Los templos vacíos

Post publicado el 9 de octubre del 2006. Republicado el 27 de septiembre del 2018.

“Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
(Mateo 4,17)

He leído en un foro de Internet el siguiente argumento: “El problema que se detecta ahora es que la Iglesia no sabe conectar con los jóvenes, porque tampoco sabe conectar con el mundo post moderno". Yo lo veo exactamente al revés. Es el mundo post moderno quien no sabe conectar con la Iglesia, con Dios, con Cristo, con la cruz, con el compromiso de llevar una vida de santidad, de sacrificio, de amor entregado en fidelidad al Señor.

No, el problema no está en la Iglesia, si esta se mantiene fiel a su Señor, ni en el evangelio. El problema está en que los hombres aman más las tinieblas que la luz (Jn 3,19). Eso no es nuevo, pero en estos últimos tiempos se hace cada vez más evidente. Ante esa realidad, la Iglesia no puede renunciar a su esencia. No puede desvirtuar su mensaje para hacerlo políticamente correcto.

El verdadero profeta dice cosas que la gente no quiere oír. El verdadero profeta no está pendiente del “share", de la audiencia que reciben sus palabras, sino que su afán es ser fiel a Aquél que le guía, que le marca el camino a seguir y que le pone en su boca las palabras que ha de decir. Si el mundo no quiere imposiciones morales ni dogmas de fe, es su problema. Sufrirá las consecuencias de su deriva errática. La Iglesia no puede ni debe renunciar a proclamar la verdad porque sólo la verdad hace verdaderamente libre al hombre. Ella, no obstante, debe adecuar el mensaje a las circustancias históricas que le toca vivir. Siempre lo ha hecho así. Pero una cosa es la adecuación y otra la traición al evangelio de Cristo.

Como quiera que el evangelio es buena nueva, la predicación cristiana ha de tener como principal referente la voluntad salvífica de Dios, expresada en el derroche de amor más grandioso de toda la eternidad: la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por gracia somos salvos. Y Dios quiere que todos los hombres se salven pero no se puede ser salvo y hedonista, salvo y adúltero, salvo y empresario explotador, salvo y libertino. Junto con la predicación de la gracia no podemos esconder la predicación de la segura condenación para los incrédulos y los impíos.

Se me dirá que los templos se vaciarán aún más si la Iglesia se mantiene fiel a un discurso en el que el pecado y la condenación sigan presentes al lado de la salvación. Lo cierto es que yo creo que la raíz profunda de dicho “vaciamiento” es precisamente lo contrario. El mayor profeta de todos los tiempos, Juan el bautista, tenía un público numerosísimo que no iba a escuchar homilías simplonas, graciosas y sin sustancia. No, ellos iban a escuchar el “arrepentíos porque el Reino de los cielos está cerca” y “raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera?”.

Sí, esa era la predicación que ganaba almas para Dios y las ponía a las puertas del evangelio de Cristo. Una predicación directa, clara, sin concesiones a la galería, sin componendas que adormecen al alma pecadora para que no despierte a la necesidad del arrepentimiento. Desde hace décadas buena parte de los sermones omiten toda referencia a todo eso. Y las iglesias se vacían. Lógico. Dejamos de ser la sal del mundo. Y el mundo nos desprecia y nos rehuye porque no tenemos los reaños suficientes como para predicar aquello en lo que creemos, ya no en la calle, sino en nuestros propios templos.

Ya lo dijo Cristo: “ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, te vomitaré de mi boca”. O esa parte de la Iglesia que permanece dormida despierta de la tibieza y vuelve a la firmeza de las verdades eternas que siempre ha predicado aun a costa de que la acusaran de intolerante y tiránica, o Cristo nos vomitará y nos entregará al mundo para que nos pisoteen y se mofen de nosotros.

Pax, bonum et veritas.

Luis Fernando Pérez Bustamante.