Mejor preguntemos a Dios, que no querrá cosa mala
En los años ochenta se puso muy de moda en la Iglesia lo de preguntar a la gente a ver qué quería. En una ocasión yo mismo, cura recién salido del horno, se lo propuse a un sacerdote de experiencia probada:
- Habría que preguntar as la gente de la parroquia a ver qué quiere.
- Eso te lo digo yo, me respondió. Lo que quieren es que dispensemos el sexto mandamiento, pero no estoy por la labor. No hay que preguntar a la gente qué quiere, sino preguntar a Dios qué quiere de nosotros, que no será cosa mala.

Me sorpende. O no. O sí, o según depende. Pero el hecho es lo que es y los datos, tercos.
Los curas de pueblo tenemos la suerte del poyo. En la capital hay bancos de madera y piedra para los viandantes. En el pueblo somos más de poyo de piedra. Los pórticos de los templos fueron lugar de reunión de vecinos que ahí se congregaban a toque de campana para tratar de las cosas del pueblo. Quizá como recuerdo de aquellos tiempos se sigue encontrando el poyo a la puerta.
En mis pueblos cada tarde rosario y misa. Dos días en cada uno de ellos. El rosario siempre acaba igual: una salve por las intenciones del santo padre.
Era una forma de titular, pensé también en “impasible el ademán hasta el fracaso total”. Vayan las dos. ¿Muy exagerado? Ustedes me dirán, pero ya se sabe eso de que los datos son tercos. Verán como alguien me llamará agorero y ave de mal agüero por lo que voy a decir. Pero es lo que hay.





