10.12.19

El Prefacio y el Santo (Plegaria euc.- II)

         “En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo” (IGMR 72).

    El primer momento de la plegaria eucarística es el prefacio, la alabanza siempre dirigida al Padre, con el que la Iglesia, por Cristo y movida por el Espíritu Santo, da gracias al Padre.

    Deseamos en el principio de la plegaria que Cristo esté con su sacerdote y el Espíritu Santo actúe en su espíritu sacerdotal (“-y con tu espíritu”) para pronunciar santamente esta sagrada plegaria y que el Señor Jesucristo actúe por medio de su sacerdote.

   ¡Tenemos levantado el corazón hacia el Señor! Lo desatamos de las distracciones y ocupaciones materiales, lo despegamos de la tierra para que se levante con Cristo al Padre y busquemos las cosas de arriba, con esperanza teologal. Sumo recogimiento y fervor, devoción y atención cordial, amor de Dios y esperanza en Él: entonces la Iglesia por boca del sacerdote eleva la acción de gracias y expone los motivos de su alabanza.

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4.12.19

¡Alegría! ¿Motivo? Que Cristo viene... ¡Liturgia de Adviento!

      La consideración e invitación a la alegría son constantes en toda la liturgia del Adviento; orienta así al reconocimiento de lo que es la alegría honda y sentida, que no es sino el gozo de descubrir al Señor y, sabiendo que viene, se convierte en gozo sostenido de quien aguarda a Alguien sumamente amado. La esperanza derrota la tristeza, la apatía y el decaimiento, y genera una alegría serena que se convertirá en desbordante al alcanzar su fin y completar su deseo. Al fin y al cabo, el Adviento reeduca nuestra alegría, la orienta hacia lo verdadero, la purifica de pequeñas alegrías falsas, materiales, aparentes, inmanentes que decepcionan al final.

    Un recorrido por la eucología romana del Adviento nos ofrecerá la perspectiva teológica y espiritual de la alegría. Seguro que este recorrido no nos puede dejar indiferentes sino que provocará un eco (eso es catequesis: eco, resonancia) para la vida católica.

     Las antífonas que iluminan el canto de los salmos en el Oficio divino están teñidas de gozosa esperanza: “Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca” (ant. 2, Of. Lect., Domingo I); incluso es una alegría “cósmica”, ya que toda la creación participa del gozo de la venida de Cristo: “Los montes y las colinas aclamarán en presencia del Señor y los árboles del bosque aplaudirán, porque viene el Señor y reinará eternamente. Aleluya” (Ant. 2, Laudes Dom. I), o también: “Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo” (ant. 2, II Visp., Dom. III). Es una exhortación constante a la alegría ante el Señor, el Mesías, Rey y Sacerdote: (ant. 1, I Visp. Dom. I); “Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya”“alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas” (ant. 1, I Visp., Dom. II).

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27.11.19

Adviento: mirada general, líneas, características

     Un blog como éste pretende ofrecer constantemente, machaconamente, si queréis, una formación seria y sólida que debe retomar y volver sobre ciertos temas para que leídos con cierta distancia de tiempo, permitan recordar contenidos, tal vez entenderlos mejor, vivirlos más plenamente.

pantocrator

    Hay catequesis que, sin dudarlo, deben ser anuales, es decir, repetidas cada año de manera que se puedan asimilar al compás de lo que se vive en el año litúrgico. Probablemente hay un déficit en la formación, pero de manera muy resaltada en la liturgia. ¡Todos creen saber de liturgia, todos pontifican sobre liturgia! Pero lo que nos toca es conocer la dinámica misma de la liturgia, acudir a los libros litúrgicos vigentes con sus prenotandos (Introducciones oficiales), sus textos y sus ritos. En esta tarea, sin duda alguna, hay que empeñarse.

     Por ejemplo, vivir el Adviento es conocer la amplitud de su liturgia, sus directrices espirituales, las líneas de fuerza de su leccionario, la contemplación de sus oraciones y prefacios y no creer, ingenuamente, que todo el Adviento se reduce a colocar la corona de Adviento y encender un cirio semanalmente. El Adviento es mucho más y la misma corona de Adviento no es tan importante ni tan central ni tan litúrgica ni tan pastoral ni tan…

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20.11.19

Plegaria eucarística (Plegaria euc.- I)

 asenjo misa

Vamos a ir abordando un tema central, clave de toda la Misa: la plegaria eucarística.

   Para la participación verdadera en la liturgia, que nunca se identifica con “intervenir” y “que todos hagan algo”, se requiere un conocimiento de la misma liturgia que nos lleve a orar, responder, cantar, escuchar y ofrecernos. Así, para una auténtica participación según la mente de la Iglesia, la Constitución Sacrosanctum Concilium establecía:

  “La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen…” (SC 48).

     ¿Tan importante es la liturgia? ¿No son sólo ceremonias, ritos? La liturgia no es un cúmulo de ceremonias, sino la oración misma de la Iglesia, el culto espiritual y santo. Sus textos litúrgicos, sus lecturas, sus cantos, etc., van impregnando el alma poco a poco si se sabe recibirlos y asimilarlos, de manera que la liturgia es la gran maestra y educadora de la fe: “es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14).

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13.11.19

Dios mío, ven en mi auxilio (Respuestas L - y última)

Desde muy antiguo, sobre el siglo V-VI, la Liturgia de las Horas se comienza entonando el que preside: “Dios mío, ven en mi auxilio”, a lo que todos responden: “Señor, date prisa en socorrerme”, añadiéndole después el “Gloria al Padre y al Hijo… Amén. (Aleluya)”. Así se entonan las alabanzas divinas.

   “Dios mío, ven en mi auxilio…” es un versículo del salmo 69,2. Se pide la ayuda de Dios para comenzar a cantar debidamente su gloria. Ya san Benito da testimonio de esta práctica en su Regla: “En primer lugar dígase el verso “Dios mío ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme”, el gloria y el himno de cada hora” (RB 18,1).

   ¿Cuál es el alcance de este versículo? ¿Qué dice, qué expresa, qué suplica? San Agustín lo glosa diciendo:

“Luego clamemos todos al unísono con estas palabras: Dios mío, ven en mi auxilio. Pues necesitamos de continua ayuda en este mundo. ¡Cuándo no la necesitaremos! Sin embargo, ahora, colocados en medio de la tribulación digamos de modo particular: Dios mío, ven en mi auxilio” (Enar. in Ps. 69,2).

    En esta vida terrena, peregrina, siempre seremos –con expresión agustiniana- mendigos de Dios, mendigos de su gracia: suplicamos siempre su ayuda, su asistencia.

     Este versículo era muy de la devoción privada de los primitivos monjes. Casiano lo elogia y afirma que los monjes egipcios lo usaban como jaculatoria para fomentar en ellos el espíritu de oración. Fácilmente pasará, pues, al inicio de cada Hora del Oficio divino. Las palabras de Casiano son deliciosas y espirituales:

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