InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: Apologética católica

20.07.10

Test de ortodoxia catolica II

Ante el éxito del primer test de ortodoxia que ofrecí a los lectores de este blog hace unos días, me animo a poner un segundo test. Eso sí, tengo la sensación de que alguna de las preguntas, y sobre todo la respuesta que da el autor -Luca Alcalde-, traerán más polémica.

1) Cuando hablamos de la Trinidad, queremos decir que el único Dios tiene tres personalidades distintas. Unas veces actúa como Padre, que simboliza la fuerza; otras como Hijo, que simboliza la sabiduría; otras, por fin, como Espíritu Santo, que simboliza el amor de Dios.

2) Cuando el Credo dice que “el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo” quiere señalar que la creación del Espíritu Santo no la obró el Padre solo, sino junto con el Hijo.

3) La razón humana tiene fuerzas suficientes para procurar el bien de los hombres y de los pueblos, y para dar soluciones a los problemas del mundo moderno.

4) La Iglesia tiene el deber y la obligación de reprender a la filosofía y no tolerar sus errores.

5) Los hombres pueden encontrar en el culto de cualquier religión el camino de la salvación eterna y alcanzar la eterna salvación.

6) En nuestra edad no conviene ya que la religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de cualesquiera otros cultos.

7) Como en el depósito de la fe se contienen solamente las verdades reveladas, bajo ningún concepto corresponde a la Iglesia juzgar sobre las afirmaciones de las ciencias humanas.

8) La Iglesia, al proscribir errores, exige de los fieles que acepten, con un sentimiento interno, los juicios por ella pronunciados.

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13.02.10

Jesús el judío, no el protestante

Pocos escritores hay en España, y yo diría que en el mundo, con una capacidad semejante a la de César Vidal a la hora de escribir todo tipo de libros. No tengo ni idea de cuántas obras suyas hay en el mercado, entre otras razones porque habrá bastantes descatalogadas, pero si me dicen que ya le han publicado más de ciento cincuenta, no me parecería una exageración. Libros de Historia, de teología -protestante-, novelas históricas, cuentos para niños, ensayos, su campo de actuación es muy amplio.

Uno de sus últimos libros, nunca se puede decir el último porque lo más probable es que haya sacado otro hace unas cuantas horas, es “Jesús, el judío". Ni lo tengo ni, por tanto, me lo he leído, aunque viendo cómo lo describe el propio autor, tengo la sensación de que no me mucho encontraré material nuevo que no haya aparecido, de forma dispersa, en otras obras suyas en las que ha tratado, siquiera indirectamente, al protagonista de este libro. Ahora bien, lo que sí he leído es la reseña que en Libertad Digital ha escrito Lorenzo Ramírez y que se titula “La Verdad os hará libres”. Y en dicha reseña se encuentra un párrafo muy significativo:

El arrepentimiento y la Fe en Cristo son compromisos suficientes para lograr la salvación. Las obras no son determinantes, sino la recepción de Jesús y de su mensaje sin reparos, un enfoque que después desarrollaría Pablo de Tarso y que permitiría a los gentiles celebrar la llegada del Reino y ser, por primera vez en la historia, totalmente dichosos.

Supongo que don Lorenzo se hace eco de la visión que César Vidal hace de la cuestión de la salvación en su libro. Y claro, como no podía ser de otra manera, nos encontramos ante la exposición de la herejía solafideísta, que ni tiene base en la Escritura ni muchísimo menos en los evangelios, que recogen directamente la predicación de Cristo.

Vamos a partir de un hecho innegable. Somos salvos por gracia. Como bien dijo Trento “si alguno dijere que el hombre puede justificarse delante de Dios por sus obras que se realizan por las fuerzas de la humana naturaleza o por la doctrina de la Ley, sin la gracia divina por Cristo Jesús, sea anatema“. No sólo eso, aquel concilio que tanto detestan los progres de hoy, explicó que “somos justificados por la fe, porque “la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación; sin ella es imposible agradar a Dios (Hebr 11, 6) y llegar al consorcio de sus hijos; y se dice que somos justificados gratuitamente, porque nada de aquello que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación; porque si es gracia, ya no es por las obras; de otro modo (como dice el mismo Apóstol) la gracia ya no es gracia“.

Pero una cosa es decir que somos salvos por gracia, por medio de la fe, y otra que las obras no son determinantes. La Escritura es clara: la fe sin obras no salva (Stg 2,17) y el hombre es justificado por sus obras y no solamente por su fe (Stg 2,24). Pero vayamos a lo que el propio Cristo dice sobre la importancia de las obras. Fue precisamente Él quien dijo que no bastaba con recibir y aceptar su mensaje:

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2.02.10

Henri Boulad, el reformador

Jesuita, 78 años, actualmente rector del colegio de los jesuitas en El Cairo, anteriormente superior de los jesuitas en Alejandría, superior regional de los jesuitas de Egipto, profesor de teología en El Cairo, director de Caritas-Egipto y vicepresidente de Caritas Internationalis para Oriente Medio y África del Norte. Es obvio que el padre Henri Boulad, sj, no es un cualquiera. Pero parece que la fama internacional le llega ahora tras haber escrito una carta al Papa Benedicto XVI en la que hace un análisis de la situación de la Iglesia, propone una triple reforma y la celebración de una “asamblea general” -no le gusta la palabra concilio- para abordar la situación.

No he podido evitar la tentación de comenta su análisis. Dice el jesuita egipciolibanés:

1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.

No le falta razón, aunque dudo que la renovación de los templos católicos busque atraer a los fieles. No conozco a nadie que vaya a la parroquia porque hayan repintado las paredes.

2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.

Hombre, en Europa las cosas no andan bien. Pero la Iglesia Católica es mucho más que la Iglesia en Europa. Por ejemplo, en Colombia hay seminarios que están deseosos de “exportar” seminaristas, porque casi no les caben. Si en siglos pasados Europa envió curas y misioneros a otras partes del mundo, no tiene nada de particular que ahora ocurra lo contrario, aunque estamos todos de acuerdo en que lo ideal sería que las vocaciones crecieran de nuevo entre los europeos “nativos".

3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún -cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación- tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.

Creo que son muchos más los que no lo abandonan y además guardan el celibato. Y en mi opinión, lo que los obispos deberían hacer con los curas que viven en concubinato a la vista de sus fieles es, si no aceptan arrepentirse, retirarles inmediatamente del sacerdocio y confiar en que Dios sabrá proveer su sustitución por medio de sacerdotes santos de sus diócesis o de otras diócesis. Soy de la opinión de que es preferible no tener cura a tener un cura que vive abiertamente en pecado.

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1.02.10

Pueblo soberano versus Dios soberano

Llevamos unas semanas de polémica a cuenta de la propuesta de referéndum sobre la futura ley del aborto en España. Mi postura sobre la cuestión ya la expliqué en un post del pasado doce de enero. El debate fue interesante, intenso e incluso sobrecargado.

Hoy informamos en InfoCatólica de la propuesta que el cardenal primado de México, S.E.R Norberto Rivera, ha realizado en el sentido de que se consulte a la ciudadanía sobre la cuestión del matrimonio entre homosexuales. Aunque obviamente estamos ante un tema de menor gravedad que el aborto, creo que los argumentos a favor o en contra de dicha iniciativa cardenalicia son los mismos.

Vuelvo a decir que no es lo mismo proponer un referéndum, que optar por votar en uno que ha sido propuesto por otros. Si se aceptan las reglas del juego democrático, cuando alguien pide una consulta popular, está reconocimiento de forma explícita la legitimidad del resultado. No tiene el menor sentido pedir que se vote algo y luego, si sale lo que uno no quiere, reclamar que el resultado no tiene validez. Por tanto, aceptar que algo que forma parte de la ley natural esté sujeto a la sentencia de unas urnas, es entrar en un terreno sumamente resbaladizo que nos conducirá, antes o después, hacia la caída.

Por otra parte, no veo cómo encaja una propuesta de esa naturaleza con el magisterio papal. Y no me refiero al Quanta Cura y Syllabus de Pío X, que podría citar para espanto de los que piensan que todo lo que se escribió antes del Vaticano II es papel mojado. Me quedo en un texto papal mucho más reciente: la encíclica Centesimus annus, de Juan Pablo II. La misma dice así:

La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”.

Efectivamente, una de las ventajas del sistema democrático es que se puede echar a un mal gobernante por las urnas, sin necesidad de hacer uso de métodos violentos. Pero claro, no todo el monte es orégano:

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia“.

Y no sólo eso. También escribió el Papa:

Después de la caída del totalitarismo comunista y de otros muchos regímenes totalitarios y de «seguridad nacional», asistimos hoy al predominio, no sin contrastes, del ideal democrático junto con una viva atención y preocupación por los derechos humanos. Pero, precisamente por esto, es necesario que los pueblos que están reformando sus ordenamientos den a la democracia un auténtico y sólido fundamento, mediante el reconocimiento explícito de estos derechos. Entre los principales hay que recordar: el derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre, después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona".

Y:

También en los países donde están vigentes formas de gobierno democrático no siempre son repetados totalmente estos derechos. Y nos referimos no solamente al escándalo del aborto, sino también a diversos aspectos de una crisis de los sistemas democráticos, que a veces parece que han perdido la capacidad de decidir según el bien común. Los interrogantes que se plantean en la sociedad a menudo no son examinados según criterios de justicia y moralidad, sino más bien de acuerdo con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen“.

Ante la claridad expositiva de Juan Pablo II, que señala los límites del sistema democrático, cruzados los cuales se convierte en un sistema ilegítimo, ¿cómo vamos a caer en la tentación de ser nosotros mismos los que crucemos dichos límites, para someter a la “fuerza” electoral asuntos que que no admiten discusión desde el punto de vista de la justicia y la moral cristianas?

Como católicos, ¿creemos o no creemos que hay temas que no pueden ser sometidos a la voluntad de esa masa damnata de la que hablaba San Agustín y a la que el Papa Pablo VI se refirió de forma magistral al afirmar, en su Credo del Pueblo de Dios, que tiene una “naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte“?

Algunos protestantes dicen que la democracia es fruto del concepto protestante sobre la naturaleza caída del hombre. Dicho concepto implica que el hombre redimido se diferencia del caído únicamente en su profesión de fe, que le adjudica la justificación y -ojo- la santificación, independientemente de que siga en su condición pecadora. Al no haber garantía de que un gobernante, aun siendo cristiano, actúe conforme al bien común, y ante el convencimiento de que el poder corrompe, se pone en manos del pueblo la decisión última. Ante lo cual, yo pregunto: ¿qué garantía hay de que ese pueblo actúe igualmente conforme al bien común? ¿de verdad que hay más posibilidades de que una gran masa esté moralmente bien encaminada a que lo esté una sola persona que haya sido educada desde su más tierna infancia en los valores del evangelio? ¿qué hace el protestante cuando su modelo democrático da paso a leyes que chocan de frente contra la ley divina? Y, sobre todo, ¿en qué parte de la Escritura, y más concretamente de su Nuevo Testamento, encuentran base para apoyar semejante sistema? ¿no son, más bien, los profetas al servicio de la propuesta de Coré?

En todo caso, me preocupa poco lo que propongan los protestantes en relación con el sistema democrático y sus posibles límites. El cardenal Norberto Rivera no es protestante sino un príncipe de la Iglesia. Pero por eso mismo cabe reclamar de él una cierta prudencia antes de proponer iniciativas que no está del todo caso claro que casen con el magisterio papal. Quizás llega el momento de que el Vicario de Cristo vuelva a pronunciarse sobre estos temas, de manera que oriente a todos los fieles sobre cómo hemos de comportarnos dentro de un sistema que se ha convertido ya en promotor del aborto y de la legitimación legal de opciones radicalmente contrarias a la ley natural y el bien común. No creo que los abusos de la democracia se corrijan con más democracia, sino con la asunción plena, al menos por parte de los cristianos, de que existen una serie de puntos que no pueden estar sujetos al albur del resultado de las urnas. O sea, debemos asumir, con todas sus consecuencias, que existe una autoridad y soberanía superior a la del pueblo: la de Dios. Y si Dios es soberano, su Iglesia no puede ser un elemento decorativo más a la hora de marcar las pautas que han de llevar a los pueblos por la senda de la verdad y la justicia. No podemos esperar que los no creyentes acepten eso. Pero qué menos que esperarlo de los hijos de dicha Iglesia.

Luis Fernando Pérez

Post en mi otro blog: “Cuando las víctimas hablan”

25.01.10

Aclaraciones varias

En los últimos días he recibido y se han publicado todo tipo de alabanzas y críticas por lo que escribo en este blog. La mayoría de ellas han sido sensatas, aunque no han faltado las que se han excedido tanto hacia el lado del elogio como al de la discrepancia. Para algunos soy una especie de inquisidor fundamentalista que busca limpiar la Iglesia de escoria heterodoxa usando métodos propios del pasado. Pero también los hay que me acusan de deslealtad por haber criticado, siquiera indirectamente, el cambio de orientación en la actitud del episcopado español ante algunos aspectos de la ingeniería social zapateril.

Una de las críticas que suelo recibir tiene más que ver con lo que hice en mi pasado que con los argumentos que uso en el presente. Eso de que “a saber lo que defenderá dentro de poco tiempo este saltimbanqui religioso” lo llevo escuchando desde que regresé a la Iglesia Católica hace diez años. Y es posible que dentro de otros diez, algunos sigan diciendo lo mismo, como muestra clara de su incapacidad de dar algún argumento serio en contra de mi proceder. Pues sí, efectivamente yo nací católico, dejé de serlo, pasé un par de años largos en el mundo del esoterismo, luego regresé al cristianismo vía protestantismo evangélico, en el que “milité” 8 años y medio, y, tras un breve pero intenso contacto con las iglesias ortodoxas, volví al hogar donde nací a la fe… ¡¡¿¿ Y ??!! ¡¡¿¿ Piensan los que me critican por eso que habría sido mejor que me hubiese quedado pronunciando mantras en posición del loto o ganándome la vida echando las cartas del tarot ??!! Dando por hecho que lo que hice, abandonar la Iglesia, es siempre un error, ¿no lo sería mayor quedarse fuera a pesar de que el Señor te da la oportunidad de regresar? A los que me acusan de inestabilidad, les pregunto cuántos años creen que deben de pasar desde mi regreso a la fe católica para que se pueda decir que es poco probable que mañana me haga cienciólogo o adventista del séptimo círculo del samsara.

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