InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: María

1.07.13

De nuevo en Lourdes con nuestra Madre

Tres veces en mi vida he estado en el Santuario de Lourdes. La primera fue esencial para mi regreso a la Iglesia Católica. Allí llegué con una madre y salí con dos.

La segunda ocasión fue pocos meses después de que mi esposa estuviera a punto de morir por una hemorragia interna. Unos hermanos religiosos nos regalaron unos días allá. Ella se bañó en las piscinas y aunque su enfermedad crónica sigue ahí, no ha vuelto a tener ningún percance grave.

Hace un par de meses, el P. Pedro Estaún, sacerdote de la prelatura del Opus Dei que realiza su labor aquí en Huesca, se ofreció a llevarnos a Lourdes para pasar un día allá. La idea era salir temprano por la mañana y llegar de noche. Se suponía que en este tercer viaje al santuario iríamos sabiendo cuál es “apellido” de la enfermedad degenerativa que padezco, pero la biopsia a la que me sometí en abril no ha valido para nada. Toca hacerme más pruebas.

Además del sacerdote, vino con nosotros Munia, que junto con su marido es delegada diocesana de la pastoral juvenil de Huesca. Lo bueno de ir en coche con un sacerdote y dos mujeres que saben de cosas del Señor y de la Iglesia, es que la conversación suele ser sustanciosa. Así que las dos horas y media de ida se pasaron rápidamente.

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5.05.13

La voz profética de la Madre de Dios

Hace unos días Javier Paredes tuvo el detalle de regalarme el libro “Madre de Dios y Madre nuestra” (Santiago Lanus, Ed. San Román) . El mismo se presentará en España el próximo 13 de mayo, a las ocho de la tarde, en el Gran Hotel Velázquez (C/Velázquez 62, Madrid).

La obra trata sobre las apariciones marianas en Amsterdam, Fátima y Garabandal. Las dos primeras han sido reconocidas oficialmente por la Iglesia. Pero muchos fieles creen que lo ocurrido en Cantabria a principios de la década de los 60 del siglo pasado tiene todas las características de una intervención de la Madre del Señor en nuestro mundo.

No en vano, las apariciones de la Virgen María vienen a cumplir en nuestra era el papel señalado por la Escritura para la profecía: “Y tenernos aún algo más firme, a saber: la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que luzca el día y el lucero se levante en vuestros corazones” (2ª Ped 1,19). A lo largo de la Biblia vemos intervenciones ordenadas por Dios para dar un mensaje a su pueblo. En el Antiguo Testamento fueron obra sobre todo de ángeles. En los dos últimos siglos, el Señor ha enviado a su Madre a advertirnos de la necesidad de conversión. De hecho, todas las apariciones tienen en común que encajan como guante en mano con la Revelación. De lo contrario, se les debería aplicar aquello que San Pablo nos advirtió: “Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1,8).

Dado que todavía no me ha dado tiempo para leerme el libro entero, me centraré en el prólogo redactado por Javier Paredes. Catedrático de Historia contemporánea, tiene una ventaja sobre gran parte de sus compañeros de profesión: es consciente de que Dios interviene en las vidas de los hombres y de las naciones. Es más, sabe que la Historia tendrá un fin, el día en que Cristo regrese en gloria y poder para juzgar a todos los hombres. Esa perspectiva le ayuda a ver los acontecimientos de los últimos tiempos con una dosis de providencialismo ausente en muchos otros.

Lo primero que cabría preguntarse es por qué nos llega desde el cielo, en este tiempo, la voz amorosa y admonitoria de la Madre del Señor. En mi opinión, desde la Revolución francesa la Iglesia se enfrenta al más peligroso de los enemigos de su historia, solo equiparable al que representó la herejía arriana. Me refiero al modernismo.

Paredes explica muy bien lo que es:

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28.04.13

Un poco de apologética sobre la comunión de los santos

Hoy toca un poquito de apologética al hilo del artículo que publicó ayer María Lourdes Quinn en su blog en nuestro portal.

¿Hacía falta que Dios quisiera que María, y de paso los santos, fuera mediadora e intercesora?
No.

¿Quiso Dios que lo fuera?
Sí. De hecho, que Él lo haya querido hace innecesaria, e incluso absurda, la primera pregunta.

¿Le quita algo de gloria a Dios que María y los santos sean intercesores?
Nada. Finalmente es Él quien concede todo.

¿Hay alguna prueba bíblica de que los santos en el cielo rezan?
Sin duda. Véase el libro del Apocalipsis.

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17.03.13

Joselito y la señora

Hoy voy a hacer algo poco habitual. En vez de escribir yo el artículo, copiaré lo que ha escrito otra persona. Esa persona es mi hija de doce años. Le gusta escribir cuentos breves. Este lo escribió el pasado jueves:

Hace un tiempo, en un pueblo de los Monegros, vivía un niño llamado Joselito. Su familia era humilde. Su padre había muerto en un accidente de coche cuando tenía 3 años, dejando solos a él y a su madre, que apenas cobraba diez euros cada quince días. A pesar del podo dinero que tenía, Joselito era un niño muy avispado y de un corazón enorme.

Cuando tenía 13 años, su madre enfermó y se puso muy grave. Joselito se vio obligado a ponerse a trabajar para pagar las medicinas de su madre y el pan de cada día. Un día, cuando volvía de trabajar, vio a una señora muy mayor tirada en el suelo. No dudó un momento y se acercó:

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25.12.12

Hijo de Dios, hijo de María

Tras nueve meses viviendo en el trono más bello hecho nunca, Jesús nació en un pesebre de Belén. Hijo unigénito de Dios, de naturaleza divina. Hijo de María, de naturaleza humana. Una sola persona, dos naturalezas. La voluntad divina se unió en el Fiat de María a la voluntad humana. Si la primera Eva nació del costado del primer Adán, el segundo Adán nació del seno de la segunda Eva, madre de todos los creyentes.

No es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios antes de crear a Eva. Y mayor necesidad tenían los hombres de no ser abandonados en la condenación y soledad del pecado. Por eso Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Nunca fue ajeno a nuestras necesidades, pero en Jesús, Dios y el hombre se encuentran y se unen en un milagro que asombra a la creación entera. María fue testigo privilegiada de ese milagro, que tuvo lugar en su seno. Es por ello que jamás podemos separar a Cristo de su Madre. Y es por ello que Él nos la entregó a todos, en la persona de San Juan, cuando estaba en la Cruz. Si María amó a su Hijo, también nos ama a nosotros. Si su Hijo la amó y la honró, nosotros debemos amarla y honrarla.

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