El Papa deja de lado cualquier intento de autocomplacencia
Hace ya bastantes años que descubrí un hecho que se ha repetido a lo largo de la historia. El papado está inscrito en la esencia misma de la Iglesia, de tal manera que la presencia de un Papa “malo” puede sacudir sus cimientos, que no obstante resisten firmes por el cuidado del Señor, mientras que la llegada de un Papa “bueno” implica siempre un derroche de gracia que beneficia no sólo a la Iglesia del momento sino a la de generaciones venideras.
Hoy nuestros ojos contemplan a un Papa bueno, a un sucesor de Pedro que no tiene el menor problema en llamar a las cosas por su nombre, que no parece estar preocupado por el qué dirán. La mal llamada “diplomacia vaticana” -me abstengo de escribir el calificativo que me merece- está quedado hecha añicos de puertas adentro. Benedicto XVI no da la más mínima tregua al pecado en la Iglesia. No busca discursos autocomplacientes, presentes en algunos sectores eclesiales, que miran más los ataques que recibe la Iglesia de fuera, que los que nacen del pecado de muchos de sus miembros.
Cuando buena parte los católicos nos dedicamos a señalar a los medios que buscan el descrédito de la Iglesia debido a los escándalos, el Papa va y nos dice que la mayor persecución viene precisamente de dentro y no de fuera. Es como si nos dijera: “Mirad lo que de mal nace entre nosotros en vez de quejaros de lo que nos viene del exterior”. La batalla principal de la Iglesia en este tiempo no es contra el mundo, sino contra los que desde dentro de ella no entienden que hay que arrancar de cuajo el pecado y los escándalos. La purificación y la penitencia son el camino. En otras palabras, Reforma o Apostasía.



