Entre la sinodalidad y la transparencia
Me contaban que llegó un nuevo gerente a la empresa Tal. Primera reunión con los empleados y quiso comenzar haciendo un llamamiento a la sinceridad, la confianza y la transparencia: “aquí lo importante es que todos podamos opinar con libertad, expresarnos con total confianza y que no haya secretos entre nosotros”. Uno de aquellos empleados, por lo bajinis, dijo al de al lado: “nunca te fíes de quien viene pidiendo confianza”. Debe ser eso de dime de qué presumes.
Vivimos, nos dicen, en una Iglesia que es de todos, y en la que la transparencia debe ser una de sus notas fundamentales. Es decir, que de transparente nada. Y vivimos, otro de los mantras de hoy, en una Iglesia donde prima la sinodalidad. Me temo que más de lo mismo.

Hay palabras que se convierten en mantras. Es como si alguien de repente hubiese regalado sobres con media docena de ellas y pobre de ti si no las utilizas a diestro y, sobre todo, siniestro. Por ejemplo, consenso, diálogo, crispación, entendimiento, unión, fraternidad, comunión. Da igual políticos que eclesiásticos. Todos con el mismo sobre en la mano y en el cerebro.
Un cachondeo. Con todas las letras.
A estas alturas de la película ya saben mis lectores de qué pie cojea uno, y tienen claro que una de mis manías, acepto que se tome así, es luchar para que en todas las campañas y acciones de la Iglesia quede claro que son de la Iglesia. Ya está bien de años de renuncia vergonzosa y vergonzante de nuestra propia identidad.





