El Arzobispo de Rosario, Torres Queiruga y el sentido común
El teólogo Andrés Torres Queiruga fue objeto de una nota doctrinal por parte de la Comisión espicopal para la doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española. La comunicación era sobre algunas de sus obras. Es decir, no sobre todas. Pero dada la importancia de las doctrinas que son abordadas en dicha nota y dado el hecho de que Queiruga no se ha desdicho de nada de lo escrito, parece evidente que estamos ante un teólogo cuya fidelidad al Magisterio es más bien inexistente.
A pesar de ello, un colegio de maristas en Rosario (Argentina) iba a ser la sede de una conferencia del teólogo gallego sobre su último libro “Cómo repensar la creación de Dios".
Digo iba, porque ya no va a ser. Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo rosarino, se ha dirigido al superior de la congregación para decirle que ni aprueba ni autoriza esa conferencia. Las razones son claras, tal y como leemos en el comunicado del arzobispado:
… el Arzobispado de Rosario no aprueba ni autoriza que el referido Profesor dicte conferencias sobre la doctrina católica en la sede de un colegio o institución católica; “dado que sus enseñanzas no siempre son compatibles con la interpretación auténtica que ha dado la Iglesia a la Palabra de Dios escrita y transmitida".
La comunicación de la archidiócesis de Rosario acaba de forma bastante contundente:

La Conferencia episcopal alemana quiere entablar conversaciones con la Santa Sede sobre la cuestión de los divorciados vueltos a casar. Dado que hay sacerdotes germanos que se saltan la enseñanza de la Iglesia en esa cuestión, y admiten que comulguen las personas que están en esa situación, parece claro que lo que los prelados pretenden es discutir con Roma sobre el tema.
En breve empieza el Año de la Fe. Y antes tendremos la declaración solemne de San Juan de Ávila como doctor de la Iglesia. Será en Roma el próximo 7 de octubre. Patrono del clero español, la vida de San Juan es digna de ser estudiada para sacar de ella el agua viva que emana de la gracia que el Señor derramó sobre su vida.
El anciano obispo san Ignacio de Antioquía iba a Roma camino del martirio. Según pasaba por diversas iglesias, tuvo la feliz idea de escribir pequeñas epístolas a los fieles que formaban parte de las mismas. Esto sucedía el año 107. El mártir había oído el evangelio de boca de los apóstoles. De ellos recibió la ordenación por imposición de manos. A una de esas comunidades, los trallianos, les escribió lo siguiente:








