matones denunció que en la casa habían dos, y así se llevaron también a Juan, que se presentó valientemente como sacerdote. Se los llevaron a empujones, sin dejarles despedirse de sus padres, que al verlos marchar así se arrodillaron, dando gracias a Dios por elegir a sus hijos como mártires. Fueron llevados a la Pedrera, lugar famoso en Gandía donde la Revolución asesinó a muchos durante la guerra, sin cesar en blasfemias e insultos constantes contra ellos. Justo antes de ser fusilados, ambos perdonaron a sus ejecutores y gritaron “¡Viva Cristo Rey!”. Desde 1939, ambos reposan en el panteón familiar. Don Fernando tenía en el momento de su muerte 38 años.

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Ruego a los lectores una oración por el alma de estos y tantos otros que murieron en aquel terrible conflicto por dar testimonio de Cristo. Y una más necesaria por sus asesinos, para que el Señor abriera sus ojos a la luz y, antes de su muerte, tuvieran ocasión de arrepentirse de sus pecados, para que sus malas obras no les hayan cerrado las puertas de la vida eterna. Sin duda, los mártires habrán intercedido por ellos, como lo hicieron antes de morir.

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La vida y martirio presbiteriales aquí resumidas proceden de la obra “Sacerdotes mártires (archidiócesis valentina 1936-1939)” del dr. José Zahonero Vivó (no confundir con el escritor naturalista, y notorio converso, muerto en 1931), publicada en 1951 por la editorial Marfil, de Alcoy.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielos. Pues así persiguieron a los profetas antes que a vosotros;

Mateo 5, 9-12

5 comentarios

  
maru
Y todos estos crímenes, no son ",memoria histórica"? Me lleno de rabia e indignación m

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LA

Estimada Maru, no se llene de rabia e indignación, que no era esa la intención de los mártires, ni la del autor de la bitácora.
Al contrario, llénese de esperanza, pues la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos; y de alegría, pues son santos en el Cielo y algún día podremos unirnos a ellos, si Dios quiere.

Un abrazo en Cristo.
25/06/21 9:36 AM
  
Vicente
Bellreguard.
25/06/21 4:05 PM
  
Cos
Como tiene que ver tangencialmente con el tema del hilo, si me lo permite, Don Luis y cree conveniente publicar este mensaje, creo que sería bueno difundir las últimas investigaciones del historiador Antonio Nadal sobre la guerra civil del 36 en Málaga.
En su último libro "Considerando, abandono y deshonor en la pérdida de Málaga" desmonta otro de esos mitos que se crearon interesadamente, el de la Desbandá. Como no he leído el libro no conozco cuales son exactamente sus conclusiones, pero en este artículo leemos:

"Y así lo hace a pesar de que el mismo Nadal había creído en la narración de Bethune en sus primeros pasos como historiador y calculado un número de muertos, basados en su relato, imposible de defender ahora."

"El libro del profesor Nadal, que tiene en cuenta importantes fuentes militares ignoradas hasta ahora y relatos periodísticos de aquellos días, desmonta las principales columnas del edificio propagandístico de la "desbandá"".
www.libertaddigital.com/cultura/libros/2021-06-10/pedro-de-tena-considerando-abandono-y-deshonor-en-la-perdida-de-malaga-6787979/

Y no creo que sea improcedente mencionar de este autor lo siguiente:
" El historiador y catedrático de Historia Contemporánea de Málaga, Antonio Nadal Sánchez (Granada, 1949) es un hombre que remontó el franquismo y que seguro creyó, como la mayoría, que tras éste sus compañeros de viaje darían pruebas fehacientes de santidad. Pero no fue así y, como casi todos, se desengañó al conocer por dentro las cocinas del PSOE y el PCE, dejándose en el proceso jirones de su vida que hoy son ya recuerdos. Al PP lo conocería un poco más de lejos, y más tarde, y también quedó afectado".
/www.elsoldigital.es/entrevista-con-antonio-nadal-catedratico-de-historia-contemporanea/

25/06/21 8:50 PM
  
Gece
Evocar, orar, profundizar, amar...todo con nuestros martires. Nuestra alegría y esperanza para un presente desolador por anticristiano.
26/06/21 4:46 PM
  
Vicente
Beato Salvador Estrugo Solves, asesinado en Alberic el 10 de agosto de 1936.
27/06/21 10:43 PM

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